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PLATÓN FILÓSOFO CLÁSICO GRIEGO |
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Fuente:
www.monografias.com Libro I
Libro II
Libro III
Libro IV
Libro V
Libro VI
Libro VII
Libro VIII
Libro IX
Libro X
Libro I
El diálogo se inicia presentando a Sócrates y a Glaucón en el Pireo, luego de asistir a las fiestas de la Diosa Bendis o Atenea. En la ciudad se encuentran con Polemarco, quien estaba acompañado por Adimanto, Nicerato y algunos otros que también regresaban de las fiestas. Polemarco
invita a Sócrates a su casa, quien acepta. En
la casa Sócrates, se encuentra con Céfalo[1],
quien lo saluda cordialmente.
Sócrates demuestra mucho agrado por poder conversar con alguien de su
experiencia en la vida y le pregunta, como considera a la ancianidad. Céfalo,
le responde, que si bien lo acompañan algunos deterioros, estos le traen
algunas recompensas y agrega que no saber tolerar la vejez depende no de los
males humanos, sino del carácter. Sócrates
opina que si bien su vejez es buena, lo que influye es su riqueza. El
anciano, le contesta, que la riqueza tiene sus ventaja que es la de pagar
deudas, tanto a los dioses como a los hombres. Pero no es la cuestión de la
riqueza o de la pobreza la que preocupa a los hombres, sino la conciencia de
haber sido justo o injusto durante su vida. Sócrates
expresa: “Pero,
¿es propio definir la justicia haciéndola consistir simplemente en decir la
verdad y en devolver a cada cuál lo que de él hemos recibido? ¿O no es ello
justo o injusto según las circunstancias?” Céfalo acepta lo expresado por Sócrates,
y son interrumpidos por Polemarco, exponiendo lo que dijo el poeta Simónides: “Es propio de la justicia devolver a
cada uno lo suyo.” Céfalo, pide retirarse, ya que debe
terminar sus sacrificios, dejando a su hijo para continuar con el diálogo. Sócrates acepta que Polemarco continúe
con el diálogo y además le solicita que explique lo que expresó Simónides,
puesto que el no lo ha comprendido. Luego de un extenso diálogo socrático,
Polemarco modifica la definición dada anteriormente y dice, Justicia es hacer
el bien al amigo que es bueno y perjudicar al enemigo que es malo. Trasímaco[2] interrumpe el diálogo y le pide
enérgicamente a Sócrates que termine de hacer preguntas y obtener respuestas,
sin dar nunca ninguna opinión. “¡Exijo una contestación precisa!” Sócrates sorprendido y algo asustado
trata de calmarlo y le dice que si tiene una definición de que es la
justicia, dé su opinión. Explica que no dirá nada hasta que no
reciba su dinero. A tal solicitud Glaucón y los demás están dispuestos a
pagarle, con tal de escucharla. Trasímaco dice: “Sostengo yo, que la justicia no es otra
cosa que lo que conviene al más fuerte.” Sócrates, le dice, que no entiende si
puede explicarlo. Trasímaco, molesto por sus preguntas y
su constante pedido de aclaración accede y explica; que algunas ciudades se
rigen por tiranías, democracias o aristocracias y que esta tiene el poder de
dictar las leyes que les convienen a cada uno. Y su pensamiento es que todas
las ciudades, la justicia no es sino conveniencia del gobierno establecido y
éste es el que tiene el poder. Sócrates y Trasímaco luego de un largo
diálogo acuerdan que: El arte de la medicina consiste no en
negociar sino en curar a los enfermos .El pilotaje de un barco, se define no
por ser el piloto simplemente un marino, sino el que ejerce el mando en la
nave. En relación a la conveniencia de las
diferentes artes, Sócrates realiza su análisis. Las diferentes artes no ordenan lo
conveniente para ellas mismas, sino para otros. Por lo tanto, la medicina
busca lo conveniente, no para sí mismo, sino para el enfermo. Del mismo modo,
el patrón del barco no ordena lo conveniente para sí, sino para la
tripulación entera. En conclusión, nadie que tiene gobierno
(sea el arte que sea) en cuanto gobernante ordena lo conveniente para sí
mismo, sino lo conveniente para el gobernado. Trasímaco, descalificándolo, le contesta
que así como no se engordan las ovejas para otros, tampoco se practica la
justicia en beneficio de los demás, sino de uno mismo. Además según su opinión la injusticia es
sabiduría y virtud, sobre todo cuando es perfecta y subyuga ciudades y
naciones. Sócrates, le responde: “De igual
modo, antes de haber resuelto la primera cuestión que nos planteamos, es
decir, en qué consiste la justicia, la dejé de lado y me lancé al examen de
si era vicio e ignorancia o sabiduría y virtud; y al plantearse después la
cuestión de si la justicia es más ventajosa que la injusticia, abandoné la
segunda y me lancé en pos de esta
última. De suerte que en todo el curso de nuestro diálogo he llegado a la conclusión
de que nada sé.[3] En,
efecto, no sabiendo lo que es la justicia, mal puedo saber si es o no una
virtud, y si el que la posee es feliz o desgraciado.” Libro II
Quién
inicia este diálogo es Glaucón, que no aprueba la retirada de Trasimaco, ni
tampoco que Sócrates no exprese una definición precisa de lo que es la
justicia. Luego de
esta explicación describe tres clases de bienes que se persiguen como; la
alegría, los placeres sin mezcla de mal y la gimnasia, la curación de una
enfermedad, el ejercicio de la medicina y cualquier otra profesión lucrativa,
de estos últimos podría decirse que son penosos, pero útiles. Sócrates,
reconoce estos bienes, pero le aclara que no entiende que se propone.
