SERENIDAD (1)
Martin Heidegger
Traducción de Luis O. Brea Franco
Sea la primera palabra que me ha sido permitido pronunciar en público en mi tierra natal, una palabra de agradecimiento.
Que mi país natal reciba mi más cumplido agradecimiento por todo lo que me ha dispensado y donado y que me ha ayudado y sostenido en el transcurrir de un largo camino. El sentido que tienen tales dones he intentado exponerlo en algunas páginas que con el título "El Sendero del Campo" aparecieron en 1949 en la colección conmemorativa publicada en ocasión de cumplirse el centenario de la muerte de Conradín Kreutzer.(2) Reciba también mi agradecimiento el alcalde Schule por sus calurosas palabras de bienvenida. Desearía agregar aún una palabra de especial gratitud por la agradable misión que me ha sido encomendada de tomar la palabra en la fiesta de hoy.
Vosotros todos que esta fiesta ha reunido,
Queridos habitantes de mi país natal,
Henos aquí reunidos para celebrar la memoria de
Nuestro compatriota, el compositor Conradín Kreutzer.
Si deseamos festejar a uno de esos hombres que han sido llamados a crear una obra, debemos en primer lugar, honrar la obra tal como le conviene.
Y esto lo alcanzamos en el caso de un compositor haciendo escuchar sus composiciones.
En un día como este resuenan, escogidas de entre la obra de Conradín Kreutzer, melodías y coros, trozos de ópera y de música de cámara. El maestro mismo está allá, en medio de es armonías: Porque la presencia del maestro en su obra es la única presencia auténtica. Cuanto un maestro es más grande, más completamente desaparece su persona detrás de su obra.
Los músicos y cantores que concurren a esta fiesta ni garantizan que, en este momento, la obra de Conradín Kreutz, está presente entre nosotros.
¿Mas es esto suficiente para celebrar una fiesta conmemoración? Toda conmemoración (Gedenkfeier) ex que pensemos (Denken). ¿Mas qué pensar, qué decir entonces de una fiesta consagrada a la memoria de un compositor? ¿Aquello que caracteriza la música, no es que ella nos "habla" ya, con sólo dejarla llegar a nosotros, y así ella no tiene ninguna necesidad del lenguaje ordinario, aquel de las palabras? Así dice, en efecto. Sin embargo, la cuestión permanece: ¿Celebrar una fiesta con música vocal e instrumental, es realmente celebrar una fiesta donde se piensa (conmemora )? Apenas, según parece. Por esto, los organizadores de esta jornada han inscrito en su programa un "discurso conmemorativo". Su objeto es el de ayudarnos a pensar, especialmente en el compositor festejado y en su obra.
Esta conmemoración se torna viviente desde que recordamos la vida de Conradín Kreutzer, desde que enumeramos y describimos sus obras. De esta suerte aprendemos cosas agradables y tristes, instructivas y ejemplares. Alimento ligero para nuestro espíritu, en el fondo. Escuchamos en este respecto, pero al mismo tiempo nada nos obliga a pensar, esto es, a meditar un sujeto que concierne a cada uno de nosotros, directamente y en todo momento, en ser, Es por esta razón por la que aun la presencia misma de discurso conmemorativo no nos garantiza que una fiesta de recordación sea para nosotros una ocasión para pensar
No nos hagamos ilusiones. A todos nosotros nos sucede con mucha frecuencia ser pobres en pensamientos; digo: "A todos nosotros" incluyendo a aquellos que por así decirlo piensan por un deber profesional; todos nosotros caemos demasiado fácilmente en una indigencia de pensamientos. La indigencia de pensamientos es un inquietante huésped que se insinúa en todo en el mundo de hoy. Hoy todo se aprende de la manera más rápida y más económica y, en el momento sucesivo, también es olvidado rápidamente. De modo que la celebración viene a ser suplantada por otra suerte de celebración. Las fiestas conmemorativas se tornan cada vez más pobres en pensamientos. Fiesta conmemorativa y ausencia de pensamientos se identifican y acuerdan perfectamente.
