Artículo: Freud S, Análisis
terminable e interminable, en Obras Completas, Tomo III, Madrid, Biblioteca
Nueva, 1981, 4° edición.
En el presente artículo, que data de 1937, Freud
aborda el problema de la duración del tratamiento psicoanalítico, examinando
algunos factores que pueden incidir en la misma: su finalidad, las alteraciones
del yo, la conducta del analista, el sexo del paciente, y otros. El análisis no
puede ser breve, pero tampoco hay un análisis interminable ya que no se busca
la salud perfecta sino dejar a la persona en las mejores condiciones psicológicas
posibles.
1. El análisis,
entendido como librar al paciente de síntomas, inhibiciones y problemas de carácter,
lleva bastante tiempo. Hubo intentos por abreviarlo, especialmente porque se
pensó que el análisis debía curar lo antes posible heridas invisibles, del
tipo de las descriptas por ejemplo por Rank, cuando habló del trauma de
nacimiento. Para este autor, la neurosis se instala en el acto mismo de nacer,
ya que este encierra la posibilidad de una 'fijación primaria' del niño hacia
la madre, la que si subsiste como represión primaria no será superada. Para
Rank, si este es el único problema a resolver, el análisis debería durar poco
tiempo. Sin embargo, la brevedad del análisis se debió mas bien al estilo de
vida apresurado de los americanos. Una terapia breve es como querer apagar un
incendio retirando el fósforo que lo produjo.
Freud
relata que trató a un hombre pocos años, creyendo que se había curado. Al
mejorar, el paciente interrumpió su análisis, pero Freud le dijo que debía
continuar un año más, sea cual fuere el resultado. El paciente, acuciado por
este plazo, cedió a sus resistencias y recién así se pudieron investigar las
raíces infantiles de su neurosis, hasta entonces inexploradas. Su vida continuó
normalmente, salvo algunos episodios patológicos, producto de una neurosis no
totalmente curada. El 'chantaje' de poner un límite de tiempo al paciente es,
en general, eficaz, si se hace en el momento oportuno, y si se cumple el plazo
estipulado. Si esto último no ocurre, el paciente puede ir a otro analista,
pero ello implica mucha pérdida de tiempo, con abandono de los resultados
obtenidos anteriormente.
2. ¿Hay
algo que pueda ser calificado de terminación natural del análisis? Desde el
punto de vista práctico, esto sucede en dos casos: 1) cuando el paciente superó
el síntoma, la angustia y la inhibición; y 2) cuando el analista juzga que se
han hecho concientes tantos contenidos reprimidos y se vencieron tantas
resistencias que ya no es posible el afloramiento de nuevo material patógeno.
Otro
sentido de 'terminación' se refiere a cuando el analista ha tenido una
influencia tal sobre el paciente que no podrían ya esperarse mayores cambios en
él aunque se continuara el análisis: es como si el paciente hubiese llegado a
una normalidad absoluta. Este criterio resulta más favorable cuando se trata de
curar una etiología traumática, pero toda neurosis es mixta, es decir,
contiene también una etiología instintiva. En otras palabras: hay una etiología
constitucional (la neurosis como resultante de traumas prematuros que el yo
inmaduro fue incapaz de dominar) y otra accidental (cuando los instintos, dada
su intensidad, no pueden ser domesticados por el yo). Es este último factor el
que puede tornar interminable el análisis.
Cabe
preguntarse entonces cuáles son los obstáculos para una curación. Freud cita
dos ejemplos de pacientes que habían sido curados y que luego, a propósito de
una nueva situación que estaban viviendo, se reactualizaron sus problemas. Para
juzgar la eficacia de una terapia se debe esperar entonces un buen lapso de
tiempo para ver qué pasó en los años subsiguientes a la finalización del análisis.
Una indicación, no obstante, resulta clara: si queremos ser exigentes con la
terapia analítica, no debemos acortar su duración.
3. En
estos últimos años, Freud trató algunos casos graves donde no se propuso
acortar el tiempo de terapia sino agotar totalmente las posibilidades de
enfermedad y poder poner de manifiesto una profunda alteración de la
personalidad.
De los
tres factores decisivos para el éxito del tratamiento (influencia del trauma,
intensidad constitucional de los instintos, alteraciones del yo), Freud estudia
aquí el segundo. Con este factor, se refiere no sólo a la intensidad
constitucional sino también a otra intensificación que puedan tener los
instintos a posteriori, durante la vida. Desde este factor debemos preguntarnos
hasta qué punto la terapia puede resolver en forma permanente un conflicto
entre el instinto y el yo, o sea hasta qué punto el yo puede 'domesticar' al
instinto. Esto dependerá no solamente de la intensidad de los instintos, sino
también de la fuerza yoica para dominarlos. Los instintos aumentan su
intensidad en la pubertad, y luego, en las mujeres, en la menopausia. No nos
sorprende entonces que aparezca la neurosis en esos momentos, o en otros donde
accidentalmente puedan intesificarse los instintos, por otros motivos.
