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Tasajera
¡Aquí no venga ni a morirse,
porque tampoco lo entierro!
Cuando escuchó esas palabras del ser
que lo parió, comprendió y aceptó que estaba
sólo en este mundo.
Con esas palabras la madre respondió cuándo el
suplicó, que lo recibieran en su amplia casa.
Negándole la ayuda, su madre dio rienda suelta, al egoísmo
del hermano menor; quién se negaba rotundamente, a que
lo recibieran.
Suplica que les hizo el Cato, después de haber perdido
todas las cosas materiales que poseía, y a raíz
de la recesión económica que llevó a miles
de personas como él, al fracaso monetario en diferentes
países del mundo.
A su mente vinieron en esos segundos, los recuerdos de la infancia,
cuando en la finca familiar y en medio de bromas entre los mayores,
su padre le habló con los perros sentados a la izquierda
y mientras juntos observaban la fresca noche de brisa y palmeras:
¡Mijó, la sangre, sólo
sirve para hacer rellena y chorizos!
¡No crea, ni confíe en nadie!
En los momentos que recordaba estas palabras, su automóvil
salía de la carretera y terminaba dando tres vueltas de
campana estrellándose contra un pequeño arbusto
de jojóba.
Al parar todo el movimiento, y sentirse con vida, se dijo:
--¡Vida hija de puta, ¡me salve!--.
Mirando borrosamente la hora del reloj de su viejo Mercedes,
modelo 180, buscó otra vez la botella de whisky, y cogiéndola
con alegría, se tomó un trago doble.
Aquel día, eran las 6 de la tarde, de un Diciembre 18
de 1995 y se encontraba en ese momento sentado aún dentro
del automóvil y diez metros abajo y a veinte de la carretera
por donde iba en dirección a Santa Marta.
Cato reaccionaba de los golpes, contusiones y de ¡la sorpresa
de estar vivo!
Y despertándose del cansancio y el alcohol que lo hicieron
quedar dormido cuando conducía el automóvil, volvió
a escuchar el eco de aquéllas palabras de su Madre:
¡Aquí no venga ni a morirse, porque tampoco lo entierro!
En ese preciso instante, sintió agresivamente una mano
invasora, peluda, sucia, e inmensa, repugnante y sin rastros
de trabajo en ellas; entrar como una garra, por la ventanilla
del auto y quitarle de un zarpazo; algunos devaluados pesos,
los papeles de identidad nacional y dos cientos diez dólares,
que llevaba en el bolsillo de la camisa, en billetes de un dólar
y de a cinco dólares.
Cato al mirar esa mano sucia, repugnante y sin callos, entrar
por la ventanilla del automóvil, trató de identificar
la cara dueña de la mano que lo robaba y se encontró
escapando la mezquindad de uno fríos ojos, de colores
grises y azulados.
¡Ojos de asesino!.
En una cara con tipo eslava, labios deformes, con un único
amarillento y podrido colmillo en sus deformes mandíbulas.
Reaccionando, en ese preciso instante y aferrándose a
esa mano invasora, igual que una hambrienta fiera, escuchó
esta vez y otra vez, con emoción profunda, las palabras
de su padre.
Sin embargo, la mano invasora; se le fue, se le fue, escapándosele
de sus manos, como el agua se le escapaba en los lejanos juegos
de su feliz infancia.
Cato, sintiendo ira e intenso dolor, por su situación
de impotencia al ver que el sucio agresor con la mano mezquina
y sin rastro de trabajo en ellas, se le iba con los documentos
nacionales, cómo, pudo semidormido y borracho, abrió
la puerta de su viejo Mercedez Benz, y se decidió en medio
de la muchedumbre en algarabía, y desesperada por coger
la fantasía de los pocos dólares que en el aire
y la brisa se perdían en el atardecer del mar Caribe,
correr detrás del desdentado ladrón.