Pero, a decir verdad, aunque nos encontremos desprovistos de pensamientos, no renunciamos por ello al poder que tenemos de pensar; lo utilizamos necesariamente, aunque de modo extraño, de suerte que con la ausencia de pensamientos dejamos baldía nuestra aptitud de pensar. Mas sólo puede estar baldío un suelo que es en sí fértil, por ejemplo, un campo. Una autopista, sobre la cual nada brota, no será nunca baldía. De igual suerte que, si podemos volvernos sordos es únicamente en razón que escuchamos, o que, si envejecemos, se debe únicamente a que hemos sido jóvenes; igualmente si podemos devenir pobres en pensamientos, es solamente porque en el fondo de su ser el hombre posee el poder de pensar. Lo que poseemos, conscientes o no, es lo único que podemos perder o de lo cual nos podemos deshacer.
La ausencia creciente de pensamientos reposa, pues, en un proceso que ataca la más íntima substancia del hombre contemporáneo: Este se encuentra en fuga ante el pensamiento. Esta fuga ante el pensamiento explica nuestra carencia de pensamientos. Más aún, supone a su vez que el hombre no quiere ni verla ni reconocerla. El hombre de hoy la negará rotundamente, más bien, afirmará lo contrario. Así hará valer - en lo que tendrá perfectamente razón- que nunca se habían producido planes tan vastos, estudios tan variados, investigaciones tan apasionadas como en nuestra época. Ninguna duda cabe a este respecto. Un tal derroche de sagacidad y de reflexión es de gran provecho. Un pensar de esta suerte nos es indispensable. Pero... también queda que este es un pensamiento con una característica peculiar.
Su particularidad consiste en esto: Cuando trazamos un plan o participamos en una investigación u organizamos una empresa, siempre contamos con circunstancias dadas. Así, nosotros las hacemos entrar en un orden de cuenta dentro de un cálculo que mira a propósitos determinados. Damos por descontado desde el inicio resultados definidos. Este cálculo caracteriza todo pensamiento planificante y toda investigación. Este tipo de pensamiento e investigación permanece siendo un cálculo, aun allí donde éste no opere sobre números y no utilice ni simples máquinas de calcular, ni calculadoras eléctricas. El pensamiento que cuenta calcula; subordina al cálculo posibilidades siempre nuevas, cada vez más ricas en perspectivas y al mismo tiempo más económicas.
El pensamiento que calcula no nos deja tregua ni respiro y nos empuja de una posibilidad a la siguiente. El pensamiento que calcula nunca se detiene, no regresa jamás a sí mismo. El pensamiento que calcula no es el pensamiento meditante, un pensamiento que persigue el sentido que domina en todo lo que es.
Así, pues, hay dos suertes de pensamiento, cada uno de los cuales es a la vez legítimo y necesario: El pensamiento que calcula y el pensamiento que medita.
Ahora bien, fue teniendo a la vista este pensamiento que decíamos que el hombre está en fuga ante el pensamiento. Lamentablemente, se objetará, la pura meditación no se percibe, ella flota sobre la realidad, no tiene algún contacto con el suelo. No sirve para nada en la ejecución de los asuntos corrientes. No ayuda en nada a las realizaciones de orden práctico.
Y se agrega, para concluir, que la pura y simple meditación, que el pensamiento lento y paciente es demasiado "alto" para el entendimiento ordinario. En esta excusa hay una sola cosa que resaltar y es que el pensar meditante no es al igual que el pensar calculante, un fenómeno espontáneo. El pensamiento que medita exige algunas veces un gran esfuerzo y requiere siempre un largo y detenido entrenamiento. Reclama cuidados y esmeros más delicados que en cualquier otro oficio auténtico. Este pensar debe saber esperar, como el campesino, que la simiente germine y que la espiga madure.
Por otra parte, cada uno de nosotros, a su manera y en sus Iímites, puede seguir vías de meditación. ¿Por qué? Porque el hombre es el ser pensante, es decir, meditante. No es, por consiguiente, de manera alguna necesaria que la meditación nos eleve a "regiones superiores". Es suficiente con que nos detengamos en lo que está en nuestra cercanía y que busquemos lo que nos es lo más próximo y cercano: Aquello que concierne a cada uno de nosotros, aquí y ahora. Aquí: En este rincón de la tierra natal. Ahora: En la hora que suena en el reloj del mundo.
