| |
Una mañana desperté, abrí mis ojos y me pregunté:¿Qué es realmente ver?.
Es una pregunta un poco existencialista, pero no pude evitar planteármela. Ya que es una acción que realizo todos los días, pero sin embargo no le presto mucha atención. Quizá porque es algo que todos hacemos y nos parece sumamente normal o común. Y justamente por no tener nada de especial es que no nos surge la inquietud de preguntarnos de que se trata realmente. Después de aquella mañana, pasaron unos cuantos días sin darle respuesta a mi pregunta, al punto tal de olvidarla. Total, era una pregunta muy amplia y su respuesta quizás más aún. Además tenía que seguir con las tareas del día a día y no podía dedicarle tiempo a una simple pregunta. Como quien dice debía continuar con mi vida normal. Es así que, como hacemos todos, me sumergí en lo cotidiano despreocupándome de semejantes planteos.
Recuerdo que era lunes, cerca del mediodía, y me encontraba haciendo fila para pagar unos impuestos. Detrás mío había unas señoras hablando. Y como suele suceder en estos casos, cuando estás esperando un largo rato en un mismo lugar y no hay mucho por hacer, me puse a escuchar de que hablaban estas dos mujeres. No era nada muy interesante y tampoco viene al caso recordar toda la conversación. Sencillamente fueron dos frases, una dicha por cada mujer, las que me hicieron replantear aquella pregunta.
Desde aquel día y durante un tiempo mientras transcurrían diferentes momentos en mi vida, frase a frase escribí:
“Afortunados los ojos de aquel bebé, porque en ellos brilla la pureza.
Y los ojos de tu hermano, porque irradian confianza. Y los de tu mascota, porque contagian ternura.
Benditos los ojos de tus padres, que te observan con dulzura. Y los ojos de tu novia, porque en ellos resplandece el amor.
También los ojos de ese bombero, que demuestran su valor. Felices los ojos de un amigo, porque están cargados de lealtad.
Y los ojos de esos recién casados, porque derraman felicidad. Afortunados los ojos del niño jugando, porque manifiestan la alegría.
Y los ojos de ese abuelo, porque transmiten sabiduría. También los de aquel deportista, porque manifiestan pasión.
Los ojos de aquella embarazada, porque tienen el fulgor de la vida...”
Si me preguntan por las famosas frases que escuché, una fue “Hay que ver para creer” y la otra “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Si me preguntan por aquellas dos señoras puedo decirles sin miedo a equivocarme, que nunca más la vi.
Hoy me doy por satisfecho y creo tener la respuesta. Por eso escribo ésta, la última frase:
“Y benditos sean los ojos del alma, que le permitieron ver todo esto... a un simple ciego, como yo.”
El Lobo
|
|