LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS

Libro: Freud S, La interpretación de los sueños

Capítulos: 7, punto B

 

En sus intentos por explicar el mecanismo de los sueños, Freud desarrolla en esta sección de "La interpretación de los sueños" su primera teoría del aparato psíquico, también llamada primera tópica freudiana.

 

El sueño es un acto psíquico importante y completo, y su fuerza impulsora es siempre un deseo por realizar. Su aspecto, en el que nos es imposible reconocer tal deseo, y sus muchas singularidades y absurdidades proceden de: 1)  la influencia de la censura psíquica que ha actuado sobre él durante su formación, pero a más de la necesidad de escapar a esta censura, han colaborado en su formación, 2) una necesidad de condensar el material psíquico, 3) un cuidado de que fuera posible su representación por medio de imágenes sensoriales y, 4) además -aunque no regularmente-, el cuidado de que el producto onírico total presentase un aspecto racional e inteligente.

Deberemos investigar la relación recíproca existente entre el motivo optativo y las cuatro condiciones indicadas, así como las de estas últimas entre sí. Por último, se incluirá al sueño en la totalidad de la vida anímica.

En un sueño analizado anteriormente, quedó establecido que fue para permitir una realización de deseos que el proceso mental del reposo quedó convertido en un sueño.

En dicho sueño, la idea latente sería: «Veo un resplandor que viene de la habitación en la que está el cadáver. Quizá haya caído una vela sobre el ataúd y se esté quemando el niño.» El sueño reproduce sin modificación alguna el resultado de esta reflexión, pero lo introduce en una situación presente y percibida por los sentidos como un suceso de la vigilia. Este es, como sabemos, el carácter psicológico más general y evidente del sueño. Una idea, casi siempre la que entraña el deseo, queda objetivizada en el sueño y representada en forma de escena vivida.

Un examen más detenido nos hace observar que la forma aparente de este sueño nos muestra dos caracteres casi independientes entre sí. El primero es la representación en forma de situación presente, omitiendo el «quizá». El otro es la transformación de la idea en imágenes visuales y en palabras.

Por ejemplo, en el sueño de la inyección de Irma la idea latente aparece en optativo: «¡Ojalá fuese Otto el culpable de la enfermedad de Irma!» El sueño reprime el optativo y lo sustituye por un simple presente: «Sí; Otto tiene la culpa de la enfermedad de Irma.» El presente es el tiempo en que el deseo es representado como realizado, lo que también se ve en la ensoñación diurna.

El segundo de los caracteres es, en cambio, peculiar al sueño y lo diferencia de la ensoñación diurna, y consiste en que el contenido de representaciones no es pensado, sino que –por lo general- queda transformado en imágenes sensoriales a las que prestamos fe y que creemos vivir (al igual que en la alucinación). Asimismo hay en todo sueño algo externo, elementos que no han quedado transformados en imágenes sensoriales y que son simplemente pensados o sabidos del mismo modo que en la vigilia.

 

Para Fechner, las escenas oníricas son distintas de aquellas donde se desenvuelve la vida de representación despierta, y dice que sólo esto puede hacernos comprender las singularidades de la vida onírica.

La idea que así se nos ofrece es la de una localidad psíquica. La localidad psíquica corresponderá a un lugar situado en el interior del aparato anímico, donde surge uno de los grados preliminares de la imagen. En el microscopio y en el telescopio son estos lugares puntos ideales; esto es, puntos en los que no se halla situado ningún elemento concreto del aparato.

Nos representamos, pues, el aparato anímico como un instrumento compuesto a cuyos elementos damos el nombre de instancias o sistemas. Tales sistemas presentarían una orientación especial constante entre sí, de un modo semejante a los diversos sistemas de lentes del telescopio, situados unos detrás de otros, de manera que existiría un orden fijo de sucesión establecido por la circunstancia de que en determinados procesos psíquicos la excitación recorre los sistemas conforme a una sucesión temporal determinada, orden que puede quedar modificado en otros procesos. De los componentes del aparato hablaremos en adelante con el nombre del «sistema y».

