Erik Erikson
1902-1994
Dr. C. George Boeree
Traducción al castellano: Dr. Rafael Gautier
En la tribu americana de
los Oglala Dakota (o Sioux), existía una tradición que se aplicaba a los
adolescentes para determinar su sino en la vida. Se les animaba a introducirse
en el bosque sin armas y sin otra vestimenta que un taparrabos y un par de
mocasines en búsqueda de un sueño. Hambriento, sediento y cansado, el chico
esperaría a tener un sueño al cuarto día de su viaje que le revelaría su
destino vital. Al volver al hogar, relataría a los ancianos de la tribu el
contenido de su sueño, el cual sería interpretado de acuerdo con una práctica
legendaria. Y su sueño le diría al chico si estaba destinado a ser un buen
cazador, o un gran guerrero o un experto en la caza de caballos salvajes, o quizás
convertirse en un especialista en la fabricación de armas, o un líder
espiritual, sacerdote o curandero.
En algunos casos, el sueño
le llevaría a resolver las desviaciones y problemas de la tribu Oglala. Un sueño
con un "thunderbird" (un pajaro de trueno) llevaría al chico a pasar
un período de tiempo como “heyoka”, es decir, a actuar como un payaso o un
loco. O por ejemplo, una visión de la luna o de un búfalo blanco, le llevaría
a ser un “berdache”, un hombre que se viste y actúa como si fuese una
mujer.
En cualquier caso, el número
de roles que se representaban en la vida era extraordinariamente limitado para
los hombres; ni qué decir de las mujeres. La mayoría de las personas desempeñaban
papeles generalistas; muy pocos podían ser especialistas. Y estos roles solo se
aprendían por estar simplemente rodeado de las demás personas en la familia y
en la comunidad. Se aprendía en virtud de la vida.
En la época en que los
Oglala Dakota fueron visitados por Erik Erikson, las cosas habían cambiado un
poco. Habían sido reducidos a amplias aunque cerradas reservas como resultado
de innumerables guerras y amenazas. El búfalo, la fuente principal de comida,
vestimenta, cobijo y de casi todo el resto necesario para vivir, había sido
cazado hasta prácticamente su extinción. Para empeorar más las cosas, se les
había arrebatado sus costumbres, no por soldados blancos, sino por los
esfuerzos de los burócratas gubernamentales dirigidos a convertir a los Dakota
en americanos.
Los niños eran obligados
a asistir a escuelas estatales casi todo el año, bajo la creencia sincera de
que la civilización y la prosperidad surge de la educación. Aquí, aprendían
muchas cosas que iban en contra de lo que habían aprendido en casa. Se le enseñaron
reglas de los blancos sobre la belleza y la higiene, algunas de las cuales
contradecían sus estándares de modestia. Se les enseñó a competir, lo que
iba en contra de las tradiciones de los Dakota sobre la igualdad. Se les dijo
que hablaran alto y fuerte, cuando precisamente sus familiares le decían que se
mantuviesen tranquilos y quietos. En otras palabras, sus profesores blancos se
encontraron con un grupo muy difícil de manejar y sus padres se hallaban en una
situación de dolor ante lo que consideraban una corrupción propia de una
cultura extranjera.
Con el paso del tiempo, su
cultura originaria desapareció, pero la nueva cultura fue incapaz de proveer
los sustitutos necesarios. No hubo más búsqueda de sueños, pero entonces ¿cuáles
sueños podrían perseguir los adolescentes si no existían?.
Erikson se sintió
conmovido por las dificultades de los niños de Dakota con los que hablaba y
observaba. Pero crecer y encontrar el propio lugar en el mundo no es tarea fácil
para muchos otros americanos tampoco. Los afroamericanos están luchando por
lograr una identidad alejada de sus raíces africanas olvidadas; esa cultura
pobre y falta de poder dentro de una cultura circundante de una gran mayoría
blanca. Los asiático-americanos también pasan por una situación similar,
atrapados entre las tradiciones americanas y asiáticas. Los americanos rurales
consideran que sus hijos no encajan en una sociedad mayor. Y la gran mayoría de
europeo-americanos poseen, de hecho, poco de sus propias identidades culturales,
a no ser por vestirse de verde el día de San Patricio o por una receta de salsa
marinara de la abuela. La cultura americana está en cualquiera; es, en cierto
sentido, de nadie.