Corrió y corrió, ya lo alcanzaba, si,¡si!
ya lo alcanzaba, pero el hijo de Puta ése, corría
más y más. Cato corría con máximo
esfuerzo, sintiendo los latidos del corazón listo a explotar,
cuando ya llegando a los dos cientos metros de carrera y antes
de entrar en los recovecos de esos palafítos y tugurios
de Tasajera en el mar Caribe de Colombia, lo perdió totalmente
de vista.
No sé, por cual rincón, por dónde o por
cual lugar se desapareció. O en que sitio, se escondió
el hijo de puta ese, con cara de asesino y gringo drogadicto.
Entonces, con el ladrón perdido de vista, y sin poder
respirar, por el cansancio de la carrera, recordé con
pánico, que el automóvil ¡estaba sólo!,
con mis pocas pertenencias y rodeado de gente desconocida. ¡Vida
malparida me robaron todo!-
Fue lo único que pense.
La música clásica en unos 300 CD, algunos libros,
un pequeño televisor comprado de segunda, una bicicleta
desarmada, que iba en la parte trasera del automóvil,
el equipo de música y mi reloj que iba en la guantera
del automóvil.
No sabía que hacer al correr acercándome al automóvil
y verlo rodeado de esa gente. Hijos de puta!, ladrones de mierda!
les gritaba como un loco enfurecido al irme acercándome
dónde ellos.
Al llegar al Mercedez, encontré unos hombres negros y
prematuramente viejos.
Unos ancianos, y bien ancianos por la cantidad de arrugas en
sus cuerpos, iguales a los acordeones tocados nostálgicamente
en las noches por los jóvenes y niños, cuando los
padres salían a las faenas nocturnas de pesca.
Los encontré dentro del automóvil. Muy tranquilos,
serenos y fumando gruesos tabacos y echando el humo como si fueran
los antiguos trenes de la zona bananera.
Me llamaba la atención que todos eran mochos, que les
faltaba la pierna izquierda o la derecha.
Sin pensar nada, lleno ira y respirando con dificultad por el
esfuerzo de la carrera, me dirigí frente al auto dónde
ya otros hombres, habían abierto la tapa donde va el motor,
y estaban listos para llevarsen la batería.
Apartando la gente y gritándoles,--!hijos de puta ¡compañeros
hijos de puta!-- ¿Porque en medio de esta miseria y después
de un accidente, permiten que se me robe?
¿Porque?
preguntó Cato -Nadie contesto-
¿No saben ustedes, que lo único que tengo, es esta
miérda de carro viejo, unos libros y poca música?
-- ¡Ayúdeme!-- a coger a ese caregringo hijo de
puta que me acaba de robar:
¡Siete mil dólares!
¿O, es que no vieron, el sobre lleno de dólares
que se llevó ese boquinche y malparido ojizárco?
Cato, no termino de decir cuantos dólares, se había
llevado la porquería esa, y toda la gente alrededor salió
corriendo desesperada detrás del ladrón.
Para recuperar los dólares, para pedir la participación
en el robo, o el impuesto sobre el.
Después, quedándose sólo, frente al Mercedez
Benz y con los cinco hombres negros, tres dentro del auto y dos
sentados sobre la tapa del motor del coche, se quedó atónito
observando la nueva situación.
Estaba mirando y tratando de comprender todo lo sucedido anteriormente,
cuando vio asombrado, como el mas anciano de ellos y con sus
huesudas manos, que salían por la ventanilla del auto,
le entregaba el reloj con una sonrisa plena y mirada infantil,
diciéndole con sonora carcajada: tranquilo, ¡Ya
pasó Todo!
Poniéndome el reloj, y sin salir de la sorpresa, por el
detalle del hombre negro, escucho que me están llamando
por mi nombre desde lo alto de la carretera.
Observo con desconfianza y eran los hombres de la grúa
y una ambulancia. Dándole las gracias al hombre negro,
me contesto, diciéndome que no me preocupara, que ellos
se encargarían de mi seguridad y mis cosas.
