Las interacciones precoces y los cuidados del lactante

 

     Las interacciones precoces entre el bebé y su madre, tienen un doble impacto en el pequeño, ya que a lo largo del tiempo, ayudan a conformar no solo el aparato psíquico, sino el sistema nervioso central, ya que, si las estructuras sinápticas son captadas dentro del marco de la interacción entre el bebé y la madre, tienden a desarrollarse, por el contrario, si no forman parte de la epigénesis interactiva tienden a desaparecer. Tanto el aparato psíquico como el sistema nervioso van de la mano, ya que el desarrollo de uno permite y estimula el desarrollo del otro.

 

     Tomando en cuenta entonces lo planteado sobre el desarrollo neuronal, podemos justificar la teoría de Changeux (1974), según la cual las cosas suceden de tal forma que el programa genético hace de cada individuo un miembro individualizado, es decir, que la estabilización selectiva de las sinapsis confiere a cada quien una individualidad más precisa, definitiva y determinada por el ambiente del niño después de su nacimiento.

 

     Lebovici, analizando los datos obtenidos por la perspectiva sistémica (que se interesa en la conducta de los sujetos aquí y ahora, dejando a un lado los pensamientos y fantasmas que la originan), desde la perspectiva propuesta por el psicoanálisis (Que pretende leer los pensamientos y fantasmas inconscientes que dan origen a la conducta) nos señala que los descubrimientos psicoanalíticos conciernen a la sexualidad y al deseo del niño; éste construye el objeto de la realidad interna, que él connota o recrea.

 

De esta manera, el psicoanálisis nos muestra el camino que va desde la dependencia absoluta hacia los cuidados maternos y el desamparo, hasta la autonomía de los objetos externos; así pues, la teoría de la dependencia inicial se debe asociar a la de espiral transaccional, ya que el bebe y su madre se influyen recíprocamente, para que organizándose en determinado tiempo, den lugar a las y el espacio para dar lugar a las particularidades del funcionamiento psíquico de los niños y los adultos.

 

     En 1987, Gutton acuño el término “Unidad narcisista primaria”, haciendo referencia a el  espiral relacional, pero a diferencia de esta, en la unidad narcisista primaria el compromiso del bebé es doble y contradictorio, ya que, por una lado está la adaptación al mundo que lo rodea (a su madre), y por otro, la inadecuación entre el tiempo de desarrollo y el tiempo de vida del bebe.

 

     El sí-mismo, al momento del nacimiento, es llevado de su estado de objeto interno de la madre a un estado de objeto externo a ella, y en este proceso construye fórmulas de síntesis originales y móviles. Al principio se pensaba que el bebe lactante no hacía más que recibir y acumular la información de manera pasiva, sin embargo se ha descubierto que toma un papel activo dentro de las interacciones, dando gran variedad de canales de comunicación.

 

     Desde el momento de su nacimiento el bebé cuenta con un equipo de comunicación sensoriomotor (vista, oido, olfato, etc), mediante el cual reconoce a su madre, además, tiene aptitudes imitativas y su motricidad se sincroniza con la voz y la mímica.

     De esta manera, el bebe recíen nacido no es un receptor pasivo limitado a sus funciones vitales y a sí mismo, por el contrario, es un participante activo con iniciativa, deseos, capacidad de aprender, conocer y comunicarse, es un ser competitivo, es decir, con capacidad de percibir las señales emitidas, reaccionar ante ellas y provocar la comunicación. (Kreisler, 1987). Por el contrario, si el bebé se encuentra pasivo podemos estar frente a una perturbación seria, una depresión grave, un incipiente proceso autista o una enfermedad orgánica. De esta manera, es importante no confundir la dependencia del lactante con pasividad, al momento de nacer, el bebe es objeto de cuidados encaminados a satisfacer sus necesidades y protegerlo del ambiente, sin los cuales simplemente no podría sobrevivir.

 

     El cuerpo erógeno o libidinal del bebe se forma y expande en el encuentro de su cuerpo y el cuerpo deseante de la madre” (Gutton). así, la economía de las interacciones entre la madre y el bebé apuntalan y administran la economía mental y somática del lactante, y son el lugar inaugural del aparato psíquico del bebe.

 

     En los estudios realizados por Klaus y Kennel (1976) se nos menciona que la sensibilidad que presentan las madres hacia los bebes durante las primeras horas después del parto son de gran importancia para el proceso de apego entre ambos. Respecto a la cronología del periodo de sensibilidad, según el estudio de Hales (1977), mientras más pronto sea el contacto entre madre e hijo después del parto, mayor será el apego entre ambos, además, existe cierto periodo del sensibilidad después del parto, ya que el bebe da sentido a esta experiencia, y el contacto entre él y la madre es en general una experiencia de alivio; así pues, el bebé tiene una participación activa sobre todo mediante la mirada, en la formación de un vínculo precoz.

