|
Jorge Ramos Avalos
periodista de Univisión
«Buenos días, ¿cuántas canciones
te robaste de la Internet anoche?». Esta no es, exactamente,
la mejor manera de saludar por las mañanas a tu hijo
o hija adolescente. Como contestación, si tenemos
suerte, recibiremos un gélido silencio. Pero quienes
somos padres de jóvenes -tengo una hija de 16 años-
sabemos que una buena parte de sus noches se la pasan en
la Internet "bajando música" y "emiliándose"
con sus amigos.
En un día normal, cerca de un millón de
computadoras en EE.UU. utilizan el famoso sitio de KaZaA
para intercambiar música a través de la Internet.
Y, por supuesto, la mayoría de quienes usan KaZaA
(o cualquiera de los otros servidores que permiten intercambiar
archivos) son menores de 30 años de edad. Para estos
jóvenes bajar o downlodear música de la Internet
es tan común como prender la radio. Y, al igual que
la radio, ellos creen que es gratis. Pero, en realidad,
no lo es.
Si escuchamos los argumentos de la RIAA (Recording Industry
Association of America), estos jóvenes son unos
delincuentes; viles piratas cibernéticos. Para la
RIAA, la organización que agrupa a las principales
compañías de discos de EE.UU., no hay mucha
diferencia entre robarse un CD de una tienda y "bajar"
las canciones de ese mismo CD por la Internet. Por eso la
RIAA acaba de demandar a 261 personas, incluyendo a varios
menores de edad, por "bajar" música sin
pagarla. Pero eso no ha evitado que miles de jóvenes,
todos las noches, se rían de la RIAA. El 64% de los
estadounidenses, como asegura una encuesta del diario The
New York Times, no considera un "robo" escuchar
e intercambiar música de la Internet sin pagarla.
La industria disquera estadounidense, según cálculos
de la revista Newsweek, ha perdido al menos 700 millones
de dólares desde que Napster -otro sitio donde se
compartían canciones- apareció en 1999. Napster
fue obligado a cerrar, pero rápidamente lo reemplazó
KaZaA. Y si KaZaA cierra, otro lo reemplazará en
una décima de segundo.
Para tratar de entender lo grave de la situación
para los artistas y para la industria de la música
le hablé a Emilio Estefan. Él
es, sin duda, uno de los productores más poderosos
e influyentes de la música en inglés y en
español y, en parte, responsable del éxito
de cantantes como Ricky Martin, Shakira y
Jennifer López. Acababa de llegar de Europa
donde el último CD de su esposa Gloria
-Unwrapped- está entre los primeros lugares
de popularidad en España y Suecia.
«Cualquier artista que vendía 5 millones
de discos hace tres años», me dijo Emilio,
venciendo el jet lag, «vende ahora solo 750 mil copias
a lo mucho». El principal temor de Emilio es que
las compañías discográficas dejen de
promover a los nuevos talentos porque no puedan recuperar
su inversión inicial. "La industria de la música
está en un gran riesgo", me comentó.
«Los derechos de autor no se están respetando».
Efectivamente, de las 60 millones de computadoras que han
intercambiado música en EE.UU., poquísimas
han pagado algo por hacerlo. Así, no gana nada el
artista ni el compositor ni los músicos ni la compañía
de discos, ni los distribuidores ni los promotores ni los
agentes ni nadie. Han surgido, sí, algunas empresas
que cobran 99 centavos por cada canción "bajada"
de la Internet o servicios que por unos 20 dólares
te ofrecen una amplia selección. Pero un broder de
15 años no tiene ningún incentivo para pagar
por esa música si lo puede hacer gratis y sin consecuencias
legales.
Parte del problema está en que los CDs son muy caros.
Veinte dólares por un CD con solo dos o tres canciones
buenas es una verdadera fortuna para un estudiante. Mejor
copian esas 2 ó 3 canciones de la Internet. Además,
me aseguran que imprimir un CD no cuesta más de dos
dólares. Entonces, ¿a bolsillos de quién
van a parar los otros 18 dólares? Emilio Estefan
está de acuerdo en bajar los precios de los CD. «Once
dólares con 50 centavos» pudiera ser un
precio más razonable, me dijo. Pero ni siquiera CD
más baratos cambiarían el apetito por la música
gratis ni evitarían su eventual desaparición.
Desde mi punto de vista -aquí, escribiendo, bien
pegadito a un teclado de computadora- creo que los CD tienen
los días contados. El CD, me temo, será una
cosa del pasado en menos de una década al igual que
ahora son los casetes y los discos de 78 ó 45 revoluciones.
El futuro -¡el presente!- es la Internet y el intercambio
de música digitalizada. Los artistas se tendrán
que acostumbrar a hacer dinero de otra manera. Bruce
Springsteen, por ejemplo, ganará este año
120 millones de dólares en conciertos y muy poco
por la venta de su CD.
¿Por qué? Porque la piratería de
CD, fuera de la Internet, también es gigantesca.
Emilio me comentaba que el mismo CD que se vendía
por 12 euros en una tienda del Corte Inglés de Madrid,
lo encontró por dos euros en un puesto de la calle.
«Y era de la misma calidad», concluyó
entre triste y asombrado. Imposible ganar dinero así.
Apostar el destino de la industria en los CD es como meter
dinero en un ataúd.
Las compañías de discos bien harían
en empezar a vender su música a través de
la Internet. ¿Qué tal que cada empresa tenga
un sitio en la Internet donde venda canciones individuales
de sus propios artistas por 50 centavos de dólar
cada una? Eso es mejor que nada. Seguramente hay otras ideas
flotando. Además, es solo cuestión de tiempo
antes de que un nuevo invento tecnológico evite intercambiar
por la Internet canciones que no hayan sido pagadas previamente.
Esa es la luz -verde, de billete- al final del túnel.
El mensaje es sencillo: el que no se adapta, desaparece.
Igual que los dinosaurios. Mientras tanto, la música
de piratas es la que está de moda.
REFERENCIA: diario La Prensa (Panamá),
Sección Perspectiva. Sept. 24, 2003
|