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CATEDRAL DE
MORELIA
ERA DON JUAN
VÉLEZ un venerable anciano de costumbres puras, de mirar candoroso y
sereno, erguido siempre a pesar de sus noventa abriles y de un humor de
perlas. Vestía de ordinario un larguísimo saco negro que era substituido en
los días de gran fiesta por una levita cruzada de antiguo corte. Nunca se
le caía de la calva y blanca testa el sombrero de copa alta, que por
irrisión llama el vulgo sorbete.
Cuando hacia
frío se envolvía en una amplia y obscura capa española y para librarse del
Sol desplegaba una enorme sombrilla blanca de China con varillas de
ballena. Amante como el que más de los chascarrillos y de las leyendas,
entretenía a sus amigos con unos y otras en las noches de persistente
lluvia o en las largas veladas de invierno. Su plática jamás decaía y su
carácter era dulce, apacible y firme como roca.
Una noche le oí
contar la siguiente fantástica leyenda que nos gustó sobremanera.
Hubo en tiempos
pasados en la catedral de Morelia un sacristán mayor que fue de la familia
de don Juan Vélez, a quien aconteció este maravilloso suceso.
La noche había
cerrado obscura y fría. Un viento fuerte zumbaba ruidoso entre los macizos
arcos de las torre de la catedral. Negras nubes acumuladas al oriente por
la cañada del Rincón brillaban a ratos como relámpagos rojizos. Truenos
lejanos repercutían de eco en eco, dando a conocer que la tempestad se
aproximaba. El aroma de la tierra mojada hería fuertemente el olfato. De
repente grandes gotas empezaron caer deshaciéndose los nubarrones en
torrencial aguacero. Diluviaba, que no llovía. La gente había corrido a
refugiarse en sus casas y la campana mayor con su sonora y potente voz
tocaba la queda, cuyo sonido se perdía arrebatado por el viento. Los
guardias nocturnos se mantenían serenos al abrigo de una puerta o de un
balcón, dejando entre las cuatro esquinas de las calles la opaca linterna
que brillaba como fuego fatuo merced a la lluvia y las tinieblas. Poco a
poco fue calmando la tormenta. Los relámpagos fueron menos frecuentes y
v&ividos;vidos. El trueno se alejó perdiéndose en la inmensidad del
espacio. El obscuro cielo descubierto a grandes trechos lucía sus estrellas
radiosas y brillantes. El aire húmedo y fresco había plegado sus alas. El
búho y la lechuza lanzaban al espacio sus voces medrosas y destempladas,
como anunciando fatídicos sucesos. El silencio sólo era interrumpido ya por
las horas que daba el reloj de la catedral repetidas de sereno en sereno a
voz en cuello.
Mediaba la
noche, cuando el padre sacristán de la catedral escuchó con asombro un
repique solemne dado por manos invisibles en las torres como si llamaran a
misa pontifical. Se levantó de prisa y acudió a ver que significaba
aquello, encontrando que las ventanas de la catedral filtraban profusamente
una luz dorada como si hubiese maitines. Piensa en un incendio y vuela
presuroso hacia la sacristía y !oh asombro! Allí estaban preparados sobre
las cajoneras los ornamentos sagrados, como solían en las suntuosas
solemnidades. Va a la iglesia, penetra y queda deslumbrado por la profusión
de ceras encendidas en las arañas de cristal de roca y en los dorados
altares churriguerescos.
En esos momentos
un torrente de atronadora armonía salió volando de los tubos del viejo
órgano, haciendo vibrar las bóvedas del templo. A esa explosión de acordes
arrebatados, sucedió una marcha fúnebre que erizaba los cabellos y sacudía
los nervios. La puerta de la cripta se abrió rechinando en sus goznes
enmohecidos al empuje de unas manos descarnadas y amarillas. En el interior
de la cripta se dejo oír un ruido macabro de huesos que se unen a huesos,
de esqueletos que se levantan, de músculos que brotan, de piel que recubre
la carne; ruido imposible de ojos que brillan y se asombran, rumor frío y
apagado de acentos seculares, de palabras extrañas de ininteligibles para
los oídos del tiempo, zumbido de aire húmedo y acre de cofres antiguos
abiertos de repente después de haber estado cerrados durante muchos años;
crujir de sedas apergaminadas y endurecidas por la humedad, el polvo y el
vaho de los cadáveres.