 

     Al principio de su vida, el lactante no diferencia entre las sensaciones del mundo exterior y las de él mismo, por lo tanto, como lo dice el psicoanálisis, la relación entre el lactante y su madre durante las primeras semanas de vida es de carácter simbiótico. La preocupación materna primaria se denota por una hipersensibilidad con respecto al bebé, antes y después del nacimiento, que resulta indispensable para que el bebé pueda ser objeto de cuidados muy específicos y logre sobrevivir, pero sobre todo, esta preocupación es indispensable para que se lleve a cabo la función operatoria de los cuidados maternos: en su calidad se basan  “la construcción original del self” y “el sentimiento continuo de existir”, es la dimensión donde se estructura “el primer espacio de ilusión” del bebé y resulta ser el lugar donde el lactante experimenta lo que ya está allí; por otra parte, neutraliza las angustias primitivas del bebe. Mientras más la madre se acopla al bebé y éste a ella, las cosas irán mejor; desde el lado del bebé, mientras éste se acople y responda mejor al estilo de la madre, será un bebé que tenga más posibilidades de beneficiarse con una madre suficientemente buena.

 

     Racamier (1961) nos dice que la estructura psíquica materna se acerca a lo que sería una estructura psicótica, que se remite a una especial organización del yo, y no a una estructura conformada en definitiva como lo que conocemos clásicamente por psicosis. Este estado psicótico normal favorece el advenimiento de una psicosis posparto, donde se observan trastornos hormonales,  replanteo y resignificación de los conflictos infantiles, juegos de identificación e investiduras libidinales y agresivas, posiciones relacionales y  variaciones en la representación del sí-mismo y del medio. Sin embargo, esta psicósis es, por una parte, necesaria para el bebé ya que garantiza la supervivencia y la construcción original del self, y por otra, necesaria para el equilibrio psicológico de la madre.

 

     Sin embargo Gutton, a diferencia de Winnicott no considera la posición materna como psicótica en el sentido llano de la palabra, sino como estado límite, ya que a pesar de que las conductas, vivencias y estados intrapsíquicos de la madre tienen características afines a la psicosis, un estado psicótico, no le permitiría a la madre llevar acabo los cuidados maternos que el bebé requiere.

 

     La regresión psicológica tiene por función constituir la unidad narcisista primaria, y con ello colmar en ambas partes la falta o castración producida por el parto. Así pues, tomando en cuenta el punto de vista de Gutton, mientras más débil sea la  regresión materna, mayor el riesgo de que los cuidados maternos neuróticos resulten patógenos.

 

     Los cuidados maternos son el conjunto de conductas que la madre ofrece a su hijo con fines de atención  que se traducen en actos o interacciones; se definen como conductas organizadas por su meta (adaptarse a la demanda biológica del bebé),  son sinónimos de la relación objetal de la madre, son una expresión de este organismo particular, de esta unidad a la que calificamos como narcisista primaria.

 

     Bowlby (1968) fue el primero en entender las relaciones de apego definidas por el equilibrio interactivo de un sistema. (base teórica sobre la que descansan los trabajos sobre interacciones precoces), que no  definen solamente el apego del bebé a su madre, sino los comportamientos generalmente programados según los cuales el uno influye sobre la otra y viceversa. Desde esta perspectiva, la interacción madre-lactante es comprendida como un proceso por el que la madre entra en comunicación con su bebé enviándole ciertos mensajes, mientras que el lactante responde a la madre mediante sus propios recursos.

 

     Según Lebovici (1988), desde fines de la década de 1960 el bebé es concebido como un ser capaz de influir sobre su entorno humano, y está sometido a la influencia de ese entorno; también se comprobó que los bebés presentan grandes diferencias individuales en su modo de entrar en contacto con la madre, y se señaló  hasta dónde las diferencias entre los bebés parecían constituir el origen de los distintos tipos de cuidados proporcionados en respuesta por la madre, convirtiendo así el modelo de la relación bebe-madre en una secuencia de intercambios recíprocos que utilizan mensajes y señales propios del estadio de desarrollo del lactante.

 

     El proceso de apuntalamiento de las pulsiones libidinales de la madre sobre el cuerpo del lactante recibe el nombre de libidinización; este concepto traza dos características opuestas del desarrollo de las pulsiones libidinales, por una parte, especifica las fuentes orgánicas de estas, y por otra parte nos habla de ellas como efecto colateral, a raíz de una gran serie de procesos internos, es decir, se diferencia del orden orgánico por la misma modificación de ese orden que le dio origen.

 

     Para Gutton (1987), el proceso de apuntalamiento pulsional se descompone en tres tiempos: el anátomo-fisiológico: el de la concomitancia, en torno del objeto anátomo-fisiológico, y el estadío en el cual la actividad cobra autonomía e independencia respecto del funcionamiento biofisiológico.

