INHIBICION, SINTOMA Y ANGUSTIA
Artículo: Freud S,
Inhibicion, síntoma y angustia, en Obras Completas, Madrid, Biblioteca Nueva,
1968.
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No debemos
confundir inhibición con síntoma. Inhibición significa restricción de una
función, y no necesariamente es algo patológico. El síntoma es en cambio
indicador de un proceso patológico. Una inhibición puede pasar a ser síntoma
cuando la restricción funcional es grande, o bien cuando aparece una función
nueva. Ya que la inhibición es una perturbación funcional del yo que aparece
en afecciones neuróticas, estudiemos cómo ocurre este proceso en cuatro
funciones: la función sexual, la nutrición, la locomoción y el trabajo
profesional.
Generalmente la
función sexual aparece inhibida en la impotencia psíquica (falta de placer, no
erección, no eyaculación, etc). Otra perturbación aparece en la perversión y
el fetichismo. En la inhibición hay una desviación de la libido y su relación
con la angustia es evidente: se inhibe la función porque cumplirla sería
angustioso.
En la nutrición,
la perturbación más frecuente es la repugnancia al comer por desviación de la
libido. También puede haber aumento del apetito derivada del miedo a morir de
hambre. Está también el vómito (defensa histérica contra la alimentación) y
la negativa a comer por miedo a ser envenenado (psicosis).
La locomoción
también puede aparecer inhibida, como por ejemplo en la histeria o en la fobia
(fobia a caminar). En el trabajo también se inhibe la función laboral, como
por ejemplo en la histeria (ataques que impiden trabajar normalmente) y en la
neurosis obsesiva (la puntillosidad hace imposible el trabajo normal).
La síntesis que
debemos rescatar hasta aquí es la siguiente: la inhibición es la expresión de
una restricción funcional del yo, lo cual puede obedecer a causas diversas.
Primeramente, puede deberse a que la función a realizar tiene la significación
de un acto sexual, y entonces se inhibe la función porque dicho acto está
prohibido (por ejemplo el escribir o el andar como expresión del acto sexual).
El yo renuncia a dichas funciones para no entrar en conflicto con el ello. También
otras inhibiciones tienen el sentido del autocastigo: no hacer la función
porque ello traería éxito (por ejemplo en el trabajo) y esto está prohibido
por un superyo severo. En este caso el yo evita un conflicto con el superyo. En
inhibiciones más generales, la inhibición se debe a un empobrecimiento de la
energía, ya que ésta está consumiéndose en alguna labor psíquica grave
(duelo, represión, etc). En síntesis: las inhibiciones son consecuencia de un
empobrecimiento energético. En cambio el síntoma no puede ser ya descripto
como un proceso en el yo.
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El síntoma sería
un sustituto de una no lograda satisfacción instintiva, un resultado de la
represión. Por la represión, el yo logra que la representación sustentadora
del superyo rehúse hacerse conciente.
Por la represión,
la liberación del instinto aparece como displacentera en lugar de placentera
(transformación de los afectos). El yo puede ejercer mucha influencia sobre el
ello. Cuando el yo lucha contra el instinto del ello, da una 'señal' de
displacer para alcanzar su propósito con la ayuda del principio del placer,
instancia casi omnipotente. ¿De dónde saca el yo la energía para dar esta señal
de displacer? La saca de la representación a reprimir y la convierte en
displacer (angustia). El afecto reprimido es transformado en angustia, y así el
yo resulta ser la sede de la angustia. No se crea aquí nueva energía: se toma
la energía de lo reprimido y se la convierte en angustia.
Casi todas las
represiones que conocemos por la clínica son secundarias, pues suponen
represiones primitivas que ejercen una influencia sobre las nuevas situaciones.
Las represiones primitivas ocurrieron antes de la instauración del superyo y
tuvieron su origen en una situación traumática.