Si concedemos que es nuestra intención hacer de la fiesta que hoy celebramos un sujeto de meditación, entonces debemos cuestionamos: ¿Qué nos inspira esta conmemoración? Advertimos inmediatamente que es desde la tierra natal que una obra de arte ha brotado y ha alcanzado cumplirse. Si detenemos nuestra atención en este simple acontecimiento nos viene a la memoria que en los siglos XVIII y XIX la tierra suaba fructificó con grandes poetas y grandes pensadores. Avanzando aún un poco más con la mirada habremos de convenir que la región central de Alemania, al igual que Prusia Oriental, Silesia y Bohemia, ha sido una tierra generosa y fecunda.
Todo esto nos conduce a pensar y a preguntarnos si, para Iograr el cumplimiento de una obra acabada, no es menester radicarse en tierra propia, en una tierra natal. Johann Peter Hebel escribió: "Nos agrade o no admitirlo, somos como plantas que, apoyándose en sus propias raíces, deben surgir de la tierra, para alcanzar florecer en el éter y dar frutos". (Obras, Ed. Altwegg, III, 314).
El poeta quiere decir: Allí donde una obra humana verdaderamente vigorosa y sana se forma y perfecciona, encuentra su origen en las profundidades del suelo natío desde donde el hombre alcanza la potencia de elevarse al éter. "Eter" ", quiere aquí significar: El aire libre de las alturas del cielo, el dominio abierto del espíritu.
He aquí algo que nos da más a pensar y nos interrogamos: sucede hoy día en relación con esa observación de Johann Peter Hebel? ¿Podemos nosotros aún hoy hablar de un habitat apacible del hombre entre el cielo y la tierra? ¿El espíritu de meditación reina todavía, entre nosotros, en nuestro país? ¿Existe aún una tierra natal en que nuestras raíces puedan plantarse -y tomar fuerza, donde el hombre pueda permanecer, donde alcance una morada?
Numerosos han sido los alemanes que expulsados de sus propias casas, se han visto urgidos a abandonar sus aldeas y ciudades, que han perdido su tierra natal. Más numerosos aún son aquellos que han conservado sus hogares y sin embargo, los dejan igualmente, atrapados en el torbellino de las grandes ciudades y que no tienen otra alternativa que establecerse en el desierto de las regiones industriales. Se han tornado en extraños a su propia tierra.
Pero, ¿cómo han permanecido? Se han transformado en seres aún más desarraigados que los mismos refugiados. Todos los días del año y por varias horas durante el día fascinados ante sus aparatos de radio y televisión. Todas las semanas, el cine los levanta de su medio y los sumerge en un ambiente de representaciones inhabituales ordinarias, simulando un mundo que no existe. Donde quiera que se dirijan, tendrán al alcance de su mano un periódico ilustrado. Todo aquello que los medios de información de que disponemos hoy día envían al hombre hora por hora, lo sorprende, lo excita y da rienda suelta a su imaginación - de suerte que todo esto le es más próximo que el campo que rodea su casa y que es su bien, más próximo que el cielo sobre la tierra, que la ronda de las horas del día y de la noche, más cercano que los usos y las costumbres de su aldea, que la tradición de un mundo que es el suyo.
Este hecho nos da aún más qué pensar y nos preguntamos ¿Qué es lo que aquí acontece, tanto con los refugiados como con los otros? Respuesta: la radicación del hombre está hoy amenazada en su ser más íntimo. Agregamos: Este desarraigarse del hombre no se debe al mero concurso de circunstancias exteriores o a la fatalidad de un destino, ni al sólo efecto de una negligencia de los hombres, a un modo superficial de vida. El desarraigo procede del espíritu de la época en que nos ha fijado nuestro nacimiento.
Hemos alcanzado algo que nos da mucho en qué pensar y nos Mueve a formular la interrogación: ¿El hombre del futuro podrá aún desarrollarse, su obra madurará desde una tierra natal firme para levantarse en el éter, esto es, en toda la extensión del cielo y del espíritu.? ¿O más bien, todas las cosas caerán en las tenazas de la planificación, de la organización y de automatización.