 

      La segunda hipótesis propuesta por Gutton, nos dice que el exterior hace del cuerpo del recién nacido un lugar de emplazamiento de su deseo, considerando como exterior a la madre, o a quien realice su función. “El desarrollo del cuerpo erógeno del niño se apuntala también en la realización del deseo materno.

 

     En 1905, Freud define como un primer modelo de vínculo libidinal a la ternura de los cuidados maternos. “El trato del niño con la persona que lo cuida es para él una fuente continua de excitación y de satisfacciones sexuales a partir de las zonas erógenas, y tanto más por el hecho de que esa persona –por regla general, la madre– dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho.

 

     Gutton señala que el deseo materno inscribe una erogenidad cuantitativa y cualitativa al crear, durante los cuidados, una excitabilidad en un lugar del cuerpo del niño, una verdadera implantación de la sexualidad adulta en el niño. Así mismo, Freud formuló la hipótesis de que la seducción puede ser considerada como sinónimo de humanización, ya que, es ella quien “inocula” una excitabilidad que el bebé sólo alcanza a resolver parcialmente.

 

     El niño nace en el inconsciente y el consciente parentales con anterioridad a su nacimiento en lo real, el cuerpo biológico del bebé queda envuelto en una secuencia escénica fantasmática cuya historia se remonta a la de los abuelos. El nacimiento del hijo es acontecimiento en el sentido de que es encuentro entre fantasma y realidad, entre objeto interno y objeto externo.

 

     El razonamiento de Freud, en la conceptualización del trauma y la teoría de la "posterioridad" se ajusta en lo que corresponde a la historia inconsciente de los padres. La secuencia escénica fantasmática, en la que el hijo es al mismo tiempo el lugar de convergencia de los significantes parentales (pasados y presentes), es el núcleo originario a partir del cual se edifica en consecuencia, su personalidad.

 

     Esta secuencia escénica fantasmática primordial cambia en sus primeros encuentros con la realidad, es decir, con el desarrollo del embarazo y el parto. La maternidad, representa una crisis de identidad donde Gutton ha descrito dos ejes dialécticamente opuestos, por una parte, el parto se presenta como ruptura de la unidad simbiótica del embarazo, y por otra, es descrito como un primer encuentro con el recién nacido, y trae consigo un reordenamiento objetal fundamental.

 

     A pesar de sus capacidades precoces y el desenvolvimiento de sus interacciones sociales, las particularidades individuales de su conducta y de las interacciones suponen modalidades de comunicación precocísimas: el lenguaje de la madre es de carácter verbal y extraverbal. Sus palabras corresponden a sentimientos, emociones, contradicciones.

 

     Se puede, sin embargo, hablar de afectos primarios, y las cualidades de contentamiento, irritación, insatisfacción, furia, extrañeza e incluso miedo señalan cierta progresión en la representación de un objeto, que modula y marca el desenvolvimiento de esos afectos: todo ocurre, como si las innumerables transacciones en que entran el bebé y su madre estuviesen marcadas por afectos contradictorios. Estos permiten al bebé dar un sentido a lo que él siente de los afectos maternos, o del medio, así como evitar, anticipar, separar lo que es familiar de lo que es ajeno. (1980).

 

     El objeto de la comunicación se centra directamente en los dos protagonistas, además, lo que al parecer se transmiten es fundamentalmente representado por los afectos de cada uno de ellos en cada instante de la interacción. En otro sentido, se diría que las modalidades de comunicación empleadas por los dos miembros del par (la mirada, la voz, el contacto de la piel, las posturas, etcétera) son mucho más aptas para comunicar el afecto, el estado emocional de cada uno, que representaciones o pensamientos.

 

     Algunos psicoanalistas como es el caso de Brenner (1974), entienden que afectos como la ansiedad y la depresión son de naturaleza compleja o responden a un complejo emocional cuyo desarrollo se origina en las funciones de señales primarias que Ekman (1975) agrupó en una lista de siete categorías: la dicha, la sorpresa, los temores, el furor, la tristeza, el asco y los intereses. Esta teoría permite suponer que la estructura de los afectos primarios deriva de experiencias programadas, en cuyo refuerzo acuden los comportamientos maternos, que conducen al aprendizaje social de emociones cada vez más complejas. amistad.

 

     Estas referencias e hipótesis conducen a Emde (1980) a destacar la importancia que deben de tener esas emociones en los procesos transaccionales: los lactantes expresan sin esbozo sus afectos; gritan, lloran, vocalizan, sonríen, se agitan, se tranquilizan, miran, esquivan la mirada, y así siguiendo. En cada ocasión la madre, o quien haga sus veces, es ampliamente activada por la expresión visible de esta afectividad. En tal sentido Emde distingue dos etapas, en la primera Antes de los dos meses, únicamente observadores entrenados o madres muy interesadas pueden determinar de qué modos los ritmos de vigilia y adormecimiento traducen los movimientos afectivos. Y después de los dos meses, los padres sienten más a su bebé como un ser humano capaz de expresarse y comunicarse luego que aparece la primera sonrisa social y significativa.

