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Desde hace unos años se menciona la “memoria histórica”, expresión que nos inquieta por el significado que se le da. Se formula a partir de la búsqueda de los restos de familiares víctimas de la represión franquista. Quienes la impulsan tienen derecho a ello y a utilizar esos muertos del mismo modo que alguien dice que, respecto de los suyos, lo hace la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

Pero se nos ocurre que deberíamos dar a las palabras memoria e historia un significado acorde con su uso habitual, porque aun no siendo totalmente ajenas una a la otra, su enlace provoca cierta confusión.

Hablemos de memoria, individual o colectiva –no hace falta estimularla– para referirnos a una realidad próxima a la psicología. La memoria existe o no. No la recuperamos, salvo algunas veces el amnésico. El individuo, y por extensión los grupos sociales, la tienen o no.

Cada individuo tiene la suya, según sus vivencias. No es histórica, es personal. Contada, se convierte en tradición oral de un círculo social más o menos amplio. Pero sigue sin ser histórica. A menudo, a nuestra memoria singular se incorporan datos y valoraciones de esa tradición oral. El abuelo, contando a los nietos «sus batallitas», contribuye a esa tradición oral. Quienes han estado en ciertos acontecimientos importantes –sociales, políticos– suelen escribir sus memorias. Estas son documentos, interesantes para conocer la realidad a la que se refieren. De tal modo los grupos sociales adquieren una memoria colectiva –parcial y difusa– formada por aquellos hechos que recuerdan todos o muchos individuos del grupo.   

La memoria individual es siempre subjetiva –cada cual habla de la feria según le va en ella– y limitada a determinados sucesos acaecidos en el espacio y el tiempo que rodean al que la posee. La colectiva, además, está sujeta a error de apreciación.

Frente a la memoria, individual o colectiva, la Historia pretende abarcar todos los hechos significativos para el relato histórico, no sólo los vividos por una persona o una suma de personas individuales que acaso forman un colectivo por razón de afinidades de diverso signo.  Acude a variadas fuentes –preferentemente documentales– entre las cuales pueden estar las memorias y las tradiciones orales. Pero lo característico es que las depura de errores y de falsedades, mediante la crítica histórica. La que debe merecer tal nombre nace con propósito de objetividad, aunque no la logre, dejando aparte epítetos y descalificaciones apriorísticas. Porque no se propone enjuiciar ni, por lo tanto, hacer película de buenos y malos, sino saber cómo ha sido el pasado político, social, cultural, etc.

Pues bien, si estos que desean «recuperar la memoria histórica», pretenden que cuenten sus memorias aquellos que la tienen, por haber vivido en el tiempo de la guerra y de la posguerra, sean de uno u otro bando, nada tenemos que objetar. Cabe que lo hagan de palabra o por escrito. No se tratará de recuperar nada, sino de conocer la que algunos poseen: las pequeñas historias, buenas, malas o terribles, de quienes las han vivido.

Incluso pueden programarse en TV, sustituyendo ventajosamente los cotilleos, porque al menos podríamos saber más detalles de nuestro pasado. Pero cuidando no caer en la manipulación informativa, tan frecuente en nuestros días, a través de los medios televisivos, que para contarnos, por ejemplo,  lo que opina el pueblo afgano de sus gobernantes talibanes, nos introducen con un preámbulo «ad hoc» y nos presentan dos mujeres hablando contra el velo islámico.

En cuanto a la Historia estamos seguros de que no necesita estímulos. Se hace porque interesa a los historiadores y al público. Afortunadamente, de la II República y de la Guerra Civil se ha escrito mucho y se sigue escribieno. Además, desde hace bastantes años, muchas obras tratan esos periodos sin apasionamiento ni partidismo.

Si en la transición hubo tolerancia mutua, pragmática, por razones de pura conveniencia, solución obligada para evitar nuevos enfrentamientos, ahora habríamos de plantearnos la reconciliación basada en la comprensión de actitudes y comportamientos de uno y otro lado, reconociendo los excesos propios y entendiendo los ajenos. Para esto será conveniente leer  lo que se está escribiendo por los historiadores, no acudir a esa «memoria histórica» que algunos proponen.

26.9.2005 (revisado el 1.5.2016)