La génesis de la
relación objetal en el bebé.
A pesar de que el término relaciones objetales no aparece dentro de
la obra de Freud como tal, podemos rescatar los antecedentes que este autor
planteó en su obra acerca de este tema, antecedentes que años después fueron
retomados por diversos autores para fundar lo que ahora conocemos bajo el
designio de relaciones objetales. Propone Freud (1915) que en los comienzos de
la vida, el niño no distingue entre las excitaciones exteroceptivas y las
excitaciones interoceptivas, y que su desvalecimiento inicial lo hace totalmente
dependiente de los cuidados maternos, con los que conforma una unidad, tal
estado es el que corresponde al narcisismo primario o inicial que es un concepto
límite. La estabilidad de ese paraíso narcisista, en que el yo aparentemente es capaz de bastarse a sí
mismo, conduciría a la muerte, o al menos al no-nacimiento de la vida psíquica
si los cuidados maternales no fueran indispensables para la supervivencia.
(Lebovici, 1988).
Señala Freud: “el estado
narcisista originario jamás podría evolucionar si no fuese por que todo
individuo atraviesa un periodo en que, incapaz de valerse por sí mismo le son
indispensables los cuidados del otro”. Es justamente ese estado narcisista,
que supone la investidura del yo y la
satisfacción de las necesidades, el que lleva a la relación de objeto, donde
la pulsión aparece como un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático,
“como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior
del cuerpo y alcanzan el alma. Como una medida de la exigencia de trabajo que es
impuesta a lo anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal” (Freud,
1915).
En “Formulaciones sobre los
dos principios del acaecer psíquico” (Freud, 1911) encontramos la más nítida
correspondencia entre la unidad niño-cuidados maternos y la alucinación de la
satisfacción de las necesidades, “con razón se objetará que una organización
así esclava del principio del placer y que descuida la realidad objetiva del
mundo exterior, no podría mantenerse en vida ni por un instante, de suerte que
ni siquiera habría podido generarse. Sin embargo, el uso de una ficción de
esta índole se justifica por la observación de que el lactante, con tal de que le agreguemos el cuidado materno, realiza casi ese
sistema psíquico. Es probable que alucine
el cumplimiento de sus necesidades interiores” (Lebovici op. cit.)
Los anteriores planteamientos se pueden sintetizar en el principio de que el deseo (del objeto) se apuntala en la satisfacción de las necesidades. “Con esto el niño se desprende de su unidad con los cuidados maternos, que como dijimos, habría sido mortífera para su vida psíquica. Por medio de la activación de sus zonas autoeróticas moviliza esas huellas mnémicas y alucina la satisfacción de placer” (Ibid). De esta forma nos encontramos que para Freud, es el deseo el que crea el objeto interno, y por eso mismo recrea el objeto, donde la representación vendría a ser el resultado de la alucinación. De tal suerte que, según nos indica Lebovici (op. cit), la excitación de que son delegadas las pulsiones (o la presentación) se representa gracias a la investidura del objeto interno, “la madre es investida y creada desde antes de ser percibida por el bebé”. Pero para entender de manera más completa lo que concierne al origen del deseo y la creación de objeto así como su investidura, es importante que recordemos los siguientes puntos de vista:
a.
“La creación del desvío del pensamiento para tramitar excitaciones
externas e internas supone la distinción entre placer y realidad, entre
procesos primarios y procesos secundarios. Leemos en “Formulaciones...”
(Freud, 1911): “ la suspensión, que se había hecho necesaria, de la descarga
motriz (de la acción) fue procurada por el proceso del pensar, que se constituyó
desde el representar. El pensar fue dotado de prioridades que posibilitaron al
aparato anímico soportar la tensión de estímulo elevada durante el
aplazamiento de la descarga”.
b. Junto
con el sistema de pensamiento y la introducción de la secundarización hay que
tomar en cuenta que entran en juego las primeras identificaciones diferenciadas;
éstas se efectúan por incorporación (Abraham, 1916) y por introyección
(Ferenzi, 1912). Suponen que el yo
funciona en el doble registro del yo-placer
y el yo-realidad. El principio de
realidad es aquel que crea la identidad de percepción entre el objeto externo y
la realidad displacentera. La represión entonces operante trata en efecto los
estímulos internos displacenteros como si fuesen externos, y los atribuye a la
realidad externa. Así, la represión y su correlato, la negación, lo mismo que
la escisión del yo, hacen coincidir
en cierta medida la representación del objeto, o el objeto interno, y su
percepción en el exterior.
c.
Lo que se produce entonces en ese trabajo aspira a preservar la economía
de los recursos psíquicos y a operar con un mínimo consumo energético. El
principio inicial de placer, que al comienzo gobernaba la vida psíquica, se ha
transformado en principio de realidad, que aspira a reducir el displacer” (ibid).