Empiezan a salir
por la obscura puerta de la cripta de dos en dos, para seguir a lo largo de
las naves, todos los canónigos sepultados ahí, dirigiéndose lentamente a la
sacristía. Era presidida la casi interminable procesión por un obispo
revestido con sus ropajes violeta y escarlata. Entretanto que la procesión
circulaba por las naves convertidas en ascuas de oro, el órgano seguía trinando
como los pájaros, zumbando como el viento, gimiendo como las tórtolas,
atronando como las cascadas, filtrando sus sonidos delicados como rayos de
luz que pasan por las vitrinas de colores de góticos ventanales. Penetran
en la sacristía que se agranda para dar cabida a aquella multitud que hasta
entonces había pasado de pocos en pocos por su estrecho recinto. Se
revisten con los ricos ornamentos toledanos; capas pluviales recamadas de
oro, plata y seda. Ayudan al obispo a engalanarse con sus ropajes, su mitra
y su báculo de inestimable y artística riqueza que le daba aspecto de
emperador bizantino que fuese a presidir una fiesta de corte en los
primitivos tiempos del bajo imperio. En seguida marchan de nuevo a lo largo
de las naves de la catedral, encaminándose al altar mayor, pasando por el
coro para celebrar la misa pontifical.
Un coro de
niños, mezclando sus nuevas y argentinas voces con las graves y envejecidas
de cantores antiguos, cantan el Introito, los Kiries, el Gloria, el Credo y
el Gradual, acompañados de los acordes incomparables del órgano. Llega el
momento en que el pontífice inclinando la frente levanta con sus blancos
dedos la hostia consagrada. La muchedumbre de fieles de remotas edades allí
presentes por una evocación del tiempo, se prosternan en estática
adoración, nubes azuladas se levantan de los incensarios de oro envolviendo
con su ambiente y sus perfumes la sagrada forma, al pontífice y a los
sacerdotes que rodeaban el altar. Otra vez el coro, al cantar el Benedictus
atronó en armonías colosales de alabanza que, no cabiendo en el ámbito de
la basílica, se difundían atropelladamente por el espacio en retumbos como
de tormenta, que luego se convertían gradualmente en suaves y melifluas
melodías de éxtasis y adoración. Prosiguió la misa hasta entonar el diácono
el Itemissa est con voz fría como si se levantara de la losa de un
sepulcro, apagada como si se saliera de la garganta de un muerto, que se
difundió de eco en eco hasta perderse en los rincones de las obscuras
capillas. Dio el pontífice la triple bendición y al entonar el coro el
Sanctus Deus, el sacristán mayor que atónito contemplaba aquel extraño
espectáculo vio que se inclinaban las pilastras, se entreabrían las
bóvedas, derrumbaba con grandísimo estruendo la cúpula aplastándolo y
desmenuzándolo todo. Aquella ruina inmensa le aplastó también a él que cayó
sin sentido, hasta que al amanecer del día siguiente; cuando la blanca luz
de la aurora tímida se tamizaba por los cristales de las ventanas, le
encontraron al pie del altar mayor, tendido, magullado, calenturiento.
Apenas tuvo tiempo de referir el suceso, porque se agravó y se murió.
"¿Fue esto
producto de una imaginación calenturienta? "¿Fue acaso un extraño
delirio? Porque la catedral siguió como siempre altiva y suntuosa. "¿Fue
acaso más bien una fábula medio profética de lo que sucedería después?
"¿Era que don Juan Vélez tan serio, por fuera le bullía la risa por
dentro mientras todos colgados de sus labios le escuchaban con profunda
atención? !Tal vez!
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