EL AUTISMO: ENTENDER LA MENTE Y
COMPONER LAS PIEZAS
Autora: Francesca
Happé
Original en inglés:
www.mindship.org/happe.htm
Traducción:
Cristina Fanlo
Fecha: 1997
Nota de la traductora: algunos párrafos de este artículo
figuran en el libro de Francesca Happé, “Introducción al autismo” (Alianza
Editorial, Madrid, 1998) y han sido traducidos por María Núñez Bernardos
RESUMEN:
La explicación que la teoría de la mente da al autismo sugiere que los niños
y adultos con autismo tienen dificultades para entender los pensamientos y
sentimientos de los demás. Esta explicación ha resultado útil para hacer
predicciones específicas sobre capacidades intactas y capacidades afectadas.
Por ejemplo, no todos los aspectos de la socialización necesitan de la
capacidad para pensar sobre pensamientos. En efecto, investigaciones recientes
han mostrado que, en las personas con autismo, no todos los aspectos de la
socialización se encuentran alterados – parece más correcto pensar en el
autismo no como una alteración de la sociabilidad, sino como una alteración de
la habilidad social. Por tanto, la idea de que las personas con autismo tiene
“ceguera mental” ha sido útil, tanto desde un punto de vista teórico como
práctico. Sin embargo, la teoría de la mente no puede explicarlo todo sobre el
autismo. Quedan en especial dos preguntas: ¿Cómo es posible que algunas
personas con autismo superen los tests sobre teoría de la mente? ¿Cómo
podemos explicar los déficits (y las habilidades) no sociales que muestran
muchas personas con autismo? En este artículo, hablaré sobre estas cuestiones
y propondré que la idea de que las personas con autismo tienen una
“coherencia central” débil puede proporcionar algunas posibles respuestas.
Actualmente, el autismo se define a nivel del comportamiento, en base a
alteraciones en la socialización, la comunicación y la imaginación, que
implican que el juego creativo es sustituido por intereses repetitivos
estereotipados (DSM-III-R, APA 1987). Las teorías psicológicas del autismo
tratan de explicar este conjunto de síntomas concurrentes en base a
determinadas características cognitivas subyacentes, que a su vez son el
resultado de las múltiples causas biológicas implicadas en el trastorno
(Gillberg & Coleman, 1992). Al pensar sobre lo que es diferente en la mente
de la persona con autismo, tratamos de establecer enlaces causales entre los síntomas
conductuales del autismo y los orígenes biológicos que se le suponen (Schopler
& Mesibov).
Una explicación del autismo que en la actualidad es influyente fue la que
empezó a mediados de la década de los ochenta, a partir de estudios realizados
sobre el desarrollo de la comprensión social en los niños pequeños.
Baron-Cohen, Leslie y Frith (1985) establecieron la hipótesis de que las
personas con autismo no tienen una “teoría de la mente”, término un poco
confuso utilizado por Premack (Premack & Woodruff, 1978) para expresar la
capacidad de atribuir estados mentales independientes a uno mismo y a los demás
con el fin de predecir y explicar los comportamientos. Esta hipótesis estaba
parcialmente basada en el análisis de Leslie de las habilidades cognitivas
subyacentes en los niños normales de 2 años para comprender el juego de ficción
(Leslie, 1987, 1988) – junto con la observación de que los niños con autismo
muestran alteraciones en la imaginación (Wulff, 1985). Esto condujo a la hipótesis
de que el autismo podría constituir una alteración específica del mecanismo
cognitivo necesario para representarse estados mentales, o “mentalizar”.
Leslie ha sugerido que este mecanismo puede ser innato y específico (el “módulo
de la teoría de la mente”, ToMM o “theory of mind module”), lo que haría
posible el que esta función estuviera dañada en una persona con una
inteligencia normal en otros aspectos.
El primer test de esta teoría consistía en reconocer la creencia falsa de
un personaje en la prueba de “Sally y Ana” (una variante de la tarea Maxi de
Wimmer & Perner, 1983). En este test, el niño ve a Sally (una muñeca) que
esconde una canica en su cesta y se va; a continuación Ana cambia la canica a
su propia cesta. Al niño se le hacen preguntas de control de la memoria y la
pregunta clave del test, que es “¿Dónde buscará Sally la canica?”
Baron-Cohen, Leslie y Frith encontraron que el 80% de su muestra de niños con
autismo contestaron incorrectamente – que Sally miraría en la caja, donde está
realmente la canica. Por el contrario, la mayor parte de los niños normales de
4 años, así como el 86% de un grupo de niños con síndrome de Down,
contestaron correctamente que Sally miraría en la cesta, creyendo de modo equivocado que la
canica estaría allí. Se consideró que este descubrimiento era la evidencia de
un déficit específico del autismo, el pensar sobre pensamientos, esto es
“mentalizar”.