Si tentamos llevar a cabo la meditación que esta fiesta nos sugiere, entonces se nos revelará que nuestra época está amenazada por el desarraigo. Nos preguntamos: ¿Qué es lo que de modo propio y en realidad sucede en nuestro mundo, qué es lo que lo caracteriza?
La época a la que hacemos nuestra entrada se denomina en la actualidad con el nombre de "Era Atómica". Su elemento caracterizante más evidente es la presencia de la bomba atómica. Pero esta caracterización permanece en lo superficial, porque se ha descubierto en seguida y a la vez reconocido que la energía atómica puede ser utilizada para fines pacíficos. Es por esto por sobre todo el globo, los físicos atómicos y sus técnicas intentan hoy levantar en vastas organizaciones la utilización pacífica de la energía atómica. Los grandes trusts industriales de las naciones de gran poderío técnico, con Inglaterra a la cabeza, han calculado que la energía atómica será un negocio de proporciones gigantescas.
En el negocio de la energía atómica, se afirma, se ha de descubrir una nueva felicidad. Las luminarias mismas de la ciencia del átomo no se contienen y proclaman esta felicidad. En julio de este año (1955) dieciocho titulares del premio Nobel reunidos en la Isla de Mainau (Lago de Constanza), lo han externado textualmente en un llamado: "La ciencia -en este caso la ciencia más reciente del estudio de la naturaleza- es un camino que conduce a una vida más feliz para el hombre".
¿Qué pensar de esta declaración? ¿Procede de un verdadero esfuerzo de meditación? ¿Indaga el sentido de la época atómica? No; si aceptamos como valedera y suficiente esta afirmación de los entendidos en la física atómica, nos colocaríamos en el lugar más lejano posible para lograr una meditación de la época presente. ¿Por qué? Pues porque nos habríamos olvidado de pensar. Porque nos habríamos olvidado de preguntar: ¿Con qué debe ser relacionado el hecho de que la técnica científica haya descubierto y liberado nuevas energías naturales?
Este hecho debe ser relacionado con esto: que desde hace algunos siglos una inversión y una precipitación de todas las representaciones fundamentales está aconteciendo. El hombre está siendo transportado a otra realidad. Esta revolución radical de nuestro modo de ver el mundo se cumple en la filosofía moderna. Ahí nace una posición enteramente nueva del hombre en el mundo y con relación al mundo. Ahora el mundo se revela como un objeto sobre el cual el pensamiento calculante dirige sus ataques y a estos ataques nada deberá poner oponer resistencia. La naturaleza viene interpretada como una reserva gigante, como una fuente de energía para la técnica y la industria moderna. Esta relación fundamentalmente técnica del hombre con la totalidad del mundo apareció por vez en el siglo XVII en Europa y solamente en ella. Por mucho tiempo ha permanecido desconocida en otras partes de la tierra. Esto es completamente extraño a las épocas anteriores y al destino de los pueblos de entonces.
La potencia escondida en el seno de la técnica contemporánea determina la relación del hombre con lo que es; reina sobre toda la tierra. El hombre comienza a alejarse de la tierra para penetrar en el espacio cósmico.
Desde hace una veintena de años la investigación atómica ha puesto en evidencia fuentes de energía tan enormes que, en un futuro relativamente próximo, cubrirán todas las necesidades energéticas mundiales. Dentro de algunos años, no serán sólo ciertos países o determinadas partes del mundo los que podrán tener acceso a las nuevas fuentes de energía, tal como sucede hoy con el carbón, el petróleo y los bosques. En futuro bastante próximo las centrales atómicas podrán ser construidas en toda la superficie de la tierra.
La cuestión fundamental de la ciencia y de la técnica contemporánea no es la de saber de dónde podremos extraer las cantidades necesarias de combustibles y carburantes. Hoy la cuestión decisiva es ésta: ¿de qué forma podremos dominar y dirigir la energía atómica, cuya potencia sobrepasa toda posible imaginación, y garantizar a la humanidad que no se nos escapará de improviso, aun fuera de todo acto de guerra, de entre las manos, encontrando una salida y destruyéndolo todo?