El síntoma
surge del impulso instintivo obstruído por la represión. Cuando gracias a la
señal de displacer o angustia logra el yo su propósito de dominar al impulso,
no logramos saber nada sobre la represión: sólo cuando ésta fracasa podemos
comprender algo de ella. El impulso instintivo encuentra un sustituto de su
satisfacción en el síntoma, el cual no es placentero y sí es obsesivo. Esta
sustitución impide la descarga por medio de la motilidad: el síntoma no se
transforma en acción. Por tanto el yo opera bajo la influencia de la realidad
exterior excluyendo de esta realidad el éxito del proceso sustitutivo.
Freud termina
citando el contraste entre esta última opinión suya, según la cual el yo es
muy poderoso, y su anterior opinión de "El yo y el ello", donde esa
instancia aparecía más débil, y a merced del ello y del superyo.
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Esa contradicción
se debe a que somos demasiado inflexibles y sólo observamos un único aspecto
por vez. Por ejemplo el yo y el ello se oponen, pero también coinciden por ser
uno diferenciación del otro. Al verlo como opuesto al ello, vemos al yo como débil,
pero es fuerte si lo vemos unido a él, empleando su energía. Algo similar
ocurre en la relación yo-superyo.
La represión
nos revela a la vez la fuerza y la debilidad del yo.
La lucha no
termina con la formación del síntoma, y suele seguir con una lucha contra el síntoma
mismo. En efecto, el yo busca suprimir el síntoma por ser algo extraño y
aislado en la vida anímica, y busca además integrarlo a ella. Esto se ve
especialmente en los síntomas histéricos, donde es posible discriminar por un
lado el impulso y por el otro el castigo. Así, el yo busca integrar el síntoma
extraño. Incluso se ha exagerado esta situación diciendo que el yo crea los síntomas
para sacar de ellos alguna ventaja. Síntomas obsesivos y paranoicos aportan al
yo una satisfacción narcisista, de otro modo inaccesible. Por ejemplo los
obsesivos se creen los mejores. La ventaja secundaria de la enfermedad apoya la
tendencia del yo a incorporar el síntoma y fortalecer su fijación. Por esto es
tan difícil atacar el síntoma en la terapia. Para poder comprender la lucha
secundaria contra el síntoma debemos abordar el tema de la angustia, y en la
particular la de las neurosis histéricas.
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El ejemplo
concreto es el caso Juanito, quien se niega a salir a la calle por temor a los
caballos. ¿Dónde está aquí el síntoma?, ¿en la angustia?, ¿en la
restricción a moverse libremente?, ¿en el caballo como objeto elegido?; ¿dónde
está la satisfacción que Juanito se prohíbe?
Vemos que se
trata de un miedo muy concreto: el temor a que lo muerda un caballo. El análisis
de Juanito revela un conflicto de ambivalencia: odia y ama al mismo tiempo a su
padre. Su fobia debe ser una tentativa de resolución de dicho conflicto, el
cual en este caso no se resuelve al triunfar una de las dos tendencias. Juanito
reprime el impulso hostil hacia su padre, pues antes había visto cómo se hería
un caballo y un compañerito que lo montaba al caerse juntos, asaltándose
entonces el deseo de que a su padre le pasara lo mismo.
En esta fobia la
angustia no es el síntoma. Si Juanito, enamorado de su madre, mostrara miedo al
padre, esto no significaría ni una neurosis ni una fobia, simplemente una
expresión de sus sentimientos. Lo que hace de esta reacción una neurosis es
simplemente la sustitución del padre por el caballo. Este desplazamiento es lo
que constituye el síntoma, que permite resolver la ambivalencia. Lo resuelve
desplazando uno de los dos impulsos de Juanito sobre el caballo u objeto
sustituto. Podríamos aquí preguntarnos ¿si Juanito deriva el impulsos hostil
hacia el caballo, porqué no lo agrede en lugar de tenerle miedo? Si Juanito lo
hubiera directamente agredido, la represión no habría modificado en absoluto
el carácter agresivo del impulso instintivo, sino sólo su objeto. Esto nos
lleva a pensar que en Juanito ha ocurrido algo más.
