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31 de agosto de 2006
El corazón envuelto
Llevaba
su corazón como en el
bolsillo, su corazón trasplantado de un buey o de un monje. Y
era ese corazón de paño y de cafetera lo que le daba a
su tamaño una fragilidad de que se le pudiera caer o de que lo
pudieran apuñalar de un pellizco. Era bueno, grande y sabio,
tenía su corazón con portezuelas y yo me acuerdo de
él
cada vez que hay noticias de trasplantes y hospitales, de
cardiólogos
e infartos. No tuve fuerzas para hacerle a Félix Bayón
el obituario, y me doy cuenta de que sigo sin tenerlas. Me quedé
ante la noticia de su muerte como si me hubiera llegado su
corazón
en un cofre y no me salía (no me sale) dibujarle pájaros
yéndose ni esos ángeles macabros con el último
beso de tierra y tinta en la boca. Recuerdo cuando vino a verme a mi
pueblo, para conocerme, después de un premio que me dieron y
en el que él peleó mucho por mí, poniendo antes
que nada su corazón en la mesa igual que el sombrero.
Félix
era como un gran cuerpo a vapor, con una mitad resucitada, con la
risa sobrevivida, con la paciencia de haber vuelto de la muerte como
del estanco. Charlamos, tomamos tapitas y copas y yo me imaginaba su
corazón abotonado, latiendo por debajo de un costillar de
literatura, corresponsalías, honradez y periodismo. Creo que
seguí en este oficio por él y por su corazón
como un libro prestado. Me hizo uno de los regalos más bellos
que me han hecho nunca. En su discurso de aquel premio, me llamó
“joven maestro” y quizá fue cuando decidí que
triunfaría o hambrearía escribiendo, pero que no
podía
traicionar a ese hombre con el corazón en papel de estraza que
me había enseñado en un par de días que hay
sufrimiento y belleza y lucha y satisfacción en tomar aquel
músculo cansado o joven o movido y manchar con él los
folios para espantar a los canallas, a los miserables, a los falsos
dueños del mundo.
El corazón, que duele
como el
zapato del alma, que se enferma y se atasca y entonces hay que
curarlo con jardineros del corazón y pinzas muy blancas, o
cambiarlo por otro corazón envuelto, venido de la generosidad
y de los frigoríficos. A mí todos los corazones me
recuerdan a él. Más ahora, cuando en Andalucía
la sanidad ha olvidado uno y era el de los niños, que es de
mermelada, y por eso se tienen que ir a otros hospitales de fuera
donde hacen los corazones de plomo y miniatura, de costura y zumo. A
Félix Bayón le dieron otro corazón y ese
corazón
a mí me señaló una vida. Yo dejaré
también el mío, para que viva otra, si puede, y habite
y enseñe y encienda y no se olvide.
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