Sonrío con incredulidad al escuchar sus palabras y recuerdo
las palabras sabias de mi Padre:
-- ¡ Mijo, la sangre, solo sirve para hacer rellena y chorizos!
No crea, ni confíe en nadie!
Mientras los hombres salían del automóvil, me puse
a conversar con la gente de la grúa, la ambulancia y otra
gente que me rodeaba, sorprendidos estaban que estuviera con
vida después de este grave accidente. Trato de prender
el Mercedez y lo logro hacer sin ningún esfuerzo, llevándolo
hasta la carretera. Allí, y sin creerlo me doy cuenta
finalmente, ¡que no tenía frenos! La tubería
por donde se traslada el liquido se había roto.
Más calmado y observando incrédulo toda la distancia
recorrida cuando me quede dormido debido al cansancio y al licor,
vuelvo a escuchar ahora, aquellas palabras de mi Madre:
!Aquí no venga ni a morirse!, porque tampoco lo entierro!
Acto seguido, hablo con las personas de la grúa, y decidimos
trasladar el automóvil a un espacio frente al reten, para
dejar el auto resguardado esa noche.
Que susto tan ¡hp! me repetía continuamente y en
silencio. luego uno de los trabajadores del reten me insinúo
amablemente que, el se encargaría, de arreglar el conducto
por donde va el liquido de frenos.
Minutos más tarde, y después de estar en control
de la situación, encuentro algunos devaluados pesos en
uno de los bolsillos del pantalón.
Me despedí de la gente y caminé hasta el reten,
para montarme en un vehículo que me trasladase a Santa
Marta. Al caminar, iba charlando con el más anciano de
los negros, aquel mismo que me entrego el reloj, y quien en esos
momentos me repetia ¡Te salvaste de puro milagro! en cuanto
a los dólares, no se preocupe señor Cato, que ya
aparecerán por otro lado, ¡El señor proveerá!,
haciendo énfasis de manera religiosa al decirme estas
palabras.
El hombre mocho y viejo prematuramente, se despidió amablemente
y con incredulidad por lo vivido ese día y regresó
al caserío de Tasajera, buscando algo para comer y esperar
la noche.
Cato, se quedó sentado en una banca, esperando un Camión,
o un medio de transporte que lo llevaría a Santa Marta.
Al primero que pasó, le pusó la mano, lo recogieron,
y saludando al conductor, le contó detalladamente el accidente
durante el trayecto del viaje a Santa marta.
--¡El Alcohol, mi querido amigo, eso es todo, ¡es
la peor droga que existe!-- Fue lo que respondió el hombre
que conducía el camión.
Así, Cato logró llegar con la noche cayendo a casa.
Donde lo esperaban sus tres fieles perros: La Thora, el Felix
y el Fito.
Al llegar, los abrazo y lloró largo rato y desconsolado
como un niño en medio de lamentos caninos y de haberse
sentido a un paso y bien corto de la llamada: ¡Muerte!.
Se duchó y se fue directo a la cama. Los tres perros durmieron
felices con el.
Al día siguiente cuándo desperté, sentía
dolor insoportable en la cadera, la cabeza y un brazo.
Sin embargo, y sabiendo que tenía que ir por el coche,
organicé la habitación, di alimentos a mis queridos
canes y me fui a la estación donde abordaría un
autobús con dirección a Tasajera, el lugar del
accidente.
Ese día, hacía un calor de infierno,
mismo, si esas noches de diciembre eran un poco más frescas
por la brisa que venía del norte, a pesar de todo, no
lograban, apaciguar el calor del medio día.
Al llegar al lugar donde estaba el automóvil, me bajé
dos cuadras antes, para ir caminando por el borde de la carretera
hasta un ranchotíenda de artículos para carro y
donde compraría el líquido para los frenos.