La representación
de ser devorado por el padre (mordido por el caballo), es un antiquísima
representación típica infantil, lo que a su vez es la expresión de un impulso
amoroso pasivo: ser amado por el padre, en el sentido genital, aunque se exprese
en la fase de transición de lo oral a lo sádico (regresión). Pero esto, ¿se
trata sólo de una sustitución de la representación por una regresión a imágenes
primordiales (ser devorado por el padre) o de un rebajamiento regresivo real de
lo genital a lo oral y sádico? No es fácil decidirlo. El caso del hombre de
los lobos parece confirmar la segunda alternativa, pues dio muestras de impulsos
sádicos y neurosis obsesiva.
Por lo tanto, el
yo no utiliza sólo la represión: también recurre a una regresión y, una vez
instalada ésta, puede luego seguir una represión.
Los casos de
Juanito y del hombre de los lobos sugieren otras reflexiones. En ambos casos el
impulso hostil hacia el padre queda reprimido por su transformación en lo
contrario: en vez de agredir al padre, éste (lobo o caballo) agrede al sujeto.
Pero también se ha reprimido el impulso amoroso pasivo, y también el impulso
amoroso hacia la madre. O sea aquí se reprimieron varios impulsos, no uno solo,
y además hubo una regresión a fases anteriores. En ambos casos encontramos
también el miedo a la castración: por este miedo abandona Juanito la agresión
contra su padre (y el miedo a la mordedura es el miedo a la mordedura de sus
genitales). En el hombre de los lobos, la castración se aprecia en sus sueños.
En suma: en ambos casos es el miedo a la castración el motivo de la represión.
Las ideas angustiosas de ser mordido por el caballo o devorado por el lobo son
sustitutivos deformados de la idea de ser castrado por el padre. El miedo
angustioso a la castración es una angustia real, miedo a un peligro juzgado
como verdadero. La angustia causa aquí entonces la represión y no, como antes
habíamos dicho (Freud alude aquí a su primera teoría sobre la angustia) que
la represión cause la angustia, o sea que la represión transforme el impulso
instintivo en angustia.
La angustia,
concluímos, no nace nunca de la libido reprimida. Sin embargo en casos como el
coitus interruptus o la abstinencia forzada se produce angustia a expensas de la
energía del impulso instintivo desviado. Podemos explicar esto pensando que el
yo sospecha peligros cuando hay un coitus interruptus, ante los cuales reacciona
con angustia, pero esta hipótesis no conduce a nada. Los análisis de las
fobias anteriores parecen hacer más sólida la hipótesis de que la angustia
produce la represión.
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La existencia de
neurosis sin angustia (por ejemplo la histeria de conversión), nos obliga a
rever nuevamente las relaciones que habíamos establecido antes entre síntoma y
angustia. Lo que hemos estudiado hasta ahora fueron las fobias, las cuales al
ser tan afines a las histerias de conversión, las podemos llamar 'histerias de
angustia'.
Los síntomas de
la histeria de conversión (parálisis motoras, contracturas, dolores, etc)
sustituyen a una descarga normal de la excitación: implican una descarga
perturbada. El camino para dicha descarga sustitutiva guarda relación con la
situación primitiva donde ocurrió la represión, por ejemplo, existió
realmente el dolor que ahora aparece como síntoma, hubo percepciones reales
donde ahora aparecen alucinaciones, etc. Los síntomas pueden ser indiferentes
(por ejemplo en la parálisis) o displacenteros (alucinaciones), pero nada de
esto nos ayuda a ver la formación del síntoma, por lo cual veremos que sucede
en la neurosis obsesiva.
En ella
encontramos síntomas primitivos que son prohibitivos, punitivos, defensivos,
pero poco a poco el yo va produciendo síntomas donde se integran la prohibición
y la satisfacción. En los casos más simples el síntoma tiene dos momentos:
ejecutar cierto mandamiento y luego suprimir lo hecho en el momento anterior.
Analizando todo esto notamos dos cosas: en la neurosis obsesiva hay una lucha
constante contra lo reprimido que luego poco a poco va cediendo, y segundo, el
yo y el superyo son importantes para la formación del síntoma.