Como la mayoría de los
nativos americanos, también otros han perdido mucho de los rituales que una vez
nos guiaron hacia la adultez. ¿Hasta qué punto es usted un adulto?; ¿cuándo
entramos en la pubertad?; ¿ya ha sido bautizado o ha pasado por su “bar
mizvah”?; ¿su primera experiencia sexual?; ¿fiesta de 15 años?; ¿su
licencia de conducir? ¿su graduación colegial?; ¿votando en sus primeras
elecciones?; ¿su primer trabajo?; ¿edad legal para beber?; ¿graduación de la
universidad?; ¿Cuándo exactamente los demás nos tratan como adultos?.
Consideremos algunas de
las contradicciones. Puedes ser lo suficientemente mayor para meterte en un
todoterreno veloz de dos toneladas, pero no se te permite votar. Puedes ser lo
suficientemente mayor para morir en la guerra por tu país, pero no lo
suficiente para beberte una cerveza. Como estudiante universitario se te pueden
confiar cientos de dólares para créditos educativos, pero no se te permite
escoger tus materias.
En las sociedades más
tradicionales (como en la nuestra hace 50 o 100 años), un jóven o una chica se
fijaban en sus padres, en sus relaciones, vecinos y profesores. Eran personas
decentes y trabajadoras (en su mayoría) y deseábamos ser como ellos.
Desafortunadamente, la
mayoría de los niños actuales buscan la identificación en la “media”,
especialmente en la televisión. Es fácil entender por qué. Las personas de la
tele son más bellas, más listas, más ingeniosas, más sanas y más felices
que cualquiera de nuestro vecindario. Por desgracia, éstas no son reales.
Siempre me sorprendo de la cantidad de estudiantes que se frustran al descubrir
el gran esfuerzo que supone la carrera que han elegido. Esto no ocurre en la
tele. Más tarde, descubren que los trabajos que realizan no son tan creativos y
satisfactorios como esperaban. Una vez más, no es como en la tele. No debería
entonces sorprendernos el que muchos chicos se vayan por el camino más corto
que el crimen parece ofrecer o en la vida fantástica que la droga promete.
Algunos de ustedes
considerarán estas afirmaciones como una exageración o estereotipo de la
adolescencia moderna. Realmente espero que su paso desde la niñez a la adultez
haya sido uno suave. Pero muchas personas (Erikson y yo incluidas) podrían
haber seguido un sueño.
Biografía
Erik Erikson nación en Frankfurt, Alemania el
15 de junio de 1902. Su patrimonio está rodeado de cierto misterio. Su padre
biológico fue un danés desconocido que abandonó a su madre justo cuando nació
Erik. Su madre, Karla Abrahamsen, fue una jóven judía que le crió sola
durante los tres primeros años de la vida de Erik. En este momento, se casó
con el Dr. Theodor Homberger, el pediatra de él y se mudaron a Karlsruhe en el
sur de Alemania.
Después de finalizar la
secundaria, Erik decidió ser artista. Cuando no asistía a clases de arte,
vagaba por Europa, visitando museos y durmiendo bajo los puentes. Vivió una
vida de rebelde descuidado durante mucho tiempo, justo antes de plantearse
seriamente qué hacer con su vida.
Cuando cumplió los 25 años,
un amigo suyo, Peter Blos (artista y más tarde psicoanalista), le sugirió que
aplicara para una plaza de maestro en una escuela experimental para estudiantes
americanos dirigida por Dorothy Burlingham, una amiga de Anna Freud. Además de
enseñar arte, logró un certificado en educación Montesori y otro de la
Sociedad Psicoanalítica de Viena. Fue psicoanalizado por la misma Anna Freud.
Mientras estuvo allí, conoció a una profesora de danza teatral en la escuela
mencionada. Tuvieron tres hijos, uno de los cuales más tarde sería sociólogo.
En el momento en que los
nazis toman el poder, abandonan Viena y se dirigen primero a Copenague y luego a
Boston. Erikson aceptó un puesto de trabajo en la Escuela de Medicina de
Harvard y practicó psicoanálisis de niños en su consulta privada. En este
tiempo, logró codearse con psicólogos de la talla de Henry Murray y Kurt
Lewin, asi como los antropólogos Ruth Benedict, Margaret Mead y Gregory
Bateson. Creo que no sería exagerado decir que estos autores tuvieron tanta
influencia en Erik, como la tuvo Sigmund sobre Anna Freud.
Más tarde enseñó en
Yale y luego en la Universidad de California en Berkeley. Fue durante este período
cuando Erik Erikson realizó sus estudios sobre los indios Dakota y los Yurok.