Caminaba muy tranquilo, cuando desde el otro lado de la carretera,
unos niños con unos burros cargando sal, me gritaron
entusiasmados:
¡Oye Cato, Cato, lo mataron!, lo mataron!
Escuché sus palabras y pensé que habían
matado al Presidente de la República.
Me dije: un buen muerto ese malparido, ¡en buen día,
su muerte!.
Al fin al cabo, era o había sido el más corrupto,
de todos los presidentes, que habíamos tenido. Por lo
mismo, sonriendo dije, mientras seguía caminando,-- ¡que
lo entierren bien abajo, para que no se vaya a salir esa porquería!-
Seguí por el borde de la carretera para comprar el líquido
de los frenos y entrando al rancho, escuché de nuevo las
palabras aquellas de mi padre:
Mijo, la sangre solo sirve para hacer morcilla y chorizos! .
Reí, al recordar el tono de su voz, cuándo lo decía
cariñosamente y yo era un niño.
Al entrar en el rancho, me gritan otra vez desde la carretera:
¡lo mataron!, ¡lo mataron! volví y me dije
optimista, mataron ese hp corrupto!
¡Que descanse en paz Colombia!--
¡Mil gracias Sagrado corazón de Jesús!
Riéndome, salgo feliz y tranquilo del
rancho tienda, con el líquido de frenos y por lo escuchado
desde el otro lado de la carretera. En la distancia, a un lado
de mi automóvil, alcancé a ver a los hombres negros,
que les faltaba la pierna izquierda o la derecha.
Cosa rara pensé
.
Y, seguí caminando lo que me faltaba del rancho hasta
el reten donde estaba estacionado el auto.
A lo lejos, a mano derecha, veía la incomparable belleza
del mar Caribe con sus gigantescas olas, a la izquierda uno de
los mayores desastres ecológicos de la tierra con la extinción
total de los manglares, error de los llamados "Doctores
e Ingenieros", quienes, al diseñar la carretera,
taponaron ilógicamente las entradas naturales del agua
salada, alterando y finalmente destruyendo totalmente el ecosistema
de la ciénaga y originando la muerte de millares de hectáreas
con toda su fauna y flora.
Sin encontrarse, hoy muchos años después, un responsable
por este crimen ecológico.
¡Que vergüenza de
hombres!
Encuentro con alegría los cinco negros
que en el día de ayer, me salvaron lo poco que tengo,
y me pregunto:
¿Seria posible que estos hombres, teniendo las dos piernas,
hubieran hecho lo mismo que hicieron ayer?
Escucho de nuevo el grito contento de los niños con sus
burros, ¡lo mataron!
¡Lo mataron!.
Caminando sólo y en silencio, observo la mansedumbre de
los burros con su corto caminar. Mirando los harapos como vestimentas
de sus niños, siento que me abraza el sonido armonioso
y continuo de las olas del mar que se escuchan en la cercanía.
Así llego al reten donde esta mi auto y me esperan los
cinco hombres.
Los saludo cordialmente por su ayuda.
Ellos me preguntan, si dormí bien?
Respondí que si y les pregunte:
¿A quien habían matado en el caserío?
Se quedaron en silencio, y el más anciano respondió:
Al Nacho Gamez Markovich.
Un asesino reincidente y condenado varias veces por violación
de menores, ratero de turistas, científicas alemanes y
presunto pintor de brocha gorda.
Diciéndolo con cierto orgullo, aclaran todos, que este
hombre no vivía en Tasajera.
Este hombre tenia su guarida a la entrada del Rodadero, a la
derecha.
El hombre negro, el mas anciano, afirmaba sus palabras con alegría
y mucha convicción, diciendo a todos los presentes:
----lo único, que nos falta, en esta
mierda de caserío, ¡es que existan ladrones! Y ¡mucho
menos, tolerar uno de afuera!---
Quedándonos todos en silencio y para romperlo, les pregunte:
¿cómo lo mataron ?