Todas las
represiones tienen lugar en la primera infancia, y son defensas primitivas
llevadas a cabo por un yo inmaduro y débil. En años posteriores, no aparecen
nuevas represiones pero persisten las antiguas, y el yo continúa utilizándolas
para dominar a los instintos. Los nuevos conflictos se solucionan mediante una
'represión posterior'. Cuando el yo madura y adquiere más fuerza, puede
revisar las antiguas represiones: algunas las destruye, pero otras serán
reconstruídas más sólidamente. Estos nuevos diques no cederán tan fácilmente
a la intensidad de los instintos, con lo cual la terapia buscará el
fortalecimiento del yo. Este proceso puede ocurrir en una persona no analizada,
pero este asunto no es considerado aquí por Freud.
Las fases
oral, sádico-anal y fálica se suceden regularmente pero lo hacen en forma muy
gradual, pudiéndose incluso regresar a fases anteriores no adecuadamente
resueltas. Esta observación nos lleva a pensar que los problemas de la terapia
pueden provenir del hecho de que fragmentos de los antiguos mecanismos quedan
inalterados por el trabajo analítico. Por ejemplo, podemos 'resolver' un
conflicto en la fase fálica, pero puede persistir el antiguo conflicto oral. Si
la fuerza del instinto es excesiva, el yo maduro, ayudado por el análisis,
puede fracasar en su tarea, del mismo modo que el yo inerme fracasó
anteriormente, pues la transformación del mecanismo defensivo fue sólo
incompleta.
Sólo podríamos
acortar la duración del análisis aumentando el poder del mismo para auxiliar
al yo. La hipnosis pareció servir para ello, pero luego demostró que debía
ser abandonada.
4. Tenemos
otras dos cuestiones para tratar: 1) si mientras estamos tratando un conflicto
instintivo podemos o no proteger a un paciente de futuros conflictos, y 2) si es
factible y fácil, con fines profilácticos, indagar un conflicto que en ese
momento no es manifiesto. La primera tarea implica poder llevar a cabo la
segunda.
Si antes
habíamos hablado de cómo evitar la reaparición de un antiguo conflicto, aquí
estamos hablando de algo similar: cómo proteger contra su posible sustitución
por 'otro' conflicto, tarea que parece algo ambiciosa. La experiencia nos
muestra que no podemos actuar sobre un conflicto que no es actualmente activo,
pero podemos usar medios para transformar un conflicto instintivo latente en
otro actualmente activo. Al respecto, podría intentarse provocar una situación
para que el conflicto latente se torne activo, o bien simplemente hablar sobre
él durante el análisis, esperando su emergencia. La primera alternativa puede
hacerse en la realidad cotidiana o mediante la transferencia (en cualquier caso
el paciente queda expuesto al sufrimiento por la frustración y el represamiento
de la libido).
Si lo que
buscamos es un tratamiento profiláctico de conflictos no activos o potenciales,
deberíamos exponer al paciente a nuevos y más sufrimientos, pero esto está en
manos del destino: por ejemplo, no podemos hacer que un paciente disuelva su
matrimonio. Pero además de esta razón práctica hay otra razón teórica: el
análisis progresa mejor si las experiencias patógenas pertenecen al pasado de
modo que el yo esté a cierta distancia prudencial de ellas, para evitar una
crisis aguda (momento donde el análisis peligra).
Por tanto,
sólo podemos encarar estas tareas mediante la transferencia (conflictos
actualizados pero a los que les falta realidad), o mediante la presentación de
conflictos en la imaginación del paciente y hablando acerca de ellos. Son
procedimientos atenuados que evitan los obstáculos de las razones práctica y
teórica expuestas.
No
obstante, la transferencia tiene sus limitaciones, pues el paciente no puede
llevar todos sus conflictos hasta ella. Además, está el riesgo de que la
transferencia negativa obstaculice el análisis. El camino que quedaría
consistiría, entonces, en hablar de conflictos posibles o imaginarios que pueda
llegar a tener el paciente, pero por su experiencia, señala Freud, ello no
produce ningún efecto sobre el paciente: a lo sumo le puede resultar
interesante.
