“Operación”, como aquél juego de habilidad Hoy a mi no me valen esos que encuentran un mundo donde no lo hay; esta invención síntoma de la locura sucede en los fans, criaturas diminutas entre millares que son, a vista de estrella. Criaturas aficionadas a una vaciedad tan maquillada que es capaz de vender CDs, T-shirts, entradas a conciertos, bolis, carpetas, más CDs y más entradas. Busco alguna utilidad a estos derroches a cuenta de padres ya no castigadores, sino castigados por hijas e hijos víctimas de fenómenos mediáticos. Y esta es una vez de esas en las que “de tal palo tal astilla” no se cumple, debido al desbarajuste entre progenitores, educación, cultura y caja tonta. Procuro ser tolerante y sigo buscando alguna función o valor al merchandising. Ya. Función hay para rato pero por parte de los del micro y valor también hay, a rebosar, pero del sentimental. Sentimientos de millares de criaturas. Já. Siempre hay peros. Entonces, me compro el nuevo compact y que me lo firme Fulanito en cualquier gran almacén, que me lo firme con el boli promocional, el mismo boli con el que me pinto en la frente, pecho y pómulos Fulanito en mayúsculas. Eso si sobrevivo a la marea de cientos de criaturas, claro. Disfrazado con la camiseta voy luciendo la cara de mi cantante que me vuelve loquita e histérica por toda la ciudad, esperando detrás de otra gran cola de criaturas idénticas a mí. Y este es el proceso de aquellos y aquellas de cualquier parte que han comprado esa entrada tan valiosa e incluso más en la reventa. De todos modos, hubo un amigo de la favorita que regaló entradas a quienes no las portaban y se morían, literalmente, por entrar al recinto del acontecimiento tan deseado por quienes se dejaron muchos duros en tan valiosas entradas. Decir tiene que el donante de entradas era amigo de la favorita. Bonito, de propósito. Y yo me garabateo Fulanito en el culo. Hay músicas y músicas. Michi