Habiendo revisado brevemente
los postulados de Freud sobre el tema de las relaciones objetales, es tiempo de
pasar a analizar algunos de los trabajos posfreudianos, que a nuestro criterio
son de los más importantes en el abordaje de la génesis de relaciones
objetales. En primera instancia tenemos la definición de lo que es la relación objetal que se encuentra en
el diccionario de psicoanálisis: (Laplanche y Pontalis, 1981) “Término
utilizado con gran frecuencia en el psicoanálisis contemporáneo para designar
el modo de relación del sujeto con su mundo, relación que es el resultado
complejo y total de una determinada organización de la personalidad, de una
aprehensión más o menos fantaseada de los objetos y de unos tipos de defensa
predominante” donde el objeto es considerado bajo tres aspectos principales:
a) Como
correlato de la pulsión: es aquello en lo cual y mediante lo cual la pulsión
busca alcanzar su fin, es decir, cierto tipo de satisfacción. Puede tratarse de
una persona o de un objeto parcial, de un objeto real o de un objeto fantaseado.
b) Como
correlato del amor (o del odio): se trata entonces de la relación de la persona
total, o de la instancia del yo, con
un objeto al que se apunta como totalidad: persona, entidad, ideal, etc. (el
adjetivo correspondiente sería “objetal”).
c) En
el sentido tradicional de la filosofía y de la psicología del conocimiento,
como correlato del sujeto que percibe y conoce: es lo que se ofrece con
caracteres fijos y permanentes, reconocibles por la universalidad de los sujetos
con independencia de los deseos y de las opiniones de los individuos (el
adjetivo correspondiente sería “objetivo”).
“Por otra parte la palabra relación debe de tomarse en su sentido
pleno: se trata, de hecho, de una interrelación, es decir, no sólo de la forma
como el sujeto constituye sus objetos, sino también de la forma en que éstos
modelan su actividad. Finalmente, la preposición de (en lugar de con el) señala
esta interrelación. En efecto, hablar de relación con el objeto o con los
objetos implicaría que estos preexisten a la relación del sujeto con ellos y,
simétricamente, que el sujeto ya está constituido” (ibid).
Resulta de gran importancia destacar que
mientras que en Freud el término de relaciones objetales no forma parte de su
aparato conceptual, resultó ser un concepto que fue adquiriendo gran fuerza en
la literatura psicoanalítica a partir de los años treinta, debido a la
creciente tendencia de ya no considerar al organismo aislado, sino en interacción
con su ambiente.
En la obra de Melanie Klein
el objeto, o más bien los objetos (proyectados, introyectados) ejercen
literalmente una acción (persecutoria, aseguradora, etc.) sobre el sujeto, es
decir, el objeto interno existe desde el inicio de la vida psíquica del
lactante, escindido en objeto bueno y objeto malo, como expresión de la lucha
intrapsíquica de los instintos de vida y de muerte. De tal suerte que para los
klenianos no existe relación preobjetal.
Anna Segal, siguiendo la teoría
Kleniana, se ha dedicado sobre todo a describir el acceso al pensamiento simbólico,
“En la ecuación simbólica, el sustituto-símbolo es sentido como si fuera el
objeto original. La ecuación simbólica es empleada para describir la ausencia
del objeto ideal o para controlar un objeto persecutorio. Pertenece a las
primeras etapas del desarrollo. El símbolo propiamente dicho, disponible con
miras a la sublimación y coadyuvante en el desarrollo del yo, es sentido como si representara al objeto; sus caracteres específicos son
reconocidos, no modificados y utilizados” (Segal, 1981). Con esta cita podemos
confirmar que la escuela kleniana asignan una gran importancia al reconocimiento
que hace el niño de su madre como objeto total, atestiguando el acceso a la
fase depresiva de reparación del objeto total.
Ferenczi y sus seguidores ya
habían comprendido la importancia de los vínculos entre el bebé y su madre,
este autor inicialmente precisó los vínculos entre identificación inicial y
la introyección inicial, esto es, relacionó la transferencia con la introyección,
y trato de demostrar mediante el ejemplo de la hipnosis y la sugestión, que la
transferencia se corresponde con una confianza ciega que es resultado de la “supervivencia del amor y el odio
erótico-infantil” (Ferenczi, 1908), lo cual se corresponde con la introyección
de las imágenes parentales tanto en las primeras experiencias afectivas como en
la cura psicoanalítica. Por otra parte señaló el vínculo entre introyección y proyección, y señaló
la externalización de lo introyectado.
