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Los
días persiguiéndose |
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13 de abril de 2006 Ave verum corpus Un dios de pan y madera viene a Andalucía, un cuerpo comido por sus hijos llama a sus viudas, una sangre dulce hace de la luna una lanza. Sabe a hierro la noche, sabe a cereza la muerte, el hombre mata a sus dioses con la cara tapada y le echa oro sobre el pelo, vino sobre la frente, fuego sobre la espalda. Las madres son novias, los ojos son clavos, la piedra sufre como la piedra, la carne cruje como una columna y con el dolor del hombre siguen haciendo los dioses su cena. El Sol y la Tierra, Osiris e Isis, son barriles que saca el pueblo, son ruecas armadas en la calle. Ese cuerpo verdadero que nace y muere con las cosechas está emparedado en las calles, está sacrificado en las leñeras, está hecho capitán por los soldados y está hecho rey por sus nutricias. Hay misterios, traiciones, victorias, pisadas, rejas en su honor; hay música, partos, puñales, escalones, dogmas, sastres recordándolo. Un dios que peina el pueblo, un cuerpo que maceran las abejas, una astilla que prende las almas, una ceniza que cae por los brazos, un ángel que trepa por la cabeza. Belleza, tradición, pánico, invención, cultura... La muerte tiene ahora todas las posturas y todos los nombres. Por los pueblos de Andalucía pasa el cofre por enterrar de lo callado. Hace tiempo que comprendí, que me libré de esas orondas falsedades construidas por nuestra debilidad o cobardía, y ya no me dan miedo ni esperanza las estatuas que mueren por los ojos. Temo y espero del Hombre, de su caverna y de su luz, de su ceguera y de su valor. Salve, cuerpo verdadero del Hombre que teme todo, que busca todo, que mata y vivifica todo. Da tus hermosas mentiras y tu ciencia dolorosa, haz tu surco con las manos y continúa. Aún no ha terminado la noche y tiembla el azul de lo oscuro como un párpado. |