Lo primero que nos llama la atención es que este aparato compuesto de sistema y posee una dirección. Toda nuestra actividad psíquica parte de estímulos (internos o externos) y termina en inervaciones. De este modo adscribimos al aparato un extremo sensible y un extremo motor. En el primero hay un sistema que recibe las percepciones, y en el motor, otro que libera la motilidad. El proceso psíquico se desarrolla en general pasando desde el extremo de percepción hasta el extremo de motilidad. Así, pues, el esquema más general del aparato psíquico presentaría el aspecto de la FIGURA 1 (ver al final), y no es más que la realización de la hipótesis de que el aparato psíquico tiene que hallarse construído como un aparato reflector.

En el extremo sensible, las percepciones dejan en nuestro aparato psíquico una huella mnémica (referida a la función de la memoria). Tal huella mnémica no puede consistir sino en modificaciones permanentes de los elementos del sistema. Pero, el que un mismo sistema haya de retener fielmente modificaciones de sus elementos y conservar, sin embargo, una capacidad constante de acoger nuevos motivos de modificación supone no pocas dificultades. Para salvarlas, podemos distribuír estas dos funciones en sistemas distintos, suponiendo que los estímulos de percepción son acogidos por un sistema anterior del aparato que no conserva nada de ellos, esto es, que carece de toda memoria, y que detrás de este sistema hay otro que transforma la momentánea excitación del primero en huellas duraderas. La FIGURA 2 corresponde a este nuevo aspecto del aparato psíquico (ver al final).

Sabido es que las percepciones que actúan sobre el sistema P perduran algo más que su contenido. Nuestras percepciones demuestran hallarse también enlazadas entre sí en la memoria, conforme a su primitiva coincidencia en el tiempo (hecho conocido como asociación). Ahora bien: el sistema P no puede conservar las huellas para la asociación, puesto que carece de memoria. Cada uno de los elementos P quedaría obstruido en su función si un resto de una asociación anterior se opusiera a una nueva percepción. Debemos, pues, suponer que los sistemas mnémicos constituyen la base de la asociación. Esta consistirá entonces en que, siguiendo la menor resistencia, se propagará la excitación preferentemente de un primer elemento Hm a un segundo elemento, en lugar de saltar a otro tercero. Un detenido examen nos muestra, pues, la necesidad de aceptar la existencia de más de uno de estos sistemas Hm, en cada uno de los cuales es objeto de una distinta fijación la excitación propagada por los elementos P. El primero de estos sistemas Hm contendrá de todos modos la fijación de la asociación por simultaneidad, y en los más alejados quedará ordenado el mismo material de excitación según otros distintos órdenes de coincidencia, de manera que estos sistemas posteriores representarían, por ejemplo, las relaciones de analogía, etc.

Intercalemos aquí una importante indicación. El sistema P, que no conserva las modificaciones, esto es, carece de memoria, aporta a nuestra consciencia toda la variedad de las cualidades sensibles. Por el contrario, nuestros recuerdos son inconscientes en sí. Pueden devenir conscientes, pero despliegan todos sus efectos en estado inconsciente. Aquello que denominamos nuestro carácter reposa sobre las huellas mnémicas de nuestras impresiones, y precisamente aquellas impresiones que han actuado más intensamente sobre nosotros, o sea las de nuestra primera juventud, son las que no se hacen conscientes casi nunca.

Pero cuando los recuerdos se hacen de nuevo conscientes no muestran cualidad sensorial alguna o sólo muy pequeña, en comparación con las percepciones. Todo lo que hasta ahora hemos supuesto sobre la composición del aparato psíquico en su extremo sensible ha sido sin tener en cuenta para nada el sueño ni las explicaciones psicológicas que de su estudio pueden deducirse. Este estudio nos proporciona, en cambio, gran ayuda para el conocimiento de otro sector del aparato. Hemos visto que nos era imposible explicar la formación de los sueños si no nos decidíamos a aceptar la existencia de dos instancias psíquicas, una de las cuales somete a una crítica la actividad de la otra; crítica de la que resulta la exclusión de esta última de la consciencia.

