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JUNTOS
LOS DOS
Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores
y muchísimo más que cuando estuve en la guerra.
Anoche estando acostado tranquilo, quizás como siempre,
después que mi esposa Charlotte se fue a acompañar
a Martina y su fiel perro, a la caminata habitual, hora en que
el can hace sus necesidades y Martina recoje en bolsa plástica
la mierda, me quedé leyendo tranquilo acompañado
de un Cherry semiseco y las melodías del violoncelo de
Pablo Casals. Cansado por el duro trabajo del día anterior
dejé el libro sobre la mesa, fui a mi habitación
y al entrar en ella puse el termostato en dieciocho grados, me
desnudé y me metí debajo de las cobijas; allí
en la comodidad de la cama y después de poner mi postiza
dentadura en su medio adecuado y colocar mis anteojos encima
de la pequeña mesa de noche, apagué la luz de la
lámpara de leer y dormí sin problema.
No sé cuantas horas habían pasado cuando en
el silencio y oscuridad de la noche escuché ruidos muy
extraños al exterior de la alcoba, exactamente en las
escaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidas
por mí. Yo, un hombre que habla el latín, me asusté
y sorprendido me senté a esperar el fin de lo que escuchaba,
sin tratar de hacer juicio alguno.
Consciente estaba de que Charlotte, mi querida esposa, no
había llegado, ya que varias veces toqué el lado
de la cama donde duerme y no la encontré, lo cual me causó
mucha angustia; así, lentamente los sonidos terminaron
de subir las escaleras y finalmente entraron en la habitación...
Observé, cauto y desconfiado, entrar una sombra amorfa,
un bulto grande moviéndose con dificultad; con mis cansados
ojos de anciano no podía tampoco distinguir qué
era, sólo escuchaba las risotadas escandalosas, las palabras
enredadas y un fuerte y marcado olor a alcohol.
Nervioso dudé de mis actos y pensamientos, creí
momentáneamente que era una mujer de vida alegre y numerosos
clientes que se habían equivocado de casa y aposento;
como pude, a tientas de ciego y en la negrura de la noche busqué
mis gafas para poder prender la pequeña lámpara.
Después de hacerlo y para mi gran sorpresa encontré
a ¡Charlotte!
Sin creerlo ni aceptar, la encontré tirada al extremo
de la cama, ¡Mon Dieu! ¡mi esposa! ¡¡La
bióloga!!, la directora por treinta años del famoso
coro de música sacra en la conocida iglesia luterana de
Ginebra, la mujer maravillosa, ¡Quelle horror! , la madre
de mis cuatro hijos estaba ahí tirada al extremo de la
cama, ¡¡completamente borracha!! hablando en un idioma
incomprensible, riéndose y actuando como nunca antes en
nuestra feliz vida y después de cuarenta años de
casados, a estas horas de nuestro matrimonio y en el cenit de
nuestras vidas.
Yo traté de encontrar la causa de este inusual estado
en ella, después de tantos años compartidos desde
aquellos en los que yo iba o ella venía al pequeño
jardín al frente de la facultad a esperar que terminaran
nuestras labores académicas en la universidad. No supe
que pensar.
Estimados señores y usted señor Cato, no sé
que decirles o como expresar lo que sentí en ese momento.
Recuerdo que tuve un inmenso vacío, una ahogadora tristeza,
solté una irónica risa, un débil entusiasmo
y una rabia pasajera, y también todo aquéllo que
puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar
en esos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables,
terribles e inaceptables condiciones.
Horrorizado de ver a Charlotte en esa situación, con
voz angustiada, sintiendo una punzada fuertísima en mi
débil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le
pregunté:
- Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?
Atónito y horrorizado, la observaba.
Ella poco a poco organizó sus desvariados pensamientos
en medio de risas desconocidas, con ternura abrazadora y en una
voz jamás escuchada en todos nuestros largos años
de nuestra feliz relación, me dijo: -"Freddy, mi
amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino
Martina con su perro a que la acompañara a caminar?...