No hubo palabras de respuesta, tampoco miradas entre ellos, el
silencio era profundo, solo se escuchaban los ya cansados pulmones,
y la simple habitación del rancho en que estabamos se
llenaba rápidamente del humo de los tabacos fumados por
estos hombres. El calor me hacia sudar como no lo había
hecho en años anteriores y mas en el caso mío que
solo unos días antes, había llegado del Canadá.
Lleno de la curiosidad por saber mas del muerto y como lo mataron,
y no sin antes pensar en el dolor de la madre y del padre al
saber la tragedia del hombre ya lejos de este mundo y recordando
a mi madre con sus palabras, hacia mi, pregunte luego, bueno,
y ¿quien lo mató?
En medio del humo que seguía invadiendo la habitación,
el mas anciano, me contesta después de un largo silencio
mirándose el mocho de la pierna, mueve los ojos en forma
rápida a sus compañeros, para finalmente decirme
en forma directa y sin titubeo alguno.
Señor Cato:
No sabemos absolutamente nada del crimen.
Se especula en el caserío de dos versiones. Una, que después
de los dos disparos que se escucharon, y entre los muchos que
suenan en las noches y como cosa ya normal en este lugar y siendo
aproximadamente las veinte y tres horas, encontraron al ladrón
con dos tiros en el cuerpo.
Uno en la nuca y el otro en la mano derecha.
Mano con la cual, le robó sus documentos de identidad
nacional, su dinero colombiano y los siete mil dólares,
que usted denuncio a todos los presentes.
Se escucha un rumor entre los habitantes, y es que unos momentos
después, de haber sonado los tiros, algunos vecinos vieron
en medio de la oscuridad y en la escena del crimen, a una anciana
vestida de blanco, que con mucha calma, guardó el arma
justiciera y caminando muy calmada, se fue del lugar de los hechos
en medio de la oscuridad, para finalmente entrar en las aguas
de la ciénaga y desaparecer en ellas con la brisa y las
sombras de la noche.
Son un centenar de personas que afirman, haber visto lo mismo.
la segunda versión del crimen, es mas extraña.
Que en venganza por la muerte de su padre y madre, muchos años
antes, cuando los asesinos entraron tumbando la puerta de una
humilde vivienda y llegando donde la familia se encontraba reunida
comiendo y delante los tres infantes, hicieron acostar en el
piso de la modesta vivienda al papa y la mama. No valieron los
llantos infinitos de ella y el padre pidiendo clemencia por los
hijos. Después de violar despiadadamente a la madre, descargaron
sus malditos fusiles sobre los dos únicos maestros que
tenia la escuela de Tasajera en aquel entonces.
Pero como cosas extrañas que tiene la vida, el niño
mayor, nunca pudo olvidar los ojos grises azulados de uno de
los asesinos, que en un momento de descuido de los hombres armados
y, a pesar de que todos ellos iban cubiertos con pasamontañas,
logro observar esos ojos y y guardarlos para siempre en su memoria.
Ayer, se cree, que ese niño de sólo once años,
espero mucho tiempo en silencio para cometer el crimen del hombre
que asesinó a sus padres.
Ese niño, pensamos todos, fue quien alegremente y sin
compasión alguna, le pego los dos tiros al difunto y salió
con risas y corriendo como un fantasma sin mirar atrás.
Cuentan quienes lo vieron, que logró alcanzar una anciana
vestida con túnica blanca y juntos cogidos de la mano
y cómo en un milagro, caminar sobre las aguas de la ciénaga,
hasta desaparecer bien adentro con la oscuridad de la noche.
Para aparecer en la lejanía, como una pequeña y
brillante luz que sólo se extinguió al nacer del
nuevo día.
Ya, se escucha el rumor, que en el futuro, los dos juntos serán
un lucero que iluminará la ciénaga.
--Es muy extraño, señor Cato, pero hoy, la gente
y los niños en el caserío, están tranquilos
y muy contentos, es como si la selección de fútbol,
hubiera ganado.