Tanto en la
histeria como en la neurosis obsesiva la situación inicial es el Edipo, pero en
la última, por factores constitucionales (debilidad de la organización genital
de la libido) hay una regresión a la fase sádico-anal. Quizá la razón
tampoco sea constitucional sino temporal (el yo empezó con sus resistencias al
comienzo de la fase fálica). Metapsicológicamente, la regresión podemos
explicarla como una 'disociación de los instintos', como una separación de los
componentes eróticos que, al comienzo de la fase genital, se habían agregado a
la carga psíquica destructora de la fase sádica. La regresión es el primer
triunfo del yo en su lucha defensiva. En la neurosis obsesiva se ve con claridad
que se trata de una defensa contra el complejo de castración. Represión,
regresión y exageración de rasgos de carácter son defensas típicas de la
neurosis obsesiva. En la histeria faltan o son más débiles las terceras.
En la neurosis
obsesiva el superyo es muy severo, y no puede sustraerse a la regresión ni a la
disociación de los instintos.
Durante la
latencia, la tarea principal parece ser la defensa contra la tentación
masturbatoria. Esta lucha genera luego síntomas del tipo de los ceremoniales.
Vemos aquí también una sublimación de los componentes erótico-anales.
En la pubertad
vuelven a despertarse los impulsos agresivos de la época temprana, que son en
realidad impulsos eróticos que tuvieron una regresión. El yo lucha contra los
impulsos agresivos sin sospechar que está luchando contra los impulsos eróticos.
El superyo actúa en la represión de la sexualidad, adoptando ésta sobretodo
formas más repulsivas: la repulsión se hace más intolerable por efecto de un
único factor: la regresión de la libido.
La represión no
destruyó el contenido del impulso agresivo pero sí su afecto: la agresión no
es experimentada como un impulso sino como una mera idea. El yo aparece muy
influenciado por el superyo, y puede sentirse culpable. La culpabilidad puede
también no sentirse en la neurosis obsesiva, manifestándose por síntomas de
autocastigo (que significan también impulsos instintivos masoquistas).
La neurosis
obsesiva tiende a procurar cada vez mayor amplitud a la satisfacción
sustitutiva, a costa del renunciamiento. El yo se ve impulsado a buscar la
satisfacción en los síntomas, lo cual puede paralizar totalmente la voluntad
del yo puesto que en cada decisión encontrará, por ambos lados, impulsos
igualmente enérgicos.
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Durante esta
lucha podemos observar dos actividades del yo dedicadas a la formación de síntomas,
y que prueban que la represión tropieza con dificultades. Las dos técnicas
son: 'borrar lo sucedido' y el 'aislamiento'. La primera de estas técnicas
auxiliares busca borrar mediante un símbolo motor, un suceso anterior: ritos,
supersticiones, y ceremoniales. Aquí los síntomas tienen dos tiempos: el
primer acto es preventivo, evita que algo suceda o se repita y tiene un carácter
racional; el segundo acto borra el primero y tiene carácter mágico. En la
neurosis obsesiva, aquello que no ha sucedido como el sujeto hubiera deseado es
borrado por medio de su repetición en forma distinta, acumulándose toda una
serie de motivos para continuar indefinidamente esas repeticiones.
En el
aislamiento (también de la esfera motora), después de un suceso desagradable o
un acto propio importante para la neurosis, es interpolada una pausa, donde nada
debe suceder, ni percibirse ni hacerse. A diferencia de la histeria, donde se
puede olvidar una impresión traumática, aquí no se puede olvidar pero,
mediante el aislamiento, interrumpir los lazos asociativos. El aislamiento se
refuerza con actos motores de intención mágica. Normalmente se usa también el
aislamiento, por ejemplo, en la concentración. El tabú al contacto físico es
típico en la neurosis obsesiva, porque allí se agudizan las ambivalencias
(amor y agresión hacia el objeto amado): aquí es donde el aislamiento es más
fuerte.
En las fobias,
histerias de conversión y neurosis obsesivas, el origen lo constituye el
complejo de Edipo, y el miedo a la castración es el motor de la resistencia del
yo, pero sólo en las fobias ese miedo se exterioriza y se confiesa. Queda como
interrogante ver qué pasó en las otras dos afecciones.