Glaucón, le pregunta, en cual de ellos ubicaría la justicia. Sócrates,
le dice: “Por
supuesto que en la mejor, o sea, entre aquellos bienes que hay que amar por sí mismos y por sus consecuencias,
si quiere uno ser feliz.” Glaucón,
le explica, a Sócrates que va a elogiar la vida del injusto y al hacerlo
quiere demostrarle de qué modo quiere oírle atacar la injusticia y alabar la
justicia. Comienza su exposición sobre la naturaleza y el
origen de la justicia, la cual dio origen a las leyes y a las convenciones.
Prosiguió planteando que la
experiencia estaría a favor de lo afirmado por Trasímaco. Mencionan la
leyenda del anillo de Giges y plantea: ...”Como dicen los defensores de la doctrina que expongo,
todo hombre cree, con razón, que la injusticia es más útil que la justicia.” Cuál sería la conducta del
hombre, si según la experiencia general, parecería que la injusticia y la
justicia sólo deberían apreciarse de acuerdo con los resultados favorables o
desfavorables que proporcionan. Sócrates tenía el propósito de contestarle, pero su hermano Adimanto tomó la palabra y dijo: “¿Crees tú Sócrates, que la
cuestión ha sido suficientemente debatida?” Sócrates y Adimanto
acuerdan, que supla a su hermano en lo que haya omitido. Este expresa que por
las costumbres de la religión popular, desde los tiempos de Homero y Hesíodo hasta
la actualidad el injusto, logra hacer olvidar sus crímenes mediante
espléndidos sacrificios y oraciones. Los poetas y escritores están de acuerdo
en afirmar que la virtud es honorable, pero que casi siempre va acompañada de
sufrimientos; mientras que el vicio, a pesar de que se conviene en
considerarlo deshonroso, es ciertamente agradable. Explica, las consecuencia
que se deducirá de todo esto, y es que el joven inteligente llegará a la
conclusión de que su felicidad radica en practicar la injusticia y evadir sus
posibles consecuencias desagradables, utilizando la astucia o buscando una
adecuada asociación que lo proteja. Aclara además, que existen
entidades políticas que lo defenderán, y puede también, mediante regalos,
eludir la aplicación de la ley. En cuanto a la religión, en caso de que
existieran dioses, éstos no se interesan por los seres humanos. Adimanto, prosigue con su
diálogo aclarando que tanto Trasímaco o cualquier otro, podrían alegar sobre
la justicia y la injusticia, tergiversando la esencia de una y otra. Pero,
que espera de Sócrates, el elogio de la justicia y la condena de la
injusticia, que les haga ver los efectos que una y otra, producen en quienes
las posean, por ser la una un bien y la otra un mal. Sócrates elogia a los
hermanos por sus exposiciones y luego de un diálogo con estos les dice: “Si admites una justicia
para el individuo,¿no admites también otra justicia para la ciudad entera?” Sócrates, les dice, que
primero examinará como se aplica la justicia en al Estado. Para ello
utilizará el ejemplo, de seguir el crecimiento en una ciudad típica o modelo,
a fin de descubrir mejor dónde radican la justicia y la injusticia. Aspira a
la presentación de un gobierno que sea por sí mismo la encarnación de lo
justo. Gradualmente, Sócrates, explica la concepción del Estado perfecto. Una
organización social simple, reducida a lo mínimo. La ciudad se basa en el
principio de la especialización de modo que el hombre deje de ser solitario
y obtenga y preste ayuda. Requiere
para su funcionamiento la especialización en el trabajo. El Estado se
agrandará y necesitará de más territorio por lo que esta ciudad ideal no
queda excluida de la posibilidad de la guerra, que puede surgir en cualquier
momento. Entonces será preciso que los soldados, en esta organización del
Estado, sean especialistas; además de tener en cuenta sus dotes naturales, se
los adiestrará en forma adecuada. Según ello pregunta: “¿Será fácil encontrar una
mejor que la establecida entre nosotros desde hace largo tiempo y que consiste