El hombre anciano, prendió un grueso tabaco.
Y segundos mas tarde continuo hablando, mientras todos alrededor,
escuchábamos atónitos y llenos de sudor por el
insoportable calor y bochorno de la habitación en las
dos versiones del crimen. Con una pausa
en la narración de los hechos, para aspirar con fuerza
el tabaco, continuo hablando con cierto aire de autoridad, y
diciendo:
De las tales y famosas huellas dactilares de los muertos, en
este caso no existen.
En el arma que se encontró al lado del cadáver,
no hay huella alguna.
Porque, en la corta distancia y en la oscuridad de la noche,
dicen que se vio al pequeño niño limpiar bien y
con un trapito tricolor, el arma del crimen y con toda su calma,
y arrodillado como el día de su primera comunión
ante el padre Ramón R., echarse la bendición dos
veces, luego darle un beso al arma y colocarla cuidadosamente
en la mano derecha del ladrón, luego mirando al cielo
se dio la bendición por ultima y tercera vez, así
arrancó a correr en pura hijueputa para perderse en la
oscuridad de la noche.
Terminando el hombre negro su relato, y con
gestos de ironía, rabia y frustración en la expresión
de su cara, y al tocarse de nuevo el mocho de su pierna izquierda
con la mano derecha dijo a los muchos allí presentes.
Es una lastima!, que nadie sabe, donde,donde y maldita sea, ese
Hijo de Puta, pillo, drogadicto y ladrón y ahora conocido
como: Nacho Gamez Marcovich, enterró los siete mil dólares.
Al escuchar esos dramáticos acontecimientos y de quien
era el muerto, el Cato, se quedó estupefacto y sonrió
en silencio.
El desdentado ojizarco aquel, y hoy cadáver, solo le había
robado 210 dólares,
" los siete mil dólares" que Cato gritó,
en el momento del robo y que supuestamente, se le había
llevado el ladrón con madre extranjera, fue solo para
alejar la muchedumbre, que se quería apropiar de sus cosas
en el momento del accidente.
El relato del Hombre negro, sobre la identidad del ojizarco,
llenó a Cato, de curiosidad por saber ¿que hacían
estos hombres negros para sobrevivir en esa miseria de caserío?
Y ¿como era posible que todos hubieran perdido una de
las piernas?
Recordó, que los pescadores de esa zona; pierden son las
manos, cuando, hacen la peligrosa y prohibida pesca con dinamita,
y no las piernas, como era el caso de ellos.
Sin pena, les pregunto:
Señores, ¿que hacen ustedes en este caserío,
sin luz, acueducto, sin nada? y !sin futuro!
Todos los hombres, al mismo tiempo, en silencio y con las miradas
llenas de ironía, se quedaron mirándose enmudecidos.
Nos mirábamos los unos a los otros con desconfianza en
ése instante, con odio, como enemigos y quizás,
con la terrible soledad, que siente el hombre íntegro,
ante las instituciones hoy en día, en casi todos los países
del mundo manejadas por hombres corruptos.
El más anciano, aquel, que nos había contado las
versiones del crimen, pausadamente y después de unos segundos,
me contesto:
Señor Cato, ¿sabe que estamos haciendo en este
lugar?
Con un largo silencio y terminando una mirada inquisidora, habló,
Señor Cato, le vamos a contar:
Estamos hace cuatro años, en Tasajera,
esperando unas benditas prótesis de madera para nuestras
piernas ---¡Con la ilusión de que algún día
llegarán!-- aunque le podemos asegurar y apostar lo que
quiera! y, a quien quiera también, que seguro llegaran
bien comidas por el comején!
Nosotros somos:
Exagentes de la Policía Nacional de Colombia.