 

      Como bien lo evidenciaron Spitz y su escuela (Emde y cols., 1968), hacia los dos meses y medio de vida se produce un cambio decisivo. Una nueva capacidad de expresión afectiva, la sonrisa, aparece desde entonces en forma regular como respuesta a todo rostro humano, en tanto sea móvil y se exhiba de frente. Para Spitz y sus colaboradores, esta aparición de la “sonrisa social” significa todavía mucho más: es la marca de una transformación generalizada en el funcionamiento neurofisiológico y conductual del bebé.

 

     Pero también la interacción afectiva, por esta época, se enriquece considerablemente, es a esta edad en que el juego progenitor-lactante comienza a desarrollarse. Stern (1980) estudió de manera sistemática las expresiones afectivas que aparecen en el rostro de la madre en secuencias de juego con su bebé. Como marco de referencia para los afectos tomó las seis emociones establecidas por Darwin (1872) como emociones “naturales”, es decir: la alegría, la tristeza, la sorpresa, el miedo, la ira y la repulsión. De acuerdo con esta concepción, se considera que las demás expresiones afectivas son mezcla o componentes de estos prototipos.

 

     Utilizando la teoría de las emociones discretas, el trabajo que estamos recordando de Emde, propone un modelo de afectos de comunicación: están organizados sobre bases biológicas y comprenden elementos de información que parecen universales, (como los mencionados anteriormente), al tiempo que se desarrollan con ajuste a secuencias epigenéticas.

 

     Estos afectos son los elementos esenciales de la supervivencia después del nacimiento. Ellos son el medio para que se establezcan las interacciones sociales entre el mundo del bebé y todo aquello que está fuera de ese mundo. Desempeñan un papel constante en orden de alimentar una relación significativa entre la madre y su bebé, a través de organizaciones que parecen nacer, pero que no hacen sino emerger.

 

     La conexión entre los afectos y las palabras pasan por la noción de la señal. En un trabajo de Rabain Jamin (trabajo en preparación) encontramos algunos datos del estudio que esta  investigadora realiza sobre el valor que cobran para la madre y el bebé la utilización de términos aparentemente agresivos en los cuidados y en la crianza. Se trata de madres que emplean cierto discurso familiar, especialmente durante el cambio de pañales y el aseo: “mi cerdito” es, sin duda alguna, un insulto amable; pero a menudo el bebé es un “sinvergüenza” y otras gentilezas por el estilo.

 

     Estas tradiciones pueden entenderse como expresión de la ambivalencia materna y como la autorización de una regresión anal, puesto que la suciedad está más autorizada que la sexualidad, cuando se trata de limpiar, –y en consecuencia, de acariciar, estimular o hacer doler– los órganos genitales. Kreisler y Cramer (1981) dicen que la interacción comprende fantasmas porque el cuerpo del bebé puede y debe convertirse en el lugar en que estos se proyecten

 

     Por el lado del bebé, los afectos y las modalidades expresivas bastante pronto pasan a constituir para los padres un verdadero lenguaje. Los ritmos y los medios expresivos, la primera sonrisa social y significativa, la mirada profunda, la agitación, el grito, las manifestaciones sonoras, los eructos, los “a-gú”, etc. son otros tantos modos de acción y comunicación: de eso consta el lenguaje del bebé.

 

     Lebovici señala que con respecto a todos estos modos de expresión del bebé cabe hacer dos observaciones, en primer lugar, las  anticipaciones maternas y los estados afectivos que las acompañan determinan, la especificidad de las reacciones del bebé, y por otra parte, los intercambios ritmados y festivos, las prosodias maternas, desempeñan un papel de inducción sobre los ritmos expresivos del bebé.

 

     Durante la lactancia los juegos de la madre y el bebé giran en torno del tema separación-reunión. Ese es el sentido del “juego del carretel” mencionado por Freud, o del juego “aquí está - no está”, en el que alternativamente la madre reaparece y desaparece. En esta dinámica, lo que la madre hace con su juego de desaparecer es provocar miedo en el bebé; de esta forma, el miedo, forma parte de las relaciones del bebé con su madre, y no se limita a ser una manifestación que sobreviene como respuesta a la presencia de un extraño.

 

     Lebovici asevera que la angustia de perder a la madre es la manifestación espectacular y evidente de un proceso menos manifiesto, pero de irrecusable presencia en la relación madre-hijo, más allá de la aparición de algún extraño; los intentos activos que hace el bebé para separarse de su madre.