en educar el cuerpo por la gimnasia y el alma por la música?” Su diálogo continúa
enunciando que cosas le serán permitidas a los guerreros y cuales no. A tal
punto que acomodarían los poemas de Homero para que los maestros los utilicen
solo con el fin de educar guardianes piadosos y semejantes a los dioses en
tanto que la naturaleza humana lo permita. Libro III
“Estas son- dije- las normas de las narraciones sobre los
dioses que, según nuestro parecer, conviene que oigan o no oigan desde la
infancia los que han de honrar a esos mismos dioses y a sus padres y apreciar
sobremanera la amistad” En
su educación se deberán censurar los mitos y fábulas ya que se las considera
como mentiras y que presentan a los
dioses y a los héroes llorando, riéndose incorrectamente, mintiendo,
utilizando un lenguaje injusto y lamentándose, las cuales son peligrosas. Se
les leerán los pasajes, en que los héroes aparecen leales, valientes,
templados, desinteresados y dóciles a sus jefes, los cuales serán sus
modelos. No
admitirán en el Estado a los poetas. Se los despedirá pero, antes se les
rendirá un homenaje con perfumes y guirnaldas.. Siguiendo
con el plan de educar a sus soldados, Sócrates, le pregunta a Adimanto: “¿No
debemos examinar ahora el carácter del canto y de la melodía? Adimanto
acepta, pero Glaucón riéndose, le expresa a Sócrates no está en condiciones
de responder aunque lo sospecha. Sócrates,
le replica que hay en un punto que sí puede responderle ,en que la melodía
está compuesta por tres elementos: letra, armonía y ritmo. La
regla a la que arriban es, que la armonía y el ritmo respondan a las palabras
y estén a ellas subordinadas, porque a una narración simple le corresponde
una armonía sencilla y varonil que penetre el alma de los guerreros y el
ritmo deberá expresar lo mismo. El
sentimiento de lo bello es el que deben cultivar desde muy temprano y
desenvolver en el alma de los jóvenes, para que aprendan, no solo a amar la
belleza, sino también ponerse con ella en el más perfecto acuerdo. Luego,
Sócrates, le plantea: “Después de la música, la educación
gimnástica ha de formar a los jóvenes.”
Aceptando
la necesidad de una gimnasia desde la infancia y el curso de la vida, que
ejercite el cuerpo una vez cultivada el alma, sin exceso y de una
alimentación sin condimentos, los cuales traen desarreglos y enfermedades.
Sócrates aclara que cuando un Estado necesita médicos y jueces para remediar
los desórdenes del cuerpo y del alma, es una señal de que el Estado carece de
fuerza..Sí, es necesario aceptar la medicina en casos de necesidad y jueces
para los casos de diferencias entre unos y otros, pero debe estar compuesta
de ancianos dotados de almas virtuosas y buena las que no tendrán dificultad
para para arreglar los conflictos. Acuerdan,
que deben evitar el abuso de la música, para no afeminar las almas y el
exceso de ejercicios físicos para no lograr temperamentos brutales. Es
necesario un acuerdo armonioso entre lo físico y lo moral de los guerreros
para lograr una educación adecuada. Sócrates
afirma: “En
nuestra ciudad, Glaucón, nos será siempre necesario un gobernante que reúna
estas condiciones, si queremos que subsista su organización política.” Para
esto, Sócrates, propone como condiciones que los gobernantes deben ser los
ancianos, entre ellos los mejores guardianes y que luego de un examen, sea el
más dispuesto para cumplir con lo que es útil para la ciudad. Propone
además un régimen conveniente de vida y alojamiento.En primer lugar, ninguno tendrá nada que le
pertenezca, excepto los objetos de primera necesidad; segundo, ninguno tendrá
casa donde no pueda entrar todo el que quiera. En cuanto a sus alimentación
recibirán de los demás ciudadanos aquellos que puedan necesitar como
recompensa de la defensa que les prestan, sin que nada les sobre, ni les falte.