La idea de que la gente con autismo tiene dificultades para comprender los
pensamientos y sentimientos de los demás ha sido útil en muchos sentidos para
el estudio del autismo. La “ceguera mental” parece explicar bien la tríada
de alteraciones sociales, de comunicación y de imaginación que muestran las
personas con autismo de cualquier edad (Wing & Gould, 1978). No solamente
ilumina esta tríada, sino que hace también “cortes finos” dentro de la tríada
de alteraciones autistas. El comportamiento social y comunicativo no consiste en
una sola pieza, cuando se considera desde el nivel cognitivo. Parte de este
comportamiento, pero no todo, requiere de la capacidad de mentalizar (esto es,
de representar estados mentales). Así
por ejemplo, la aproximación social no necesita construirse sobre la comprensión
de los pensamientos de los demás – en este sentido, Hermelin y O’Connor
(1970) demostraron, para sorpresa inicial de mucha gente, que los niños
autistas prefieren estar con otras personas, igual que los niños no autistas de
la misma edad mental. Sin embargo, el compartir la atención con alguien más
necesita la capacidad de mentalizar – y este comportamiento no se da en el
desarrollo de los niños con autismo, incluso en los de mayor nivel de
funcionamiento, tal y como informan de un modo consistente los padres (Newson,
Dawson & Everard, 1984).
La explicación del autismo a partir del déficit mentalista ha permitido
una aproximación sistemática al comportamiento social y comunicativo, alterado
o no, de las personas con autismo. La hipótesis de que las personas con autismo
carecen de capacidad mentalista nos permite realizar finos cortes en el suave
espectro de los comportamientos. Esta hipótesis ha incitado un montón enorme
de investigaciones, tanto a favor como en contra de la teoría (revisado por
Happé, 1994d; Baron-Cohen, Tager-Fluscher & Cohen, 1993; Happé, 1994a).
La explicación mentalista nos ha ayudado a
comprender la naturaleza de las alteraciones autistas en el juego, la interacción
social y la comunicación verbal y no verbal – pero el autismo es más que la
tríada clásica de alteraciones.
La impresiones clínicas, originadas por Kanner (1943) y Asperger (1944;
traducidas en Frith, 1991) y que han resistido la prueba del tiempo incluyen las
siguientes:
·
·
Repertorio restringido de
intereses (necesario para el diagnóstico en DSM-II-R, APA, 1987)
·
·
Deseo obsesivo de invarianza
(una de las dos características cardinales para Kanner y Eisenberg, 1956)
·
·
Islotes de capacidad
(criterio esencial en Kanner, 1943)
·
·
Capacidades de “idiot
savant” (impresionantes en 1 de cada 10 niños autistas, Rimland & Hill,
1984)
·
·
Extraordinaria memoria de
repetición
·
·
Preocupación por partes de
los objetos (característica diagnóstica en el DSM-IV, a punto de salir)
Todos estos aspectos del autismo que caen fuera de la tríada están
descritos de manera muy vívida en la mayoría de los informes de padres sobre
el desarrollo de sus hijos autistas (Park, 1987; Hart, 1989; McDonnell, 1993).
Ninguno de estos aspectos puede explicarse por una falta de mentalismo.
Por supuesto que las características que son llamativas desde un punto de
vista clínico no tienen por qué ser características específicas del
trastorno. Sin embargo, también existe un cuerpo sustancial de trabajo
experimental (gran parte de él anterior a la teoría del mentalismo) que
demuestra anormalidades no sociales que son específicas del autismo. Hermelin y
O’Connor fueron los primeros en presentar lo que era, de hecho, un método
diferente de “cortes finos” (resumido en su monografía de 1970), que
consistía en la comparación de grupos de niños autistas y niños no autistas
con otra minusvalía mental, de la misma edad mental. La tabla 1 resume algunos
de sus resultados más relevantes.
Tabla 1 .
Descubrimientos experimentales no explicados por la ceguera mental.