 

     Mahler describió este fenómeno de la siguiente forma: “durante el séptimo y octavo mes pueden apreciarse las tentativas (experimentales) que hace el lactante para separarse de su madre, por ejemplo cuando la empuja para alejarse un poco de ella, o cuando se desliza de sus rodillas para jugar a sus pies en el suelo. En tanto que antes dependía por completo de su madre y se amoldaba a sus brazos con toda pasividad, a partir de ahora, de una manera contrastaste con su actitud anterior, el bebé comienza en forma activa a encontrar gusto en el empleo de su propio cuerpo, y a volcarse también activamente hacia el mundo exterior, en busca de placeres y estimulaciones”.

 

      Por último, “algo que cobra especial gravitación en el establecimiento del sentido de identidad es el efecto estimulante de esas actividades en el establecimiento de las fronteras corporales y en una profunda toma de consciencia sobre las partes del cuerpo y el sí-mismo corporal. La investidura libidinal se desplaza de modo significativo al servicio de un yo crecientemente autónomo y de sus funciones, y el pequeño parece como infatuado por sus facultades personales y la vastedad de sus mundo propio. El narcisismo está en su apogeo” (Mahler y Devitt, 1980). Podemos decir que la investidura narcisista tiende a desplazarse, desde el conjunto que el lactante formaba con su madre, hacia el mismo lactante y su creciente percepción de sí-mismo distinto del de su madre.

 

     Lebovici señala que esta interacción afectiva depende, de los afectos de la madre durante las tentativas de autonomización del bebé. Cada vez se advierte con mayor diafanidad que si la madre consigue vivir sin demasiada frustración –o sin sentirse demasiado abandonada– el desplazamiento del interés del bebé hacia los objetos externos a ella, la autonomización será promovida y el bebé se sentirá libre para explorar e investir su ambiente, así como al padre y a las demás personas allegadas. En cambio, si la madre se siente abandonada y no soporta la autonomización del niño, éste percibirá mensajes afectivos negativos asociados a su autonomización. Por lo demás, se le hará difícil precisar si su angustia de separación se liga a sus propias necesidades o a las de su madre.

 

     Al respecto encontramos que Winnicott (1969) consideró este último punto, aunque formulándolo de una forma distinta. Indica que existen sujetos que se sienten obligados a reparar la depresión de su madre y por lo tanto no puede elaborar su propio sentimiento depresivo ni su propia culpa. Lebovici se refiere a una situación análoga al señalar que el bebé que debe reparar la angustia de separación de su madre no alcanza a elaborar la suya propia.

 

     Las interacciones precoces, tienen entre una de sus finalidades, como hemos venido viendo, dar solución a las demandas biológicas del recién nacido, de tal manera que la dinámica de los cuidados maternos, normal o patológica, tiene un efecto directo sobre el desarrollo psicológico (y hasta biológico) del lactante. Por esta razón, se requiere un equilibrio entre la parte operatoria de los cuidados y la realización del deseo, así mismo se debe alcanzar un equilibro en los funcionamientos, con el fin de que el bebé no quede sin estimulación ni tampoco sea tanta la estimulación que no le sea posible metabolizarla.

 

     La semiología de los cuidados maternos se ubica entre dos ejes que se cruzan entre sí, las interacciones precoces fomentadas por “la madre suficientemente buena” oscilarían al centro de este cruce de ejes, mientras que los cuidados de una madre que no alcanzara esta categoría se inclinarían a uno u otro de los extremos de este eje. Pero pasemos a revisar cuales son los extremos del mencionado eje:

 

     Los cuidados maternos pueden, en gran medida, estar desprovistos de su carácter operatorio, esto es, puede tener como objetivo principal (y hasta exclusivo) la realización del deseo materno, sin búsqueda de adecuación a la demanda biológica del bebé. En sus formas agudas, esta inadecuación pone en peligro la vida del lactante a corto o a largo plazo. En otro sentido, contribuyen a la constitución de desarmonías relacionales precoces. Gutton ha clasificado esta patología extrema bajo el título de dinámica “perversa” de los cuidados maternos.

 

     Dentro de las características de este tipo de interacciones Gutton señala las siguientes:

1.      En la relación materna perversa, la necesidad del bebé no es reconocida en tanto tal.

2.      Parece que el bebé formara parte del cuerpo materno; al menos, su diferencia fundamental respecto de ese cuerpo no es reconocida.

3.      El principio de esta seducción perversa es el mismo en todos los casos: la sobreestimulación recae sobre las zonas del cuerpo del niño que se comprenden con las zonas en que, precisamente, se inserta la falla de la imagen corporal materna.

