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AUGUSTO MONTERROSO ESCRITOR
GUATEMALTECO - MEXICANO |
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encontrar
quién oyera las mías que a quién me más querría narre las suyas. PLAUTO Está
dentro de mis cálculos que usted se sorprenda al recibir esta carta. Es
probable, también, que al principio la tome como una broma sangrienta, y casi
seguro que su primer impulso sea el de destruirla y arrojarla lejos de sí. Y,
no obstante, difícilmente caería en un error más grave. Vaya en su descargo
que no sería el primero en cometerlo, ni el último, desde luego, en
arrepentirse. Se
lo diré con toda franqueza: me da usted lástima. Pero este sentimiento no
sólo resulta natural, sino que está de acuerdo con sus deseos. Pertenece
usted a esa taciturna porción de seres humanos que encuentran en la conmiseración
ajena un lenitivo a su dolor. Le ruego que se consuele: su caso nada tiene de
extraño. Uno, de cada tres, no busca otra cosa, en las más disimuladas
formas. Quien se queja de una enfermedad tan cruel como imaginaria, la que se
anuncia abrumada por el pesado fardo de los deberes domésticos, aquel que
publica versos quejumbrosos (no importa si buenos o malos) todos están
implorando, en el interés de los demás, un poco de la compasión que no se
atreven a prodigarse a sí mismos. Usted es más honrado: desdeña versificar su
amargura, encubre con elegante decoro el derroche de energía que le exige el
pan cotidiano, no se finge enfermo. Simplemente cuenta su historia, y, como
haciendo un gracioso favor a sus amigos, les pide consejos con el oscuro
ánimo de no seguirlos. A
usted le intrigará cómo me he enterado de su problema. Nada más sencillo: es
mi oficio. Pronto le revelaré qué oficio sea ése. Continúo.
Hace tres días, bajo un sol matinal poco común, abordó usted un autobús en la
esquina de Reforma y Sevilla. Con frecuencia las personas que afrontan esos
vehículos lo hacen con expresión desconcertada y se sorprenden cuando
encuentran en ellos un rostro familiar. ¡Qué diferencia en usted! Me bastó
ver el fulgor con que brillaron sus ojos al descubrir una cara conocida entre
los sudorosos pasajeros, para tener la seguridad de haberme topado con uno de
mis favorecedores. Obedeciendo
a un hábito profesional agucé furtivamente el oído. Y en efecto, no bien
había usted cumplido, de prisa, con los saludos de rigor, se produjo el
inevitable relato de sus desgracias. Ya no me cupo duda. Expuso los hechos en
tal forma que era fácil ver que su amigo había recibido las mismas
confidencias no más allá de veinticuatro horas antes. Seguirlo durante todo
el día hasta descubrir su domicilio fue como de costumbre la parte de mis
disciplinas que, me gustaría saber la razón, cumplo con más placer. Ignoro
si esto le servirá de enojo o de alegría; pero me veo en la urgencia de
repetirle que su caso no es singular. Voy a exponerle en dos palabras el
proceso de su situación presente. Y si, aunque lo dudo, me equivoco, tal
error no será otra cosa que la confirmación de la infalible regla. Padece
usted una de las dolencias más normales en el género humano: la necesidad de
comunicarse con sus semejantes. Desde que comenzó a hablar, el hombre no ha
encontrado nada más grato que una amistad capaz de escucharlo con interés, ya
sea para el dolor como para la dicha. Ni aun el amor se iguala a este
sentimiento. Hay quienes se conforman con un amigo. Existen aquellos a
quienes no les bastan mil. Usted corresponde a los últimos, y en esa simple
correspondencia se originan su desgracia y mi oficio. Me
atrevería a jurar que se inició usted refiriendo su conflicto amoroso a un
amigo íntimo, y que éste lo escuchó atento hasta el fin y le ofreció las
soluciones que creyó oportunas. Pero usted, y de aquí arranca el interminable
encadenamiento, no consideró acertadas esas fórmulas. Si le propuso con
firmeza cortar, como se dice, por lo sano, usted encontró más de un motivo
para no dar por perdida la batalla; si, por el contrario, su consejo fue
seguir el asedio hasta la conquista de la plaza, usted se inundó de pesimismo
y lo vio todo negro y perdido. De ahí a buscar el remedio en otra persona
apenas si hay algo más que un paso. ¿Cuántos dio usted? Emprendió
un esperanzado peregrinaje, hasta agotar su concurrida libreta de
direcciones. Incluso trató (con éxito creciente) de entablar nuevas
relaciones para apurar el tema. No es extraño que de pronto reparara en que
el día tiene tan sólo veinticuatro horas, y en que esa desconsideración
astronómica constituía un monstruoso factor en su contra. Fue preciso
multiplicar los medios de locomoción y planear un horario de sutil exactitud.