Cuando obtuvo su ciudadanía americana, adoptó oficialmente el nombre de Erik
Erikson; nadie sabe por qué escogió este nombre.
En 1950 escribe
“Childhood and Society”, libro que contenía artículos de sus estudios de
las tribus americanas, análisis de Máximo Gorky y Adolfo Hitler, así como una
discusión de la “personalidad americana y las bases argumentales de su versión
sobre la teoría freudiana. Estos temas (la influencia de la cultura sobre la
personalidad y el análisis de figuras históricas) se repitieron en otros
trabajos, uno de los cuales, La Verdad de Ghandi, obtuvo el premio Pulitzer y el
Premio Nacional del Libro.
Durante el reinado de terror del senador Joseph McCarthy en 1950, Erikson abandona Berkeley cuando se les pide a los profesores que firmen un “compromiso de lealtad”. A partir de este momento, Erik pasa 10 años trabajando y enseñando en una clínica de Massachussets y posteriormente otros 10 años más de vuelta en Harvard. A partir de su jubilación en 1970, no deja de escribir e investigar durante el resto de su vida. Muere en 1994.
Teoría
Erikson es un psicólogo
del Yo freudiano. Esto significa que acepta las ideas de Freud como básicamente
correctas, incluyendo aquellas debatibles como el complejo de Edipo, así como
también las ideas con respecto al Yo de otros freudianos como Heinz Hartmann y
por supuesto, Anna Freud.
No obstante, Erikson está
bastante más orientado hacia la sociedad y la cultura que cualquier otro
freudiano, tal y como cabía esperar de una persona con sus intereses antropológicos.
Prácticamente, desplaza en sus teorías a los instintos y al inconsciente. Quizás
por esta razón, Erikson es tan popular entre los freudianos y los no-freudianos
por igual.
El Principio Epigenético
Erikson es muy conocido
por su trabajo sobre la redefinición y expansión de la teoría de los estadios
de Freud. Establecía que el desarrollo funciona a partir de un principio
epigenético. Postulaba la existencia de ocho fases de desarrollo que se
extendían a lo largo de todo el ciclo vital. Nuestros progresos a través de
cada estadio está determinado en parte por nuestros éxitos o por los fracasos
en los estadios precedentes. Como si fuese el botón de una rosa que esconde sus
pétalos, cada uno de éstos se abrirá en un momento concreto, con un cierto órden
que ha sido determinado por la naturaleza a través de la genética. Si
interferimos con este órden natural de desarrollo extrayendo un pétalo
demasiado pronto o en un momento que no es el que le corresponde, destruimos el
desarrollo de la flor al completo.
Cada fase comprende
ciertas tareas o funciones que son psicosociales por naturaleza. Aunque
Erikson les llama crisis por seguir la tradición freudiana, el término es más
amplio y menos específico. Por ejemplo, un niño escolar debe aprender a
ser industrioso durante ese periodo de su vida y esta tendencia se aprende a
través de complejas interacciones sociales de la escuela y la familia.
Las diversas tareas
descritas por el autor se establecen en base a dos términos: una es la tarea
del infante, llamada “confianza-desconfianza”. Al principio resulta obvio
pensar que el niño debe aprender a confiar y no a desconfiar. Pero Erikson
establece muy claramente que debemos aprender que existe un balance.
Ciertamente, debemos aprender más sobre la confianza, pero también necesitamos
aprender algo de desconfianza de manera que no nos convirtamos en adultos estúpidos.
Cada fase tiene un tiempo
óptimo también. Es inútil empujar demasiado rápido a un niño a la
adultez, cosa muy común entre personas obsesionadas con el éxito. No es
posible bajar el ritmo o intentar proteger a nuestros niños de las demandas de
la vida. Existe un tiempo para cada función.
Si pasamos bien por un
estadio, llevamos con nosotros ciertas virtudes o fuerzas psicosociales
que nos ayudarán en el resto de los estadios de nuestra vida. Por el contrario,
si no nos va tan bien, podremos desarrollar maladaptaciones o malignidades,
así como poner en peligro nuestro desarrollo faltante. De las dos, la
malignidad es la peor, ya que comprende mucho de los aspectos negativos de la
tarea o función y muy poco de los aspectos positivos de la misma, tal y como
presentan las personas desconfiadas. La maladaptación no es tan mala y
comprende más aspectos positivos que negativos de la tarea, como las personas
que confían demasiado.