4.      La totalidad del cuerpo del bebé tiene un estatuto de tipo fetichista.

 

      Pero también la relación “normal”, o en aquella donde la perversidad no resulta ser tan hegemónica y determinante, también se desarrollan expresiones y momentos perversos, Granoff y Perrier señalan que es en la relación más íntima, la de la maternalización donde la mujer habrá de manifestar su lado perverso. Y agregan que este tipo de relación es natural por el hecho de que para fundarla no requiere depender del registro de la ley, “y la prohibición que recae sobre la consumación del incesto no se establece sino por contragolpe”, a posteriori, “y los dos únicos caminos que se abren al amor maternal serán, estrictamente hablando, la sublimación (si la ley paterna se impone y legisla) o la relación perversa”.

 

     Finalmente, Gutton se refiere a la interacción establecida por una madre perversa como un espacio donde el niño debiese saciar el deseo de su madre en forma exclusiva, respecto de lo cual la madre rechaza cualquier desilusión. En tal carácter, el lado perverso de los cuidados maternos se contrapone tajantemente a lo que se ha denominado como “cuidados operatorios” y a las modalidades de la relación objetal que vincula a la madre con su bebé.

 

     Los cuidados maternos de estilo operatorio se ubican justo en el extremo opuesto de los cuidados perversos. Este tipo de cuidados se encuentra carente de actividad libidinal, es decir, tienen la característica de una marcada “pobreza de investidura libidinal” de la madre sobre el lactante. Lo usual en este tipo de interacciones es que el bebé existe únicamente para la madre como un acervo de demandas “operativo-biológicas” que hay que satisfacer sin necesidad de una relación vincular afectiva con el bebé. Gutton explica que este tipo de cuidados presenta preferentemente dos aspectos metapsicológicos sensiblemente diferentes.

a.       El primero está signado por el proceso de la sublimación, el lactante, no es la meta del deseo sexual de su madre, sino un objeto socialmente valorado, sin referencia libidinal.

b.      El segundo aspecto es el hecho de que este tipo de cuidados se corresponden con las características del “pensamiento operatorio” descrito por Marty desde 1959 y más recientemente en los trabajos de M´Uzan, David y Fain (1963). Al respecto Marty señala que es “una actividad consciente, sin relación orgánica con un funcionamiento fantasmático de nivel apreciable, que calca e ilustra la actividad, sin significarla realmente, y todo ello en un campo temporal limitado. Se trata de una relación ‘blanca’.”

 

     La pobreza de las actividades libidinales maternas en los cuidados de corte operatorio, fundamentalmente centrados en su eficacia biológica pueden ser globales, es decir, permear todas las interacciones, o estar focalizados en ciertos intercambios. De esta forma descubrimos que ciertas madres pueden pasar en sus cuidados por periodos operatorios que supongan una hegemonía operatoria, donde se modifica considerablemente la investidura del lactante y es posible que se presenten en este último un hipofucionamiento libidinal.

 

     Gutton hace énfasis la observación de cuidados operatorios pasajeros  que han sido observados dentro del contexto especial que se desarrolla al interior de los hospitales, con lactantes aquejados de una enfermedad crónica de elevado potencial letal. Este tipo de madres, transformadas en verdaderos médicos sustitutos, elaboran tácticas de supervivencia para sus hijos, tácticas que en muchos casos originan cuidados sin los cuales los bebés podrían perecer.

 

     El origen de la patogenia de los cuidados maternos operatorios es ubicada como parte del cuadro global del parto. M´Uzan y David  afirman que la “función fantasmática” se instaura originalmente como un proceso de defensa frente a las frustraciones impuestas por la realidad, al respecto Deutsch (1962) pone el acento en la situación de pérdida y de frustración impuesta por la finalización del embarazo. Algunas madres sustituyen una relación libidinal que no son capases de mantener con el recién nacido por una actividad meramente funcional y somática.

 

     Lebovici (op. cit.) indica que el exceso de estimulación puede ser resultado de una madre que no respeta las señales mediante las cuales el bebé le indica que está tratando de regular y disminuir el nivel de las estimulaciones que ella le dirige: ojos cerrados, desviación de la mirada o apartamiento de la cabeza, mímicas expresivas de tensión, etcétera. Cuando la madre no toma en cuenta las señales del lactante –en especial el apartamiento de la mirada–, éste “se ve privado de uno de sus principales mecanismos autorreguladores, los cuales son los que le permiten adaptarse al nivel de estimulación que recibe. Con ello puede verse forzado a poner en práctica un tipo de comportamiento más extremo, que ajuste la interacción o le ponga término” (Stern, 1981).

 

     En el otro extremo de las perturbaciones cuantitativas tenemos la subestimulación o hipofuncionamientos, que puede observarse sobretodo en casos de depresión materna. El interés de la madre por el bebé se encuentra inhibido, lo que se traduce en un empobrecimiento de su interacción con el bebé, y se refleja en actos como las mímicas, lenguaje y gestualidad. En estos casos también disminuye en la madre la sensibilidad ante las señales emitidas por el bebé y la aptitud para responder a ellas de forma armoniosa.