Ventajas y desventajas sorprendentes en tareas
cognitivas, que presentan los sujetos autistas con relación a las asimetrías
que se esperan normalmente
|
Excepcionalmente
fuertes |
Excepcionalmente
débiles |
Ejemplos |
|
Memoria
de hileras de palabras |
Memoria
de frases |
Hermelin
& O’Connor, 1967 |
|
Memoria
de ítems inconexos |
Memoria
de ítems relacionados |
Tager-Fluschberg,
1991 |
|
Repetición
de sinsentidos |
Repetición
con composición |
Aurnhmammer-Frith,
1969 |
|
Imposición
del patrón |
Detección
de patrones |
Frith, 1970a,b |
|
Rompecabezas
por la forma |
Rompecabezas
por el dibujo |
Frith
& Hermelin, 1969 |
|
Clasificar
caras por los complementos |
Clasificar
caras por personas |
Weeks
& Hobson, 1987 |
|
Reconocimiento
de caras invertidas |
Reconocimiento
de caras en posición normal |
Langdell,
1978 |
La teoría del déficit mentalista del autismo no puede, por lo tanto,
explicar todas las características del mismo. Tampoco puede ofrecer una
explicación para todas las personas con autismo. Incluso en el primer test de
la hipótesis (Baron-Cohen y otros, 1985), alrededor del 20% del grupo autista
superó la tarea de Sally y Ann. La mayor parte de estos niños que tuvieron éxito
también superaron otro test de mentalización – el ordenar historias
ilustradas relacionadas con estados mentales (Baron-Cohen, Leslie & Frith,
1986)- lo que sugiere la existencia de una cierta habilidad subyacente real para
mentalizar. Baron-Cohen (1989a) resolvió esta discordancia aparente de la teoría
mostrando que estos niños con talento no superaban una tarea de la teoría de
la mente más difícil (“de segundo orden”) que les exigiera entender lo que
Mary piensa que John piensa. Sin embargo, los resultados de otros estudios sobre
personas con autismo de alto funcionamiento (Bowler, 1992; Ozonoff, Rogers &
Pennington, 1991) han mostrado que algunos de ellos pueden superar las tareas de
teoría de la mente de un modo continuado y que aplican estas habilidades en
otras áreas (Happé, 1993), mostrando asimismo señales de un comportamiento
social perspicaz en la vida cotidiana (Frith, Happé & Siddons, 1994). Una
posible explicación de por qué persiste el autismo en estas personas con
talento es el postular la existencia de un trastorno cognitivo adicional y
permanente. ¿Cuál podría ser este trastorno?
Se puede considerar que el reciente interés en los déficits de la función
ejecutiva en autismo (Hughes & Russell, 1993; Ozonoff, Pennington &
Rogers, 1991) emerge de algunas de las limitaciones de la teoría de la mente
que hemos comentado anteriormente. Ozonoff, Pennington & Rogers (1991)
hallaron que, aunque no todas las personas con autismo y/o Síndrome de Asperger
mostraban un déficit en la teoría de la mente, ninguno de ellos conseguía
superar la prueba de clasificación de tarjetas de Wisconsin (WCST) ni la tarea
de la Torre de Hanoi (dos pruebas estándar para medir las funciones ejecutivas
de cambio de estrategias de clasificación, inhibición y planificación). En
base a este descubrimiento, los
autores sugieren que los trastornos de la función ejecutiva constituyen un
factor causal primario en el autismo. Sin embargo, el carácter específico de esta teoría
(y su fuerza consiguiente) para ofrecer una explicación causal tiene que ser
todavía confirmada mediante una comparación sistemática con otros grupos no
autistas que muestren trastornos en las funciones ejecutivas (Bishop, 1993). Aunque un trastorno adicional de las
funciones ejecutivas pueda explicar algunas características (quizás no específicas)
del autismo (por ejemplo, estereotipias, incapacidad de planificar,
impulsividad), no está claro que pueda explicar los déficits y habilidades
específicos resumidos en la Tabla 1.
Motivada por la firme creencia de que tanto las capacidades como las
deficiencias del autismo emergen de una única causa en el nivel cognitivo,
Frith (1989) propuso que el autismo se caracteriza por un desequilibrio específico
en la integración de información a distintos niveles. Una característica del
procesamiento normal de la información parece ser la tendencia a conectar la
información diversa para construir un significado de más alto nivel dentro del
contexto, la “coherencia central”, en palabras de Frith. Por ejemplo, lo
esencial de una historia se recuerda fácilmente, mientras que lo superficial se
pierde rápidamente y es un esfuerzo inútil retenerlo. Bartlett (1932), al
resumir sus famosas series de experimentos para recordar imágenes e historias,
concluía: “... una persona generalmente no retiene una situación con todo
detalle..... En todos los ejemplos normales,
posee una fuerte tendencia a quedarse sencillamente con una impresión
general del conjunto; y en base a esto, construye el detalle más probable “
(p. 206). Otro ejemplo de coherencia central es la facilidad con la que
reconocemos el sentido adecuado con el contexto
de muchas de las palabras ambiguas que usamos en el habla cotidiana
(revelar-rebelar; uso-huso; hay-ay; vaca-baca). Se puede observar también una
tendencia similar para procesar la información en un determinado contexto para
darle un sentido global con material no verbal – por ejemplo, nuestra
tendencia diaria para no tomar en cuenta los detalles de una pieza de un
rompecabezas y basarnos en la posición que esperamos ocupe dentro del conjunto
del cuadro. Es probable que esta preferencia para manejarse con niveles de
significado más elevados pueda también ser característica de personas con
retraso mental (no autistas), que parecen ser sensibles a las ventajas que tiene
el recordar material organizado frente al no organizado (por ej. Hermelin &
O’Connor, 1967).