Si se logra dominar la energía atómica, y esto se alcanzara, se iniciará entonces un nuevo desarrollo del mundo técnico. Las técnicas del cine y de la televisión, las del transporte, en particular, el aéreo, las de la información, las de la alimentación, las del ejercicio médico clínico, tal como las conocemos hoy no son más que primeros tanteos. Nadie puede prever los trastornos venideros. Los progresos de la técnica se harán cada vez más rápidos, sin que podamos hacer nada por detenerlos. En todos ordenes de la existencia, el hombre se va a encontrar cada vez estrechamente cercado por las fuerzas de aparatos técnicos y de autómatas. Hace ya mucho tiempo que las potencias que en todo lugar y a toda hora, bajo la forma de maquinarias o de instalaciones técnicas, acaparan y oprimen el hombre, lo limitan y seducen; desde hace mucho tiempo, decimos, estas potencias han desbordado la voluntad y el control del hombre porque no proceden de él.
Una de las características nuevas del mundo técnico consiste en la extremada rapidez con que sus éxitos son conocidos y admirados públicamente. Así esto que estoy en vías de decir en torno al mundo de la técnica, cualquiera puede leerlo al día de hoy en cualquier publicación ilustrada hábilmente dirigida, o escucharlo por la radio. Pero una cosa es escuchar decir esto o aquello, es decir tener sóIo una noción y otra muy diferente, completamente diferente la de adquirir un saber, esto es, de aprehenderlo mediante el pensamiento.
Durante el verano de este año 1955, un coloquio internacional reunió de nuevo en Lindau a los titulares del Nobel. En esta ocasión el químico americano Stanley observó: "Se aproxima la hora en que la vida se encontrará colocada en las manos de los químicos, que harán, desharán o modificarán a su voluntad la substancia viviente". Se toma conocimiento de tal declaración, se admira la audacia de las investigaciones científicas Y todo queda ahí. No se llega a tomar en consideración que lo que los medios de la técnica nos preparan es una agresión contra la vida y el ser mismo del hombre, y que respecto a esta agresión la explosión de una bomba de hidrógeno no significa nada porque es precisamente si las bombas de este tipo no estallan y si el hombre continúa viviendo sobre la tierra que la Era Atómica llevará a cabo una inquietante transformación del mundo.
Lo que, sobre todo en este contexto, es con propiedad inquietante no es que el mundo se tecnifique completamente; lo que es verdaderamente alarmante es que el hombre no esté preparado para esta transformación, que no nos hayamos todavía explicado valederamente con los medios del pensamiento meditante, lo que, con propiedad, en nuestra época emerge bajo nuestros ojos.
Ningún individuo, ningún grupo humano, ninguna comisión, aunque estuviera integrada por los más eminentes hombres de estado, científicos o especialistas técnicos; ninguna conferencia de industriales y economistas puede frenar o dirigir la marcha y el desarrollo histórico de la Era Atómica. Ninguna organización puramente humana se encuentra en estado de tomar en sus manos la dirección de nuestra época.
Así, el hombre en la Era Atómica sería entregado sin orientación y sin defensa a la marea creciente de la técnica; y efectivamente lo sería si, allí donde el juego es decisivo, renuncia a cumplir con el pensamiento que medita en contra del pensamiento simplemente calculante. Pero el pensamiento meditante, una vez que ha despertado, debe obrar sin tregua y animarse a la menor ocasión: la meditación debe cumplirse en el presente, aquí justamente en ocasión de nuestra fiesta conmemorativa. Porque este modo de pensar nos conduce a considerar lo que la era atómica amenaza particularmente: la radicación de las obras humanas en una tierra natal.
Preguntémonos ahora: Si el anterior arraigo está desapareciendo ¿no es posible que en cambio un nuevo terreno, nuevo suelo se ofrezca al hombre, un suelo donde el hombre y sus obras tomarían una savia nueva para su desarrollo, en el corazón mismo de la era atómica? ¿Cuál sería el suelo, la tierra, para un nuevo arraigo? Lo que buscamos cuestionando de esta manera podría estar muy cercano a nosotros: tan cercano que es demasiado fácil no verlo, porque para nosotros los hombres, el camino de dirección a lo que nos es más próximo es siempre el más largo y por consecuencia el más arduo.