5. Hemos
examinado los aspectos curativos y preventivos (o profilácticos) del análisis.
El tercer factor al que habíamos hecho referencia, era la alteración del yo.
Como sabemos, la situación analítica implica un aliarse con el yo del paciente
con el fin de dominar partes de su ello, e incluírlas en la síntesis yoica.
Pero esta alianza implica un yo normal, mientras que en el paciente encontramos
un yo anormal (desde el más anormal, el yo psicótico, al menos anormal). Estas
alteraciones pueden ser congénitas o adquiridas, siendo más fáciles de tratar
estas últimas.
Sabemos
que el yo primero busca proteger al ello del peligro externo, pero luego ve en
el mismo ello un peligro y se defiende contra él tratando la demanda instintiva
como si fuera un peligro externo. Por la educación, intenta dominar un peligro
interno antes de que se haga externo, y quizás muchas veces tiene razón en
proceder así. Durante esta lucha en dos frentes (y luego será también con el
superyo) el yo emplea mecanismos para evitar el peligro, la ansiedad y el
displacer, y que llamamos 'mecanismos de defensa'. Por uno de ellos, la represión,
hemos empezado a estudiar las neurosis. La represión es un mecanismo muy
especial que debemos diferenciar del resto de los mecanismos defensivos.
Imaginemos
que un texto que tenga un pasaje indeseable es, por tal motivo, omitido o
desfigurado. Al transcribirse de nuevo dicho texto, aparecerá con lagunas que
en parte lo harán incomprensible. Podemos decir que la represión tiene la
misma relación con los otros mecanismos defensivos que la omisión tiene con la
distorsión del texto. El mecanismo defensivo distorsiona nuestra percepción
del ello, pues busca alejar los peligros. Aunque cada persona emplea sólo
algunos mecanismos defensivos, estos se hallan incoporados al yo gastando éste
mucha energía en mantenerlos. Esos mecanismos siguen presentes aún cuando el
peligro haya desaparecido. El yo adulto tiene defensas contra peligros
imaginarios y entonces, para justificar esas defensas, se ve obligado a inventar
peligros, a buscar en la realidad aquellas situaciones que pueden ser sustitutos
del peligro primitivo que originó el mecanismo defensivo. Así, al alterarse la
realidad exterior y debilitarse el yo, se comprende la irrupción de la
neurosis.
Pero aquí,
más que la influencia patógena del mecanismo defensivo, nos interesa la
influencia de las alteraciones del yo durante el análisis. En su transcurso, el
paciente repite esos modos de reacción ante nuestros ojos. Los mecanismos
defensivos dirigidos contra el peligro primitivo reaparecen en el tratamiento
como 'resistencias' contra la curación, que es entonces un nuevo peligro. En el
análisis, intentamos corregir esta alteración del yo, así como también
buscamos hacer conciente algo del ello, siendo ambas tareas complementarias.
El efecto
terapéutico implica hacer conciente lo reprimido del ello, cosa que hacemos
mediante interpretaciones y construcciones. Interpretamos sólo para nosotros:
el yo del paciente sigue aferándose a sus antiguas defensas y a su resistencia.
Estas resistencias son inconcientes, siendo más fácil reconocerlas que
reconocer el material reprimido del ello. Podríamos pensar que estas
resistencias podemos hacerlas concientes y ponerlas en relación con el resto
del yo, pero frecuentemente encontramos resistencias a eliminar estas
resistencias: el yo no permite que nada emerja de lo reprimido, y tanto más
cuanto surje una transferencia negativa.
El efecto
producido en el yo por las defensas puede describirse como una 'alteración del
yo', en el sentido de un yo que se opone a la curación. Así, el resultado de
la terapia dependerá de la fuerza y profundidad de las resistencias y las
defensas, es decir, de un factor cuantitativo.
6. Es
indudable que las alteraciones del yo se adquieren durante las luchas defensivas
de los primeros años, e incluso antes (herencia arcaica). Al hablar de herencia
arcaica pensamos habitualmente en el ello, como si no hubiera un yo al momento
de nacer, pero no debemos olvidar que en un principio, ello y yo son
originalmente una misma cosa, por lo que para estudiar las defensas debemos ser
menos rígidos en la distinción entre ello y yo. En el análisis vemos ciertas
resistencias especiales que parecen derivar de condiciones fundamentales del
aparato psíquico. Hay pacientes a los que les cuesta mucho transferir la libido
de un objeto a otro, y otros que lo hacen muy fácilmente, pero en este último
caso observamos que la mejoría no es duradera, pues vuelve a los objetos
antiguos. Cuando el análisis abrió un camino para el impulso instintivo, éste
avanza con mucha vacilación, fenómenos a los cuales podemos llamar
'resistencias' del ello, de carácter diferente a la habitual resistencia del
yo.