Niños y adultos
Quizás la innovación más
importante de Erikson fue la de postular no 5 estadios como Freud había hecho,
sino 8. Erik elaboró tres estadios adicionales de la adultez a partir del
estadio genital hasta la adolescencia descrito por Freud. Ninguno de nosotros
nos detenemos en nuestro desarrollo (sobre todo psicológicamente) después de
los12 o 13 cumpleaños. Parece lógico estipular que debe haber una extensión
de los estadios que cubra el resto de nuestro desarrollo.
Erikson también tuvo algo
que decir con respecto a las interacciones de las generaciones, lo cual llamó mutualidad.
Ya Freud había establecido claramente que los padres influían de una manera drástica
el desarrollo de los niños. Pero Erikson amplió el concepto, partiendo de la
idea de que los niños también influían al desarrollo de los padres. Por
ejemplo, la llegada de un nuevo hijo, representa un cambio de vida considerable
para una pareja y remueve sus trayectorias evolutivas. Incluso, sería apropiado
añadir una tercera (y en algunos casos, una cuarta) generación al cuadro.
Muchos de nosotros hemos sido influenciados por nuestros abuelos y ellos por
nosotros.
Un ejemplo claro de
mutualidad lo encontramos en los problemas que tiene una madre adolescente. Aún
cuando tanto la madre como el hijo pueden llevar una vida satisfactoria, la
chica está todavía envuelta en tareas de búsqueda de sí misma y de cómo
encajar en la sociedad. La relación pasada o presente con el padre de su hijo
puede ser inmadura tanto en uno como en el otro y si no se casan o viven juntos,
ella tendrá que lidiar con los problemas de encontrar una nueva pareja. Por
otro lado, el infante presenta una serie de necesidades básicas de todo niño,
incluyendo la más importante: una madre con las habilidades maduras y apoyo
social, como toda madre.
Si los padres de la chica
en cuestión se unen para ayudar, tal y como cabría esperar, también romperán
con sus funciones evolutivas, volviendo a un estilo vital que pensaban que habían
pasado y altamente demandante. A estas generaciones se pueden añadir otras, y
así sucesivamente.
Las formas en que nos
interactuamos son extremadamente complejas y muy frustrantes para los teóricos.
Pero ignorarlas sería obviar algo muy importante con respecto a nuestro
desarrollo y nuestras personalidades.
|
Estadio (edad) |
Crisis psico- |
Relaciones significati- |
Modalidades psicosociales |
Virtudes psico- |
Maladapta- |
|
I (0-1) infante |
Confianza vs. |
Madre |
Coger y dar en respuesta |
Esperanza, |
Distorsión sensorial y |
|
II (2-3) |
Autonomía |
Padres |
Mantener y dejar ir |
Voluntad, |
Impulsividad y |
|
III (3-6) |
Iniciativa vs. |
Familia |
Ir más allá jugar |
Propósito, |
Crueldad y |
|
IV (7-12) |
Laboriosidad |
Vecindario y |
Completar |
Competencia |
Virtuosidad |
|
|
Identidad yoica |
Grupos, |
Ser uno mismo. |
Fidelidad, |
Fanatismo y |
|
VI (los 20’s) |
Intimidad vs. |
Colegas, |
Perderse y hallarse a uno mismo en otro |
Amor |
Promiscuidad y |
|
VII (20’s tardíos a 50’s) adulto medio |
Generabilidad |
Hogar, |
Lograr ser |
Cuidado |
Sobrextensión y Rechazo |
|
VIII (50’…) adulto viejo |
Integridad vs. |
Los humanos o los “míos” |
Ser, a través de haber sido. Enfrentar el no ser |
Sabiduría |
Presunción y |
Estadio I
El primer estadio, el de
infancia o etapa sensorio-oral comprende el primer año o primero y medio
de vida. La tarea consiste en desarrollar la confianza sin eliminar
completamente la capacidad para desconfiar.
Si papá y mamá proveen
al recién nacido de un grado de familiaridad, consistencia y continuidad, el niño
desarrollará un sentimiento de que el mundo, especialmente el mundo social, es
un lugar seguro para estar; que las personas son de fiar y amorosas. También, a
través de las respuestas paternas, el niño aprende a confiar en su propio
cuerpo y las necesidades biológicas que van con él.
Si los padres son
desconfiados e inadecuados en su proceder; si rechazan al infante o le hacen daño;
si otros intereses provocan que ambos padres se alejen de las necesidades de
satisfacer las propias, el niño desarrollará desconfianza. Será una persona
aprensiva y suspicaz con respecto a los demás.