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En las zoofobias
infantiles vistas, el yo tiene que actuar contra una carga de objeto libidinosa
del ello por comprender que, el aceptarla, traería consigo el peligro de la
castración.
Queda por ver en
el caso Juanito (Edipo positivo) si la defensa del yo va contra el impulso
amoroso hacia la madre o el impulso agresivo contra el padre. Sólo el primero
de ellos es puramente erótico, y esta cuestión tiene un interés teórico
porque siempre hemos creído que la neurosis se defiende de lo erótico, no de
los demás instintos. En Juanito el impulso amoroso parece haber sido totalmente
reprimido, emergiendo sólo el impulso agresivo en el síntoma. En el caso del
hombre de los lobos, más sencillo, el impulso reprimido que aparece en el síntoma
es el impulso erótico (actitud femenina con respecto al padre: Edipo negativo).
A partir de todo esto Freud nota un defecto en su teoría de los instintos. Y la
solución la encuentra en un hecho conocido: los impulsos instintivos pueden
estar fusionados: al reprimir el impulso amoroso, al mismo tiempo se puede estar
reprimiendo el impulso agresivo. En Juanito por ejemplo, el impulso agresivo es
también reprimido.
Pero nos importa
ver qué relación tiene esto con la angustia. Cuando el yo -decíamos antes-
advierte el peligro de castración, da la señal de angustia e inhibe la amenaza
del ello. Por la fobia el miedo a la castración recibe un objeto distinto y una
expresión disfrazada (ser mordido por el caballo o ser devorado por el lobo, en
vez de ser castrado por el padre). Esta sustitución tiene la ventaja de
eliminar la ambivalencia, y además la ventaja de permitir al yo desarrollar
angustia, ya que de un padre ausente no puede temerse la castración, pero al
mismo tiempo el padre no puede ser suprimido: teniéndole miedo al caballo puede
controlar la angustia, simplemente evitándolo. En rigor no se sustituye aquí
un peligro interior por uno exterior, sino uno exterior (castración) por otro
exterior (mordedura). La única diferencia entre esta angustia y la angustia
real (o sea la normal ante situaciones peligrosas objetivas) es que la primera
tiene un contenido inconciente, que sólo deformado o disfrazado alcanza la
conciencia. En las fobias de adultos se agregan otros factores, pero en lo
esencial se trata del mismo mecanismo. En la agorafobia por ejemplo, el yo no se
contenta con renunciar a algo sino que agrega elementos para despojar a la
situación de su peligro: por ejemplo se arriesgará a salir a la calle si va
acompañado.
Lo analizado en
las fobias respecto de la angustia, es también aplicable a la neurosis
obsesiva. El yo intenta siempre sustraerse a la hostilidad del superyo. El yo
teme al superyo por el castigo de la castración. El obsesivo cumple
escrupulosamente preceptos y actos expiatorios que le son impuestos para
protegerse de la angustia. La angustia es una reacción frente a un peligro (la
castración o algo derivado de ella), y el yo busca eludirla a toda costa. En
las neurosis traumáticas el miedo es a perder la vida (neurosis de guerra): el
miedo a morir es análogo al miedo a la castración. En dichas neurosis traumáticas
la angustia puede también provenir de la gran cantidad de excitación que
inunda al aparato psíquico.
Si hasta ahora
veníamos viendo la angustia como una señal de peligro, ahora la vemos como una
reacción frente a una pérdida (castración). La angustia del nacimiento, por
la igualdad niño=pene, es angustia ante la castración de la madre. Esta última
hipótesis tiene algunas objeciones: 1) el bebé es totalmente narcisista y no
considera al nacimiento como una separación de la madre, y 2) a veces
reaccionamos ante una pérdida con tristeza y no con angustia.
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La angustia se
nos presenta como algo que sentimos y que es displacentero. Además implica un
acto de descarga (motora, que afecta los órganos respiratorios y el corazón),
y la percepción de dicha descarga. Descarga y percepción diferencian ya la
angustia del dolor y la tristeza. La angustia se basa en un incremento de la
excitación (que produce displacer) y su descarga (que decrece el displacer).
