LOS RÍOS PROFUNDOS
![]()
CAPITULO VIII.
E1 Padre Director me llevó a la capilla del Colegio. Delante del pequeño altar adornado con flores artificiales. me azotó. -Es mi deber sagrado. Has seguido a la iindiada, confundida por el demonio. ¿Qué han hecho, qué han hecho? Cuéntale a Dios. junto a su altar. Era un pequeño azote trenzado. Recibí los golpes y el dolor, casi jubilosamente. Recordé el trueno de los zurriagos en el caserío de Patibamba. Me incliné sobre el alfombrado, en las gradas del altar. -Te han visto correr por Huanupata, detrrás de las muías robadas por las indias. ¿Cantabas con las forajidas? ¿Cantabas? ¡Di! -Sí cantaba. Llevaba la sal para los pobbres de la hacienda. ¡Cantábamosi Mi pecho parecía inundado de fuego. -¿La Felipa me maldecía? ¡Conñesa! Estammos solos en la capilla. ¡A solas con DiosI ¿Me maldecía? -No. Padre. Lo llamó, no más. fuerte, cuuando descubrieron los cuarenta sacos de sal. El Padre me puso sus manos sobre los hombros. -Tienes ojos Inocentes. ¿Eres tú. tú missmo, o el demonio disfrazado de cordero? ¡Criatura! ¿Por qué fuiste? - me preguntó. -¡Usted hubiera ido. Padre! -Yo no sabía que la sal había llegado. EEl recaudador es un imbécil. Pero. que no entre la furia aquí. Recemos, hijo. Después te confiesas; para que duermas. Le conté todo. El reparto; las órdenes de doña Felipa. La llegada a la hacienda; mi caminata desfalleciente a las rejas de acero del parque. Mi despertar sobre el regazo de la señora de ojos azules. Como vimos galopar los caballos en que devolvían la sal. -No entraron por la carretera -dijo el PPadre-. Felizmente alcanzaron la Prefectura dando un rodeo. El administrador es enérgico y sutil. -Les quitaron la sal a los pobres mientrras reventaban zurriagazos. El corazón les arrancaron -me atreví a decirle. -Lo robado, no. hijo. Lo robado Jil paraa los pobres. -Ellas no robaron; no quisieron recibir nada. Les entregamos la sal y corrían. -¿Por qué dices "les entregamos"? -Yo también ful. Padre. ¿Es robo eso? -Te atreves pequeño. Si eres Inocente noo juzgues. Yo soy viejo, e hijo de Dios. -A mí también me golpearon el corazón. LLos vi galopar en el camino. Y la señora lloró, lágrimas de sangre. Me apoyé en el pecho del fraile. -Eres enfermo o estás enfermo. O te han insuflado algo de su inmundicia. las indias rebeldes. ¡Arrodíllate! Sobre mi cabeza rezó en latín. Y me azotó nuevamente, en la cara. aunque con menos violencia. -Avisaré a tu padre. No saldrás más del internado. No vagabundearás los domingos. Irás conmigo a las haciendas. Tu alma necesita compañía. Ven. Salimos. El castigo y los rezos me habían empequeñecido. Temí seguir llorando hasta ahogarme. Los internos ya habían comido y murmuraban en el corredor semioscuro. Lleras y el **Añuco" vigilaban la capilla desde una columna del corredor. El Padre apoyó su brazo sobre mi hombro, como para protegerme; y me llevó al comedor. No sentía hambre sino sueño. El Padre comió largo rato. Tomó su vino. -Tu cuerpo está vacío, por eso no apetecces nada. Mejor que ayunes -me dijo. Hizo llamar al rosario. -Tú ya has cumplido. Mereces la piedad dde Dios. Que te lleven a acostar. El viejo Padre Augusto me llevó al internado. Fue él quien trajo a la demente. Su rostro gordo estaba siempre animado por una expresión bondadosa y persuasiva, a pesar de que era avaro. famoso por avaro. -¡Eh. tú. vagabundillo: zorrillo. zorrilllo! -me iba diciendo. Los internos subieron atropellándo-se al dormitorio; se persignaron, contestaron las oraciones de costumbre a la voz del Padre, y se acostaron. Pero apenas sintieron perderse los pasos del Padre Director en la escalera corrieron hacia mi cama. Veía mal sus caras en la penumbra. -¿Qué te dijo? Amenazó que te azotaría hhasta que te sacara sangre. -Nunca estuvo así. Ya no era santo; parecía un vengativo. ¿Por qué? -¿Qué hicieron las cholas? -Te vieron correr tras las muías. Parecíías loco. -¡Que cuente mañana! -exclamó Romero. -¡Mañana! -repitió Chauca. -¡Es un héroe! Que cuente ahora - dijo VValle. -¡Déjenlo, déjenlo, avispas! -dijo el **Chlpro'\ y se