NICOLÁS GUILLÉN

POETA CUBANO


SOBRE LA MUERTE

La muerte puede llamarse César apuñalado y exangüe, pero es también el amable faisán decorativo y degollado

que murió para presidir la alegría prometedora de esta noche. Es

el perro municipal babeando su estricnina,

que agoniza en la calle rodeado de muchachos. Es

Sócrates rodeado de discípulos. Es

Shelley exánime yacente sobre la arena

húmeda por la última onda fugitiva. Es

el mamut archimilenario

inmóvil y exhibido en su vitrina siberiana de hielo inmemorial.

Comemos muerte cada día, y la muerte nos roe cada noche. Los poetas, los filósofosgritan: Muerte, muerte" la de ellos.

El buey desamparado

que se disuelve en sangre torrencial

con el brazo del matarife revolviéndole el pecho, y un dolor

más fuerte que todas las anginas,

¿no es muerte pues?

Quizás la res no sepa nada, pero

¿conoces tú la crispatura de rabia y de impotencia

que hay en un menú?

Saquemos, pongamos en claro nuestras cuentas.

Repartamos la muerte en todo su tamaño:

del cóndor a la abeja,

del ciervo perseguido y asesinado

al niño que se ahogó en un estanque;

desde el poeta y el filósofo

que gritan: "Muerte, muerte"

(la de ellos)

hasta los que mueren sin saber

qué les sucede, qué les pasa,

qué va a ocurrirles, y ni preguntan

si eso es realmente muerte,

si así es como se muere.

 

UN POEMA DE AMOR

No sé. Lo ignoro.

Desconozco todo el tiempo que anduve

sin encontrarla nuevamente.

¿Tal vez un siglo? Acaso.

Acaso un poco menos: noventa y nueve años.

¿O un mes? Pudiera ser. En cualquier forma

un tiempo enorme, enorme, enorme.

Al fin, como una rosa súbita,

repentina campánula temblando,

la noticia.

Saber de pronto

que iba a verla otra vez, que la tendría

cerca, tangible, real, como en los sueños.

¡Qué explosión contenida!

¡Qué trueno sordo

rodándome en las venas,

estallando allá arriba

bajo mi sangre, en una

nocturna tempestad!

¿Y el hallazgo, en seguida? ¿Y la manera

de saludarnos, de manera

que nadie comprendiera

que ésa es nuestra propia manera?

Un roce apenas, un contacto eléctrico,

un apretón conspirativo, una mirada,

un palpitar del corazón

gritando, aullando con silenciosa voz.

Después

(ya lo sabéis desde los quince años)

ese aletear de las palabras presas,

palabras de ojos bajos,

penitenciales,

entre testigos enemigos.

Todavía

un amor de "lo amo",

de "usted", de "bien quisiera,

pero es imposible"... De "no podemos,

no, piénselo usted mejor"...

Es un amor así,

es un amor de abismo en primavera,

cortés, cordial, feliz, fatal.

La despedida, luego,

genérica,

en el turbión de los amigos.

Verla partir y amarla como nunca;

seguirla con los ojos,

y ya sin ojos seguir viéndola lejos,

allá lejos, y aun seguirla

más lejos todavía,

hecha de noche,

de morderdura, beso, insomnio,

veneno, éxtasis, convulsión,

suspiro, sangre, muerte...

Hecha

de esa sustancia conocida

con que amasamos una estrella.

 

ELEGÍA A UN SOLDADO VIVO

Hierro de amargo filo en dócil vaina,

y el sol en la polaina.

Caballo casquiduro,

trotón americano,

salada espuma y freno bien seguro.

Cuero y sudor, la mano.

Así pasas, redondo,

encendiendo la calle,

preso en guerrera de ardoroso talle.

Así al pasar me miras

Con ojo elemental en cuyo fondo

una terrible compasión descuaja

cielos de punta en tempestad de iras

sobre mi pecho a la intemperie y hondo.

Así pasas, sonriendo,

áureo resplandeciendo,

momia ya en la mortaja:

tú, cuya mano rápida me ultraja

si a algún insulto de tu voz respondo;

tú, soldado, soldado,

en tu machete en cruz, crucificado.

