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La calle se
mostraba como una especie de túnel bajo una bóveda de diminuto y plumoso
follaje verde y amarillo. Sostenían esta nube de hojas otoñales
determinados árboles cuyos troncos eran de una negrura violenta y como
carbonizada, que parecían empapados por toda la lluvia de los días
anteriores. Innumerables hojas verdes y amarillas derribadas por el agua
sobre el pellejo negro y graso del asfalto habían quedado adheridas
haciéndolo parecer manchado como la piel de la pantera. En un sitio se
había formado un gran montón de esas hojas; el verde y el amarillo,
mezclándose y reluciendo por el agua, daban la ilusión de un oro copioso
vomitado por la rotura de un cofre; y era una extraña visión, casi digna de
ser deplorada como una gran riqueza inexplicablemente abandonada y
despreciada. Yo no padecía, pero sabía que si hubiese tenido un dolor
aquellos colores tan fuertes me habrían hecho sufrir, como todo detalle de
excesiva evidencia al que una sensibilidad herida atribuye inmediatamente
un significado. Así, en cuanto salimos de la casa, le hice notar a Livio el
color de esas hojas y de esos troncos. Pero él meneó la cabeza y contestó
que no tenía la mente como para eso. A continuación, con un tono
suplicante, me pidió que no lo dejara: quería estar conmigo algo más.
Empezamos a
caminar delante y atrás sobre aquellas hojas, a lo largo de aquellos
troncos en el aire ahumado y azulado del crepúsculo otoñal.
-En fin -dijo
Livio con un furor contenido-, si me hubiese dicho: amo a Roberto y a ti ya
no te amo, paciencia... Por lo menos ésta sería una razón clara... pero
¿por qué inventar todas esas mentiras? Roberto es un constructor, tú un
destructor... Roberto un constructor... ja, ja... con esa cara de buey, esa
frente estrecha, esos ojos redondos... Un bruto, eso es lo que es.
Dulcemente le
contesté, observando el bordado elegante de las hojas que sobre las aceras
se aglomeraban alrededor de los árboles hasta formar una alfombra, que
Silvia era una de esas mujeres que no saben reconocer la verdad y necesitan
siempre creer que están justificadas por razones de orden moral. Me miró
como si no hubiese entendido, y después prosiguió:
-La verdad, en
cambio, es que él es rico y yo soy pobre... constructor, si, claro que lo
es, futuro constructor de su desprovisto guardarropa... constructor de
vestidos, zapatos, joyas... ¿Has oído con qué tono ha dicho: estoy cansada
de vivir entre estrecheces?
Dije que lo
había notado todo. Pero ¿qué le iba a hacer? Se había ilusionado acerca de
esa mujer, eso era todo. Diciendo esto, con la punta del paraguas yo
restregaba la tierra entre la hojarasca, que se acumulaba ante la punta en
un montón resistente que yo sentía adherido al asfalto por una película
adhesiva de agua de lluvia.
Livio dijo:
-Ella es una
boba... o, mejor dicho, una persona muy simple... esos discursos sobre la
construcción y destrucción no son cosa suya... son de Roberto... con esos
discursos, en mi ausencia, la ha fascinado... porque él de veras cree ser
un hombre positivo por los cuatro costados, un constructor, precisamente...
y ella, en su pérfida ingenuidad, me los ha ofrecido tal cual... como un
papagayo... tanto es así que, cuando la he interrumpido y le he preguntado
qué entendía por constructor, se ha quedado con la boca abierta y no ha
sabido decir nada... diantre... no podía contestarme que por constructor
entendía un hombre rico y nada más...
Le dije que
razonar de esa manera era en vano; a menos que, más que dolerse por la
forzada separación de la amante, le importase demostrar su propia
superioridad y la poquedad de esos dos. Mientras tanto, aún discurriendo,
habíamos llegado al final de la calle, allí donde desemboca en la avenida a
lo largo del río.
Livio me indicó
que nos acercásemos al parapeto y después prosiguió:
-¿Yo
destructor?... ¿y qué destruía, por favor? Tal vez sus malas costumbres...
Cuando la conocí ella creía que la vida fuese una cuestión de dinero, de
automóviles, de vestidos, de excursiones, de cenitas y diversiones... lo
creía con ingenuidad, como si no hubiese ni pudiese haber en el mundo nada
más... la verdad es que ella andaba a cuatro patas... y yo, por algún
tiempo, la he hecho caminar erguida... pero ahora ha vuelto a caer en
cuatro patas, la cara en el comedero... y para siempre...
Por encima de
las defensas del río, en el gran espacio entre ambas orillas, se descubría
el cielo pesado de nubes oscuras e inmóviles, parecido a una frente
pensativa y fruncida. Como un rostro detrás de un brazo, la ciudad nos
miraba desde detrás de la barrera de sus puentes, tendida y mortecina. A lo
largo del parapeto se alineaban unos plátanos que habían crecido hasta gran
altura, de manera que al pasear no se veía otra cosa que troncos y más
troncos, inclinados o erguidos, con las ramas elevadas hacia lo alto. Pero
desde la cima de las copas el viento arrancaba a puñados grandes hojas
muertas que caían, desagradables y duras, una tras otra, hasta reunirse con
sus compañeras esparcidas en abundancia sobre las aceras. Contesté a Livio
que él no podía juzgar sobre cuántas patas había de caminar la hermosa
mujer que no quería tener más nada que ver con él. Probablemente le había
pedido demasiado; ella se había esforzado por seguirlo, después le habían
fallado las fuerzas y había vuelto a su vieja vida.