Frith sugirió que esta característica universal del procesamiento humano
de la información estaba alterada en el autismo, y que una falta de coherencia
central podría explicar de manera muy sucinta las capacidades y los déficits
que aparecen en la Tabla 1. En base
a esta teoría, Frith predijo que las personas con autismo serían relativamente
buenas en aquellas tareas en las que se primaba la atención en la información
local (procesamiento relativamente
fragmentario), pero que lo harían mal en tareas que requiriesen el
reconocimiento del sentido global. Un ejemplo interesante es el procesamiento de
caras, tarea que parece implicar dos tipos de procesamiento, el de los rasgos y
el del conjunto (Tanaka & Farah, 1993). De estos dos tipos de información, el que se altera cuando
se invierte la presentación de las caras es el procesamiento del conjunto
(Rhodes, Brake & Atkinson, 1993; Bartlett & Searcy, 1993). Esto puede
explicar el descubrimiento, antes incomprensible, de que las personas con
autismo tienen menos problemas para procesar caras invertidas (Langdell, 1978;
Hobson, Ouston & Lee, 1988). Sin embargo, la facilidad para procesar rasgos
puede desaparecer cuando se trata de reconocer la expresión emocional de la
cara, ya que aquí es necesario un procesamiento de conjunto; esto hace que las
personas con autismo tengan dificultades relativamente importantes para
reconocer las emociones.
La primera señal sorprendente que apuntaba hacia la teoría apareció de
manera totalmente inesperada, cuando Amitta Shah empezó a averiguar las
supuestas alteraciones perceptivas de los niños autistas mediante el test de
las figuras enmascaradas. ¡Los niños eran casi mejores que la experimentadora!
Se comparó a veinte personas con autismo (edad media, 13, edad mental no verbal
9,6) con 20 niños con trastornos
del aprendizaje de la misma edad y de la misma edad mental y con 20 niños
normales de 9 años. Se les dio a estos niños la “prueba de las figuras
enmascaradas para niños” (CEFT; Witkin y otros, 1971), utilizando un procedimiento ligeramente
modificado que consistía en un cierto entrenamiento previo con formas
recortadas. El test consistía en descubrir una figura escondida (un triángulo
o la forma de una casa) dentro de un dibujo mayor con un significado (por
ejemplo, un reloj). Durante la
prueba, los niños podían indicar la figura escondida bien señalándola, bien
utilizando una forma recortada de la figura escondida. De una puntuación máxima
de 25, los niños con autismo obtuvieron una media de 21 ítems correctos,
mientras que los dos grupos de control (que no se distinguían
significativamente en sus puntuaciones) obtuvieron una media de 15 o menos.
Gottschad (1926) atribuía la dificultad para encontrar figuras enmascaradas al
hecho de que el conjunto tuviera una predominancia abrumadora. La facilidad y la
rapidez con las que los niños autistas encontraban la figura escondida en el
estudio de Shah & Frith (1983) recuerdan a las anécdotas que se cuentan
normalmente de la rapidez con la que localizan objetos pequeños (por ej., un
hilo en una alfombra estampada) y lo rápidamente que descubren cualquier cambio
de última hora en el entorno familiar (por ejemplo, la disposición de los
productos de limpieza en la estantería del cuarto de baño).
El estudio de las figuras enmascaradas fue introducido en la psicología
experimental por los psicólogos de la Gestalt, que creían que se necesitaba
hacer un esfuerzo especial para resistirse a la tendencia de ver la gestalt (el
todo) forzosamente creada en detrimento de las partes que la forman (Koffka,
1935). Quizás esta lucha para resistirse a las fuerzas de la gestalt (forma) en
su conjunto no se dé en las personas con autismo. Si debido a una coherencia
central débil, las personas con autismo poseen un acceso privilegiado a las
partes y los detalles normalmente bien enmascarados en figuras globales,
entonces se pueden hacer nuevas predicciones sobre la naturaleza de sus islotes
de capacidad.
Una prueba en la que, de forma consistente, se muestra que los sujetos
autistas tienen un rendimiento superior respecto a otros subtests, y a menudo en
relación con otras personas de su misma edad, es el subtest del “diseño de
bloques” de las Escalas de Inteligencia de Weschler (Weschler, 1974,1981).