El camino es una vía de meditación. El pensamiento meditante exige de nosotros que no nos fijemos en un solo aspecto de las cosas, que no seamos prisioneros de una representación, que no nos lancemos sobre una vía única en una dirección. El pensamiento meditante exige de nosotros que aceptemos detenernos en las cosas que a primera vista aparecen inconciliables.
Intentemos hacerlo: Las organizaciones, los aparatos y las maquinas del mundo técnico se han convertido para nosotros en indispensables, en una medida que es más grande para unos y menos para otros. Sería insensato atacar y pretender destruir el mundo técnico; sería mostrar una corta visión pretender condenar este mundo como obra diabóIica. Dependemos de los objetos que la técnica nos facilita y que, por así decir, nos pone en disposición de perfeccionar sin cesar. Sin embargo, nuestra relación con las cosas técnicas es actualmente tan estrecha que nos hemos convertido, sin saberlo, en sus esclavos.
Pero podría ser de otra manera. Podemos utilizar las cosas técnicas, servirnos normalmente de ellas, pero al mismo tiempo liberarnos, de suerte que en todo momento conservemos nuestra distancia a su respecto.
Podemos al mismo tiempo dejarlos aparte como lo que no nos alcanza en lo que tenemos de más 'íntimo y de más propio. Podemos decir: "Si" al empleo inevitable de los objetos técnicos y al mismo tiempo decirles: "No" en el sentido de impedirles que nos acaparen y nos deformen, que enreden y vacíen nuestro ser.
Mas si decimos a la vez "Si" y "No" a los objetos técnicos ¿No se torna nuestra relación con el mundo técnico ambigua e incierta? Todo lo contrario: Nuestra relación con el mundo, sería maravillosamente simple y apacible. Admitimos los objetos técnicos en nuestro mundo cotidiano y al mismo tiempo los dejamos fuera, esto es, los dejamos reposar sobre ellos mismos como cosas que no tienen nada de absoluto, sino que dependen de algo que es más alto que ellos.
Una vieja palabra se nos ofrece para designar esta actitud de "Sí" y "No", dichos conjuntamente al mundo de la técnica: es la palabra Gelassenheit, "serenidad", "igualdad de ánimo"
Hablamos de la igualdad de ánimo en presencia de las cosas.
En esa actitud no miramos ya a las cosas de punto de vista de la técnica: vemos más claro y comprendemos que la construcción y la utilización de maquinarias exigen sin lugar a duda otra relación con las cosas, pero vemos que esta relación no está ella misma desprovista de sentido. Así, la agricultura se convierte en una industria motorizada del tipo industria de la alimentación. Es verdad que aquí, como en los otros dominios, un cambio profundo se opera en la relación del hombre con la naturaleza y con el mundo. ¿Cuál es, embargo, el sentido de este cambio? He aquí lo que permanece a oscuras.
Así, en todos los procesos técnicos rige un sentido reclama para él la actividad y el reposo del hombre, un sentido que el hombre no ha inventado ni construido.
Nosotros no sabemos hacia dónde tiende esta dominación de la técnica atómica, que se agrava hasta convertirse en algo inquietante. El sentido del mundo técnico se oculta. Ahora bien, si consideramos constantemente y de manera especial el hecho de que, en todas partes, en el universo técnico, nos tropezamos con un sentido oculto, nos encontramos ahí mismo en el dominio de aquello que se oculta, que se vela en el mismo momento en que viene a nosotros. Dejarse entrever para al mismo tiempo velarse, ¿no es esto el carácter fundamental de que llamarnos el secreto? Demos un nombre a la actitud en que nos mantenemos abiertos al sentido oculto del mundo técnico. Nombrémoslo: el espíritu abierto al secreto.
La igualdad de ánimo frente a las cosas y el espíritu abierto al secreto son inseparables. Estas actitudes nos hacen posible habitar entre las cosas de una manera nueva. Ellas nos prometen otra tierra, otro suelo, sobre él cual, permaneciendo en el mundo técnico pero al abrigo de su amenaza, nos permiten sostenernos y subsistir.
