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Quizás exista algún estudio que divulgue información sobre los efectos curativos que produce sobre la
fisiología humana. Algún artículo explicará como la medicina utiliza su principio activo, la cafeína, para
combatir algún malestar de nuestro cuerpo.
Posiblemente yo mismo si fuera científico en este preciso instante estaría investigando cuanto más se le puede
exprimir a la dichosa planta, buscando algún tónico que alivie cierta enfermedad... Pero la realidad es que no
camino por las sendas de la ciencia. Sin embargo mi obstinada curiosidad por aquellas cosas que no se pueden
ver o tocar y paradójicamente se pueden sentir e imaginar, me ha llevado a este descubrimiento. Que
modestamente no sé si conceptuarlo como un fantástico hallazgo o simplemente como una forma más de ilustrar
esos detalles pequeños de la vida que creo indispensables para ser feliz. Detalles tan pequeños que sirven a
esas cosas, como comenté anteriormente, que a simple vista no se pueden ver o tocar e igualmente se perciben.
Digo entonces, basándome en ejemplos prácticos y cotidianos, que el café es bueno para el corazón. Puntualmente
me refiero a la bebida que se realiza con esta semilla. El secreto de su milagroso efecto va más allá de los
cafetales de donde provenga o del modo en que el cafeto se cultive. De igual forma los pormenores de su
preparación no influyen en su beneficioso resultado, en consecuencia no existe una receta que debamos seguir
para elaborar el café que favorece al corazón.
Entonces, la gran pregunta es ¿cómo? o ¿qué hay que hacer?... Y la respuesta es tan simple, que quizás por ello
pasa desapercibida.
No puedo brindarles una demostración con resultados a simple vista, y sin ir más lejos no creo que exista un
examen médico o prueba de laboratorio que comprueben los resultados.
Sé que ha la mayoría le agrada recibir contestaciones lógicas y en este caso porque no también algún método o
procedimiento a seguir. Y aunque no estoy seguro de cuan lógico sea, puedo asegurar que hay un método. Tan
fácil y evidente que no será necesario explicar los pasos para llevarlo a cabo. Dada la extrema simpleza de la
respuesta, me veo obligado a mencionar al menos uno de los hechos en que fundo la afirmación de que “el café es
bueno para el corazón”. De otro modo creo que si llanamente diera la clave de esta cuestión, la misma, le resultaría a muchos una estupidez...
Camino a una respuesta...
“Transcurría una tradicional tarde de primavera. El lugar de encuentro con mi amiga era un bar. Allí escogimos
una mesa, nos sentamos e inmediatamente un mozo se acercó para tomar el pedido. Le solicitamos un par de
cafés. Conversamos de variados temas y entre ellos mi posible viaje al exterior”.
Podría decirse que este es el primer indicio que me llevó luego al citado hallazgo. Si bien no fue, en esa
precisa tarde y ni siquiera al día siguiente, cuando llegué a semejante conclusión...
“Una cálida mañana de verano, fue testigo de mi partida. En el norte, atravesando un mar de silenciosas
incertidumbres, una isla de tropicales sueños. En el sur, entre conocidos senderos de tristes y felices
andanzas, mi tierra. Al principio pasaron rápidamente los días, o al menos eso es lo que me parecía, sumido en
manojos de actividades y cargado de entusiasmo. Cuando las cosas empezaron a marchar con cierta armonía, mi
noción del tiempo tomó una nueva proporción. Esta vez los días se tornaban cada vez más largos, hasta el punto
de tener un profundo espacio para pensar. Mi balance era positivo en casi todos los aspectos. Sin embargo,
había algo que no cerraba. Repasé varias veces la historia desde que había llegado y aparentemente todo era
bueno. En mi reflexión examinaba el hecho concreto de poseer esos ratos para caminar por la playa meditando, y
mi conclusión era que no había nada de malo. Justamente era provechoso para madurar ideas y analizar futuros
proyectos. Igualmente, algo presionaba mi cabeza intranquilizando de algún modo mis pensamientos.
La conclusión...
Una tarde de lluvia, mi ya cotidiana caminata por la playa fortuitamente por este factor climático se trasladó
a la quietud de una pequeña mesa y silla de rústica madera. Resguardado en un bohemio rincón de bar, pedí un
café…. Estaba allí sentado, sin tocar aún el humeante pocillo, con mi mirada perdida, aparentando observar por
la amplia ventana la incesante caída de la inocua lluvia. Sin cambiar mi postura y en una especie de trance,
tome sin mirar el pocillo y lo llevé lentamente a mi boca. Luego de una efímera pausa al apoyar mis labios
sobre el borde de la insensible cerámica, bebí.”
Ese fue el exacto momento de mi descubrimiento. Y como era de esperar fue accidentalmente, siguiendo la
tradición de muchas revelaciones que según me han contado fueron por “casualidad”...
“Con aquel sorbo disipé que no era una presión en la cabeza agitando mis pensamientos, sino un apretón en el
corazón estrujando mis sentimientos. Me di cuenta que la incomprensible molestia nunca la reconocería repasando
la historia desde que había llegado, sino justamente antes.
Cerré mis ojos y continué bebiendo mientras el cálido vapor acariciaba mi rostro. La imagen de aquella amiga,
compartiendo junto a mi un café, se presentó como un vivo recuerdo. Luego sensación tras sensación, otras
imágenes siguieron evocando imborrables momentos vividos en mi tierra. Y la emoción inundó mi pecho. Estaba
solo y extrañaba. Así es como el café me ayudó ha dilucidar lo que verdaderamente aquejaba a mi vida y al fin
liberar la injusta opresión a la que yo inconscientemente había confinado a mi propio corazón.”
Espero que este testimonio haya servido para la comprensión o entendimiento de mi afirmación.
Y si así fue, creo que con tan solo citar algunos otros ejemplos que rozan otras circunstancias de una vida
común, como lo es la mía, no existirá necesidad de desarrollarlos para intuir como esa bebida caliente actúa
sobre el corazón:
“Esos desayunos con aquel ser tan preciado”, “Esas reuniones con el grupo de estudio”, “Esa visita gratamente
sorpresiva”, “Aquella sobremesa luego del almuerzo”, “Esas tardes en la oficina”, “Aquella cita esperada”,
“Ese encuentro casual”...
En todos esos momentos me ofrecieron, ofrecí y sobre todo “bebí un café”.*
El Lobo
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