Harán vida en común y sus comidas serán colectivas, como soldados en campaña. Ellos, entre todos los
ciudadanos, son los únicos que no podrán tocar ni oro ni plata, ni entrar en
casas donde los haya, ni llevarlos sobre sí, ni beber en vasos o manejar utensilios
de oro y plata. De esta manera podrán salvarse
ellos y ser la salvación de la ciudad. “Tales razones me han llevado a determinar el alojamiento
de los guardianes y de cuanto debe pertenecerles. ¿Conviene dictar una ley
que lo sancione? -Sin duda -respondió
Glaucón. Libro IV
Adimanto, realiza la
objeción que estos guerreros, privados de todos los bienes que se refieren a
la vida, más semejante a
auxiliares a sueldo, sin otra misión que defenderla, no será muy dichosa. Sócrates responde: “Sí , y además no ganan más
paga que el sustento, pues aparte de é1 no reciben salario alguno, a diferencia de los otros
ciudadanos, de modo que no pueden salir de la ciudad por su propio placer, ni
gastar el dinero con cortesanas, ni emplearlo, aunque lo quisieran, en tantas
cosas en que lo usan aquellos que son tenidos por dichosos.” Expresa que quizá puede ser
feliz, pero que de todos modos esto nada importa. Al constituirlos en
guardianes de la ciudad, no es su felicidad la que se tiene en cuenta, sino
el bien de la ciudad. El interés de algunos no merece ninguna consideración
cuando se trata del interés general. Tan pronto como éste se halle asegurado,
cada uno gozará, según su ocupación, de la felicidad que esté naturalmente
unida a ella. Lo importante es que cada ciudadano y cada clase se mantenga en
su puesto. A este fin se fijaran las
leyes contra la opulencia y la pobreza ,contra la extensión de los límites
del Estado, contra las innovaciones en la educación y sobre los hábitos y
costumbres de los jóvenes. Aclara que una generación bien formada y educada
proporcionará mejores padres para la próxima. Por lo tanto no creen necesario
dictar leyes sobre los convenios de compra y venta, sobre las injurias, las
demandas de justicia y los nombramientos de jueces, sobre la fijación de
impuestos y lo relativo al mercado urbano o marítimo y otras cosas
semejantes. A partir de aquí, Sócrates,
expresa que ha quedado fundada la ciudad y si está bien constituida debe
tener todas las virtudes: la prudencia, el valor, la templanza y la justicia. Según Sócrates: “ La ciudad que hemos
descrito me parece en verdad prudente, por ser acertada en sus
deliberaciones.” La prudencia se encuentra
en la ciudad, en los gobernantes[4]
y que entre todas las ciencias es la única que merece llamarse prudencia. “ En cuanto a la cualidad
que se llama valor, y a la parte de la ciudad en que reside, no me parece
difícil descubrirlo.” El valor se encuentra en la
misma clase de ciudadanos, los guardianes, por la educación que han recibido
y es una cualidad propia de la ciudad. “Dos cualidades quedan aun por descubrir en la ciudad, la
templanza y, por último, la justicia, que es el objetivo de nuestras
investigaciones. Aquí, Sócrates, explica que
la templaza consiste en la armonía entre la prudencia y el valor, está entre
lo menos bueno y lo mejor por naturaleza que hay en la ciudad o en una
persona. Luego de un largo diálogo llegan a la conclusión que la justicia,
consiste en ocuparse únicamente de los propios asuntos. Es el origen de las
tres virtudes: prudencia, valor y templanza, es decir la virtud que concurre
con las otras a la perfección de la ciudad. Si sucediera lo contrario, la
usurpación de los derechos del otro, eso es injusticia. Sócrates dice: “Si la idea de justicia,
tal como acabamos de exponerla, se aplica a cada hombre en particular, y la
seguimos reconociendo como justicia, tendremos necesariamente que aceptarla,
pues, ¿qué más podríamos decir? EI caso contrario, seguiremos investigando
por otro lado. Pero, de momento, terminemos la investigación en que venimos
ocupándonos persuadidos de que nos sería más fácil reconocer la justicia en
el hombre si antes procuramos observarla en un modelo más grande que la
contenga. Ahora bien, nos pareció que ese modelo más grande era la ciudad, y
la fundamos lo más perfecta posible porque
sabíamos que la justicia se encontraría en una ciudad bien organizada. Traslademos, pues, al
individuo lo que descubrimos allí; si existe paridad entre una y otro, todo
andará bien; pero si encontramos alguna diferencia en el individuo volveremos
de nuevo a la ciudad para profundizar nuestra investigación, puede que al
compararlos y al frotarlos, por así decirlo, una con el otro, logremos que
brille la justicia como surge el fuego de dos leños secos, y una vez que se
manifieste podamos confirmarla en nosotros mismos.” Estas virtudes, son
necesarias también para la perfección del individuo. Se comprueba por la
existencia en el alma de tres facultades que corresponden a las tres clases
que forman el Estado. Resulta obvio que el carácter que atribuimos a una
comunidad es el resultado de lo que son sus integrantes. Lo difícil es
determinar si obramos movidos por tres principios diferentes o por uno solo,
esto es, si el alma, toda entera, interviene en cada uno de nuestros actos. Si hubiera conflicto entre
la razón y el apetito, el coraje, a no ser que el alma esté pervertida, se
inclinará por la razón. La unidad del alma se demuestra mediante varios
ejemplos, de modo que las virtudes quedan definidas en sus relaciones con el
individuo, a la manera de cómo se aplicaron en el Estado. La justicia
consiste en que cada una de las facultades cumpla en el alma y en el
individuo con la función que le ha sido asignada. La injusticia se deriva del
no cumplimiento de las funciones adecuadas y propias. Por lo tanto, justicia es
armonía y salud del alma, mientras que injusticia es enfermedad y discordia.