Este test, que introdujo por vez primera Kohs (1923) consiste en la separación
de dibujos lineales en unidades lógicas, de forma que los bloques individuales
se puedan utilizar para reconstruir el diseño original a partir de las partes
separadas. Los diseños se caracterizan por tener fuertes cualidades de gestalt,
y la dificultad que la mayoría de la gente encuentra en esta tarea parece
relacionarse con problemas al romper el diseño global en los bloques
constituyentes. Aunque muchos autores han visto en este subtest un islote de
capacidad del autismo, la explicación que se ha dado normalmente es que a unas
habilidades generales espaciales intactas o superiores (Lockyer & Rutter,
1970; Prior, 1979). A partir de la teoría
de la coherencia central, Shah y Frith (1993) sugirieron que la ventaja
mostrada por los sujetos autistas se debe específicamente a su capacidad para
ver mejor las partes que el todo. Estas autoras predijeron que los sujetos
normales, pero no autistas, se beneficiarían de una pre-segmentación de los
diseños.
Se propuso un experimento en el que tomaron parte 20 personas con autismo, 3
personas normales y 12 personas con dificultades de aprendizaje y que consistía
en construir 40 diseños de bloques diferentes a partir de modelos dibujados
presegmentados o completos. Las personas con autismo que tenían un CI no verbal normal o casi normal se equiparaban con
niños normales de 16 años. Las personas con autismo que tenían un CI no verbal por debajo de 85 (y no
inferior a 57) se comparaban con niños con trastornos del aprendizaje con un CI y una edad cronológica parecidos (18 años)
y con niños normales de 10 años. Los
resultados mostraron que la habilidad de las personas autistas en esta tarea
provenía de una mayor capacidad para segmentar el diseño. Las personas con
autismo mostraron un rendimiento superior a de los grupos de control con una
sola condición: cuando se trabajaba a partir de diseños del todo. Los grupos
de control ganaban mucha ventaja al utilizar diseños pre-segmentados, ventaja que disminuía de modo
significativo en el grupo autista, con independencia de su nivel de CI. Por otro lado, todos los grupos se
hallaban igualmente afectados cuando se presentaban otras condiciones, tales
como contrastar la presencia y ausencia de líneas oblicuas, así como una
presentación con o sin giro. Estos últimos hallazgos permitieron concluir que
los factores viso-espaciales generales parecen
totalmente normales en las personas con autismo, y que la superioridad en el
diseño de bloques no puede explicar una habilidad espacial general superior.
Así como la teoría de la
coherencia central débil otorgue ventajas significativas en aquellas tareas en
las cuales es útil un procesamiento preferente de las partes sobre el todo,
cabría esperar que esta teoría implicara desventajas considerables en las
tareas que consisten en la interpretación de estímulos individuales en función
del contexto y del significado global. Un caso en el que el significado de los
estímulos individuales se ve modificado por el contexto en el que están es el
de la desambiguación de homógrafos. Para elegir la pronunciación adecuada
(acorde con el contexto) de las siguientes frases, se tiene que procesar la
palabra final como parte del significado global de la frase: “He had a pink bow (tenía un lazo rosa)”, “He made
a deep bow (hizo una gran
reverencia)”, (nota: bow se
pronuncia de modo distinto según tenga un significado u otro), “In her eye
there was a big tear (en su ojo había
una gran lágrima)”, “In her dress there was a big tear (en su vestido había un gran
roto)” (Nota: tear se pronuncia de
modo distinto según tenga un significado u otro). Frith & Snowling (1983)
predijeron que este tipo de desambiguación contextual sería problemática para
las personas con autismo. Pasaron el test a 8 niños con autismo, con una edad
de lectura entre 8 y 10 años, y los compararon con 6 niños disléxicos y 10 niños
normales de la misma edad de lectura. En el caso de los niños autistas, el número
de palabras pronunciadas de acuerdo con el contexto estaba comprendido entre 5 y
7, de un total de 10; los niños autistas tendían a dar la pronunciación más
frecuente, con independencia del contexto de la frase. Por el contrario, los niños
disléxicos y normales leían entre 7 y 9 homógrafos de acuerdo con el
contexto. Este hallazgo sugirió que los niños con autismo, a pesar de ser
excelentes en la descodificación de palabras aisladas, tienen dificultades
cuando hay que utilizar señales contextuales. Esto se demostraba también en su
relativa incapacidad para contestar preguntar de comprensión y para rellenar
huecos en un texto que narra una historia. Este trabajo casa bien con los
descubrimientos anteriores (tabla 1) en lo que respecta a la incapacidad de
utilizar el significado y la redundancia en las tareas memorísticas.
