LEVÁNTATE Y ANDA Todo comenzó la tarde del 15 de octubre de 1977, a las 15:00 p.m. Yo acababa de salir de mi trabajo, en una cafetería de la Ciudad. La tarde era preciosa y se me apeteció ir a pasear por la playa. Tomé mi bañador, mi toalla y emprendí la marcha de 15 minutos que me llevaría hasta la playa. En aquel momento, yo tan sólo contaba con 16 años de edad y toda una vida por delante por descubrir. Pero esa tarde mi vida daría un cambio de rumbo de una forma que jamás yo imaginé. Me encontraba en la playa, cuando me acerqué a la orilla para zambullirme. Tomé un poco de carrera y me lancé contra el agua. El golpe fue brutal y mi cuello no pudo resistir el fuerte impacto contra el fondo marino. Una sensación extraña me invade, pues yo intento salir del agua y mi cuerpo no responde. Entonces comienzo poco a poco a sentir la falta de oxígeno y, al mismo tiempo, a ser consciente de la gravedad de aquella situación. De repente, siento la mano de una persona sujetándome para sacarme del agua. Cuando aquella persona me coge es sus brazos y me lleva hasta la orilla de la playa, todo se convierte en un caos para mí. Todos mis sentidos estaban anulados, no podía hablar ni oír a todas aquellas personas que rodeaban y miraban mi inerte cuerpo sobre la arena. Pronto, me trasladan hasta un hospital, allí comienza, y por tan sólo un desafortunado golpe en mi cuello, una nueva vida para mí. Tras un año hospitalizado, y después de llevar una dura rehabilitación por fin vuelvo a casa. Regreso en silla de ruedas, pues no logro caminar después del accidente, pero regreso alegre por ver a mi familia después de todo un año lejos de ella. Durante los primeros meses en casa me encontraba desorientado, sin más horizonte en mi vida que la blanca pared de mi habitación. Poco a poco, la vida se me fue convirtiendo en un pozo, cada vez más profundo y cada vez más oscuro. A cada día que pasaba, más vacío, más oscuridad,y menos ganas de vivir. Mi familia, en un afán de ayudarme, me animaba, pero no había nada que hacer. La perpetua apatía se había convertido en mi forma de vida. La diaria rutina era mi única tarea: de la cama a la silla de ruedas, en largas horas solitarias de televisión, y, de nuevo, de la silla de ruedas a la cama. Este proceso del diario morir, creyendo vivir, duró cerca de un año en mi vida. Entonces, sucedió el Gran Milagro, de nuevo un "golpe" iba a dar un cambio a mi vida, pero esta vez para empezar realmente a vivir, para dar por finalizada mi caída en aquel pozo cada vez más profundo y que yo mismo, con mi apatía y falta de ganas por luchar, había excavado, día a día, tan profundamente. "Bienaventurados los que viven en el fondo del pozo, porque en adelante sólo les queda mejorar" Este Milagro fue la presencia del cura del pueblo en mi casa, venía a visitarme. Este sacerdote llevaba varios años dedicándose por entero a la recuperación social de personas con minusvalías, su misión era incorporar a la persona en silla de ruedas a la sociedad, y con todos sus derechos. Así que, después de hablar por unos minutos, quedamos en que otro día él vendría a por mí, para acudir a una reunión donde habría otras personas que también estaban en sillas de ruedas. El sacerdote cumplió su palabra, acudió al domingo siguiente a por mí, a mi casa, y fuimos a aquella reunión. Se me había olvidado que bello era el Sol, que azul más hermoso era el color del cielo, y cual era el olor de la brisa del mar. Sí, Amigos, se me había olvidado vivir. Aquel día fue el primer día de mi nueva vida. A cada nueva salida iba descubriendo, poco a poco, que desde mi silla de ruedas podía realizar muchas cosas: estudiar, viajar, divertirme, enamorarme, trabajar, luchar, ayudar, etc. Así que me planteé y decidí cambiar mi vida, y pronto acudí a seguir con mis estudios, dejados a medias a los 14 años para ponerme a trabajar. Fueron años duros, en donde no sólo tuve que afrontar la dura tarea de acudir a diario a la escuela, sino también afrontar las múltiples y variadas barreras que cada día tenía que sortear con mi silla de ruedas para llegar hasta el colegio. Pero, lejos de dejar apresarme por los miedos y el desánimo, seguí luchando. Para mí, en plena escalada por alcanzar la salida del pozo lo antes posible, no existía el momento de mirar para atrás. Al mismo tiempo que estudiaba, participaba de forma activa en una Asociación de Minusválidos que buscaba la plena integración de aquellas personas que, usando una silla de ruedas, luchaban por llevar una vida digna. Allí, en esta Asociación, permanecí durante 15 años. Allí aprendí a desarrollar mi voluntad, y comprendí que todos aquellos objetivos que nos propongamos alcanzar en la vida, todos, son posibles. Tan posibles son de alcanzar tus objetivos desde tu silla de ruedas, que si te lo propones puedes llegar a conseguir hasta aquellos con los que jamás habías soñado. Pues yo, amigos míos, que jamás había soñado con que el amor me visitase una tarde de verano, me encontré con el hermoso regalo que supuso encontrar una compañera, un amor que supo crear un mayor horizonte a mi vida. Hoy, 22 años después de aquel día de playa, puedo decirte amigo, que en mis estudios alcancé la universidad. Que en mi lucha diaria en la Asociación, logré transformar y suprimir muchas de las barreras que nos impedían tener una vida por igual a los demás. De los 15 años de vida con mi compañera, me queda un sentimiento de amor que nunca morirá. Sin embargo, lo más importante de toda mi experiencia de vida en una silla de ruedas, es la gran satisfacción que tengo por saber que no ha existido un tiempo perdido, ni un esfuerzo no recompensado. Sentir en mi corazón, la confianza de saberme capaz de afrontar cualquier reto. Creer en mi mente, que cualquier sueño es posible. Y no dejar nunca, nunca, de descubrir, sentir y amar. Si, Amigo mío, si te encuentras en caída libre en el oscuro pozo de la desesperación, porque crees que tu vida se acabó, porque miras hacia la salida y crees verla tan lejos, entonces no pierdas más tiempo. La vida, la mejor de tus amigas, te espera cada tarde sentada en el banco del parque a que tú aparezcas de entre la oscuridad que tú mismo has creado, para que la invites a tomar un helado. Manuel Quevedo Ojeda