“Se
hace difícil precisar qué es lo que por entonces separa a Ferenczi de Freud:
tanto para uno como para otro la creación del objeto interno a partir de la
alucinación de las huellas engramadas de placer va unida a la proyección y la
reconstrucción del mundo exterior; la realidad, entonces, es reconstruida y es
distinta de la realidad objetiva. También para ambos ese proceso se organiza en
el marco de la represión y las identificaciones primarias”(Lebovici, op. cit.). Freud reconoció a
Ferenczi su descripción de la introyección. Sin embargo la importancia que
concede al narcisismo lo lleva a estudiar conjuntamente la identificación con
el objeto bajo el signo de la introyección y la identificación narcisista bajo
investidura del sí mismo, procesos que suelen indicarse con la metáfora del ser y el tener.
En otro sentido, Spitz partió
del estudio de los efectos producidos en el bebé por la separación de su
madre, para después describir los efectos de la depresión “anaclítica” y
el hospitalismo. Se empeñó en ubicar
la génesis de la relación objetal. Para Spitz (1965) el desarrollo del aparato
psíquico del bebé está ligado a la relación del bebé con su madre: de la
indiferenciación inicial es llevado al desarrollo de una relación diferenciada
con un objeto interno estable, es decir su madre, mediante: “Los puntos de
organización”, señalando con estos las etapas que apuntalan la construcción
de la relación objetal. En especial indica tres de los puntos de organización
u organizadores psíquicos: La primera sonrisa, La fobia al rostro del extraño
y el “No”.
En la actualidad las
descripciones de Spitz han sido cuestionadas por estudios más recientes de las
interacciones precoces. Sin embargo, continúan siendo un modelo teórico
importante que nos señala “el origen del pensamiento secundarizado dentro de
un continuo de las relaciones transaccionales entre la madre y el bebé. Todo
sucede como si, de acuerdo con el principio según el cual la alucinación del
objeto se apoya en la alucinación de la satisfacción, las huellas engramadas
de las vivencias de placer fuesen recuperadas en el curso progresivo del
desarrollo para cobrar un nuevo sentido, inductor de la vida fantasmática. Además,
el modelo de Spitz presenta la importancia de combinar por una parte las
perspectivas metapsicológicas[1] del inicial desamparo del recién
nacido y las consecuencias del estudio de su desarrollo ordenado por la epigénesis,
y por la otra la existencia de programas conocidos con el nombre de ‘Reflejos
arcaicos’: la primera sonrisa específica ante la aproximación del rostro
materno representa el acceso al sentido relacional, que se sostiene a un tiempo
en la existencia de los reflejos buco-linguales y en los efectos de la presencia
de la madre, mensajera de sus anticipaciones creadoras” (Lebovici, op. cit.).
Por otra parte encontramos a
Mahler (1968), ella también dedica sus trabajos al estudio de los niños, su
teoría del proceso de individuación-separación* se apoya en la comparación
del desarrollo entre niños psicóticos con niños normales. Confrontando las
dos formas de psicosis infantiles reconocidas por ella, “la autista y la simbiótica”
para finalmente compararlas con las que ella denomina etapas en el desarrollo
del bebé, apoyando su planteamiento en la teoría de la evolución de la
representación de sí y de la
representación de objeto[2].
Para Mahler (1968), en la
psicosis autista el bebé llega a un desamparo tal que no alcanza a percibir a
su madre en el mundo exterior, ella no le sirve para orientarse en el
reconocimiento de lo que existe y vive en torno a él. Su incapacidad para
reconocerla es descrita como un “comportamiento alucinatorio negativo” cuya
investidura recuerda aquélla con la que el recién nacido se protege de las
excitaciones y estímulos extero e interoceptivas. Es decir, no diferencia entre
la representación de sí y la de
objeto. Mientras que la psicosis simbiótica es un estado en que el niño
constituye con su madre una unidad diádica al interior de un espacio común
cuyos límites podrían ser comparados con “una membrana simbiótica” donde
se organiza “una armonía rítmica de interacción”.
Si en estos casos las
representaciones del sí-mismo y de la
madre comienzan a hacerse autónomas, en un principio se encuentran
indiferenciadas para el niño, y hasta cierto grado, también para su madre.
“El proceso de individuación, postulado en estos términos, supone el estudio
directo de la adaptación del niño pequeño, así como de sus interacciones, durante cuatro etapas:
diferenciación, acostumbramiento, reacercamiento y acceso a la relación
objetal diferenciada”.
Todos estos trabajos apuntan
al hecho de que un elemento fundamental en la creación de la relación de
objeto es la construcción de la diferenciación de lo que es el adentro y lo
que es el afuera del bebé. Es decir, la oposición entre interior y exterior,
ya que brinda al estudio de las relaciones objetales y las interacciones
precoces una contribución esencial.
Al respecto Lebovici (ibid.) nos señala que:
a.