Perdimos nuestras piernas, igual que los miles y miles de niños
campesinos y los indefensos civiles, con las minas quiebrapatas
que venden "los Gringos" hijos de puta", sin escrúpulo
alguno a todos los países del mundo y que entierran despiadadamente,
La guerrilla, Ejercito y los paramilitares.
Usted, Señor Cato:
¡No nos debe nada!
Pero.... escriba, ¡por favor, escriba algún día!
Que aquí estaremos esperándolo hasta ese entonces,
Igual que, a las inservibles prótesis de madera, para
nuestras desaparecidas piernas.
Y, todos al mismo tiempo, haciendo felices
en ese instante su saludo de exoficiales y exagentes de la Policía,
se alejaron en silencio, sin decir una palabra más.
Cato, se iba tranquilo, y ellos regresaban con dirección
a ese caserío pobre, con la miseria maquillada de colores
y rodeada de las espontáneas risas en los juegos de sus
niños.
Allá perdida en la total ignominia
del Estado, en el Caribe de Colombia quedó: TASAJERA.
Prendí el viejo automóvil Mercedez Benz, sintiendo
odio con el mundo, con el hombre, con sus sistemas, odiando la
impotencia que siente el hombre común ante circunstancias,
en las cuales, ¡somos nada! Nada, ante las instituciones
de incontables países en el mundo, llenas hoy en día
de hombres corruptos y ladrones.
Sintiendo verdadero odio, arranqué sin ser capaz de mirar
atrás, de poder mirar y aceptar el abandono y la total
miseria por parte del Estado, y también,
el sobrehúmano esfuerzo que estos hombres hacían
para ¡caminar!.
Llorando de impotencia en el automóvil, Cato, recordó
a Carolina Constabel Lemberg, y observando en la lejanía,
al mirar por ultima vez este caserío, vio venir extasiado
hacía los ancianos hombres, mochos y negros, una cantidad
de niños huérfanos, mujeres viudas, y otras abandonadas,
que con sus mansos burros, gallinas hambrientas, marranos flacos,
enlodados y sus escuálidos y moribundos perros, corrían
felices al encuentro de ellos.
Con lagrimas en los ojos, sin poder evitarlo, e igual que algunos
turistas de los otros lujosos automóviles que observábamos
en la distancia, vimos sin poder creer, para el resto de los
otros ausentes de este mundo; cómo los niños y
las
mujeres, corrían y corrían y corrían hacía
ellos, si, si, si abrazándolos, en plena alegría.
¡Si, ¡si! los abrazaban, a estos mochos, como, sí
ellos fueran en esos momentos y en este instante y precisos segundos,
sus asesinados e injustamente desaparecidos sin rastro alguno
y enterrados padres o esposos, todos ellos víctimas de
la Maldita violencia, que llena de miles y miles de cruces y
tumbas lejanas y perdidas en las diferentes veredas y pueblos
de toda Colombia y Latinoamérica y muchos otras regiones
del Mundo.
La humilde gente de Tasajera los estaban llenando de alegría
y de vida.
Ese día, y por fin..., en el Caribe de Colombia, para
esos seres infantiles y para las mujeres viudas, víctimas
de la horrorosa e imparable violencia en el Mundo, habían
unos lideres en la comunidad y unos hombres íntegros que
servirán de
ejemplo para las futuras generaciones.
En un País, donde todo el mundo, le falló a todo
el mundo.
En el País del Sagrado Corazón de Jesús.
Allá en la distancia, quedó Tasajera; con sus tristes
gentes y unos Grandes Hombres que a pesar de sus mutilaciones,
sin prótesis, sin Pensiones y soportando el abandono y
la ignominia de las Instituciones del Estado, con máxima
alegría y orgullo, aún dicen, que pertenecen a:
La Policía Nacional de Colombia
Para todos ellos, sus familiares y toda la gente de Palmira y
Tasajera que me ayudaron sin límite e incondicionalmente.
Carlos Echeverry Ramirez (1955)Colombia
Barcelona, 9 de Octubre de 1998
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