-Ah, ¿no se
debería pedir nada a la gente? Yo sólo le había pedido que fuese una
persona decente... en cambio ya has oído lo que ha dicho... que yo la hacía
volverse fea... ¿has oído con qué tono de obstinada desolación lo ha dicho?
Nadie pasaba por
la avenida junto al río. En determinados puntos las hojas muertas formaban
altos montones, verdaderas tribus que murmuraban y bullían según el viento.
-Tal vez no la
halagabas lo suficiente -dije.
Livio repuso:
-¿Para qué
sirven los halagos? Yo quería que se convirtiese en una persona, eso es
todo... y para lograrlo le dije que ante todo tenía que reconocer la verdad
de sus propias condiciones... tenía que darse cuenta de que era pobre,
ignorante, con la cabeza a pájaros, malcriada, que mentía constantemente ante
sí misma y ante los demás... yo pensaba que la verdad, aunque amarga,
hubiese de tener para ella más valor que los halagos que le prodigaban
Roberto y sus demás pretendientes...
Me eché a reír y
le dije que las mujeres querían dulces frases y no sermones. [...]
-Sin embargo
-dijo Livio como acordándose-, al principio me amó precisamente porque le
decía esas verdades... me explicaba que nadie la había hablado jamás de esa
manera... me agradecía que lo hiciese... y ¿te acuerdas? Al principio
conseguí que abandonase a ese Santoro...
Yo volví a reír:
-Probablemente,
para abandonarlo le habrá repetido punto por punto las mismas frases que tú
en aquel momento le ibas propinando... habrá hecho con aquel pobre Santoro
lo que ha hecho hoy conmigo... le habrá dicho que tú eras un constructor y
él un destructor... y entonces, como hoy, no era cosa de ella... ¿no crees
que habrá sido así?
Él dijo con
estupor:
-Así ha sido...
pero era la verdad... yo era el único que podía hacerle bien... y ella lo
sabe... y por eso está tan empecinada contra mí...
De pronto nos
encontramos en un remolino de viento, en una explanada de la cual bajaban
dos escalinatas hacia el río. Las hojas se elevaban del suelo girando hacia
lo alto. [...]
Dije:
-Tu error ha
sido tomarte demasiado en serio tu papel de moralista, de constructor, como
dice Silvia... Tenías que pensar que nada es más fácil que un moralista
revele después ser inmoral, y que el constructor de ayer se vuelva el
destructor de mañana... ¿Qué frenesí es el de ustedes? Esta Silvia me
parece una mujer a la que no se acercan sino hombres que la quieren
salvar... se comprende que termine por creerle sucesivamente a cada uno de
ellos.
Meneó la cabeza
y contestó:
-Será como dices
tú... pero lo que hace que yo sea distinto de los demás es que durante todo
el tiempo, mientras hacía toda clase de esfuerzos de cambiarla, sentía que
era en vano... y que pese a todo, precisamente por eso, había que
hacerlo... tal vez tú nunca hayas experimentado esa sensación... me parecía
estar entregado a una empresa que no tenía ninguna posibilidad de éxito...
pero esa sensación de fundamental vanidad era justamente lo que me hacía
persistir y me hacía amar a Silvia... la sensación de hacer algo sin
esperanza...
El crepúsculo se
había ya convertido en una penumbra casi nocturna. La masa gris de un
autobús de rojos faroles encendidos, pasando y desapareciendo por una calle
transversal, lo hizo hundirse con toda su bruma, y se hizo la noche.
Caminando en la oscuridad, contesté:
-Entonces no te
quejes... has obtenido lo que deseabas... ella te ha inspirado la voluntad
de cambiarla, que anhelabas de corazón, y, al mismo tiempo, no menos
querida, la sensación de la imposibilidad de dicho cambio... De ella, más
no podías esperar.
Contestó:
-Eso es verdad...
pero no quita que perderla sea muy amargo...
Me reí:
-Cuántas cosas
querrías -dije.
Yo había entrado
en un gran montón de hojas, sin verlas, y casi experimentaba placer
moviendo los pies y haciendo el mayor ruido posible.
-Acaba con eso
-dijo Livio-, ¿qué te ha dado?
Yo tenía las
hojas hasta la mitad de la espinilla de tan altas y tupidas. Livio añadió:
-Así que se
acabó.
-Eso, se acabó
-dije como un eco arrastrando los pies entre las hojas. Me sentía incapaz
de tomarme en serio el disgusto de mi amigo. Más aún, experimentaba una
especie de sentimiento de hilaridad, como si todo se hubiese producido
según un orden preestablecido y superior.
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