De todas maneras, es muy
importante que sepamos que esto no quiere decir que los padres tengan que ser
los mejores del mundo. De hecho, aquellos padres que son sobreprotectores; que
están ahí tan pronto el niño llora, le llevarán a desarrollar una tendencia
maladaptativa que Erikson llama desajuste sensorial, siendo excesivamente
confiado, incluso crédulo. Esta persona no cree que alguien pudiera hacerle daño
y usará todas las defensas disponibles para retener esta perspectiva exagerada.
Aunque, de hecho, es peor
aquella tendencia que se inclina sobre el otro lado: el de la desconfianza.
Estos niños desarrollarán la tendencia maligna de desvanecimiento
(mantenemos aquí la traducción literal de “withdrawal”, como caída o
desvanecimiento. Para mayor información sobre los términos técnicos aplicados
a la teoría de Erikson, refiérase a la bibliografía al final del resumen.
N.T.). Esta persona se torna depresiva, paranoide e incluso puede desarrollar
una psicosis.
Si se logra un equilibrio,
el niño desarrollará la virtud de esperanza, una fuerte creencia en la
que se considera que siempre habrá una solución al final del camino, a pesar
de que las cosas vayan mal. Uno de los signos que nos indican si el niño va
bien en este primer estadio es si puede ser capaz de esperar sin demasiado jaleo
a demorar la respuesta de satisfacción ante una necesidad: mamá y papá no
tienen por qué ser perfectos; confío lo suficiente en ellos como para saber
esta realidad; si ellos no pueden estar aquí inmediatamente, lo estarán muy
pronto; las cosas pueden ser muy difíciles, pero ellos harán lo posible por
arreglarlas. Esta es la misma habilidad que utilizaremos ante situaciones de
desilusión como en el amor, en la profesión y muchos otros dominios de la
vida.
Estadio II
El segundo estadio
corresponde al llamado estadio anal-muscular de la niñez temprana, desde
alrededor de los 18 meses hasta los 3-4 años de edad. La tarea primordial es la
de alcanzar un cierto grado de autonomía, aún conservando un toque de vergüenza
y duda.
Si papá y mamá (y otros
cuidadores que entran en escena en esta época) permiten que el niño explore y
manipule su medio, desarrollará un sentido de autonomía o independencia. Los
padres no deben desalentarle ni tampoco empujarle demasiado. Se requiere, en
este sentido, un equilibrio. La mayoría de la gente le aconsejan a los padres
que sean “firmes pero tolerantes” en esta etapa, y desde luego el consejo es
bueno. De esta manera, el niño desarrollará tanto un autocontrol como una
autoestima importantes.
Por otra parte, en vez de
esta actitud descrita, es bastante fácil que el niño desarrolle un sentido de
vergüenza y duda. Si los padres acuden de inmediato a sustituir las acciones
dirigidas a explorar y a ser independiente, el niño pronto se dará por
vencido, asumiendo que no puede hacer las cosas por sí mismo. Debemos tener
presente que el burlarnos de los esfuerzos del niño puede llevarle a sentirse
muy avergonzado, y dudar de sus habilidades.
También hay otras formas
de hacer que el niño se sienta avergonzado y dudoso. Si le damos al niño una
libertad sin restricciones con una ausencia de límites, o si le ayudamos a
hacer lo que él podría hacer solo, también le estamos diciendo que no es lo
suficientemente bueno. Si no somos lo suficientemente pacientes para esperar a
que el niño se ate los cordones de sus zapatos, nunca aprenderá a atárselos,
asumiendo que esto es demasiado difícil para aprenderlo.
No obstante, un poco de
vergüenza y duda no solo es inevitable, sino que incluso es bueno. Sin ello, se
desarrollará lo que Erikson llama impulsividad, una suerte de
premeditación sin vergüenza que más tarde, en la niñez tardía o incluso en
la adultez, se manifestará como el lanzarse de cabeza a situaciones sin
considerar los límites y los atropellos que esto puede causar.
Peor aún es demasiada
vergüenza y duda, lo que llevará al niño a desarrollar la malignidad que
Erikson llama compulsividad. La persona compulsiva siente que todo su ser
está envuelto en las tareas que lleva a cabo y por tanto todo debe hacerse
correctamente. El seguir las reglas de una forma precisa, evita que uno se
equivoque, y se debe evitar cualquier error a cualquier precio. Muchos de
ustedes reconocen lo que es sentirse avergonzado y dudar continuamente de uno
mismo. Un poco más de paciencia y tolerancia hacia sus hijos podría ayudarles
a evitar el camino recorrido que ustedes han seguido. Y quizás también deberían
darse un respiro ustedes mismos.