La instancia crítica mantiene con la consciencia relaciones más íntimas que la criticada, hallándose situada entre ésta y la consciencia a manera de pantalla. Hemos encontrado, además, puntos de apoyo para identificar la instancia crítica con aquello que dirige nuestra vida despierta y decide sobre nuestra actividad voluntaria y consciente. Si ahora sustituimos estas instancias por sistemas, quedará situado el sistema crítico en el extremo motor del aparato psíquico supuesto. Incluiremos, pues, ambos sistemas en nuestro esquema y les daremos nombres que indiquen su relación con la consciencia: ver FIGURA 3 al final.

Al último de los sistemas situados en el extremo motor le damos el nombre de preconsciente para indicar que sus procesos de excitación pueden pasar directamente a la consciencia siempre que aparezcan cumplidas determinadas condiciones; por ejemplo, la de cierta intensidad, etc. Este sistema es también el que posee la llave del acceso a la motilidad voluntaria. Al sistema que se halla detrás de él le damos el nombre de inconsciente porque no comunica con la consciencia sino a través de lo preconsciente, sistema que impone al proceso de excitación, a manera de peaje, determinadas transformaciones.

Situaremos el estímulo de la formación de los sueños en el sistema Inc., aunque, como más adelante explicaremos, no es esto rigurosamente exacto, pues la formación de los sueños se halla forzada a enlazarse con ideas latentes que pertenecen al sistema de lo preconsciente. Pero también averiguaremos en otro lugar, al tratar del deseo onírico, que la fuerza impulsora del sueño es proporcionada por el sistema Inc., y esta última circunstancia nos mueve a aceptar el sistema inconsciente como el punto de partida de la formación de los sueños. Este estímulo onírico exteriorizará, como todos los demás productos mentales, la tendencia a propagarse al sistema Prec. y pasar de éste a la consciencia.

La experiencia nos enseña que durante el día aparece desplazado por la censura de la resistencia, y para las ideas latentes, este camino que conduce a la consciencia a través de lo preconsciente. Durante la noche se procuran dichas ideas el acceso a la consciencia, surgiendo aquí la interrogación de por qué camino y merced a qué modificación lo consiguen. Si el acceso de estas ideas latentes a la consciencia dependiera de una disminución nocturna de la resistencia que vigila en la frontera entre lo inconsciente y lo preconsciente, tendríamos sueños que nos mostrarían el carácter alucinatorio que ahora nos interesa. El relajamiento de la censura entre los dos sistemas Inc. y Prec. no puede explicarnos, por tanto, sino aquellos productos oníricos exentos de imágenes sensoriales.

Hay que pensar que en el sueño alucinatorio sucede lo siguiente: la excitación toma un camino regresivo: en lugar de avanzar hacia el extremo motor del aparato (como en la vigilia, dirección progrsiva), se propaga hacia el extremo sensible, y acaba por llegar al sistema de las percepciones.

Esta regresión es muy importante en el sueño pero se ve también en el recordar voluntario, la reflexión y otros pensamientos normales donde se retrocede desde un acto complejo de representación al material bruto de las huellas mnémicas en que se basa.

Pero, porqué no sucede también esto en el sueño? Ya habíamos dicho que la elaboración del sueño llevaba a cabo una total transmutación de todos los valores psíquicos, despojando de su intensidad a unas representaciones para transferirlas a otras. Esta modificación del proceso psíquico acostumbrado es la que hace posible cargar el sistema de las P hasta la completa vitalidad en una dirección inversa, o sea partiendo de las ideas.

En suma, hablamos de regresión cuando la representación queda transformada, en el sueño, en aquella imagen sensible de la que nació anteriormente. Considerando el proceso onírico como una regresión dentro del aparato anímico, puede ahora explicarse porqué las relaciones intelectuales de las ideas, latentes entre sí, desaparecen en la elaboración del sueño o no encuentran sino muy trabajosamente una expresión. En efecto, estas relaciones intelectuales no se hallan contenidas en los primeros sistemas Hm, sino en otros anteriores a ellos, y tienen que perder su expresión en el proceso regresivo hasta las imágenes de percepción.

Mas ¿por qué transformaciones resulta posible esta regresión, imposible durante el día? Sospechamos que se trata de modificaciones de las cargas de energía de cada uno de los sistemas; modificaciones que los hacen más o menos transitables o intransitables para el curso de la excitación. Esta circunstancia constituiría aquel «apartamiento del mundo exterior» en el que algunos ven la explicación de los caracteres psicológicos del sueño. Sin embargo, al explicar la regresión del sueño habremos de tener en cuenta aquellas otras regresiones que tienen efecto en los estados patológicos de la vigilia; regresiones a las que nuestra anterior hipótesis resulta inaplicable, pues se desarrolla, a pesar de no hallarse interrumpida la corriente sensible, en dirección progresiva.