Muy bien, las dos nos fuimos conversando, mientras el can buscaba
un lugar verde donde hacer sus necesidades. Conversabamos de
muchas cosas, de ti, de Teodoro; charlábamos acerca de
nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones, de las
duras dificultades que enfrentan aún con todos sus títulos
académicos para encontrar un trabajo estable y bien remunerado;
dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas
veces o casi siempre son muy diferentes a las que los hombres
hablan entre ellos; analizábamos también con impaciencia
lo poco que podemos hacer o que se nos permite por ustedes para
mejorar el mundo; tristemente comprendíamos lo mínimo
que es aceptado y con escasa alegría recibido por ustedes
para hacer más solidario el bien común. Caminando
las dos solas, apartábamos con nuestros bastones las hojas
caídas de este otoño, acompañadas mentalmente
por aquello que hemos creado, es decir nuestros hijos.
Martina iba muy preocupada y yo, meditabunda, llevaba en mí
algo que no te he dicho en los últimos años: sentía
una creciente ansiedad de ver lo que sucede en el mundo fuera
de nuestros vecinos, en otros países y regiones. Llevaba
tristeza y frustración de ver lo poco que puedo hacer
para cambiar lo que escucho en todos los lugares que tú
como hombre no frecuentas, no escuchas, no entiendes, no quieres
aceptar ni escuchar y que quizás jamás comprenderás.
Martina y yo sorpresivamente escuchamos a lo lejos, en el Parque
de la Esperanza, unos rumores de tambores como africanos, unas
guitarras, unas trompetas, flautas, lutes de Persia, maracas
de Sur América, acordéones, trompetas, tiples,
guitarrones y unos violines gitanos de Hungría y Rumania.
Nosotras, como bien tú sabes, somos curiosas y dueñas
de una intuición que ustedes no tienen; ansiosas apresuramos
el paso y fuimos a ver qué era esa música tan bella,
esas melodías con una sensualidad envolvente que ahora
escuchábamos en el mismo parque al cual ibamos tú
y yo cuando éramos jóvenes y nos sentábamos
a conversar del futuro, de nuestros sueños e ilusiones.
¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?
¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame_!
Al llegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres
y hombres extranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores,
con todos sus niños cantando al son de la música
y bailando en una armonía, en un ágape que jamás
yo había presenciado en Europa.
Fuera de nosotras estaban muchas parejas conocidas, había
varios ex colegas y ex alumnos tuyos de la Universidad, las parejas
y los vecinos nos quedamos quietos y perplejos presenciando esa
reunión, esa fiesta. Martina y yo, dos mujeres ya viejas
y feas, como dos ancianas esperando sólo la muerte, sorpresivamente
nos encontramos igual que los otros en la mitad de este pequeño
carnaval.
Las mujeres y hombres tenían unos dientes hermosos color
nieve, una piel canela y cabellos oscuros como las noches del
invierno, sus músculos tenían una simetría
excelente, pequeños cuerpos en volumen pero de una definición
muscular sin igual. Algunos tenían una personalidad, una
alegría y dinamismo como el agua en nuestros riachuelos
cuando baja las montañas en la primavera. Martina y yo
fascinadas con esas risas melodiosas mirábamos todo.
Ahí, nos ofrecieron vino a todos y con todo el respeto
del mundo me invitaron a bailar; sí, a compartir con ellos
la alegría. Martina bailaba. Yo también extasiada
miraba cómo ellos bailaban conmigo sin importarles mi
lentitud, mi torpeza al llevar el ritmo, mis arrugas de mujer
vieja y fea. Todos nos aplaudían sin parar; esta gente
desconocida por nosotros únicamente quería que
Martina y yo, como seres disfrutáramos la vida y la alegría
creada por estos músicos que vinieron al festival.
