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España de la rabia y de la idea Ideas
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Estamos viviendo el éxodo de los habitantes del tercer mundo, que pugnan por acceder al mercado de trabajo de los países desarrollados, y con ello a una cuota de bienestar, por muy escasa que sea, siempre muy superior a la pobreza y miseria de sus lugares de orígen. Nuestro país es objetivo constante de los subsaharianos, que arriegan su vida para saltar las verjas de Ceuta o Melilla, o para llegar a nuestras costas en débiles pateras. Todo ello, frecuentemente, después de un largo y penoso recorrido hasta Marruecos. Aun reconociendo que la solución del problema subyacente es complejo y difícil, se me ocurren dos aspectos del mismo que merecen reflexión. Creo, en primer lugar, que las leyes de los países occidentales sobre extranjeros, y entre ellos del nuestro, huelen, atufan a insolidaridad. Vemos cómo a diario se utiliza pomposamente este término, pero en las obras y comportamientos políticos brilla por su ausencia. Nuestros gobiernos gastan mucho en cosas supérfluas, en armamento, en otorgar unos «reales» a millones de ciudadanos, en conceder ayudas y subvenciones cuantiosas a empresas multinacionales, en dar exenciones y bonificaciones al sector privado, en reformas legislativas radicales, etc. ¿No sería más justo y solidario establecer prioridades a favor de los desfavorecidos?. ¿Acaso quienes se autotitulan solidarios y pacifistas no deberían ser consecuentes con dichos títulos?. Las políticas de ayuda al desarrollo mercen más atención. No para hacer frases y discursos brillantes. No es cuestión de alianzas retóricas, no es cuestión de imagen. Es problema de inversión, de asistencia técnica, de recursos para los órganos de las Naciones Unidas y para las ONGs que se dedican realmente a ello. También la política de inmigración deja mucho que desear. El mercado de tabajo debe abrirse más a los que tienen menos. Desde la proclama de la fraternidad (1789) y desde que los países socialistas declararan la república de los trabajadores (1918), hasta nuestros días, los que entonces eran proletarios en los países industriales han prosperado considerablemente y sólo se preocupan por seguir mejorando sus condiciones de trabajo. Los sindicatos defienden los intereses de sus afiliados –indirectamente de quienes tienen empleo– y olvidan a quienes buscan su primer empleo, entre ellos a los forasteros. Preservan los mínimos salariales. Todo menos abrir el mercado del trabajo a quienes ponen en peligro el nivel de bienestar. Lo que antaño era una política social favorable al trabajador, hoy se convierte en un obstáculo para quienes buscan emplearse para salir de la miseria. El segundo punto de reflexión es la ambivalencia sociológica de nuestro comportamiento en Ceuta y Melilla, pasando del rechazo a la admisión, de la agresión a la afabilidad. Basta cruzar la raya, plagada de alambradas y de guardias «repelentes», para encontrarse con un cálido recibimiento, que incluye atención sanitaria, techo y alimentación. Y esto gracias a servidores públicos a los que un Gobierno da instrucciones precisas y concretas para que unos hagan de malos y otros de buenos. Unos y otros representan la esquizofrenia del Poder. ¿No podríamos ser más solidarios, aunque tuviéramos para ello que disminuir nuestra bienestar?. 6.10.2005 (revisado el 1.5.2016) |