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¿DÓNDE ESTÁN LOS PACIFISTAS?

 

 

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Cuando los del «no a la OTAN» vimos hace poco tiempo cómo crecía el «no a la guerra» pudimos creer ingenuamente que el pueblo español había recuperado el pacifismo, después de haber demostrado lo contrario por aquellas fechas cuando el PSOE se embarcara en el referendum del sí al atlantismo, tras haber defendido todo lo contrario, volcándose en cuerpo y alma a favor de tan noble causa bélica. Pudiera ser que algún cándido creyera incluso que los militantes socialistas habían hecho al respecto el cambio del cambio.

Cuál no sería nuestro desencanto al advertir que ese «no a la guerra» se iba diluyendo en un no a la guerra ilegal. Porque no es sólo que se desvirtuaba el eslogan, al limitarlo a una clase de guerra, sino que se nos explicaba que hay guerras amparadas por la legalidad internacional, determinada por la ONU, lógicamente a través de su Consejo de Seguridad.

Puede que muchos no sepan o no quieran saber a estas alturas que el club de los cinco grandes manda en dicho Consejo, lo que de por sí pone en entredicho la ecuanimidad de sus decisiones y, por supuesto, su ajuste al Derecho internacional y a esa mítica legalidad internacional. 

Pero hay más: la ONU no declara legales o ilegales las guerras, porque éstas no son un medio o recurso contemplado por la Carta de las Naciones Unidas. Están  en contradicción con su propósito fundamental de mantener la paz y seguridad internacionales, preservando a las generaciones futuras del azote de la guerra.

Los medios conducentes a dicho propósito de eliminar la guerra de la faz de La Tierra son: 1º Tomar las medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz y para suprimir actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz; 2º Lograr por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de la justicia y el Derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz.

La guerra está completamente desautorizada por la Carta. Lo que sí reconoce es el derecho inmanente de legítima defensa, individual o colectiva, en caso de ataque armado contra un miembro de las Naciones Unidas, hasta tanto el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales.

Mal puede, pues, el Consejo de Seguridad  de las Naciones Unidas autorizar la guerra, cuando precisamente le compete determinar la existencia de amenazas a la paz, de quebrantamientos de la misma o de actos de agresión, así como decidir qué medidas serán tomadas para mantener o restablecer esa paz y seguridad internacionales tan caras a los redactores de la Carta. Unas de estas medidas no implican el uso de la fuerza; otras sí, cuando las anteriores han sido ineficaces.  Estas pueden llegar a intervenciones militares mediante fuerzas al servicio de las Naciones Unidas -normalmente a través de sus miembros-, pero siempre con el propósito de pacificación. El texto que comentamos se cuida mucho de no utilizar la palabra guerra.

A partir del momento en que se apelaba a la legalidad internacional para justificar la guerra, nos empezaba a parecer que había algo falso en las movilizaciones, en los carteles colgados sobre ventanas y balcones, en las páginas de Internet, repitiendo el no-a-la-guerra, sin matices, sin exclusiones. Intuíamos que se derivaba a posturas partidistas contra el gobierno del Partido Popular.

La sospecha se convirtió en certeza al ver que aquel gran NO dejaba fuera guerras como las del Golfo, Yugoslavia y Afganistán, todas ellas recientes, que condenadas por Izquierda Unida en su momento ahora las silenciaba, y que el Partido Socialista seguía sin rechazarlas, encubriéndolas globalmente bajo el manto de la legalidad internacional.

El «no a la guerra» había sido promovido desde el principio para disfrazar un «no a la guerra de Irak». 

Los recientes y desgraciados acontecimientos de Afganistán han reforzado la falsedad del pacifismo esgrimido entonces. Al conocerse que nuestras fuerzas armadas aumentarán allí -compensación por la retirada de Irak- diciendo que es para luchar contra la resistencia, bajo pretexto de misión humanitaria, los manifestantes del no a la guerra deberían movilizarse de nuevo, pues la intervención militar en el país afgano careció de toda justificación y nuestra participación actual se revela como continuación de aquella guerra ilícita: apresar a un terrorista, que se supone principal responsable del 11-S, cuya entrega no se reclama por procedimientos legales (extradición), es un pretexto trivial para una acción bélica contra un Estado.

Sin embargo, todo ha quedado en pocas palabras, dichas con la boca pequeña por Izquierda Unida, pidiendo la retirada de las tropas y aceptando explicaciones del «accidente» sufrido por nuestros soldados muertos.

¿Dónde están los pacifistas, los del «no a la guerra»? Quizás no existían. Acaso eran gentes contra la foto de las Azores, contra la mayoría absoluta del Partido Popular, contra Aznar y su gobierno, gentes partidistas. La mayoría, probablemente, eran fanáticos agresivos que utilizaban a los pacifistas de buena fe. Desde luego, una vez más, manipuladores, con afanes electoralistas.

3.9.2005 (revisado el 30.4.2016)