Si logramos un equilibrio
apropiado y positivo entre la autonomía y la vergüenza y la culpa,
desarrollaremos la virtud de una voluntad poderosa o determinación. Una
de las cosas más admirables (y frustrantes) de un niño de dos o tres años es
su determinación. Su mote es “puedo hacerlo”. Si preservamos ese “puedo
hacerlo” (con una apropiada modestia, para equilibrar) seremos mucho mejores
como adultos.
Estadio III
Este es el estadio genital-locomotor
o la edad del juego. Desde los 3-4 hasta los 5-6 años, la tarea fundamental es
la de aprender la iniciativa sin una culpa exagerada.
La iniciativa sugiere una
respuesta positiva ante los retos del mundo, asumiendo responsabilidades,
aprendiendo nuevas habilidades y sintiéndose útil. Los padres pueden animar a
sus hijos a que lleven a cabo sus ideas por sí mismos. Debemos alentar la
fantasía, la curiosidad y la imaginación. Esta es la época del juego, no para
una educación formal. Ahora el niño puede imaginarse, como nunca antes, una
situación futura, una que no es la realidad actual. La iniciativa es el intento
de hacer real lo irreal.
Pero si el niño puede
imaginar un futuro, si puede jugar, también será responsable…y culpable. Si
mi hijo de dos años tira mi reloj en el váter, puedo asumir sin temor a
equivocarme que no hubo mala intención en el acto. Era solo una cosa dando
vueltas y vueltas hasta desaparecer. ¡Qué divertido!. ¡Pero si mi hija de
cinco años lo hace…bueno, deberíamos saber qué va a pasar con el reloj, qué
ocurrirá con el temperamento de papá y que le ocurrirá a ella!. Podría
sentirse culpable del acto y comenzaría a sentirse culpable también. Ha
llegado la capacidad para establecer juicios morales.
Erikson es, por supuesto,
un freudiano y por tanto incluye la experiencia edípica en este estadio. Desde
su punto de vista, la crisis edípica comprende la renuencia que siente el niño
a abandonar su cercanía al sexo opuesto. Un padre tiene la responsabilidad,
socialmente hablando, de animar al niño a que “crezca”; “¡que ya no eres
un niño!”. Pero si este proceso se establece de manera muy dura y extrema, el
niño aprende a sentirse culpable con respecto a sus sentimientos.
Demasiado iniciativa y muy
poca culpa significa una tendencia maladaptativa que Erikson llama crueldad.
La persona cruel toma la iniciativa. Tiene sus planes, ya sea en materia de
escuela, romance o política, o incluso profesión. El único problema es que no
toma en cuenta a quién tiene que pisar para lograr su objetivo. Todo es el
logro y los sentimientos de culpa son para los débiles. La forma extrema de la
crueldad es la sociopatía.
La crueldad es mala para
los demás, pero relativamente fácil para la persona cruel. Peor para el sujeto
es la malignidad de culpa exagerada, lo cual Erikson llama inhibición.
La persona inhibida no probará cosa alguna, ya que “si no hay aventura, nada
se pierde” y particularmente, nada de lo que sentirse culpable. Desde el punto
de vista sexual, edípico, la persona culposa puede ser impotente o frígida.
Un buen equilibrio llevará
al sujeto a la virtud psicosocial de propósito. El sentido del propósito
es algo que muchas personas anhelan a lo largo de su vida, aunque la mayoría de
ellas no se dan cuenta que, de hecho, ya llevan a cabo sus propósitos a través
de su imaginación y su iniciativa. Creo que una palabra más acertada para esta
virtud hubiera sido coraje; la capacidad para la acción a pesar de conocer
claramente nuestras limitaciones y los fallos anteriores.
Estadio IV
Esta etapa corresponde a
la de latencia, o aquella comprendida entre los 6 y 12 años de edad del
niño escolar. La tarea principal es desarrollar una capacidad de laboriosidad
al tiempo que se evita un sentimiento excesivo de inferioridad. Los niños
deben “domesticar su imaginación” y dedicarse a la educación y a aprender
las habilidades necesarias para cumplir las exigencia>
tra en juego una esfera mucho más social: los padres, así como otros miembros de la familia y compañeros se unen a los profesores y otros miembros de la comunidad. Todos ellos contribuyen; los padres deben animar, los maestros deben cuidar; los compañeros deben aceptar. Los niños deben aprender que no solamente existe placer en concebir un plan, sino también en llevarlo a cabo. Deben aprender lo que es el sentimiento del éxito, ya sea en el patio o el aula; ya sea académicamente o socialmente.
