Faltaban horas para la nochebuena.
El lugar estaba abarrotado de gente, especialmente de niños.
En el patio de comidas, sobre un gran escenario, se podía disfrutar de una soberbia postal navideña con actores muy bien vestidos. No faltaba nada, desde la simulada nieve hasta los renos, que de tan reales causaban impresión.
Todo el shopping estaba decorado con motivos navideños, la combinación de los colores verde y colorado eran una constante.
Amontonados frente a las enormes vidrieras de las jugueterías podía verse a puñados de niños completamente fascinados, señalando inquietamente, y a cada instante, un juguete tras otro.
Sus ojitos se hacían un festín de maravillas. Con las manitos y hasta a veces con sus narices apoyadas sobre el cristal, sus corazoncitos se aceleraban al sentirse tan cerca de cumplir sus caprichosos deseos.
Una pareja que recién salía de un local parecía desesperada.
Caminando a paso acelerado se acercaron a uno de los fornidos hombres de seguridad. Este inmediatamente apenas presionando con dos dedos un pequeño auricular negro sobre su oreja izquierda e inclinando levemente su cabeza, con voz firme dio una especie de alerta.
Seguidamente, acompañado de la pareja, se aproximaron hasta uno de los ascensores. Allí los esperaba su pequeña hija rodeada de otros tres heroicos hombres de seguridad. Un par de ellos sostenía de cada brazo a un anciano mal vestido, al cual miraban con cara recia.
La pareja se abalanzó sobre su hija, que se encontraba algo desconcertada, para abrazarla.
Al instante se escuchó la frase "no queremos verlo más por aquí", y se cerraban las puertas del ascensor con los musculosos que continuaban sin soltar al anciano. A su vez, la niña repetía "Papá Noel", mientras se alejaba en andas de sus padres (quienes sonrientes agradecían al personal de seguridad)
Por la puerta de servicio, a empujones, salía el anciano. Llevaba apretada en una de sus manos una gorra de paño, y con la otra acariciaba su prácticamente calva y plateada cabellera. Caminado lentamente, o mejor dicho tan rápido como su edad le permitía hacerlo, se dirigió costeando el edificio hasta la entrada principal.
Allí se encontró con su esposa sentada sobre unos escalones. La abuela lo miró algo sorprendida, pues venía por un lugar que ella no lo esperaba.
Abrazándolo, lo miró tiernamente a los ojos y le preguntó que había sucedido, a la vez que le acomodaba la solapa del desteñido saco.
Él peinó su espesa y abundante barba blanca, y luego de acariciar la mejilla de su amada y de acomodarse ligeramente unos pequeños anteojos dorados, le dijo:
Amor, ya ha pasado un poco más de siete décadas desde que he dejado de ser un niño. Y recuerdo que una de las tantas cosas que se pierden es la ilusión de que Papá Noel existe. De alguna forma, el día menos pensado desaparece esa creencia, mezcla de esperanza, expectativa, fe o magia que alimenta y conforta al corazón.
Casi como lo fue la perdida de nuestra hija. Luego, acompañado del cambio de brillo en nuestros ojos, ese sueño maravilloso que año tras año se renovaba cada vez es más distante, y pareciera ser que jamás se puede volver a encontrar una sensación semejante.
Pero hoy, después de un poco más de siete décadas, allí adentro una pequeña me abrazó con tal cariño, y me acarició con tanto amor que me ha hecho volver a sentir lo mismo.
He tenido mi regalo de navidad, y es por eso que puedo asegurar que existe, Papá Noel existe.