dirigió hacia su cama-. ¡Avispas. CLkatankíasl - Yo me cubrí la cabeza con las frazadass. Estuvieron hablando largo rato. -Si quieren que hable, sáquenle las frazzadas. ¡Échenle agua, o cállense! -gritó Lleras. La voz de los internos, la voz del Padre; la voz de Antero y de SaMnIa. la canción de las mujeres, de las aves en la alameda de Condebamba. repercutían, se mezclaban en mi memoria; como una lluvia desigual caían sobre mi sueño. La luz del sol suele aparecer en medio de las lluvias dispares; fulge por algún vacío de las nubes, y el campo resalta, brilla el agua. los árboles y las yerbas se agitan, iluminados: empiezan a cantar los pájaros. El hombre contempla indeciso el mundo así disputado. sacudido por el sol y las nubes tenebrosas que se precipitan. El Padre Director entró al dormitorio. al día siguiente, muy temprano, casi al amanecer. No tocaron la campanilla. Abrió la puerta y vino directamente liada mi cama. -Levántate -me dijo-. Vamos a Patibamba.. Algunos internos se sentaron y saludaron al Padre. -¡Sigan ustedes, sigan! No es hora todavvía. Tengo una misión con Ernesto. Esperó que me vistiera. Bajamos al patio. En la puerta del Colegio había un automóvil. Era de la hacienda. Ni el amanecer es penetrante en los valles cálidos. A esa hora. en la altura. el resplandor atraviesa los elementos; el hombre domina el horizonte; sus ojos beben la luz y en ella el universo. En el Pachachaca la luz del amanecer es blanda. invita al sueño, flota en el mundo como un vapor rosado. Era el mismo camino atroz de la víspera. Pero ahora lo cruzaba en automóvil. Junto al santo de Abancay. El Padre iba rezando. Las flores Inmensas de los pisonayes pasaban rápidamente como una roja franja, en lo alto. No se les veía una por una o árbol por árbol, como yendo a pie. Reconocí un gran molle en el camino. -Aquí me despedí de ella -dije en voz alta. -¿De quién? -preguntó el Padre. -De la señora de ojos azules. No se detuvo el automóvil frente a la reja de la casa-haclenda. Siguió de frente. hacia el caserío de los Indios. En el patio de la fábrica estaba reunida la gente de la hacienda, todos los "colonos'* o runas de Patibamba. Las mujeres orillaban el campo, vestían de azul o negro. Los hombres, de bayeta blanca y chaleco, de diablo fuerte. Cuando apareció el Padre lanzaron un grito, al unísono. Habían levantado una especie de estrado Junto al arco de entrada a la fábrica. Y lo habían adornado con hojas de palma. Allí. frente al tabladlllo. estaban los hombres que yo había buscado en vano en las chicherías del pueblo; y más lejos, junto a los muros, las mujeres que nos recibieron, el día anterior, aterrorizadas y huyendo, la sal del pueblo. ¿Qué Iba a hacer el Padre con ellos y conmigo? Miré a mi alrededor, buscando. El olor a bagazo se levantaba más agriamente del suelo, con la llegada del día. El Padre se sentó en una silla que había sobre el tabladlllo. Violentamente se escucharon los pasos del mayordomo principal que subió al palco. Tenía botas, de las más altas, con botones de acero. Habló en quechua desde el extremo del tabladlllo. Dijo que el santo Padre de Abancay había venido temprano. a decir un sermón para la gente de la hacienda, porque los colonos de Patibamba le preocupaban mucho; a ellos era a quienes más amaba. El mayordomo saltó luego al suelo; no bajó por las gradas. Cuando el Padre se puso de pie y avanzó hacia el borde del tabladlllo. los indios volvieron a lanzar un grito. Se retorcían los dedos; lo contemplaban con los ojos brillantes, conteniendo el llanto. El viento había empezado a agitar la sotana blanca del Padre. Con su voz delgada, altísima, habló el Padre, en quechua: -*Yo soy tu hermano, humilde como tú; como tú. tierno y digno de amor. peón de Patibamba. hermanito. Los poderosos no ven las flores pequeñas que bailan a la orilla de los acueductos que riegan la tierra. No las ven pero ellos les dan el sustento. ¿Quién es más fuerte. quién necesita más mi amor? Tú. hermanito de Patibamba. hermanito; tú sólo estás en mis ojos. en los ojos de Dios. nuestro Señor. Yo