Las
resistencias a la curación provienen también de la influencia del superyo
(necesidad de castigo, sentimiento de culpa). Estos hechos y el masoquismo nos
llevaron a la conclusión de que no siempre está actuando el principio del
placer, y que actúa un instinto de agresión, derivado del primitivo instinto
de muerte de la materia viva. La multiplicidad de los fenómenos vitales, no
obstante, se explica a partir de la acción concurrente de los instintos de vida
y de muerte.
Conocemos
personas donde su libido está distribuída tanto heterosexual como
homosexualmente. En algunas ambos impulsos discurren juntos sin conflicto, pero
en otras resultan conflictivos. El conflicto no se resuelve simplemente porque
una de ambas tendencias adquiere mayor carga libidinal: en el conflicto
inteviene también un elemento de agresividad libre. Pensaremos que en todo
conflicto, entonces, intervienen fuerzas del Eros, pero también del instinto de
destruccción o agresión. Este enfoque dualista, tan resistido, ya había sido
propuesto por Empédocles, cuando dijo que los dos principios que gobernaban la
vida en general (y también la vida mental) eran el amor y la lucha: la primera
fuerza tiende a unir los elementos en una unidad simple, mientras la otra busca
disolver, separar estas fusiones, y que ambas fuerzas dominaban alternadamente.
Si Empédocles hablaba de unión y disolución de los cuatro elementos, hoy
nosotros hablaremos de unión y disolución de componentes instintivos. Además,
también a diferencia de Empédocles, hoy hemos podido dar una base biológica,
y no una fantasía cósmica, al instinto de destrucción, en "Más allá
del principio del placer".
7.
Ferenczi dijo que el análisis no es interminable: puede terminar naturalmente a
partir de la habilidad y paciencia del analista. Esto nos alerta acerca de que
el análisis no depende solamente del paciente sino también del analista. Es
razonable esperar de éste último un grado considerable de normalidad y salud
mental, un cierto grado de superioridad (para imponerse como modelo), y un
cierto amor a la verdad (para evitar el engaño). Como no podemos exigir una
normalidad a priori, el analista empezará con un 'análisis didáctico', por
fuerza breve e incompleto, donde el futuro analista será evaluado respecto a
sus capacidades. Este análisis didáctico, en rigor, continúa después en
todas sus experiencias como psicoanalista efectivo.
A veces
ocurre que el analista, por hostilidad y parcialidad, no puede reconocer ni
asumir sus errores, ni menos aún enmendarlos. Esta situación deriva en parte
del hecho de estar continuamente enfrentando los conflictos de otras personas,
por lo que sería recomendable que cada cinco años el analista volviera a
someterse a un nuevo análisis, sin por ello sentirse avergonzado. Esta sí es
una tarea interminable.
En rigor,
creemos que no hay psicoanálisis interminable: la terapia buscará lograr, no
la normalidad absoluta, sino las condiciones psicológicas mejores posibles para
las funciones del yo.
8. Hay dos
temas que aparecen una y otra vez, tanto en el psicoanálisis terapéutico como
en el psicoanálisis del carácter: en las mujeres el deseo de un pene (envidia
del pene) y en los varones la lucha contra la pasividad (contra sus impulsos
femeninos). Es como si en la base de la represión actuara la oposición entre
los sexos, pues en ambos casos es la actitud apropiada para el sexo opuesto lo
que ha sucumbido a la represión. Incluso, Ferenczi consideraba requisito básico
del éxito del análisis la resolución y el dominio de esos dos complejos,
derivados del de castración.
Pero esto
es exigir mucho a la terapia: no es tan fácil convencer a una mujer de
abandonar su deseo de un pene porque es irrealizable, así como tampoco es fácil
convencer a un hombre de que una actitud pasiva hacia los hombres no siempre
significa castración, resultando indispensable en muchas situaciones de la
vida. Así, el hombre se niega a ser curado pues ello implica un sometimiento
pasivo. En la mujer, la dificultad en el análisis estriba en que ella espera
del mismo la posibilidad -imposible- de obtener el pene ansiado. La repudiación
de la feminidad es un hecho biológico, un gran enigma de la sexualidad, y con
la terapia lo único que podemos hacer es obtener la certidumbre que le hemos
dado a la mujer analizada todos los alientos necesarios para reexaminar y
modificar su actitud hacia el conflicto de la envidia del pene.