Como se sabe, la construcción de un espacio psíquico para las
representaciones los afectos, los pensamientos, los fantasmas y para el sueño,
supone la operación de un proceso de temporalización y especialización. Las
representaciones de las cosas pasan entonces a coincidir, según la teoría
psicoanalítica, con las palabras almacenadas, y así cobran el poder del
sentido y la acción. Mundo exterior y mundo interior ya estaban en las
relaciones de identidad perceptiva antes de que el pensamiento lograse
separarlos. Pero las representaciones en el interior de la psique, es decir las
palabras, constituyen el mundo exterior. El trabajo de represión coincide con
la denegación de lo que se expulsa de sí para hacer coincidir la realidad
exterior del interior del espacio psíquico con la otra realidad exterior, esa
que llamamos objetiva. El tiempo dedicado a la construcción de ese espacio es
el de las interrelaciones iniciales, de modo que tiempo y espacio son
organizados según el mismo vector, que permite distinguir primero lo que es
excitante afuera o adentro y después lo que es porque fue o porque debe ser. El
espacio interrelacional y el tiempo interactivo intervienen concretamente entre
la madre y su bebé, a fin de que ambos protagonistas recuperen fuerzas cada uno
a su modo, el bebé durmiendo y la madre en sus otras ocupaciones.
b. El
trabajo de ciertas zonas del cuerpo del bebé, las zonas llamadas autoeróticas,
ponen también en juego las nociones de adentro y afuera. La cavidad primitiva,
según René Spitz, es aquella zona que no sólo abarca la boca y la cavidad
bucal, sino todo cuanto es activo con ella, los brazos y los dedos que rodean a
los de la madre y son rodeados por ella con sus propios brazos. Muy activa
durante la succión o la alimentación, esa cavidad es puesta en marcha en la
reactivación de las huellas de placer. La creación del objeto interno depende
de la capacidad para volver a representar esa escena imaginaria sobre la base de
la vivencia de satisfacción. Así es como las vivencias psíquicas, y el deseo
que permite alucinarlas, enlazan
una realidad relacional, históricamente determinada, con los primeros
rudimentos del funcionamiento mental.
Después, cuando la expulsión
de materias fecales determine fuertes sensaciones de descarga y de violencia, el
pasaje del interior al exterior será experimentado como una pérdida; una pérdida
que será dominada sólo en el afán de proteger la relación con la madre. De
tal suerte que la evocación de la realidad interna dentro de un espacio psíquico
temporalizado, y la de la puesta en marcha de las zonas autoeróticas que
contribuyen a crear esa realidad interna en un placer de funcionamiento
(Kestemberg, 1968), permiten distinguir, por una parte psíquicamente –entre
él y su madre–, qué está adentro y qué está afuera.
Las relaciones madre bebé no
se instituyen exclusivamente en tiempos específicos, ni sólo en el nivel de
zonas autoeróticas determinadas geográficamente por puntos de contacto
aislados entre el adentro y el afuera. Anzieu (1974), describe el complejo
sistema que según él constituye el yo-piel.[3]
Anzieu describe el apuntalamiento del yo-piel,
en tres funciones:
a.
Es la bolsa que retiene lo bueno y lo pleno que el amamantamiento, los
cuidados maternos y el baño de palabras le procuran;
b. Es
el límite que mantiene afuera lo exterior;
c.
Es la barrera que protege de la agresión de los otros.
Anzieu considera posible
figurar sobre el yo-piel el narcisismo
primario y el masoquismo primario, en el caso del narcisismo primario, la piel
no requiere ser amada, para el caso de masoquismo primario, la piel del bebé no
podría separarse de la de su madre como no fuera por un desgarramiento que
hiciera posible la adhesión. De esta manera nos introducimos en la utilización
del lenguaje corporal psicoanalítico, donde destaca por su importancia el
trabajo de Winnicott.
Winnicott (1971) parte del postulado fundamental de la unidad del recién nacido con los cuidados maternos, creando una realidad casi perfecta, la madre, cuando deja de atender al bebé, y vuelve a su vida, impulsa al niño a recrear alucinatoriamente su presencia, pero, considera que para que pueda perder y posteriormente realizar esta recreación alucinatoria de la madre y su pecho, es indispensable que las halla conocido en su realidad. Esta separación relativa genera la “preocupación” y la “frustración” del bebé, quien excitado aunque saciado, deberá aprender que los agujeros hechos por la madre no impiden que él sobreviva. Dentro de este lento proceso va adquiriendo la sensación de un continuo de existencia que no es otra cosa que el reconocimiento de su sí-mismo (o self).[4] Esta continuidad separa una zona especial denominada transicional. Donde encontramos que entre los medios con que cuenta el bebé para enfrentar el retiro materno se encuentran los siguientes:
1. Su
experiencia, repetida a menudo, en el sentido de que la frustración tiene un límite
de tiempo, es claro que al comienzo éste debe de ser breve.