Cuatro paredes altas

que ni tumbas ni saltas;

muda lengua, bien muda,

ya podrida, en la boca.

Vena sin sangre, corazón sin duda,

plomo, madera, roca.

Tan lejos en tu potro te perdiste,

que hoy no hallas, hombre triste,

solo en ti, sin ti mismo,

voz que ciegue tu abismo,

corriendo como vas a campo abierto,

sino el mazazo que tus toros castra,

y que aunque estalle el porvenir despierto

hacia ese abismo próximo te arrastra:

a ti, pobre soldado,

en tu machete en cruz crucificado.

Labio de vidrio, seco.

Cabeza de muñeco.

Caña, plátanos, hulla,

saliva de vinagre, espalda roja

donde el látigo aúlla,

marca, hiere, se moja.

Bien te recuerdo, hermano,

limpio, sereno, sano.

Cetrino campesino

de escuetas esperanzas verticales;

mi familiar montuno,

seco y huraño, a tu manera fino;

dios del agro vacuno

donde con almas verdes, musicales,

la sal de tus ensueños dividías:

el cielo, el pan, el techo,

la tierra de tu pecho,

el agua, siempre mansa, de tus días.

Te faltó quien viniera,

soldado, y al oído te dijera:

"Eres esclavo, esclavo

como esos bueyes gordos,

ciegos, tranquilos, sordos,

que pastan bajo el sol meneando el rabo.

Esta paz es culpable.

¡Cuándo será que hable

tu boca, y que tu rudo pecho grite,

se rebele y agite!

Tú, paria en Cuba, solo y miserable,

puedes rugir con voz del Continente:

la sangre que te lleva en su corriente

es la misma en Bolivia, en Guatemala,

en Brasil, en Haití Tierras oscuras,

tierras de alambre para vuelo y ala,

quemadas por iguales calenturas,

secas a golpes de puñal y bala,

y en las que garras duras

están en pico y pala

día y noche cavando sepulturas.

Y tú, cuerpidesnudo,

mohoso, pétreo, mudo,

ofreciendo tu cuello,

tus uñas, tu resuello,

para encender sortijas,

empujar automóviles,

y sucio ver el vientre de tus hijas,

con las manos inmóviles."

Faltó quien viniera,

Y estas simples verdades te dijera.

Ahora pasas, redondo.

La alegría en el fondo

de ti mismo, y encendiendo la calle

esa guerrera de ardoroso talle.

¿Será posible que tu mano agraria,

la que empujó el arado

sobre la tierra paria;

tu mano campesina, hoy de soldado,

que no robó al ganado

la sombra de su selva solitaria,

ora quitarme quiera

mi pan de cada día,

para hacer aún más gorda la chequera

del amo fiero que en tu máuser fía?

¡Di que no, di que no! Di, compañero,

que tu hermano es primero:

que vienes de la tierra, eres de tierra

y a la tierra darás tu amor postrero;

que no irás a la guerra

a morir por petróleo o por asfalto,

mientras tu impar caldero

de primordial maíz bosteza falto;

y que ese brazo rudo

sólo es del perseguido

a quien nadie recuerda cuando cae,

y a quien el sol desnudo

la tibia sangre en el sudor extrae,

como golpes de un látigo encendido.

¡Di que sí, di que sí! ¡Di, compañero,

que tu hermano es primero!

¡Ah querido, querido!

No tú, soldado muerto,

soldado tú, dormido.

Ven y grita en mis calles, tú, despierto.

tú, con lengua, con dientes, con oído

de húmeda piel cubierto

el ancho cuello henchido,

y el zapato aplastando el triunfo cierto;

que así ha de ver el mundo suspendido

nuestro futuro abierto,

fragua la una mitad y la otra nido,

y sobre el lomo del pasado yerto

el incendio implacable del olvido,

como una luna roja en el desierto.

 

TENGO

Cuando me veo y toco yo, Juan sin Nada no más ayer, y hoy Juan con Todo,

y hoy con todo,

vuelvo los ojos, miro,

me veo y toco

y me pregunto cómo ha podido ser.

