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Los
días persiguiéndose |
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31 de agosto de 2004 Beatus ille No quiero una ciudad con ambulancias, no quiero tener que escapar cuando se apaguen las farolas y se asfixie el señor alcalde. He visto a la gente bajar de las capitales como perseguidos por el ogro de todo un año, esas vacaciones que hace la gente como yendo de una crucifixión a otra, ese mes en que siguen soñando con el policía de tráfico y con el metro que huele a bragas. El síndrome posvacacional, dicen luego los doctores, porque vuelve la ciudad que te traga con el humo y te pone croasáns de plástico y trampas en la alcantarilla, y todo es ser otra vez la hormiguita con despertador y ese hombre que va al dentista y al trabajo con los mismos zapatos y la misma pereza. Todo es ruido, el ruido que hacen los bancos y las enceradoras, el ruido que hace el corazón junto con los semáforos, el ruido que hacen los codos por la calle y la fundición que es el mundo, el ruido de que llegas tarde y de que la noche se ha estrellado otra vez en la cocina. En la ciudad se esconde el oro y se esconde la tristeza. En la ciudad los relojes están para ahorcarse. Veo un campanario, un árbol emborrachado de su sombra, un viejo que riñe con un perrito, una motillo con serón que no termina de arrancar. Pronto no quedará más que eso. Los forasteros se van ya con su turbante lleno de trastos, latas, radiocasetes y barbacoas. Se van, por fin, los médicos de la capital, los famosos con gorra, los domingueros sin ducha, las familias de la paella, los pijos de las carreritas. Se va lo sucio y lo invasor, empujado hacia sus máquinas y sus nichos. Mi pueblo se vacía del verano como de una mala comida. Tomarán las palomas las plazas y las azoteas serán musicales. Pronto todo olerá a vendimia, que es un olor como a un borrico purísimo; pronto quizá llueva sobre la playa vacía, como una tinaja que se irá llenando de paz y soledad. Yo me quedaré, como siempre, a esperar el invierno, que es un hada azul que te besa en la frente y tardó mucho. |