Una buena forma de
percibir las diferencias entre un niño en el tercer estadio y otro del cuarto
es sentarse a ver cómo juegan. Los niños de cuatro años pueden querer jugar,
pero solo tienen conocimientos vagos de las reglas e incluso las cambian varias
veces a todo lo largo del juego escogido. No soportan que se termine el juego,
como no sea tirándoles las piezas a su oponente. Un niño de siete años, sin
embargo, está dedicado a las reglas, las consideran algo mucho más sagrado e
incluso puede enfadarse si no se permite que el juego llegue a una conclusión
estipulada.
Si el niño no logra mucho
éxito, debido a maestros muy rígidos o a compañeros muy negadores, por
ejemplo, desarrollará entonces un sentimiento de inferioridad o incompetencia.
Una fuente adicional de inferioridad, en palabras de Erikson, la constituye el
racismo, sexismo y cualquier otra forma de discriminación. Si un niño cree que
el éxito se logra en virtud de quién es en vez de cuán fuerte puede trabajar,
entonces ¿para qué intentarlo?.
Una actitud demasiado
laboriosa puede llevar a la tendencia maladaptativa de virtuosidad dirigida.
Esta conducta la vemos en niños a los que no se les permite “ser niños”;
aquellos cuyos padres o profesores empujan en un área de competencia, sin
permitir el desarrollo de intereses más amplios. Estos son los niños sin vida
infantil: niños actores, niños atletas, niños músicos, niños prodigio en
definitiva. Todos nosotros admiramos su laboriosidad, pero si nos acercamos más,
todo ello se sustenta en una vida vacía.
Sin embargo, la malignidad
más común es la llamada inercia. Esto incluye a todos aquellos de
nosotros que poseemos un “complejo de inferioridad”. Alfred Adler habló de
ello. Si a la primera no logramos el éxito, ¡no volvamos a intentarlo!. Por
ejemplo, a muchos de nosotros no nos ha ido bien en matemáticas, entonces nos
morimos antes de asistir a otra clase de matemáticas. Otros fueron humillados
en el gimnasio, entonces nunca harán ningún deporte o ni siquiera jugarán al
raquetball. Otros nunca desarrollaron habilidades sociales (la más importante
de todas), entonces nunca saldran a la vida pública. Se vuelven seres
inertes.
Lo ideal sería
desarrollar un equilibrio entre la laboriosidad y la inferioridad; esto es, ser
principalmente laboriosos con un cierto toque de inferioridad que nos mantenga
sensiblemente humildes. Entonces tendremos la virtud llamada competencia.
Estadio V
Esta etapa es la de la adolescencia,
empezando en la pubertad y finalizando alrededor de los 18-20 años.
(Actualmente está claro que debido sobre todo a una serie de factores
psicosociales, la adolescencia se prolonga más allá de los 20 años, incluso
hasta los 25 años. N.T.). La tarea primordial es lograr la identidad del Yo
y evitar la confusión de roles. Esta fue la etapa que más interesó a
Erikson y los patrones observados en los chicos de esta edad constituyeron las
bases a partir de la cuales el autor desarrollaría todas las otras etapas.
La identidad yoica
significa saber quiénes somos y cómo encajamos en el resto de la sociedad.
Exige que tomemos todo lo que hemos aprendido acerca de la vida y de nosotros
mismos y lo moldeemos en una autoimagen unificada, una que nuestra comunidad
estime como significativa.
Hay cosas que hacen más fácil
estas cuestiones. Primero, debemos poseer una corriente cultural adulta que sea
válida para el adolescente, con buenos modelos de roles adultos y líneas
abiertas de comunicación.
Además, la sociedad debe
proveer también unos ritos de paso definidos; o lo que es lo mismo,
ciertas tareas y rituales que ayuden a distinguir al adulto del niño. En las
culturas tradicionales y primitivas, se le insta al adolescente a abandonar el
poblado por un periodo de tiempo determinado con el objeto de sobrevivir por sí
mismo, cazar algún animal simbólico o buscar una visión inspiradora. Tanto
los chicos como las chicas deberán pasar por una serie de pruebas de
resistencia, de ceremonias simbólicas o de eventos educativos. De una forma o
de otra, la diferencia entre ese periodo de falta de poder, de irresponsabilidad
de la infancia y ese otro de responsabilidad propio del adulto se establece de
forma clara.