Tengo, vamos a ver, tengo el gusto de andar por mi país, dueño de cuanto hay en él, mirando bien de cerca lo que antes no tuve ni podía

tener. Zafra puedo decir,

monte puedo decir,

ciudad puedo decir,

ejército decir,

ya míos para siempre y tuyos, nuestros,

y un ancho resplandor

de rayo, estrella, flor.

Tengo, vamos a ver, tengo el gusto de ir yo, campesino, obrero, gente simple, tengo el gusto de ir

(es un ejemplo)

a un banco y hablar con el administrador,

no en inglés,

no en señor,

sino decirle compañero como se dice en español.

Tengo, vamos a ver, que siendo un negro nadie me puede detener a la puerta de un dancing o de un bar. O bien en la carpeta de un hotel

gritarme que no hay pieza,

una mínima pieza y no una pieza colosal,

una pequeña pieza donde yo pueda descansar.

Tengo, vamos a ver, que no hay guardia rural que me agarre y me encierre en un cuartel, ni me arranque y me arroje de mi tierra

al medio del camino real.

Tengo que como tengo la tierra tengo al mar,

no country,

no jailáif,

no tenis y no yacht,

sino de playa en playa y ola en ola,

gigante azul abierto democrático:

en fin, el mar.

Tengo, vamos a ver, que ya aprendí a leer,

a contar,

tengo que ya aprendí a escribir

y a pensar

y a reír.

Tengo que ya tengo

donde trabajar

y ganar

lo que tengo que comer.

Tengo, vamos a ver,

tengo lo que tenía que tener.

 

SON NÚMERO 6

Yoruba soy, lloro en yoruba

lucumí.

Como soy un yoruba de Cuba,

quiero que hasta Cuba suba mi llanto yoruba,

que suba el alegre llanto yoruba

que sale de mí.

Yoruba soy,

cantando voy,

llorando estoy,

y cuando no soy yoruba,

soy congo, mandinga, carabalí.

Atiendan, amigos, mi son, que empieza así:

Adivinanza

de la esperanza:

lo mío es tuyo,

lo tuyo es mío;

toda la sangre

formando un río.

La ceiba ceiba con su penacho;

el padre padre con su muchacho;

la jicotea en su carapacho.

¡Que rompa el son caliente,

y que lo baile la gente,

pecho con pecho,

vaso con vaso

y agua con agua con aguardiente!

Yoruba soy, soy lucumí,

mandinga, congo, carabalí.

Atiendan, amigos, mi son, que sigue así:

Estamos juntos desde muy lejos,

jóvenes, viejos,

negros y blancos, todo mezclado;

uno mandando y otro mandado,

todo mezclado;

San Berenito y otro mandado,

todo mezclado;

negros y blancos desde muy lejos,

todo mezclado;

Santa María y uno mandado,

todo mezclado;

todo mezclado, Santa María,

San Berenito, todo mezclado,

todo mezclado, San Berenito,

San Berenito, Santa María,

Santa María, San Berenito,

¡todo mezclado!

Yoruba soy, soy lucumí,

mandinga, congo, carabalí.

Atiendan, amigos, mi son, que acaba así:

Salga el mulato,

suelte el zapato,

díganle al blanco que no se va...

De aquí no hay nadie que se separe;

mire y no pare,

oiga y no pare,

beba y no pare,

coma y no pare,

viva y no pare,

¡que el son de todos no va a parar!

 

ROSA, TÚ MELANCÓLICA

El alma vuela y vuela

buscándote a lo lejos,

Rosa tú, melancólica

rosa de mi recuerdo.

Cuando la madrugada

va el campo humedeciendo,

y el día es como un niño

que despierta en el cielo,

Rosa tú, melancólica,

ojos de sombra llenos,

desde mi estrecha sábana

toco tu firme cuerpo.

Cuando ya el alto sol

ardió con su alto fuego,

cuando la tarde cae

del ocaso deshecho,

yo en mi lejana mesa

tu oscuro pan contemplo.

Y en la noche cargada

de ardoroso silencio,

Rosa tú, melancólica

rosa de mi recuerdo,

dorada, viva y húmeda,

bajando vas del techo,

tomas mi mano fría

y te me quedas viendo.

Cierro entonces los ojos,

pero siempre te veo,

clavada allí, clavando

tu mirada en mi pecho,

larga mirada fija,

como un puñal de sueño.

 

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