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Saber la verdad, para exigir responsabilidades, como reclaman algunos estos días, queriendo resucitar el caso del Prestige, además de suponer falso lo que se ha dicho, es un sueño utópico, porque en el ámbito de la lucha política partidista que nos invade resulta aplicable el dicho de que «nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira».

En su momento, ese asunto ya fue de un color u otro. La oposición consideraba responsable de la catástrofe al Gobierno del Partido Popular por haber tomado decisiones políticas equivocadas y éste respondía que fueron acertadas y habían mitigado los daños.

Quedan al margen de la petición popular de responsabilidades, cuestiones tales como el deficiente estado de la embarcación, la ruta seguida por el petrolero, su excesiva carga, la imprevisión de la compañía naviera, la impericia del capitán y la falta de una normativa exigiendo medidas de seguridad a dichas naves, tanto en relación con sus características constructivas como a su aproximación a las costas, normativa que hubieran debido producirse a raíz de accidentes marítimos anteriores.

La única «verdad» que se desea conocer es la de que no fue acertado el alejamiento de la nave, y hubiera sido mejor acercarlo a un puerto donde limitar el impacto del chapapote. A clavo pasado todos los demandantes de la verdad sabían que el Ministro cometió errores nefastos, porque lo acertado hubiera sido  otra cosa, y lo dicen porque saben, eso sí, que en la vida real no se puede dar marcha atrás, como en la ficción, para probar la bondad de soluciones alternativas diferente de las que ellos defienden. Sólo cabría recurrir a esas simulaciones basadas en el cálculo de probabilidad que preceden a algunos proyectos; pero seguramente eso no cabe hacerlo. Por supuesto que tampoco pudo recurrirse a ellas cuando se presentó el problema, dada la necesidad de tomar una decisión inmediata.

Ahora parece que se presentan informes de fecha posterior a la decisión política, tratando de probar que ésta se tomó sin asesoramiento técnico. Pero tales informes, si existieron y son verdaderos, no demostrarán que no hubo otros, incluso verbales, que avalaran  la solución adoptada. Cuando las circunstancias requieren medidas urgentes e inaplazables, parece que no es el momento de ponerse a redactar informes técnicos.

Me puedo imaginar aproximadamente el cuadro de presencias y ausencias, opiniones, desconciertos, prisas, teléfonos y llamadas, idas y venidas, incógnitas, zozobra, angustia y desolación que rodearon aquellos momentos. ¿Quién es el valiente que dice «yo hubiera dado la solución correcta»?. Si lo hay, yo le diría que esa solución correcta hubiera sido discutible a la vista de los resultados, oponiendo otra sin duda «mejor», pero no verificable.

Saber la verdad, por lo demás, era una aspiración de los pensadores de tiempos pretéritos. Ahora, cualquier investigador conoce los límites del conocimiento y la relatividad del concepto de verdad. Esta queda para mentes dogmáticas, que necesitan vivir con la seguridad del dogma sagrado. Por eso, quienes salen a estas alturas pidiendo la verdad, y tachan de mentirosos a quienes no comparten sus verdades dogmáticas, sólo buscan su verdad, la que desean contagiar a los ingenuos y crédulos.

Si trataran sinceramente de querer saber «verdades», no acotarían actuaciones de Gobiernos determinados. Podrían así interesarse cito de memoria las más significativas–por la verdad del GAL, por la verdad de los fondos reservados, por la verdad de las escuchas ilegales, por la verdad del caso Guerra, del caso Perote, del caso Banesto, del caso Roldán, del caso Ibercorp y del caso Gescartera, por la verdad de la financiación ilegal del PSOE, por la verdad de las comisiones en la contratación pública (de antes y de ahora), por la verdad de la presencia de tropas españolas en el Golfo, en Yugoslavia, en Afganistán, en Irak, por la verdad de la muerte de Couso, por la verdad del Yakolet y de las inquietudes de los familiares de las víctimas, por la verdad del 11-M y de todo lo que rodea (antes, durante y después) tan dura realidad, por la verdad de los pactos del PSOE con las formaciones catalanistas (la del PP con CyU y el PNV la supimos, se publicó, fue transparente), por la verdad de los contactos de los socialistas con HB-ETA, bajo FG y RZ (los del PP, antes del Pacto Antiterrorista, los supimos, se hicieron públicos, fueron transparentes), por la verdad del barrio del Carmel de Barcelona, por la verdad de los encuentros de RZ con Ibarretxe y con Carod Rovira, por la verdad del incendio de Guadalajara… En todos estos acontecimientos los políticos y los medios de comunicación no han facilitado a la ciudadanía el conocimiento de toda la verdad y nada más que la verdad. En general han participado en la lucha política dando su mensaje, su eslogan; han desplegado su pancarta.

A algunos nos bastaría saber los verdaderos hechos, en su totalidad, sin cortes, sin manipulaciones, aunque fuera sólo en los casos relevantes, sin mezcla de opinión –ésta aparte, separada–, sin adjetivos ni epítetos sospechosos de parcialidad intercalados en la narración, sólo hechos, para construir nuestra opinión independiente. Porque si era imposible con la dictadura llegar a los hechos, por falta de información, no es más fácil con la democracia, porque la prensa, la radio y la televisión dan abundante «información», pero con frecuencia manipulada y sesgada, de modo que tales medios ocultan o resaltan noticias, según sus filias y fobias, ofreciendo en conjunto un panorama confuso, lleno de contradicciones, lamentablemente nada fidedigno.

Cuando alguna prensa independiente nos cuenta hechos y además nos ofrece opiniones bajo puntos de vista encontrados, se lo agradecemos; pero creemos que por escasa resulta insuficiente, entre otras razones porque aquellos que dicen querer saber la verdad no leen esta clase de prensa, sino la otra.

14.12.2005 (revisado 2.5.2016)