Esta es la respuesta al problema con que se había iniciado el diálogo. Si la
vida no vale la pena de vivirse cuando el cuerpo está enfermo, mucho menos
cuando está enferma el alma. Una vez llegado a este punto, Sócrates propone
que se revisen los modelos de degeneración tanto en el Estado como en el
hombre, a fin de comparar su infelicidad con la felicidad del hombre justo y
del Estado ideal. Libro V
Luego de un diálogo que mantienen entre Adimanto,
Polemarco y Glaucón, puestos de acuerdo, le dicen a Sócrates que no han tratado el tema de las mujeres y los hijos. Sócrates, expresa, que deberán volver a tratar un
asunto que tendrían que haberse ocupado antes: “Para
hombres nacidos y educados como los que hemos descrito no hay, en mi opinión,
otra recta norma de posesión y trato de las mujeres y de los hijos que la que
se deduce de hacerlos seguir el camino que trazamos al principio. Comparamos
a esos hombres, creo, con los guardianes de un rebaño.” Sócrates, opina, que las
mujeres y los niños de los guardianes se convierten en bienes comunes. En
primer lugar enseña que las mujeres poseen las mismas capacidades que los
hombres, aunque generalmente en grado menor; por lo tanto, nada se opone a
que participen de la misma educación y ocupaciones que los guardianes.
Hombres y mujeres pueden colaborar y trabajar para el mismo fin. Con miras a un más seguro
éxito de las tareas y objetivos propios de los guardianes, propicia una
especie de matrimonio común, que mejoraría la raza, libraría a las mujeres de
obligaciones insignificantes y contribuiría a una más completa unidad y
armonía de sentimientos en el Estado. Sócrates pronuncia en general
los ideales, tanto en arte como en política, que sean o no completamente
realizables . Se trata de una ciudad ideal o modelo, en la cual se supone que
todo es perfecto porque sus diversas partes contribuyen al debido equilibrio,
contra aquellos que la critican desde una realización concreta en un mundo de
seres imperfectos que no se ajustan ni pueden ajustarse a su cumplimiento
integral. A continuación, Sócrates, se propone averiguar que defectos
impiden las otras ciudades el ser gobernadas como la que plantea y cual es el
cambio que debe introducir para que se asemejen a lo que han organizado. “ En tanto que los filósofos no reinen en las ciudades, o
en tanto que los que ahora se llaman reyes y soberanos no sean verdadera y
seriamente filósofos, en tanto que la autoridad política y la filosofía no
coincidan en el mismo sujeto, de modo que se aparte por la fuerza del
gobierno a la multitud de individuos que hoy se dedican en forma
exclusiva a la una o a la otra, no habrán de cesar, Glaucón, los males de las
ciudades, ni tampoco, a mi juicio, los del género humano, y esa organización
política cuyo plan hemos expuesto no habrá de realizarse, en la medida de lo
posible, ni verá jamás la luz del sol. He aquí lo que desde hace tanto tiempo
vacilaba en decir por darme cuenta de que repugna a la opinión general. Para
la mayoría de las personas, en efecto, es difícil concebir que la felicidad
pública y privada no pueda alcanzarse en una ciudad diferente de la nuestra.” Glaucón alaba a su maestro
y continúan con el diálogo en el cual distingue tres clases de hombres : los
ignorantes, que no saben nada; los que creen saber, que en lugar de ciencia
tienen opiniones, porque se dejan llevar por apariencias; los filósofos,
aquellos que se aplican a la contemplación de la esencia de las cosas. Los
filósofos se interesan por el ser, son los únicos que poseen la ciencia de lo
bello, del bien, de lo justo y de lo injusto. Sobre este supuesto se basa
la afirmación de que los filósofos tienen que ser gobernantes o los gobernantes
filósofos, si se quiere que tal clase de Estado exista en el mundo. Libro VI
“En fin Glaucón, después de muchas dificultades y de una
discusión bastante laboriosa, hemos establecido la diferencia entre los
filósofos y los que no lo son”. Según expresa Sócrates, el
gobierno, no se confiará a ciegos conductores de ciegos, sino solamente a los
que posean ideales claros; aunque se ha de procurar también que no les falte
experiencia. Los amantes de la verdadera filosofía están
destinados al gobierno del Estado ideal, porque se consagran a las ideas
abstractas y a una concepción sistemática y coherente de la vida. El diálogo se desarrolla
luego con la objeción de que la mayoría de los que se llaman filósofos no son
capaces de gobernar ni aptos para ello. La culpa no está en la filosofía.
Muchas son sus virtudes, pero también se halla expuesta a múltiples
tentaciones: la riqueza, la belleza, etc., o el halago de la multitud. No considera verdaderos
filósofos a aquellos cuya ciencia consiste en conocer y complacer los
instintos, los gustos de la multitud heterogénea que se reúne para satisfacer
sus instintos, opinando sobre ciencia, pintura, música o política.
