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Los
días persiguiéndose |
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26 de enero de 2006 Mi estatuto Mi estatuto anda por la casa como por debajo de un piano, hace nidos en las enciclopedias, enciende las luces por la noche, atiende a la televisión y a la lavadora, espía a los vecinos como para comerse sus pasteles enfriándose. Yo lo veo un poco gordo pero creo que es su constitución, su naturaleza, no es gordo como un delfín gordo, sino más bien como un bebé oso o una cantante de ópera. Un día se quedará atascado en la tetera, donde también se mete y entonces parece que lleva gorro chino. Es más inquieto que travieso, es más explorador que saltimbanqui, muerde por descubrir sabores y no por dejarte sin calcetines, que yo creo que no sabe que la gente usa los calcetines, sino que piensa son algo que crece en las cestas como coles de varios colores. Mi estatuto bebe de los grifos, mi estatuto se peina con la cuchara, quizá haya que domesticarlo todavía un poco, pero creo que conseguiremos que haga puzzles de Manhattan con la familia y que atienda el teléfono, porque se le ve listo y ya en pocos días va por la tabla del seis. Mi señora se queja un poco porque revuelve los deuvedés, abre las galletas y desperdicia champú, pero yo le digo que un estatuto bien educado en una casa adorna más que un jarrón, más que una piscina y más que la termomix. A ver cuántos pueden decir que tienen un estatuto con sus papeles, y más si sabe idiomas y cuenta cuentos y enciende la chimenea. Mi estatuto, a veces me quedo mirándolo como si él solo fuera una pelea de tigres. Me gustan sus orejitas que parecen zapatillas, me gusta cómo se le llena el hocico de merengue y rasca los azulejos como buscando por allí su coquetería. A lo mejor no sirve para nada y es verdad que tiene sus humores y sus destrozos. Pero es mi estatuto y creo que lo quiero. |