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JULIO CORTÁZAR ESCRITOR
ARGENTINO |
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El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del
mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera
en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta
de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya
bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse
encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la
ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante
del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a
la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va
avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul,
pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido
para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la
manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está
fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al
extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo
en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es
porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la
camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía
más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse
siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no
conseguir hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo,
agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez
que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando
simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul
que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un
calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la
frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad
de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar
que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que
reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las
mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que
salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer
avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza
está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una
fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera
podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se
va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara
de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al
frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada
en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello
del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera
la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir
fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es
seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a
poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo
que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la
manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la
lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se
mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los
ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el
azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las
mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de
ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estar
impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es
concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del
pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio
de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda
hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que
ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo
es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería
que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único
que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en
parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la
delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa,
el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahi arrollado y
tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que
en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en
el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello
a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra,
y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado
donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio
su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire
aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto
de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría
descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido
la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de
gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y
que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque
responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias
coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver
puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada
mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha
desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a
esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura
de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver
se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con
el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le
desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más
despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si
es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano
izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque
es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano
izqulerda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata
quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté
mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano
se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le
duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un
último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda
fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia
adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en
el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y
que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano
derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, áunque su mano
izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o
quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos
lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver
arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado
y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar
inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está
haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda
impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha
caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez
más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los
ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera,
esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y
espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente,
el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta
que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de
la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas
apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y
tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano
izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda
desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y
la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a
otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde
solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie
y doce pisos. |
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