vengo a consolarlos. porque las flores del campo no necesitan consuelo; para ellas, el agua. el aire y la tierra les es suficiente. Pero la gente tiene corazón y necesita consuelo. Todos padecemos, hermanos. Pero unos más que otros. Ustedes sufren por los hijos, por el padre y el hermano; el patrón padece por todos ustedes; yo por todo Abancay; y Dios. nuestro Padre. por la gente que sufre en el mundo entero. ¡Aquí hemos venido a llorar, a padecer, a sufrir, a que las espinas nos atraviesen el corazón como a nuestra Señora! ¿Quién padeció más que ella? ¿Tú. acaso, peón de Patibamba. de corazón hermoso como el de ave que canta sobre el pisonay? ¿Tú padeces más? ¿Tú lloras más...?". Comenzó el llanto de las mujeres, el Padre se Inclinó, y siguió hablando: -¡Lloren, lloren -gritó-, el mundo es unna cuna de llanto para las pobrecitas criaturas, los indios de Patibamba! Se contagiaron todos. El cuerpo del Padre se estremecía. Vi los ojos de los peones. Las lágrimas corrían por sus mejillas sucias, les caían al pecho, sobre las camisas, bajaban al cuello. El mayordomo se arrodilló. Los indios le siguieron; algunos tuvieron que arrodillarse sobre el lodo del canchón. El sol resplandecía ya en las cumbres. Yo no me arrodille; deseaba huir. aunque no sabía adonde. -¡Arrodíllate! -me ordenó el Padre-. ¡Arrrodíllate! Atravesé el tabladlllo; salté lejos, y caí a los pies de un peón viejo. La voz del Padre empezó de nuevo: "El robo es la maldición del alma; el que roba o recibe lo robado en condenado se convierte; en condenado que no encuentra reposo, que arrastra cadenas, cayendo de las cumbres nevadas a los abismos, subiendo como asno maldito de los barrancos a las cordilleras... Hijitas. hermanitas de Patibamba. felizmente ustedes devolvieron la sal que las chicheras borrachas robaron de la Salinera. Ahora, ahora mismo. recibirán más. más sal. que el patrón ha hecho traer para sus criaturas, sus pobrecitos hijos. los runas de la hacienda... Me levanté para mirarlo. Del oscuro piso bajo del tabladlllo. ayudantes del mayordomo principal arrastraban costales repletos. El Padre Director impartió la bendición a los colonos. Se persignaron todos. Se buscaban unos a otros. Eran felices. Se arremolinaron murmurando confusamente, como moscardones, que horadan madera vieja, dando vueltas, y cantando. Salí al camino. Desde la cima de un muro vi que les repartían la sal. El sol se acercaba al patio; había llegado ya a los penachos de los cañaverales. En ese instante, decidí bajar a carrera hasta el río. El Padre me vio y me llamó. Le miré con temor: pero él también sonreía. -Vete al Colegio -me dijo-. Yo voy a deccir misa en la capilla. Tú eres una criatura confusa. Veré lo que hago. Un mayordomo te acompañará. -Padre, ¿podría tan sólo visitar a la seeñora? -le pregunté. -No. El mayordomo te llevará a caballo hhasta la puerta del Colegio. Tú no saldrás, los otros tampoco. Y volví a Abancay. en el anca de un caballo de Patibamba. Por cuarta vez Iba huyendo por ese camino. -Señor -le dije al mayordomo-. ¿Conoce uusted a una señora de ojos azules que ha venido la hacienda con su pa-trona? -SÍ. -¿Se va pronto? -Mañana. -¿Por qué? -No llega todavía la tropa del Cuzco. Esstán asustados; por eso se van. -¿La tropa? -Dicen. Se han asustado los patrones. Viiene tropa, en camión hasta Limatambo. La señora es visita. -Le dice usted que el estudiante del Collegio se despide de ella. que le besa las manos. -¿Le besa las manos? ¿Por qué? -¿Podría darle sólo ese encargo? -Bueno. Es muy cariñosa esa señora. -¿Y el dueño de la hacienda? -Casi no viene. Vive en el Cuzco. No habbla bien castellano. -¿Quién se ha asustado entonces? -El mayordomo grande. Los patrones de laas haciendas de abajo. -¿Qué va a hacer la tropa? -No sé. Joven. Vendrán pues. a asustar aa las cholas, y a los indios también. Quizá matarán a alguien, por escarmiento. -¿Escarmiento? -Doña Felipa, pues. ha acorralado a los gendarmes. Los ha hecho correr. ¿Escarmiento? Era una palabra antigua. oída desde mi niñez en los pueblos chicos. Enfriaba la sangre. (...)