2. Una
creciente percepción del proceso.
3. El
comienzo de la actividad mental.
4. La
utilización de satisfacciones autoeróticas.
5. El
recuerdo, el revivir de experiencias, las fantasías, los sueños; la integración
de pasado, presente y futuro.
Winnicott emplea una metáfora
para describir las relaciones iniciales entre el bebé y su madre, esta metáfora
hace la descripción del holding, que
describe a una madre que tiene a su hijo, pero también lo retiene, lo contiene, lo sostiene*, es decir, es una madre lo suficientemente buena.[5]
Es ésta, quien con sus cuidados, proporciona al bebé la posibilidad de pasar
de lo que Freud (1923) denominó, el camino del principio del placer al de la
realidad, o a la identificación primaria y más allá de ésta. Con estas
descripciones Winnicott logra expresar metafóricamente una relación directa y
transitiva entre la madre y el bebé. Además de ser el primero en situarse
dentro de una nueva perspectiva psicoanalítica, que combina imágenes y
conceptos, organización intrapsíquica y experiencias interpersonales.
Para terminar, podemos señalar
que todos los autores que hemos revisado brevemente, asignaron una
preponderancia a la construcción del objeto interno, para Klein este objeto
connota las pulsiones y tiene existencia desde el inicio de la vida del bebé,
para los demás psicoanalistas, incluyendo a Freud, es creado por la alucinación
de satisfacción.
Todos reconocen la
importancia del instante en que este objeto es diferenciado, “momento de la
institución de la vida fantasmática secundarizada. [...] al final del primer año
de vida, después del cual comienza cierta autonomía psíquica.” (Lebovici,
1988).
El cómo funciona la unidad
narcisista primaria plantea la cuestión de las interacciones precoces; es
decir, de los lenguajes tratados entre la madre y el bebé a través de los
cuidados maternos y las interacciones precoces, estos puntos serán tratados en
el siguiente apartado.
1.2 La relación objetal de la madre.
Los cuidados maternos comprenden el conjunto de manifestaciones por las que se expresan las motivaciones maternas, es decir, la madre se ocupa de su bebé por que lo desea, y si el bebé encuentra satisfacción en ello, es debido a que en esa satisfacción la madre realiza la expresión de su propio deseo. “Los cuidados maternos constituyen una actualización de la secuencia fantasmática del hijo” (Gutton, 1987). Es así como el bebé se convierte en el “renacimiento y reproducción del narcisismo de su madre, así prevalece una compulsión a atribuir al niño toda clase de perfecciones y a encubrir y olvidar todos sus defectos. Pero también prevalece la proclividad a suspender frente al niño todas esas conquistas culturales cuya aceptación hubo de arrancarse al propio narcisismo, y a renovar a propósito de él la exigencia de prerrogativas a que se renunció hace mucho tiempo. El niño debe de tener mejor suerte que sus padres, no debe de estar sometido a esas necesidades objetivas cuyo imperio en la vida hubo de reconocerse. Enfermedad, muerte, renuncia al goce, restricción de la voluntad propia no ha de tener vigencia para el niño, las leyes de la naturaleza y la sociedad han de cesar ante él, y realmente debe ser de nuevo el centro y el núcleo de la creación. His majesty the Babe, como una vez” se creyeron sus padres (Freud, 1914).
El secreto del encuentro entre la madre y el hijo, parece residir en la concordancia del deseo de la madre con la necesidad y los deseos nacientes del bebé, el continuo del deseo, en la medida misma en que se realizan los cuidados maternos, constituye el fundamento del desarrollo libidinal armonioso del lactante. (Gutton, op. cit.). Es así como, dentro de esta relación, la continuidad de los cuidados resulta fundamental, ya que en su repetición, se mantiene un idéntico sentido, mientras que por el contrario, una madre no satisfactoria, presenta una discontinuidad en sus encuentros con el hijo, abriéndose entre ambos una discordancia en tiempo, espacio e interacciones, lo que a la postre acarrea problemas para la relación. Con estos elementos podemos mostrar cómo se expresa en la psicopatología materna la problemática de la continuidad y la discontinuidad que repercute en el bebé, al respecto Gutton (1987) nos señala que:
a. Los cuidados maternos constituirían un sistema continuo de términos que “se asocian entre sí”, de acuerdo con un proceso afín a la lingüística. El recién nacido se encuentra inmerso desde su nacimiento en un mundo simbólico, animado por la madre, y que viene a recubrir su cuerpo biológico.
b. Los cuidados maternos son representantes de las pulsiones maternas, según una metodología metapsicológica.