¡Hubieras visto a Martina bailando!, cómo se reía,
¡parecía una loca! igual a esa gente, a esas mujeres
y hombres locos del parque llamados injustamente así por
nosotros los suizos y los europeos. Qué ternura nacía
en las miradas de sus hijos, en los melancólicos ojos
y en sus risas apacibles.
Freddy, mi amor, espero comprendas ahora porqué estoy
tan contenta y ¡porqué decidí tomarme unos
vinos de más! Simplemente compartí con esos locos
la fiesta, hoy conocida en Ginebra como la Fiesta de los Inocentes.
Te preguntarás ¡escucháme amor! ¡escúchame!
¿te preguntarás cómo llegué a casa?
Te lo diré:
Cuando me sentí ya cansada de reir y bailar y de oir tantos
aplausos, como nunca antes en mi vida, le dije a unas mujeres
llamadas Pilar Torres, Mechas Otoya y María Teresa, las
cuales me dijeron que trabajaban como científicas investigadoras
en un centro agrícola de un cañaduzal, que queríamos
regresar a la casa. Al instante, seis parejas de los latinoamericanos
allí presentes en forma alegre y todavía escuchando
la música nos acompañaron despacio a casa.
Las mujeres charlábamos y nos reíamos, los hombres
hablaban con los niños. Ellas, las mujeres jóvenes,
hacían muchas preguntas de nuestros sistemas políticos,
sociales, económicos y de mi relación personal
contigo; eran muchas preguntas sin pena ni amargura, como si
hubiera en ellas una insaciable sed de conocimiento.
Al rato, caminando en medio de todas estas conversaciones y diálogos,
no sé porqué y a estas horas de mi vida como mujer,
a mis setenta y cinco años, en forma total empecé
a sentir en todo mi cuerpo unas ganas y deseos inaguantables
de estar junto a ti, sí, mi amor, Freddy, mi tesoro, sentía
unos deseos irreprimibles de tocarte y sentirte junto a mí
que no tenía en muchos, muchos años.
Me sentía una adolescente, con deseos húmedos y
ardorosa pasión. Quería que me tocaras, que me
besaras, como en aquellos años ya lejanos e inalcanzables
para los dos, aquellos días en que ¡me jurabas amor
eterno!. Cuando éramos jóvenes y bellos, cuando
éramos sólo los dos. Quería que nuevamente
te olvidaras de todo aquello que existe en el mundo, quería
ser el Eje del Universo y volver a escuchar cuando tú
me decías que yo era toda tu gloria.
Al llegar a nuestra casa, acompañada de todo este grupo
y subiendo las escaleras como podía, sentí otra
vez nervios y pánico de lo que había pensado y
deseado en el camino, no pude contener mi nerviosas risas al
darme cuenta y aceptar que estaba húmeda en mi cuerpo,
a mi edad y ¡¡después de tantos largos años!!
Más ganas me entraron de acariciar tu ser, de contar nuestras
costillas marcadas por las huellas del tiempo, de sentir tus
flacas y flácidas piernas, tocar y palpar tu vencido pecho,
tus hombros ya cansados, tu inflexible espalda. Quería
y ahora quiero que toques todo mi cuerpo, mis arrugas en barro
seco por donde pasaron los alegres y esquivos riachuelos, las
profundas grietas de mi piel como si fueran hoy alegres acordeones
tropicales. Que muy lentamente y con todo nuestro tiempo, me
beses toda, sí, quiero que me beses suavemente, dulcemente,
que acaricies mis largos y descolgados senos con sus tristes
y marchitos pezones, como si fueran ellos esta noche y ahora
dos fértiles oasis en un árido desierto donde se
alimentó la belleza de nuestros cuatro hijos; quería
que juntos esta noche, tú y yo, nos llenaramos íntegros
de amor en un triste mundo moderno donde ya no existe.
Y así los dos en uno...
Sí mi amor, ¡los dos!, ¡sólo los dos!
Y en un interminable beso fuéramos felices una vez más
al final de la noche...
Carlos Echeverry Ramirez(1955)Para mi hijo Cato Echeverry Palma. Volver
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