Es así como la filosofía,
abandonada por los verdaderos sabios, cae en poder de personas indignas,
deslumbradas por los hermosos nombres que se le aplican y sus brillantes
apariencias. Por descalificada que esté, comparada con otras profesiones,
proporcionará todavía gran prestigio entre los hombres La consagración exclusiva a la
filosofía será la recompensa y el coronamiento de una vida empleada en
servicios militares y políticos en el Estado. Ésta es la clase de hombres que
debe ejercer el gobierno para que se organice una ciudad perfecta, tanto
entre los griegos como entre los bárbaros. El filósofo está por encima de los
celos y la envidia: por tener sus ojos fijos en los modelos celestes, se
esforzará como gobernante en reproducir, con los materiales de la vida,
aquella imagen del hombre que Homero presenta como semejante a un dios. Su
reino en la tierra puede parecer un sueno, pero no es totalmente imposible. Puesto que el filósofo es
la piedra angular del nuevo listado, su formación será objeto de especiales
cuidados. No basta el método, que se
aplica generalmente, de definir las tres virtudes en relación con las tres
facultades del alma. Hay un camino más largo que están obligados a seguir,
aquellos que quieren lograr el más elevado de todos los conocimientos, esto
es, la idea del Bien. El bien es la base de la ciencia, la ética y la
política. El hombre común se maneja con conocimientos prácticos pero el filósofo tiene que estar en condiciones de
explicar razonadamente por qué es "bueno" o deseable ser valiente,
casto, etc. Tal razón se basa a la
postre en una concepción del sumo bien. La actitud del filósofo en relación
al sumo bien, según Platón, se resume en poseer un concepto adecuado, estar
en condiciones de definirlo, demostrar su superioridad con argumentos y
defenderlo contra los opositores y, por último, en poder deducir sistemática
Y evidentemente sus consecuencias éticas y prácticas Libro VII
Sócrates, utiliza una
comparación explicar que los que viven en este mundo se parecen a seres
encerrados en una caverna, donde se hallan encadenados contra un fuego que
arde a sus espaldas, de modo que sólo contemplan las sombras que pasan por
delante, proyectadas por objetos que se mueven entre ellos y el fuego. Al
sostener los hombres comunes que las sombras son la realidad, se oponen a los
filósofos empeñados en contemplar el
reino del día y de la brillante luz, causa última de todo. Quien haya logrado
esta superación, no apreciará en lo más mínimo la sabiduría que afirman
poseer los moradores de la caverna. Es preciso que la
inteligencia, contrariamente a lo que enseñan los sofistas, pase de las sombras
a la realidad. Desde la juventud debe aspirarse a este fin mediante la
represión de la naturaleza sensible y la elevación de la mente a realidades
más elevadas. Por eso, la ciudad ideal no tiene que ser gobernada por los que
se demoran en lo sensible, sino por los filósofos que han visto la verdad, el
verdadero Sol. Tal es la condición del
Estado perfecto: los gobernantes no han de buscar el gobierno con miras al
provecho propio; en cambio, condescienden a hacerse cargo del mismo,
renunciando a su pesar a una vida más elevada. Sócrates plantea la
educación que deben recibir: “Será pues necesario
dedicarlos desde la infancia al estudio de los números, de la geometría y de
toda la educación propedéutica que debe impartirse antes que la dialéctica,
pero sin obligarlos a aprender por la fuerza.” Describe luego
las ciencias a que debe consagrarse el que está destinado a gobernar el
Estado. Se trata de elevarlo de la zona de las tinieblas a la realidad. La
aritmética es la ciencia más adecuada para ello, y
también aquellas otras
relacionadas con la aritmética, como la geometría, plana y sólida, y la
astronomía. Presentan contradicciones
aparentes que invitan a la reflexión; presuponen y desarrollan la facultad de
concebir abstracciones y razones en forma consecuente, lo cual es
indispensable para la aprehensión del
"bien". Pero estos estudios no son
sino preparatorios para la dialéctica, que corona la educación propia del
filósofo. Es la única que nos proporciona una visión sinóptica de todo saber.
El filósofo debe ser capaz,
al renunciar a las imágenes sensibles y a las hipótesis, de elevarse, por
medio de las ideas puras de la razón, a la idea del bien (pues éste es el más
elevado principio)y de allí descender a lo particular de los sentidos. La
dialéctica es la única ciencia que busca la verdad por sí misma, sin motivos
ulteriores. La más elevada educación
debe reservarse a los que se mostraron más capaces y dignos de aquella
durante la juventud; de lo contrario, la filosofía quedará expuesta al
ridículo y a la vergüenza. En la infancia, la instrucción será grata, algo
así como un juego para discernir la capacidad natural de los niños. Durante
los años consagrados a los ejercicios
gimnásticos, se deben intercalar estudios más severos. Sólo a los veinte años
se llevará a cabo una selección de los mejores discípulos, con la supervisión
de la relación y conexión de los estudios ya realizados. Finalmente, a los
treinta años tiene que hacerse una selección definitiva, de la cual surjan
los que se consagrarán a la dialéctica. Siguiendo este proceso selectivo, no
se corre el peligro de perturbar la moral y la religión al discutirse sus
problemas por mentes inmaturas. Una inteligencia sobria y desarrollada no se
intoxicará con discusiones, sino que distinguirá entre la investigación de la
verdad y una heurística capciosa. Cinco años se consagrarán al estudio de la dialéctica. A Los treinta y
cinco años, quienes hayan completado estos estudios, de nuevo descenderán a
la "caverna" y participarán durante quince años en las tareas de la
paz y de la guerra. Aquellos que surjan triunfantes, a la edad de cincuenta
años, se convertirán en los verdaderos gobernantes y guardianes del Estado.