De esta manera, Gutton nos propone analizar los cuidados maternos como una estructura simbólica según la definición de Lalande: “sistema continuo de términos, cada uno de los cuales representa a un elemento de otro sistema”. La conducta materna, simbolismo actuado, constituye una unidad, una organización comparable al sistema lingüístico. Cada elemento de esta conducta cobra su significación al margen de cualquier reflexión operatoria de crianza, y se organiza en torno de la representación y el concepto de hijo. El hijo como tal estaría ausente de ella, y sólo se encontraría presente como símbolo del deseo materno. De acuerdo con esta tesis, las conductas se ordenan, unas respecto de las otras, cobrando su sentido por referencia a su posición relativa respecto del sistema global, esto es, a los aferentes que las preceden y las suceden; los cuidados de la madre constituyen otras tantas unidades de significación, escindidas de la demanda biológica del niño e inscritas en las referencias culturales. El deseo de la madre hacia el bebé coloca a éste en la cadena de los significantes culturales y otorga su significación a cada representación y gesto desplegado en los cuidados de la madre.
El deseo materno en continua renovación, impulsa y organiza los cuidados del bebé, resultando ser elaboraciones nuevas de un conjunto estructural susceptible de englobar una parte del presente. “Ahí, a través del presente, hay reescritura del pasado, a todo lo largo de un proceso de integración del relato anterior (que remite al primer relato, primer pasado verdadero de la madre, elaborado en el momento del Edipo)” Gutton (1987). Con cada una de las repeticiones, se produce un corrimiento progresivo, lo que hace de los cuidados maternos, y en sí de todo el sistema de interacciones precoces, una estructura permanentemente abierta y cambiante, donde se entremezclan significantes pasados y presentes, en que la envoltura simbólica de que el bebé es objeto por parte de su madre es descrita como un segundo nacimiento, una personalización, la actividad simbólica materna colma la solución de continuidad determinada por el nacimiento del niño, y se la puede describir, en el nivel de la madre, como un procedimiento reparador de la pérdida física sobrevenida con el parto. La unidad madre-hijo in utero, corporal, ya no existe, y la unidad simbólica la reconstituye.*
Es por esto, que el lazo simbólico tiene como génesis el nivel de la ruptura del continuo inicial del embarazo, con el parto la madre y el bebé se han perdido, y ahora se reencuentran. Las asociaciones de los significantes se organizan según el modelo expuesto por Freud en su trabajo sobre el sueño (1899), empleando los mecanismos de condensación y desplazamiento, pero en este caso, al tratarse de significantes, nos estamos refiriendo a sus equivalentes lingüísticos,[6] la metonimia y la metáfora. El conjunto de los significantes converge o enlaza con ciertas características del niño, adquiriendo con esto un valor primordial: sus ojos, su talla, su sexo, el apellido y el nombre, entre tantos otros.
Gutton indica que a partir de esta dinámica, “el descubrimiento de una enfermedad durante el periodo neonatal, (como es el caso del padecimiento que estudia esta tesis) puede constituir lugares de convergencia de significantes maternos inconscientes; en ellos la enfermedad adquiere significaciones inesperadas. Así mismo nos señala que las correlaciones que el psicoanalista pueda establecer entre ciertas asociaciones privilegiadas que deja oír el discurso materno y la comprobación de actividades libidinales expresadas globales o focales de la madre respecto de su hijo resultan de gran interés científico”, correlación que es justamente el tema de esta tesis. Sin embargo es importante hacer la distinción de que los cuidados maternos se desarrollan como discurso de la madre, pero no son su repetición. Están organizados como un relato que de él se hace, pero le son muy diferentes en sus modalidades expresivas sensoriomotoras. Si para el investigador psicoanalista la secuencia fantasmática de la madre se expresa en su discurso, en cambio se trasmite al bebé por medio de conductas dentro del ámbito de las interacciones precoces.
Finalmente podemos señalar que los cuidados maternos se consideran la actualización de la secuencia escénica imaginaria: figuran el cumplimiento de los deseos conscientes e inconscientes de la madre, sobre su hijo, por tal motivo, descubrimos que el deseo materno no es la única línea de fuerza existente en los cuidados, que de hecho son producto de un conjunto de motivaciones. Al respecto Gutton (op. cit.) señala que “las perturbaciones de la conducta materna traducen compromisos sintomáticos que resultan de estos conflictos. La representación misma del hijo es la resultante de estas fuerzas intervinientes. Si todavía el hijo no es, según se ha hecho canónico decirlo, el síntoma de la madre, está por serlo.”