La igualdad de ánimo frente a las cosas y el espíritu abierto al secreto nos desvelan la perspectiva de un futuro arraigado. Podría suceder que este último sea lo suficientemente fuerte para recordar, bajo una forma nueva, la antigua raigambre que por ahora desaparece rápidamente.
Durante la espera, sin embargo -y no sabemos por cuánto tiempo-, la humanidad se encuentra sobre la tierra en una situación peligrosa. ¿Por qué? ¿Es sólo a causa de que una tercera guerra mundial pueda estallar bruscamente con la consecuente destrucción de la humanidad y la ruina de la tierra? No. Un peligro mucho más grande amenaza desde los inicios de la Era Atómica- y precisamente en el caso que el riesgo de una tercera mundial pueda ser descartado ¡Extraña afirmación! ... Extraña sin duda, pero sólo si la marcha de nuestra meditación no se detiene suficientemente en su consideración.
¿En qué medida tiene sentido esta afirmación? En la medida en que la revolución técnica que se nos viene encima desde los inicios de la Era Atómica podría fascinar al hombre, deslumbrarlo y hacerle girar la cabeza, seducirlo de tal suerte que un día el pensamiento calculante sea el único en ser admitido y ejercitado.
¿Qué gran peligro nos amenazaría entonces? Entonces la más sorprendente y fecunda virtuosidad del cálculo que inventa y planifica se acompañaría... de la indiferencia hacia el pensamiento meditante, es decir, de una total ausencia de pensamiento. ¿Y entonces? Entonces el hombre habría negado y rechazado lo que posee como lo más propio, esto es, que es un ser pensante. Se trata por consiguiente de salvar la esencia del hombre. Se trata de mantener despierto el pensamiento.
Solamente que... la igualdad de ánimo frente a las cosas y la apertura del espíritu a lo secreto no nos caen jamás como si fuesen cosas venidas del cielo. No son cosas que nos vienen con un golpe de suerte.
Tal vez la conmemoración que hoy celebramos nos incite cumplir este esfuerzo. Si escuchamos y atendemos esta incitación, entonces es a Coradín Kreutzer al que pensamos cuando consideramos el punto de partida de su obra, las fuerzas que él ha tomado de su tierra natal de Heuberg. Y es también en nosotros que pensamos, cuando nos conocemos a nosotros mismos, aquí y ahora, como hombres que deben encontrar un camino que conduzca al corazón de la Era Atómica y a través de éI.
Cuando despertemos en nosotros la igualdad de ánimo frente a las cosas y abramos nuestro espíritu al secreto podremos esperar alcanzar un camino que nos conduzca hacia una tierra nueva, hacia un nuevo suelo. Un suelo en que la creación de obras duraderas podría arraigarse nuevamente.
Así, de una manera diferente y en otra época, la palabra Johann Peter Hebel volvería ser verdadera:
"Que nos agrade o no admitirlo, somos
como plantas que apoyándose en sus propias raíces, deben
surgir de la tierra para alcanzar florecer en el éter, y dar frutos".
NOTAS
(1 ) Este discurso conmemorativo fue
pronunciado en Messkirch, patria chica del filósofo, el 20 de octubre
de 1955 en ocasión de celebrarse la fiesta conmemorativa del l75o.
aniversario del nacimiento del compositor Conradín Kreutzer. La
presente traducción se basa en la traducción francesa del
original alemán, llevada a cabo por André Preau, que fue
publicada en el tomo llI de "Martin Heidegger: Question, Gallimard, 1966
(1972)". La edición original en lengua alemana se publicó
en el año de 1959 por G. Neske, Pfultigen, bajo el título:
"Gelassenheit (n. del t.)
(2) Músico alemán (1870-1849)
originario de Messkirch; en Baden se destacó en su juventud como
pianista y cantante, consagrándose posteriormente al estudio de
la composición. Alcanzó gran renombre por sus óperas
y oratorias; entre ellas, se destaca también la ópera: "Noche
en Granada" y el oratorio "Die Sendung Mosis"; también compuso música
de cámara y numerosos "lieder". No se debe confundir con Rodolfo
Kreutzer (1766-1831 ), violinista y compositor francés al que Beethoven
dedicó su famosa sonata que lleva su nombre: "Sonata a Kreutzer".
(n. del t.)