 

     Otras circunstancias que inhiben la expresión de los afectos tienen idénticas consecuencias: madres de carácter esquizoide o con inhibiciones neuróticas. La depresión, la sensación de ser mala, puede llevar a la madre a interpretar de forma errónea las señales del bebé. Por ejemplo, si el bebé aparta la cabeza al salir de un intercambio, su conducta es vivida por la madre como un microrrechazo (Stern, 1974). Es entonces cuando la madre tiende, como acción propia, a replegarse en sí misma, lo que conduce a un empobrecimiento de la interacción.

 

     Por nuestra parte y para comenzar a delimitar lo que entendemos por “interacciones fantasmáticas” comenzaremos por recordar, a modo de síntesis, que la metapsicología freudiana está en gran medida fundada en las consecuencias producidas por el desvalimiento del recién nacido, mientras que los estudios psicoanalíticos contemporáneos sobre interacciones, demuestran que el bebé y su madre interactúan, el primero mediante el despliegue de sus aptitudes precoces, y la segunda a través de la anticipación reactiva originada en el placer que tales aptitudes producen en ella. De modo que el ámbito psíquico del bebé se constituye sobre la base de la creación del deseo de objeto, y por su parte, la vida mental de la madre cae bajo la influencia del desenvolvimiento de su bebé y de sus propios mecanismos inconscientes (como es la regresión).

 

     En este sentido Grunberger (1980) explica que: es apoderamiento del objeto, dominio o pulsión de apoderamiento. Esta última consiste en una necesidad de poseer, de actuar sobre, de ejercer un placer sádico. Es fuente de la acción sobre la realidad interna y sobre los objetos. Recuerda todos los esfuerzos del infante por hacerse dueño de su motricidad y de su pensamiento.

 

     Lebovici emplea este concepto de manera más amplia, indicándonos que existen en él dos aspectos: por una parte El sistema pulsional, vuelto hacia objeto interno, que se asegura la posesión de éste. Y por otra vuelto hacia la realidad externa de la madre, este mismo sistema corresponde al aferramiento, al prendimiento.

 

     Por su parte, la madre sustenta cierto poder sobre el bebé, tiene la capacidad para realizar las anticipaciones creadoras, para interpretar el comportamiento del niño y darle sentido. El valor fantasmático de las interacciones puede así ser discernido a través de ciertas conductas de la madre y del bebé.

 

     Las Interacciones fantasmáticas son: Interacciones que se organizan al paso que se va construyendo el hijo imaginario, y que ya durante el embarazo han adquirido su pleno desarrollo. Pero también están determinadas por los fantasmas que connotan el deseo de maternidad (Lebovici, 1987). Al diálogo feto-placentario sucede un diálogo hablado que sin duda constituye la expresión misma de los fantasmas de la madre, como lo ponen de manifiesto Josse y Robin en un trabajo que se encuentra en preparación, al tratar sobre el lenguaje materno.

 

     En este mismo orden de ideas, De Ajuriaguerra (1979) estudió en detalle la relación que ha denominado “diálogo tónico”, este diálogo se refiere a los nexos entre la vida afectiva y fantasmática, y el tono muscular, permitiéndonos hablar de un sistema tónico-emocional: en éste vemos organizarse la asimilación recíproca de la madre y su bebé; todo ocurre como si el lactante buscara su postura en el modo en que la madre lo tiene. Dentro de este terreno, las reacciones entre los dos participantes, protopáticas al principio, se vuelven más sutiles y diferenciadas: por ejemplo, los llamados de la madre provocan en el bebé reacciones tónicas de alerta. La situación se prolonga bastante, ya que,

 

     La elección del nombre para el bebé constituye en ocasiones un elemento bastante adecuado para percibir que lugar ocupará –u ocupa ya– la criatura dentro de la vida fantasmática de la madre. Por cierto que se suele imponer en función de tradiciones culturales. Pero cuando le elige durante el embarazo, la madre o ambos padres, construirán un grupo de preferencias en lo que se refiere al sexo, o el lugar que se le ha reservado en las conexiones que unen al hijo imaginario con el hijo fantasmático, donde el primero ocupa su sitio dentro del sistema familiar, mientras que el segundo indica la naturaleza de la proyección de los deseos inconscientes sobre el bebé.

 

     Pero la vida fantasmática rudimentaria del bebé deberá también dar razón de las prohibiciones que la madre formula con su voz y la energía de su superyó: esa madre nutre la naciente vida de los fantasmas con todo cuanto es causa de excitaciones y prohibiciones más sutiles, por que ellas están ligadas a los movimientos afectivos, las representaciones y los fantasmas propios. En virtud de ello, las anticipaciones creadoras maternas confirman el narcisismo del bebé y las irregularidades del régimen narcisista de la madre. Dado que el infante es una figuración de los imagos parentales, y puesto que los objetos internos creados por el niño están modulados por éstas –es decir, en consecuencia, por los productos fantasmáticos de la madre–, resulta posible aprehender la totalidad de los elementos de esto que designamos con la denominación de interacciones fantasmáticas.

