"Ya
no te
quiero..."
Esa, fue tu
última frase. Entonces
cerré fuerte mente mis ojos.
Porque sentí que algo se me escapaba
por la luz de la mirada.
Pero inútil era retenerla,
lentamente, se escapaba. En un último intento de mante_
nerla junto a mí, quise enredarla entre mis pestañas. Y
volví a escucharte, diciendo "Ya no te quiero..." y ahora
tu voz rebotaba infinita en los rincones de mi interior
como el eco que se propaga en las paredes de un abismo.
Fue entonces cuando abrí mis ojos y la dejé ir.
Acarició mi rostro y oculta dentro de
una lágrima, mi alma, al suelo
cayó.
El Lobo
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