Fijos sus ojos en la idea y modelo del bien, procurarán realizarlo en su
propia vida y en el gobierno de la ciudad, dedicándose principalmente a la
filosofía, pero participando también en el servicio del Estado. Así, una vez
muertos, partirán a la isla de bendición y recibirán los honores debidos a
los dioses. Glaucón, exclamó: “¡Sócrates, los gobernantes cuya imagen acabas de
esculpir son de una belleza perfecta!” Sócrates a partir de esto le aclara que no solo se
refiere a gobernantes sino también a gobernantas, las cuales hayan sido
dotadas de aptitudes apropiadas. Libro VIII
Sócrates, le aclara a, Glaucón, las cosas que han
admitido para que la ciudad esté bien organizada, en las deben ser comunes
las mujeres, los hijos, la educación, las ocupaciones de los gobernantes. Para llegar a su perfección
es más evidente si la compara con especies de gobierno degenerativas o
inferiores. Genéricamente se reducen a cuatro: la timocracia, la oligarquía,
la democracia y la tiranía. Sócrates, desde el Estado ideal o aristocracia, muestra cómo,
por sucesivas corrupciones, se desciende a la tiranía. Todo esto con miras a
resolver la cuestión que se ha planteado previamente: la relativa felicidad
del hombre justo o del injusto. El entendimiento, explica, no alcanza a
comprender las causas de la degeneración, si desconoce aquella enseñanza de
las musas de que todo lo que tiene un principio está sometido también a un
fin. En el Estado perfecto, por descuido o por imposibilidad de control de
los guardianes, pueden surgir personas ineptas para el gobierno. Si llegan a
gobernar, vigilarán menos la pureza del Estado. En su fuero íntimo anidará
un anhelo de riquezas y de lujo que hasta entonces sólo se reprimió por miedo
a la ley y no por una verdadera vocación filosófica. La timocracia, entonces,
engendra la oligarquía. Es una forma de gobierno en la cual los ricos mandan,
desplazando a los pobres. Hay una oposición fatal entre la virtud y las
riquezas; cuanto más se estiman las riquezas, menos se aprecia la virtud. El
afán de riqueza suscita la violencia, y unos pocos, en perjuicio de la
mayoría, se convierten en dueños del Estado. Para asegurar sus privilegios se
valen de las armas, y los ciudadanos desposeídos viven expuestos a su
capricho. Si la oligarquía conserva cierta respetabilidad aparente y no abusa
en exceso de su situación, es por miedo a peores consecuencias. El abuso de las riquezas
provoca la democracia. Ansiosos de aumentar sus ganancias, los oligarcas
ignoran la existencia de hombres valientes que se hallan sumidos en una
desesperada pobreza. No existe ley alguna que prohíba la indebida adquisición
de riquezas. Los que están al frente del Estado se entregan a los placeres
hasta que los pobres, que llegan a observarlos de cerca, comprenden que si no
se apoderan del gobierno es porque no quieren. Esto basta para que estalle
la revolución. Triunfante el pueblo, se establece la democracia, luego de
eliminar algunos ricos y obligar a los restantes a vivir en pie de igualdad. Sócrates, expresa: “Ahora bien, ¿cómo se administran estas gentes?¿Qué
sistema de gobierno constituyen? Porque es evidente que al hombre que se
parece a él podremos llamarlo democrático.”
Plantea que como el hombre es libre, en la
democracia, cada uno hace lo que le place y por eso, exhibe una infinita
variedad de tipos de hombres y mujeres. No se exige cultura ninguna ni
especial preparación para llegar a ser gobernante; además expresa que, basta
con que se afirme ser amigo del pueblo. El demócrata
típico, con todo, es aquel que, una vez vencidos los fuertes impulsos de su
juventud, busca establecer una total igualdad entre las diversas
inclinaciones –buenas y malas- de su alma. Acuerdan, Sócrates y Glaucón: “Ahora nos queda por tratar
la más hermosa forma de gobierno y el hombre más hermoso, o sea la tiranía y
el tirano.” El exceso de libertad
engendra la tiranía. Intoxicada por el abuso, la democracia denigra a los que
quieren que se observen la ley y el orden. Desaparece toda disciplina y
subordinación, hasta el extremo de que no hay respeto por ninguna ley, ya sea
escrita o impuesta por la tradición. En medio de esa anarquía los más enérgicos y laboriosos se
presentan ante el pueblo, como los defensores de sus derechos. De ese medio
surge el conductor o jefe. Amenazado por los que disfrutan del gobierno,
corre el peligro de ser asesinado, en caso de no convertirse en un lobo
dispuesto a defenderse en cualquier forma. El pueblo, halagado por sus
promesas, le presta su adhesión y lo protege Se impone, entonces, sobre sus
enemigos, que se ven obligados a descerrarse, si no quieren sufrir la muerte.