Es decir, el bebé resulta ser el renovador y revelador de los conflictos edípicos parentales, la primera relación madre-bebé se desarrolla bajo la sombra del retorno de lo reprimido en el seno de lo cual la madre, al contacto con su hijo, reactualiza sus relaciones arcaicas, de tal suerte que la interacción no sólo está determinada por las actividades libidinales de la madre, sino que constituye un conjunto de elementos heterogéneos y contradictorios, regidos por el sistema inconsciente, que se expresan dentro de la interacción con el bebé como discontinuidades de los cuidados maternos, es decir, el bebé desde un principio está expuesto y sometido a las dos modalidades de pulsión descubiertas por Freud que habitan el inconsciente (en este caso el de la madre), es decir la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Como lo señala Freud, el conflicto psíquico atañe el total de las actividades del sujeto, en nuestro caso los cuidados del bebé están regidos por el dualismo pulsional, razonamiento que lleva a Gutton al concepto de la agresividad de la madre en los cuidados que prodiga a su hijo* es decir, “la intensidad de la relación objetal que une a la madre con el hijo lleva implícita la presencia contradictoria de estas dos pulsiones” (ibid).
Todo parece ocurrir como si se pudiera analizar cuantitativa y cualitativamente un gesto o acto materno, según la intrincación de las pulsiones y su respectiva proporción, el carácter contradictorio surgiría de la labilidad temporal y espacial de la intrincación, de tal suerte que la contradicción de los cuidados maternos nos conduce al concepto de ambivalencia.[7] Desde la perspectiva de ambivalencia que nos señala Gutton, las pulsiones de libido y agresividad, no son susceptibles de mezcla, ni simétricas, mientras que la libido es factor de ligazón, la agresividad disuelve los vínculos y es origen de desarmonía y discontinuidad en las interacciones madre-bebé.
Los trabajos longitudinales
de E. Kris y M. Kris (1953) constatan
esa característica de labilidad que mantienen las madres respecto de sus bebés
durante la lactancia, acentuada al principio de ésta, ya que al parecer existe
un periodo de ventana donde las partes de las diadas se van acoplando una a la
otra, hasta lograr pautas con configuración específica, que difiere
cualitativa y cuantitativamente de una diada a otra. De estas conclusiones
podemos desprender el hecho de que el examen fino de la observación de las
interacciones muestra en ciertas madres la existencia de ciertos bloqueos
focalizados en ciertos aspectos de los cuidados.
“La
madre suficientemente buena (Winnicott) o satisfactoria (Kreisler) es aquélla que
desea a su hijo y tiene la posibilidad psíquica (consciente e inconsciente) y
real de satisfacer ese deseo. En psicopatología clínica, la agresividad parece
manifestarse en principio, en el cuadro de los cuidados maternos neuróticos, de
modo negativo: introduce una discontinuidad en el continuo espacio-temporal, de
la investidura materna, impidiendo el desarrollo de estímulos familiares e
introduciendo en el niño ritmos ‘no familiares’ y factores de desamparo”
(Gutton, 1987).
Como síntomas de la dialéctica
inconsciente de la pulsión y la prohibición (represión) descubrimos que la
agresividad se concentra en las posiciones
superyoicas que se oponen a la actividad libidinal, la angustia, en sus
diversas manifestaciones se despliegan en los propios cuidados del bebé. La
madre realiza (consciente e inconscientemente)
una selección de las señales del niño, selección que en los casos
psicopatológicos resulta ser particularmente dramática, sobre todo cuando
existen obliteraciones personales
extensas de carácter neurótico, de tal suerte que puede ocurrir que en los
cuidados maternos la madre ignore en el cuerpo del bebé segmentos que
estocomise o anule, en el nivel de
su propio cuerpo, o de los que le signifiquen real o simbólicamente un
conflicto inconsciente.
La angustia manifestada por
el bebé puede resultar insoportable para la madre, al grado que despliega sobre
su hijo las mismas defensas que colocaba frente a su propia angustia. Es más,
el niño íntegro puede ser significado como un objeto fóbico por la madre, que
tenderá a evitarlo en ciertos aspectos y a organizar en torno a él cuidados
contrafóbicos. Algunas perturbaciones conductuales graves se expresan en forma
de ritos (alimentarios, de limpieza, por mencionar algunos) o en miedo a cargar
o tocar al bebé con el pretexto de no causarle dolor.[8]
Para este tipo de casos podemos señalar las observaciones de Spitz, que
menciona el caso de madres que dan pecho para compensar su agresividad, de
acuerdo con una modalidad contrafóbica o propia de una formación reactiva. Es
así como podemos encontrar tanto inhibiciones parciales como globales de la
conducta materna, encontrando en ocasiones el aspecto clínico de neurosis de
carácter. Con explicaciones como: “No tengo ganas de ocuparme de él; atender
a mis hijos me aburre, prefiero ponerlos al cuidado de otra persona” (Gutton,
1987).