Esto es una explicación fisiológica, pero una explicación más psicológica
muestra que la angustia proviene de actualizar una situación prototípica: el
trauma de nacimiento. O sea, explicaríamos la angustia por un factor histérico.
La conexión de
la angustia con el nacimiento tiene varias objeciones (no siempre el nacimiento
es traumático; hay angustia que no tiene su prototipo en el nacimiento), pero
igual podemos seguir adelante, preguntándonos por la función de la angustia: a
primera vista, nació como una reacción a un estado de peligro, y se reproduce
cuando surge nuevamente dicho estado peligroso. Esta nueva angustia nos parece
por un lado inadecuada (no guarda relación con la nueva situación, cuando sí
la guardaba con la situación del nacimiento), pero por el otro lado adecuada
(porque señala y previene el peligro).
Otro problema es
que en el nacimiento no hay nada que se parezca a una situación peligrosa. En
base a esto Freud critica a Rank cuando éste último dice que las fobias
infantiles tienen su origen en el trauma de nacimiento: el miedo a ver entrar o
salir un objeto de un agujero no puede derivar de un recuerdo del nacimiento
porque el niño prácticamente no tiene impresiones viosuales de él. Además,
en la oscuridad el niño no debiera sentir miedo (pues equivale a volver al
estado intrauterino), y los hechos no muestran que ello sea así.
Concluiremos
hasta aquí que las fobias infantiles no remiten al acto del nacimiento. Se
puede comprobar que el niño siente angustia en tres casos: cuando está solo,
cuando está en la oscuridad, y cuando está en presencia de extraños (caras no
familiares). Estos tres casos se reducen a una sola condición: el niño
advierte la falta de la persona amada o ansiada. La angustia es reacción ante
esta falta, y nos recuerda el miedo a la castración, que también implica la
separación de un objeto y aún la angustia más primitiva del nacimiento,
proveniente de la separación de la muerte.
Con la
experiencia de que un objeto exterior (por ejemplo el pecho) puede poner término
a una situación peligrosa que recuerda la del nacimiento, se desplaza el
contenido del peligro de una situación económica (inundación masiva de
excitaciones) a una situación de pérdida de un objeto. El peligro es ahora la
ausencia de la madre, y el niño reacciona con angustia antes que se produzca la
temida situación económica. En la fase fálica la angustia aparece ante la
separación posible de los genitales. El ser despojado de los mismos equivale a
una nueva separación de la madre (pues su posesión es garantía de una unión
sexual con ella), lo que retrotrae al niño a una tensión de necesidad similar
a la experimentada en el nacimiento.
El poder del
superyo produce un nuevo cambio. Con la despersonalización de la instancia
parental, de la cual se temía la castración, se hace más indeterminado el
peligro: el miedo a la castración pasa a ser angustia social, o angustia ante
la conciencia moral. El yo responde ahora con angustia a la amenaza de castigo
por parte del superyo.
El yo es la
verdadera sede de la angustia (el ello no puede discriminar peligros, no siente
angustia). Lo que sí puede pasar es que en el ello se active una situación
peligrosa (a lo cual el yo reacciona con angustia) o que se active una situación
similar a la del trauma de nacimiento (reaccionando el yo con una angustia automática);
este último caso es el de las neurosis actuales, mientras que el primer caso
era el de las psiconeurosis. En la neurosis actual una gran tensión se resuelve
en angustia, y sobre esta base puede desarrollarse una neurosis del tipo de las
psiconeurosis, donde el yo intenta eludir la angustia mediante síntomas.
La angustia
tiene distinta connotación según el periodo considerado: surge al principio
ante el peligro de la impotencia psíquica en la época de la carencia de
madurez del yo; el peligro de la pérdida del objeto en la falta de
independencia de los primeros años infantiles; el peligro de castración en la
fase fálica; y el miedo al superyo durante el periodo de latencia. Sin embargo,
todas estas situaciones siempre subsisten y se puede volver a ellas.
Así como en las
fobias y neurosis obsesivas (más típicas del varón) la angustia es angustia
ante la amenaza de castración, así en la histeria (más típica de la mujer)
la angustia es angustia ante la pérdida del objeto de amor.