Las alucinaciones de la histeria y de la paranoia y las visiones de las personas normales corresponden, efectivamente, a regresiones, esto es, son ideas transformadas en imágenes. Pero en estos casos no experimentan tal transformación más que aquellas ideas que se hallan en íntima conexión con recuerdos reprimidos o inconscientes.

Freud menciona aquí algunos ejemplos, como el del niño que cuando quería dormir lo asaltaban visiones de caras verdes, que tenían relación con el aspecto de la cara que según su madre tenía por masturbarse. Estos y otros ejemplos robustecen la afirmación de que en estos casos de transformación represiva de las ideas hemos de tener en cuenta la influencia de un recuerdo reprimido o inconsciente, infantil en la mayoría de los casos. Este recuerdo arrastra consigo a la regresión; esto es, a la forma de representación, en la que el mismo se halla dado psíquicamente, a las ideas con él enlazadas y privadas de expresión por la censura.

Si recordamos cuál es el papel que en las ideas latentes corresponde a los sucesos infantiles o a las fantasías en ellos basadas; con cuánta frecuencia emergen de nuevo fragmentos de los mismos en el contenido latente, y cómo los mismos deseos del sueño aparecen muchas veces derivados de ellos, no rechazaremos la probabilidad de que la transformación de las ideas en imágenes visuales sea también en el sueño la consecuencia de la atracción que el recuerdo, representado visualmente, y que tiende a resucitar, ejerce sobre las ideas privadas de consciencia, que aspiran a hallar una expresión. Según esta hipótesis, podría también describirse el sueño como la sustitución de la escena infantil, modificada por su transferencia a lo reciente. La escena infantil no puede conseguir su renovación real y tiene que contentarse con retornar a título de sueño.

La importancia de las escenas infantiles en el sueño torna superflua la hipótesis de Scherner de que este se debe a una excitación interna del órgano de la visión. En todo caso, este estado de excitación ha sido creado por el recuerdo y constituye la renovación de la excitación visual experimentada en el momento real al que corresponde.

Concretando: la regresión es siempre un efecto de la resistencia, que se opone al avance de la idea hasta la conciencia por el camino normal, y de la atracción simultánea que los recuerdos sensoriales dados ejercen sobre ella.  Aquello que en el análisis de la elaboración onírica hemos descrito con el nombre de cuidado de la representabilidad podría ser referido a la atracción selectora de las escenas visualmente recordadas, enlazadas a las ideas latentes.

En la  teoría de la formación de síntomas neuróticos desempeña  la regresión un papel no menos importante que en la de los sueños. Distinguimos aquí tres clases de regresión: a) Una regresión tópica, en el sentido del esquema de los sistemas omega. B) Una  regresión temporal, en cuanto se trata de un retorno a formaciones psíquicas anteriores. C) Una regresión formal cuando las formas de expresión y representación acostumbradas quedan sustituídas por formas correspondientes primitivas. Estas tres clases de regresión son en el fondo una misma cosa, y coinciden en la mayoría de los casos, pues lo más antiguo temporalmente es también lo primitivo en el orden formal, y lo más cercano en la tópica psíquica al extremo de la percepción (adición de 1914).

Finalmente, digamos que el acto de soñar es por sí una regresión  a las más tempranas circunstancias del soñador, una resurrección de su infancia con todos sus impulsos instintivos y sus formas expresivas. Detrás de esta infancia individual se nos promete una vision de la infancia filogénica y del desarrollo de la raza humana; desarrollo del cual no es el individual, sino una reproducción abreviada e influida por las circunstancias accidentales de la vida. Sospechamos ya cuán acertada es la opinión de Nietzsche de que “el sueño continúa un estado primitivo de la humanidad, al que apenas podemos llegar por un camino directo” y esperamos que el análisis de los sueños nos conduzca al conocimiento de la herencia arcaica del hombre y nos permita descubrir en el lo anímicamente innato.

 

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