La hipótesis de que las personas con autismo muestran una coherencia
central débil trata de explicar
que tanto las notorias deficiencias del autismo como sus sorprendentes
habilidades son el resultado de una única característica del procesamiento de
la información. Una característica de esta teoría es que plantea que los
islotes de capacidad y las habilidades de savant
se consiguen mediante un procesamiento relativamente anormal, y predice que esto
puede ponerse de manifiesto en patrones de error anormales. Un ejemplo podría
ser el tipo de error cometido en el test de diseño de bloques. La teoría de la
coherencia central sugiere que cuando se cometen errores en el diseño de
bloques, serán errores que violan el patrón global más que los detalles.
Kramer y otros (1991) hallaron que en los sujetos adultos normales, existía una importante relación entre
el número de errores en el test de diseño de bloques que rompían la
configuración global y el número de elecciones locales (frente a las globales)
que se hacían en una tarea de juicio de similitud (Kimchi & Palmer, 1982).
Los datos preliminares de personas con autismo el diseño de bloques (Happé, en
preparación) sugieren que, al contrario de lo que ocurre con niños normales,
los errores que violan la configuración son mucho más frecuentes que los
errores que violan los detalles del patrón.
Un segundo ejemplo lo constituye la habilidad de dibujar del tipo idiot savant. Una excelente habilidad para
el dibujo puede estar caracterizada por un estilo de dibujo relativamente
desgajado. En el estudio de un caso de un hombre autista con una habilidad artística
excepcional, Mottron y Belleville (1993) hallaron que su rendimiento en tres
tipos de tareas diferentes sugería una anomalía en la organización jerárquica
de las partes locales y globales de las figuras. Los autores observaron que la
persona “empezaba su dibujo por un detalle secundario e iba progresivamente añadiendo
elementos contiguos”, y concluyeron que sus dibujos mostraban que “no se le
daba un estatus preferente a la forma global.... sino que tenía lugar una
construcción a través de una progresión local”. Por el contrario, un
delineante profesional que servía como control empezaba construyendo un esquema
global y a partir de ahí dibujaba las partes. Queda por ver si otras
habilidades de savant pueden
explicarse en términos de un estilo de procesamiento igualmente local y
pendiente de los detalles.
La coherencia central puede ser útil puede ser útil para explicar algunas
de las características de la vida real que, hasta el momento, se han resistido
a cualquier explicación, así como para dar sentido a un cuerpo de trabajo
experimental que no queda bien explicado por la teoría del déficit mentalista.
¿Puede la coherencia central también arrojar alguna luz sobre las deficiencias
permanentes de aquellas personas autistas con talento que dan muestras
consistentes de mentalismo? En una primera investigación sobre los vínculos
entre la teoría de la coherencia central y la teoría de la mente, Happé
(1991,1997) utilizó la tarea de lectura de homógrafos de Snowling & Frith
(1986) con un grupo de individuos
autistas de buen nivel de funcionamiento. Se les pasó a los sujetos autistas
una batería de pruebas de teoría de la mente con dos niveles de dificultad
(teoría de la mente de primer y de segundo nivel). Estos sujetos fueron
agrupados según su rendimiento
(Happé, 1993). Los 5 sujetos que fallaron todas las pruebas de teoría de la
mente, los 5 sujetos que superaron todas las tareas de primer orden, pero
solamente ésas, y los 6 sujetos que superaron las tareas de primer y de segundo
orden fueron comparados con 14 sujetos
de edades entre 7 y 8 años. Los sujetos autistas tenían una edad media de 18 años
y un CI medio en torno a 80. Los 3 grupos de autistas y el grupo de control
obtuvieron la misma puntuación en el número total de palabras leídas
correctamente. Sin embargo, tal y como se había predicho, los niños normales
eran sensibles a la posición relativa del
homógrafo en cuestión y al contexto desambiguador, al contrario que los
sujetos autistas (por ejemplo, “There was a big tear in her eye (había una gran lágrima
en su ojo)” frente a “In her dress there was a big tear (en su vestido había un roto
enorme)”. Los sujetos normales de
control mostraban una ventaja significativa cuando se daba el contexto de la
frase antes que las palabras en cuestión (de extraña pronunciación)
(puntuando 5 sobre 5, frente a 2 sobre 5 cuando la palabra objeto venía en
primer lugar), mientras que los sujetos con autismo (al igual que en el estudio de Frith y
Snowling, 1983) tendían a dar la pronunciación más frecuente en cualquier
caso (3 pronunciaciones adecuadas sobre 5 en cada caso). Lo importante de este
estudio es que esto era cierto en los 3 grupos de autismo, con independencia de
su nivel de rendimiento en teoría de la mente. Incluso aquellos sujetos que
superaban de modo consistente todas las tareas de teoría de la mente (CI verbal
medio de 90)fallaban al usar el contexto de la frase para desambiguar la
pronunciación del homógrafo. Por tanto, es posible pensar que la coherencia
central débil es una característica de las personas con autismo, incluso de
aquéllas que poseen cierta capacidad mentalista.