El uso metódico del teléfono vino en su auxilio y ensanchó, es cierto, sus
posibilidades; pero este anticuado sistema todavía es un lujo, y el setenta
por ciento de aquellos a quienes usted quiere mantener enterados carecen de
esa dudosa ventaja. No
contento con los desvelos y el insomnio, principió usted a madrugar para
ganar un tiempo cada vez más fugitivo e irreparable. El descuido de su aseo
personal se hizo notorio: la barba le creció montaraz; sus pantalones, antes
impecables, se vieron invadidos por las rodilleras, y un terco polvo gris
cubrió de pesadumbre sus zapatos. Le pareció injusto, pero tuvo que aceptar
el hecho de que, si bien usted madrugaba lleno de entusiasmo, escaseaban los
amigos dispuestos a compartir esa vehemencia matinal. Así, ¿hay que decirlo?,
ha llegado el momento ineludible en que usted es físicamente incapaz de
conservar bien informado al amplio círculo de sus relaciones sociales. Ese
momento es también mi momento. Por una modesta suma mensual yo le ofrezco la
solución más apropiada. Si usted la acepta—y puedo asegurar que lo hará
porque no le queda otro remedio—relegará al olvido el incesante deambular,
las rodilleras, el polvo, la barba, los fatigosos telefonemas. En
pocas palabras: estoy en condiciones de poner a su disposición una excelente
radiodifusora especializada. Dispongo en la actualidad (por el sensible
fallecimiento de un antiguo cliente afectado por la Reforma Agraria) de un
cuarto de hora que si tomamos en cuenta lo avanzado de sus confidencias,
sería más que suficiente para sostener a sus amistades ya no digamos al día,
pero al minuto, de su apasionante caso. Creo
de más enumerar a usted las ventajas de mi método. Sin embargo, le insinuaré
algunas. l.a
El efecto sedante sobre el sistema nervioso está garantizado desde el primer
día. 2.a
Discreción asegurada. Aun cuando su voz podrá ser recibida por cualquier
sujeto poseedor de un aparato de radio, juzgo improbable que personas ajenas
a su amistad quieran seguir una confidencia cuyos antecedentes desconocen.
Así, se descarta toda posibilidad de curiosidad malsana. 3.a
Muchos de sus amigos (que hoy escuchan con desgano la versión directa) se
interesarán vivamente por la audición radiofónica con sólo que usted mencione
en ella sus nombres en forma abierta o alusiva. 4.a
Todos sus conocidos estarán informados al mismo tiempo de los mismos hechos.
Circunstancia que evita celos y reclamaciones posteriores, pues solamente un
descuido, o un azaroso desperfecto en el aparato propio, colocaría a alguno
en desventaja respecto de los demás. Para eliminar esa contingencia
deprimente cada programa se inicia con una breve sinopsis de lo narrado con
anterioridad. 5.a
E1 relato cobra mayor interés y variedad, y puede amenizarse, cuando así se
considere oportuno, con ilustrativas selecciones de arias de ópera (no insistiré
sobre la riqueza sentimental de las italianas) y trozos de los grandes
maestros. Un fondo musical adecuado es obligatorio por reglamento. Además,
una amplia discoteca, en la que se recogen hasta los más increíbles ruidos
que el hombre y la naturaleza producen, está al servicio del suscriptor. 6.a
E1 relator no ve la cara de los oyentes, lo que evita toda suerte de
inhibiciones, tanto para él como para los que lo escuchan. 7.a
Siendo la audición una vez al día y por un cuarto de hora, el confidente dispone
de veintitrés horas y tres cuartos de hora adicionales para preparar sus
textos, impidiendo así, en absoluto, contradicciones molestas y olvidos
involuntarios: 8.a
Si el relato alcanza éxito y al número de amigos y conocidos se suma una
considerable cantidad de oyentes espontáneos, no es difícil encontrar casa
patrocinadora, lo que une a las ventajas ya registradas cierta factible
ganancia monetaria que, de ir creciendo, abriría las posibilidades de
absorber las veinticuatro horas del día y convertir, así, una simple audición
de quince minutos en un programa ininterrumpido de duración perpetua. Mi
honestidad me obliga a confesar que hasta ahora no se ha producido este caso,
pero ¿por qué no esperarlo de su talento? Este es un mensaje de esperanza. Tenga fe. Por lo
pronto, piense con fuerza en esto: el mundo está poblado de seres como usted.
Sintonice su aparato receptor exactamente en los 1373 kilociclos, en la banda
de 720 metros. A cualquier hora del día o de la noche, en invierno o en
verano, con lluvia o con sol, podrá escuchar las voces más diversas e
inesperadas, pero también más llenas de melancólica serenidad: la de un
capitán que refiere, desde hace más de catorce años, cómo se hundió su barco
bajo la aciaga tormenta sin que él se decidiera a compartir su suerte; la de
una mujer minuciosa que extravió a su único hijo en la poblada noche de un 15
de septiembre; la de un delator atormentado por el remordimiento; la de un ex
dictador centroamericano, la de un ventrílocuo. Todos contando interminablemente
su historia, todos pidiendo compasión. |
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