 

     En última instancia, Lebovici nos señala que ya no existe motivo para establecer una separación radical entre la descripción de la relación de objeto y de las interacciones precoces: estas últimas movilizan los fantasmas maternos que pueden predecirse, y contribuyen al desarrollo epigenético de la vida fantasmática del bebé; lo que se produce entonces, eso que se denomina “el haciéndose” anterior a la neurosis infantil (Lebovici, 1980), habrá así de contribuir a la formidable transformación de la puesta en latencia. L

 

     Es seguro que muchas interacciones podrían describirse sin necesidad de leer lo que se encuentra detrás de ellas, lo que las origina. Aun así, no se les podría entender sin tomar en cuenta el desarrollo cognoscitivo. Pero tanto el comportamiento de la madre como el del bebé deben también, de todos modos comprenderse en cada caso –especialmente si se trata del abordaje clínico– a través de la problemática individual de los fantasmas y síntomas susceptibles de traducción.

 

     Finalmente, podemos comentar que las interacciones fantasmáticas a que nos hemos estado refiriendo en este apartado, responden al estudio de la influencia recíproca del desenvolvimiento de la vida psíquica de la madre y de su bebé. Este último, por otra parte, tiene su lugar en el equilibrio de las relaciones familiares: su existencia impulsa a confirmarlo y cuestionarlo, en razón de que su nacimiento se inscribe en una cadena generacional. Siguiendo a Lebovici (op. cit.), a lo largo de nuestro estudio de las interacciones precoces madre-bebé, hemos descubierto y analizado cuatro hijos:

A.     El hijo del deseo de maternidad, el de los fantasmas que se constituyen y desarrollan en función de los conflictos libidinales y los acondicionamientos narcisistas.

B.     El hijo imaginario es el del deseo de un hijo, y está inscrito en la problemática de la vida de la pareja.

C.     El hijo de la realidad material, masa de carne viviente con la que la madre interactúa de acuerdo con sistemas programados, que se enriquecen con sus fantasmas y ensoñaciones imaginarias.

D.     El hijo reconstruido y/u observado por los psicoanalistas, que brinda referencia teóricas modelizadoras para la mejor comprensión de la naturaleza y funciones de las interacciones entre el bebé y su madre.

 

Las combinaciones de estos cuatro tipos de hijos son infinitamente variables. Dependen, del marco de observación y de los recursos teóricos del observador. Y así justifican el concepto de investigación transdisciplinaria, cuya importancia ahora se admite, especialmente en las ciencias humanas.

 

·        COMENTARIO

 

     Ante todo, quisiera hacer énfasis en algo que me pareció muy interesante de la lectura, y es que en un principio se consideraba que los niños simplemente recibían pasivamente todos los cuidados de la madre, sin participar activamente en interacción con ella. Yo considero que si bien el cuerpo humano es una “máquina perfecta”, diseñada para realizar un sinnúmero de funciones que la llevarán a un desarrollo posterior, la chispa que enciende esta máquina es el factor afectivo, el sentirse queridos, y en cierta forma la lectura me da la razón al mencionar que cuando se observa cierta pasividad en el bebé posiblemente se deba a una depresión; de esta manera, si el factor afectivo es el que hecha a andar esta perfecta máquina, es indispensable en los primeros años de vida de una persona, pues en parte de esos primeros años depende el desarrollo posterior.

 

     Durante nueve meses, el bebe encontró un refugio seguro dentro de la madre, siempre siendo alimentado en medida de sus deseos, siempre calientito y seguro, pero al momento del nacimiento se le separa de ese ambiente y se le lleva al exterior, y del contacto físico que establezca con la madre momentos después del nacimiento dependerá en gran medida el apego de ambos, sin embargo, algo que no debemos dudar ni por un momento, es que ahora hay un niño lleno de necesidades, y por que no, de miedo, después de todo ha habido un cambio drástico en su ambiente, y es importante que este bebé reciba afecto, preferentemente de la madre, o en su ausencia, de otra persona que pueda estar pendiente de las necesidades del bebe.

 

     Así pues, mediante el llanto, la risa, los pucheros y un sinnúmero de actitudes el bebé se empieza a comunicar con el mundo exterior, representado en gran medida por la madre, quien interactúa junto con él, formando una relación simbiótica, puesto que el bebé no ha aprendido a distinguir entre lo de afuera y lo de adentro.

 

     Todos estos procesos de apego, libidinización, y la comunicación, son fundamentales para el desarrollo del aparato psíquico y el sistema nervioso central del bebé, y solo le dan una herramienta para poder posteriormente separarse de la madre y comenzar a funcionar como un ser independiente.

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