Happé (1994c) avanzó algo más en esta idea, estudiando los perfiles de
subpruebas de los tests WISC-R y WAIS. Se compararon 30 niños y adultos
autistas, que habían fallado en las tareas de falsa creencia de segundo orden,
con 21 que sí las habían superado. En ambos grupos, la mayoría de los sujetos
obtuvieron un resultado mejor en el subtest del diseño de bloques que en otros
subtests no verbales; para el 86% del grupo que pasaba las pruebas de teoría de
la mente y para el 85% del grupo que no las pasaba, la puntuación del diseño
de bloques fue la más alta dentro de los subtests no verbales. Por el
contrario, dentro de la medición
de las habilidades verbales, en el subtest de comprensión (en el cual parecen
necesitarse habilidades sociales y pragmáticas), el rendimiento alcanzaba un mínimo
para el 76% del primer grupo, pero solamente para el 30% del segundo grupo.
Parece por lo tanto que mientras que las dificultades en el razonamiento social
(según nos revelan los tests de Weschler) solamente se ponen de manifiesto en
aquellos sujetos que fallan las tareas de teoría de la mente, la destreza en
las pruebas no verbales que pueden hacerse mejor con una coherencia central débil
es característica de ambos grupos.
Existen, por lo tanto, datos preliminares que hacen pensar en la hipótesis
de la coherencia central como un
buen candidato para explicar las deficiencias persistentes en la minoría con
talento. Así, por ejemplo, cuando las preguntas sobre teoría de la mente se
insertan en tareas algo más naturales, que implican la extracción de información
a partir del contexto de una historia, incluso aquellos sujetos autistas que superaban las tareas de
falsa creencia de segundo orden cometían errores característicos y notorios en
la atribución de estados mentales (Happé, 1994b). Puede ocurrir que un
mecanismo de teoría de la mente que no se alimente de una información rica e
integrada en el contexto sea poco útil en la vida cotidiana (Happé, 1994d).
El descubrimiento de que la coherencia central débil pueda ser una característica
de todas las personas con autismo, con independencia de su nivel de teoría de
la mente, va contra la primera propuesta de Frith (1989), de que la debilidad en
la coherencia central podía explicar por sí misma los trastornos mentalistas.
En el momento actual, toda la
evidencia existente sugiere que deberíamos mantener la idea de un déficit
mentalista modular y específico en nuestra explicación causal de la tríada de
alteraciones del autismo. Todavía seguimos creyendo que nada como la “ceguera
mental” captura la esencia del autismo de un modo tan preciso. Sin embargo,
esta explicación no se basta a sí misma para explicar el autismo de un modo
completo y en todas sus manifestaciones. Por lo tanto, nuestra concepción
actual nos llevaría a que podrían existir dos características cognitivas
bastante diferentes que subyacen al autismo. En base a los estudios de Leslie
(1987,1988), mantenemos que el déficit mentalista puede conceptualizarse de
forma útil como la alteración de un único sistema modular. Este sistema tiene
una base neurológica, que puede estar dañada al mismo tiempo que deja otras
funciones intactas (por ejemplo, un CI normal). Parece que la capacidad
mentalista tiene un valor evolutivo tan importante (Byrne & Whiten, 1988;
Whiten, 1991) que solamente un daño en el cerebro es capaz de producir déficits
en esta área. Por el contrario, el procesamiento característico de la
coherencia central débil, tal y como se ha explicado anteriormente, ofrece
tanto ventajas como desventajas, al igual que pasaría con una coherencia
central fuerte. Por lo tanto, es posible pensar que este equilibrio (entre la
preferencia por las partes en vez de por el todo) es afín a un estilo
cognitivo, que puede variar en la población normal. Sin duda, este estilo podría
estar sujeto a influencias ambientales, pero puede tener además un componente
genético. Para buscar el fenotipo del autismo, puede ser por tanto interesante
centrarse en los puntos fuerte y débiles del procesamiento de la información
en autismo, en términos de central coherencia débil.
Mediante este vínculo especulativo con el estilo cognitivo, en vez de un déficit
cognitivo, la hipótesis de la coherencia central difiere radicalmente no
solamente de la explicación de la teoría de la mente, sino también de otras
teorías recientes sobre el autismo.
De hecho, todas las demás teorías psicológicas actuales afirman que, en el
autismo, existe algún déficit primario significativo y objetivamente dañino.