AI principio de su gobierno, el tirano es cauto, pródigo en sonrisas y
promesas. Pero, una vez afirmado en el poder, provoca guerras para que el
pueblo comprenda que necesita un dirigente, si no quiere exponerse al peligro
de perder la libertad. Si alguien se opone a sus pretensiones, es eliminado.
Es así como el Estado se priva de los mejores ciudadanos y el tirano utiliza
los servicios de personas ruines. Día tras día necesitará más guardias y
mercenarios, gente que lo rodee y proteja, obedeciendo incondicionalmente a
sus caprichos. Durante un tiempo, se comportará con cierta aparente
honestidad, hasta el día en que exprima a1 pueblo para que soporte y pague
sus propios caprichos y los de la banda que lo rodea. El tirano se transforma en
un déspota licencioso. Libro IX
El diálogo se inicia con la
descripción del tirano. Este se vale del artificio, el fraude, la violencia,
todos los medios le parecen acertados para llegar al fin que se propone. La ciudad tiranizada es la
peor; lo mismo pasa con el tirano. Sócrates, les pregunta, si
el tirano no es el más desgraciado porque su alma esta sometida a las peores
pasiones. Un alma en estas condiciones ignora lo que quiere realmente. A
pesar de que es incapaz de gobernarse a sí mismo, se ve obligado a gobernar a
los demás. Es un esclavo y un cobarde, desconfiado, sin amigos, sin alegría,
una maldición para sí y para el mundo. Continúa expresando, que
cuando los deseos pertenecen a las partes del alma codiciosa y ambiciosa se
dejan guiar por la razón y por el conocimiento, en tanto, cuando el alma toda
obedece a la parte filosófica y no se produce rebelión esta puede gozar de
los placeres. A partir de esto puede
proclamar quien es el gobernante más
feliz. El verdadero aristócrata o filósofo, que empieza por reinar sobre sí
mismo. Y el más miserable es el tirano, reverso del filósofo, esclavo de sus
pasiones, que intenta esclavizar a los demás. Una segunda razón abona la
mayor felicidad del que primeramente ha aprendido a gobernarse a sí mismo; y
es que el amante de la sabiduría, en cuanto hombre, ha experimentado y sabe
en qué consisten los deleites de los sentidos y la ambición.. Además, el
filósofo enriquece su experiencia con otros dos criterios de su sano juicio:
la inteligencia y el discurso de la razón o el logos. Finalmente, como tercer argumento,
expone la falta de solidez y la relatividad de los goces inferiores. El
hambre y la sed son indicios de la debilidad del cuerpo, así como la
estupidez y la ignorancia son indicios de una especie de vacío del
alma. Pero el cuidado del alma participa más de la verdad y proporciona un
deleite mucho más auténtico que los placeres insatisfactorios de los
sentidos. El alma del filósofo, en la
cual las facultades disfrutan del placer propio de cada una de ellas, obtiene
el verdadero placer al realizar las funciones que le son propias. El sabio conserva la armonía en su alma, mediante el buen orden
de las facultades. Gozará del don de la verdadera ponderación Libro X
Sócrates expresa: “-Y en verdad, aunque me
atengo a muchas razones para creer que estamos fundando la ciudad más perfecta posible, lo
afirmo, sobre todo, al considerar nuestro reglamento sobre la poesía. -¿Qué reglamento?
-preguntó. -El que no admite en forma
alguna que sea imitativa. Ahora, después de haber precisado con claridad las
diferentes partes del alma, esta prohibición me parece de una necesidad mas
absoluta y evidente.” Aquí vuelve a remitirse lo
que trató en los libros II y III. Por eso, al referirse a la poesía, expresa
que los únicos poemas que deben admitirse son los himnos en honor a los
dioses y los elogios de los grandes hombres. Al final del diálogo señala
cuál será el destino de los justos y de los injustos. La mayor recompensa para la virtud consiste en la inmortalidad. La justicia, como ha
demostrado antes, recibe ya su recompensa por sí misma en este mundo; pero
todavía le aguarda una zona de fe y confianza, el premio definitivo. Para que
lo ultimo resulte comprensible, expone el mito de Er. Los tiranos y
responsables de injusticias reciben el castigo merecido por sus actos. Según se deduce de la
fábula, todas las almas son iguales; serán durante su existencia terrena lo
que ellas elijan. Por orden, cada una
de ellas expresa su preferencia; pero, incluso para la última en elegir, si
lo sabe hacer con discreción, se le presenta una vida amable. De esta
preferencia previa depende la suma de bienes y de males que le esperan. Sócrates, le pide a Glaucón
que le preste atención, reconociendo: El alma, es lo bastante
fuerte para tolerar todos los bienes y todos los males; sin embargo, guiada
por la inteligencia, debe seguir el camino del bien y practicar la justicia,
para que cada uno sea el mejor amigo de sí mismo y de los dioses, haciéndose
acreedor a una verdadera inmortalidad. Lilia
Paris |
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