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Nos queda por ver la relación entre formación de síntomas
y angustia. Al respecto hay dos opiniones: 1) la angustia misma ya es un síntoma
neurótico, y 2) el síntoma está para eludir la angustia. Freud apoya esta
segunda opinión, y la ejemplifica mostrando por ejemplo que si impedimos al
obsesivo lavarse las manos siente angustia, lo que prueba que el síntoma tapaba
la angustia, El síntoma protege de la angustia y de la situación de peligro
que la había generado. La situación de peligro es interna (aunque se pueda
proyectar en el exterior). ya que está en el mismo impulso instintivo. El yo,
para hacer a éste inofensivo, lo desvía de su fin.
Así como hay un
distinto peligro en cada etapa de la vida, lo mismo pasa con el dolor: la niña
siente dolor cuando pierde la muñeca, y el adulto cuando pierde un ser querido;
también en el dolor puede haber regresos al mundo infantil (en el caso de las
neurosis). O sea en la angustia neurótica hay un regreso a un tipo de angustia
infantil, pero al revés, el hecho de sentir una determinada angustia en la niñez
no significa que luego el sujeto sea neurótico, porque esas angustias suelen
desaparecer. El miedo al superyo no desaparece nunca, y el miedo a la castración
suele reaparecer en forma disfrazada (por ejemplo como temor a la sífilis). El
problema que nos queda por ver es porqué en los neuróticos puede mantenerse
intacta la angustia de tipo infantil.
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La angustia es
incuestionablemente una reacción frente al peligro. Pero no siempre un peligro
genera angustia. Según Adler ciertos individuos desarrollan angustia frente al
peligro por un estado de inferioridad orgánica, con lo cual Freud no está de
acuerdo. Según Rank la angustia tiene su origen en el trauma de nacimiento, que
es la situación angustiógena prototípica de toda otra situación similar. Según
el mismo autor el trauma de nacimiento afecta de distinta manera a cada sujeto
porque la magnitud del trauma es distinta, y de esta dependerá que luego pueda
o no controlar la angustia. El neurótico no podría derivar totalmente esta
magnitud, hipótesis de Rank discutible teóricamente. Según esta teoría de la
"derivación por reacción", el neurótico sanaría a medida que
pudiera descargar toda la energía cargada en el trauma. Freud criticará a Rank
también el no haber considerado los factores filogénicos y constitucionales o
hereditarios, y el otorgar a la etiología sexual un valor muy secundario. Para
Freud, la solución de Rank no ayuda a saber el origen de las neurosis.
En el origen de
las neurosis debemos encontrar tres factores: biológico (la larga indefensión
del bebé que aumenta los peligros del mundo exterior), filogénico (la evolución
sexual humana es distinta a la de otras especies próximas, porque por ejemplo
sufre interrupciones durante el periodo de latencia, donde los impulsos
instintivos son experimentados como peligrosos), y un tercer factor psicológico:
el yo debe defenderse contra ciertos impulsos instintivos por él considerados
peligrosos, pero esta defensa no es tan exitosa como cuando se trata de peligros
externos, por lo cual debe formar síntomas. Resumen PC
11 APENDICE
A. Modificación
de opiniones anteriores
Resistencia y
contracarga.- La defensa contra el instinto exige un esfuerzo permanente: la
resistencia. Esta implica una contracarga, es decir una reacción del yo opuesta
al impulso (poe ejemplo pureza o escrupulosidad en la neurosis obsesiva). En las
neurosis obsesivas estas contracargas afectan los rasgos de carácter, pero en
la histeria mas bien se circunscriben a relaciones muy especiales (ternura hacia
el objeto odiado, etc). En la histeria el impulso es combatido eludiendo la
situación externa, también peligrosa. Esto además lo vemos en las fobias,
donde la contracarga es exterior y no interior, como en las neurosis obsesivas.
Aún cuando el
yo haya logrado vencer la resistencia, debe aún luchar contra la obsesión de
repetición y la atracción de los prototipos inconcientes sobre el proceso
instintivo reprimido. Esto último se llama resistencia de lo inconciente.