Quizás la más influyente de estas teorías generales sea la idea de que las
personas con autismo tienen déficits de la función ejecutiva, que a su vez es
causa de las anormalidades sociales y no sociales. La expresión de “funciones
ejecutivas” es un paraguas que cubre una multitud de capacidades cognitivas
superiores y es, por lo tanto, probable que se solape hasta cierto punto tanto
con las concepciones de la coherencia central como con las de la teoría de la
mente. Sin embargo, la hipótesis de que las personas con autismo tienen una
coherencia central relativamente débil establece predicciones específicas y
distintas incluso dentro del área de la función ejecutiva. Por ejemplo, la
“inhibición de respuestas prepotentes pero incorrectas” puede contener dos
elementos independientes: inhibición y reconocimiento de la respuesta adecuada
al contexto. El cambio de contexto es un factor que puede hacer que una
respuesta prepotente sea incorrecta. El hecho de que un estímulo se procese de
modo indistinto, con independencia del contexto, puede dar la impresión de ser
un fallo de la inhibición. Sin embargo, puede que las personas con autismo no
tengan ningún problema en inhibir la acción cuando el contexto es irrelevante. Desde luego, puede ocurrir también que
algunas personas con autismo tengan un trastorno adicional en el control
inhibitorio, del mismo modo que tienen deficiencias perceptivas periféricas o
problemas específicos de lenguaje.
FUTURAS EXPECTATIVAS
La explicación que da la coherencia central del autismo es todavía
claramente tentativa y adolece de un cierto grado de sobre-extensión. No está
claro dónde deberían establecerse los límites de esta teoría y tal vez corra
el peligro de tratar de hacerse cargo de todo el problema del “Significado”!
Una de las áreas que hay que definir en el futuro es el nivel de debilidad de la coherencia central en el autismo. Así como
los tests de Diseño de Bloques y de las Figuras Enmascaradas parecen utilizar
características de procesamiento de un nivel perceptual o relativamente bajo, el trabajo que se
hace con la memoria y la compresión verbal sugiere déficits de coherencia de
mayor nivel. En los sujetos normales, la coherencia puede encontrarse en muchos
niveles, desde el efecto de primacía global en la percepción de figuras jerárquicas
(Navon, 1977) hasta la síntesis de grandes cantidades de información y la
extracción de inferencias en el procesamiento narrativo (por ejemplo, Trabasso
& Suh, 1993). Un camino interesante a seguir puede ser el contrastar la
coherencia local dentro de sistemas modulares y la coherencia global a través
de estos sistemas en el procesamiento central. Así, por ejemplo, las
habilidades de cálculo de fechas del calendario que poseen algunas personas con
autismo muestran claramente que la información dentro de un dominio restringido
puede ser integrada y procesada en su conjunto (O’Connor y Hermelin, 1984;
Hermelin & O’Connor, 1986), pero el fracaso de muchos de estos savants para aplicar sus destrezas numéricas
en un campo más amplio (algunos no pueden ni siquiera multiplicar dos números
dados) sugiere la existencia de un sistema modular especializado en una tarea
cognitiva muy estrecha. De modo similar, Norris (1990) encontró que la
construcción de un modelo conexionista de una “calculadora de fechas tipo
idiot savant” solamente tenía éxito cuando se vio obligado a adoptar una
aproximación modular.
El nivel de coherencia central puede ser relativo. Así por ejemplo, dentro
de un texto, se dan el efecto de asociación local palabra a palabra, el efecto
de contexto de la frase y el efecto mayor de estructura de la historia. Estos
tres niveles pueden disociarse y puede ocurrir que las personas con autismo el
nivel más local de los disponibles en tareas de final abierto. Hay una serie de
descubrimientos que sugieren la importancia de evaluar la coherencia central
mediante tareas de final abierto. Por ejemplo, Snowling & Frith (1986)
demostraron que era posible entrenar a personas con autismo para dar la
pronunciación correcta (pero menos frecuente) de homófonos ambiguos de acuerdo
con el contexto. Weeks & Hobson (1987) hallaron que las personas con autismo
clasificaban fotos de caras por el tipo de sombrero cuando podían elegir
libremente el criterio de selección, pero cuando eran capaces, cuando se les
pedía de nuevo, de clasificarlas en función de la expresión facial. Perece
probable, por lo tanto, que la coherencia central débil en el autismo se ponga
de manifiesto más claramente como una preferencia de procesamiento (no
consciente), que puede reflejar el coste relativo de dos tipos de procesamiento
(uno relativamente global y con significado frente a otro relativamente local y
desgajado).
Así como la idea de un déficit en la teoría de la mente ha necesitado varios años y un trabajo considerable (que todavía continúa) para considerarse como empríricamente establecida, la idea de una debilidad en la coherencia central necesitará de un programa de investigación sistemático. Al igual que la explicación de la teoría de la mente, es de esperar que la teoría de la coherencia central, cierta o no, proporcionará un marco útil para pensar en el autismo en el futuro.