En otro sentido es importante señalar que dentro de un modelo de organización psicológica del tipo de neurosis de carácter, la discontinuidad de los cuidados de la madre remite a polos de identificación contradictorios de la madre con sus propios objetos parentales. Resultando ser el lactante el lugar de encuentro de esas identificaciones. “Las pulsiones maternas parecen menos inhibidas en cuanto a su meta (el hijo) que modificadas en su itinerario, y esto último al punto de que pueden perder su calidad y transformarse en una actividad mecánica. Aquí es el ideal del yo materno quien ocupa el primer plano de la escena. En observaciones de esta especie la sintomatología neurótica de los cuidados maternos no se distingue; no existe inhibición propiamente dicha; el conjunto de las percepciones y las conductas maternas, sin embargo, remite a posiciones como impuestas desde el interior” (Gutton, 1987).
Es la madre de la madre quien representa al polo privilegiado de identificación conflictual, esto es, la madre cría a su bebé como ella fue criada y, al mismo tiempo como hubiese deseado que la criasen, de esta manera el conflicto intrapsíquico de la madre a partir de sus propias relaciones parentales, trata de encontrar resolución en la conducta llevada acabo en el cuidado de su hijo, de tal suerte que los cuidados maternos adquieren la categoría de formaciones de compromiso (Freud) o formaciones del Inconsciente (Lacan). Pero, por extraño que parezca, algunos síntomas de la madre que permean los cuidados maternos, pueden ser considerados como “buenos síntomas”, ya que protegen al niño de otros aspectos más agresivos de la neurosis de su madre.
Finalmente, el hecho de la depresión sufrida por la madre durante las primeras semanas de existencia del bebé, puede ser punto de origen de graves anomalías en los sentimientos que la madre siente por su bebé, anomalías que pueden expresarse como desinterés, la impresión de que el niño es un extraño, e incluso llegar a una evidente hostilidad, al respecto Kreisler (1977 y 1978) señala la importancia que tiene para la clínica las posiciones depresivas posparto* (inhibiciones que se proyectan sobre los cuidados del bebé) dando como resultado un distanciamiento entre el bebé y el deseo materno, siendo a su vez un importante factor desencadenante de hipofuncionamientos en las interacciones precoces. Gutton (op. cit.), nos comenta al respecto, el caso de una madre en la que el primer síntoma de su depresión fue la aparición de insomnio y anorexia en su bebé, así mismo se pregunta: “¿en qué medida la suerte del hijo, tal como se lo trata en el plano económico dentro de la depresión, puede ser un factor incitante del proceso regresivo materno?.
[1] Para más información con respecto a la Metapsicología ver el capítulo 4.
* La cursiva es mía.
[2] “Decimos representación de sí en su sentido anglosajón, que no difiere mucho de yo; el self puede traducirse por sí-mismo en tanto que ese objeto de una representación. El sí no es el sujeto de su pensamiento o de su acción, cosa que podría traducirse por yo. El self representa una instancia primitiva, previa a la organización del yo [Moi], mientras que yo [je] en tanto diferente de tú y de él se constituirá en la tercera fase organizativa de Spitz, es decir, la del no”. (Lebovici, Op. cit.)
[3] “Por yo-piel indicamos una figuración de la cual se vale el yo del niño durante ciertas fases de su desarrollo para representarse a sí mismo como yo a partir de su experiencia de la superficie del cuerpo. Esto corresponde al momento en que el yo psíquico se diferencia de su yo corporal en el plano operativo pero sigue confundido con él en el plano figurativo” (Anzieu, 1974).
[4] “La palabra self responde en Winnicott una experiencia vivida y no una organización tópica en el sentido de la teoría psicoanalítica. ... A su entender, esta experiencia organiza cierto tipo de funcionamiento que hace posible la good enough mother, es decir, una madre no tanto suficientemente buena. [...] Una madre demasiado buena se convierte, según Winnicott, en una madre enfermera con la exigencia de que en retribución su bebé dependa de ella, y ahí está el sí-mismo falso del bebé para satisfacerla” Anzieu op cit.
* La cursiva es mía.
[5] Winnicott (ibid), señala que una madre lo suficientemente buena (que no tiene por qué ser la del niño), es aquella que es capaz de llevar acabo la adaptación activa de las necesidades del niño y que la disminuye poco a poco, según la creciente capacidad del niño para hacer frente al fracaso en materia de adaptación y para tolerar los resultados de la frustración.
* La cursiva es mía.
[6] Equivalentes formulados por Saussure, e integrados al psicoanálisis por Lacan, donde el desplazamiento equivale a la metonimia y la condensación a la metáfora (Joël Dor, 1985).
* La cursiva es mía.
[7] Tema recurrente en las observaciones de pediatría bajo el diagnóstico de “madre inestable”, “ansiosa” o “torpe” (Gutton, 1987).
[8] Las fobias de impulsión que se pueden observar en las madres jóvenes remiten a una psicopatología de un nivel psicótico más profundo (Gutton, 1987).
* La cursiva es mía.