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Me sorprendió encontrarla.
Creí que volaba, pero era el viento quien la empujaba.
Quizás el y ella, siempre fueron muy buenos amigos.
Y ahora el viento no podía verla así.
Tristemente inmóvil, penosamente quieta.
Entonces soplaba y se arremolinaba, desesperado.
Trataba de elevarla, buscando imitarle aquel simpático y loco vuelo.
Comencé a seguirla, acompañando al viento.
No sabia hasta donde y por cuanto tiempo, pero la seguía.
Por suerte, su color era inconfundible.
Tropecé varias veces por no perderla de vista.
Algo me decía que su rumbo no era incierto.
Por momentos sentía que se alejaba.
Pero era yo, que con mi paso cansado, me distanciaba.
Era difícil escoltar al viento, pero ella valía la pena.
Liviana, frágil, delicada, hermosa y cálida.
En algún momento pensé en atraparla.
Pero no tenia sentido, si yo la descubrí libre
¿porque ahora adueñarme de ella?
De pronto, el viento comenzó a disminuir, hasta transformarse en una simple brisa.
En el horizonte ella caía suavemente, y yo con lagrimas en los ojos comencé a correr.
Sabía que todo estaba por llegar a su final.
Estaba profundamente emocionado.
Por fin descubriría a donde van cuando mueren.
Ante mis ojos un paisaje multicolor se alzaba majestuoso.
Totalmente maravillado me arrodillé y contemplé ese paraíso.
Miles y miles de ellas, estaban todas allí.
Juntas como exuberantes ramilletes de flores.
La que yo seguí se perdió entre las demás.
No pude ver exactamente donde fue su descenso.
Pero eso no importaba.
Como tampoco me importó saber como llegué hasta ahí.
Simplemente recorrí un largo camino durante no se cuanto tiempo.
Y ya era hora de descansar.
Fue entonces cuando cerré mis ojos, y apareció nuevamente la brisa.
Susurrándome al oído, que en realidad ellas no morían.
Especialmente la que yo había perseguido,
cuyo nombre era ALMA.
El Lobo
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