Profundizando el
análisis, encontramos cinco tipos de resistencia, tres de las cuales provienen
del yo, y las otras del ello y del superyo. Las resistencias del yo son la
resistencia de la represión (de la que hablamos antes), la resistencia de la
transferencia (en relación a la situación analítica), y la resistencia
derivada del beneficio de la enfermedad (incorporación del síntoma al yo). La
resistencia del ello es lo que antes hemos llamado resistencia de lo
inconciente. Y la resistencia del superyo, la más invencible, parece provenir
de la conciencia de culpabilidad o necesidad de castigo.
Angustia por la
transformación de la libido.- Nuestra teoría anterior veía en el yo la única
sede de la angustia, pero ahora debemos pensar también en una angustia del
instinto del ello. Esta angustia aparece cada vez que hay una situación de
peligro análoga a la del trauma de nacimiento. La angustia del yo también
puede aparecer: es cuando el yo adquiere poder sobre esta angustia sirviéndose
de ella como aviso ante el peligro y como medio para provocar la intervención
del mecanismo placer-displacer. La angustia del ello es involuntaria y automática,
y aparece en situaciones análogas a la del nacimiento, pero la angustia del yo
(el otro origen de la angustia) funciona como aviso para eludir tan peligrosa
situación. La primera angustia se ha transformado en la segunda.
Represión y
defensa.- La represión es sólo uno de los métodos de defensa del yo, la cual
por nuestras nuevas investigaciones ha resultado ser quizá la más importante
de las defensas.
B. Complemento
al tema de la angustia
La angustia se
caracteriza por su imprecisión y su carencia de objeto definido. Esto la
diferencia del miedo, donde hay un objeto identificable. La angustia real es
ante un peligro conocido, y la angustia neurótica se da ante un peligro
desconocido, emanado de un instinto.
En el peligro
conocido o real hay un aspecto afectivo (angustia) y uno protector (nos
defendemos). Quizá el peligro instintivo también tenga estos dos componentes.
La angustia puede llegar a paralizar la acción protectora.
A veces el
peligro es conocido y real, pero sentimos una angustia desproporcionada frente a
él: aquí se mezclan la angustia real y la neurótica.
El peligro
proviene de nuestra impotencia, si no no tendríamos miedo: impotencia material
en el peligro real, impotencia psíquica en el peligro instintivo. Estas
impotencias se basan en experiencias anteriores realmente vividas. En síntesis:
la situación peligrosa es la situación de impotencia, reconocida, recordada y
esperada. La angustia es la reacción primitiva a la impotencia en el trauma,
reacción que es luego reproducida, como señal de socorro, en la situación
peligrosa. El yo, que ha sufrido pasivamente el trauma ahora lo repite en forma
mitigada para poder controlarlo.
Entre peligro
real exterior y peligro interno instintivo hay una íntima conexión: el peligro
real, para ser tal, debe tener alguna significación para el yo, o sea debe
haberse hecho interno. Y al revés: un peligro interno instintivo puede
desembocar en un peligro externo (la satisfacción del instinto traería como
consecuencia un peligro desde el exterior).
C. Angustia,
dolor y tristeza
Angustia es
reacción de peligro ante la pérdida del objeto, pero esto también es tristeza
y también dolor. Entonces, ¿cuándo la separación del objeto produce
angustia, cuándo tristeza, y cuándo dolor?
La primera
condición de la angustia es la pérdida de la percepción del objeto, que es
equiparada con la pérdida misma. Más tarde comprende que el objeto puede
estar, pero estar enfadado con él, y aquí aparece una condición más
permanente de la angustia: la falta de cariño. La situación traumática de la
ausencia de la madre no es la misma que la situación traumática del nacimiento
(en esta última sólo hay angustia). En la primera hay un anhelo porque la
madre vuelva: de esto dependerá la reacción de dolor. Es dolor es la reacción
ante la pérdida verdadera del objeto, pero la angustia es la reacción al
peligro que tal pérdida trae consigo. La tristeza surge una vez producida la pérdida,
y surge bajo la influencia del examen de la realidad que impone la separación
del objeto, puesto que este ya no existe. La tristeza lleva a cabo la separación.