Sin estos límites, nos
embarcamos en una confusión de roles, lo que significa que no sabremos cuál es
nuestro lugar en la sociedad y en el mundo. Erikson dice que cuando un
adolescente pasa por una confusión de roles, está sufriendo una crisis de
identidad. De hecho, una pregunta muy común de los adolescentes en nuestra
sociedad es “¿Quién soy?”.
Una de las sugerencias que
Erikson plantea para la adolescencia en nuestra sociedad es la una moratoria
psicosocial. Anima a los jóvenes a que se tomen un “tiempo libre”. Si
tienes dinero, vete a Europa. Si no lo tienes, merodea los ambientes de Estados
Unidos. Deja el trabajo por un tiempo y vete al colegio. Date un respiro, huele
las rosas, búscate a ti mismo. Por norma, tendemos a conseguir el “éxito”
demasiado deprisa, aunque muy pocos de nosotros nos hayamos detenido a pensar en
lo que significa el éxito para nosotros. De la misma manera que los jóvenes
Oglala Dakota, quizás también necesitemos soñar un poco.
Existe un problema cuando
tenemos demasiado “identidad yoica”. Cuando una persona está tan
comprometida con un rol particular de la sociedad o de una subcultura, no queda
espacio suficiente para la tolerancia. Erikson llama a esta tendencia
maladaptativa fanatismo. Un fanático cree que su forma es la única que
existe. Por descontado está que los adolescentes son conocidos por su idealismo
y por su tendencia a ver las cosas en blanco o negro. Éstos envuelven a otros
alrededor de ellos, promocionando sus estilos de vida y creencias sin
importarles el derecho de los demás a estar en desacuerdo.
La falta de identidad es
bastante más problemática, y Erikson se refiere a esta tendencia maligna como repudio.
Estas personas repudian su membresía en el mundo adulto e incluso repudian su
necesidad de una identidad. Algunos adolescentes se permiten a sí mismos la
“fusión” con un grupo, especialmente aquel que le pueda dar ciertos rasgos
de identidad: sectas religiosas, organizaciones militaristas, grupos
amenazadores; en definitiva, grupos que se han separado de las corrientes
dolorosas de la sociedad. Pueden embarcarse en actividades destructivas como la
ingesta de drogas, alcohol o incluso adentrarse seriamente en sus propias fantasías
psicóticas. Después de todo, ser “malo” o ser “nadie” es mejor que no
saber quién soy.
Si logramos negociar con
éxito esta etapa, tendremos la virtud que Erikson llama fidelidad. La
fidelidad implica lealtad, o la habilidad para vivir de acuerdo con los estándares
de la sociedad a pesar de sus imperfecciones, faltas e inconsistencias. No
estamos hablando de una lealtad ciega, así como tampoco de aceptar sus
imperfecciones. Después de todo, si amamos nuestra comunidad, queremos que sea
la mejor posible. Realmente, la fidelidad de la que hablamos se establece cuando
hemos hallado un lugar para nosotros dentro de ésta, un lugar que nos permitirá
contribuir a su estabilidad y desarrollo.
Estadio VI
Si hemos podido llegar
esta fase, nos encontramos entonces en la etapa de la adultez jóven, la
cual dura entre 18 años hasta los 30 aproximadamente. Los límites temporales
con respecto a las edades en los adultos son mucho más tenues que en las etapas
infantiles, siendo estos rangos muy distintos entre personas. La tarea principal
es lograr un cierto grado de intimidad, actitud opuesta a mantenerse en aislamiento.
La intimidad supone la
posibilidad de estar cerca de otros, como amantes, amigos; como un partícipe de
la sociedad. Ya que posees un sentimiento de saber quién eres, no tienes miedo
a “perderte” a ti mismo, como presentan muchos adolescentes. El “miedo al
compromiso” que algunas personas parecen presentar es un buen ejemplo de
inmadurez en este estadio. Sin embargo, este miedo no siempre es tan obvio.
Muchas personas enlentecen o postergan el proceso progresivo de sus relaciones
interpersonales. “Me casaré (o tendré una familia, o me embarcaré en algún
tema social) tan pronto acabe la universidad; tan pronto tenga un trabajo;
cuando tenga una casa; tan pronto…Si has estado comprometido durante los últimos
10 años, ¿qué te hace echarte atrás?.
El joven adulto ya no
tiene que probarse a sí mismo. Una relación de pareja adolescente sí busca un
establecimiento de identidad a través de la relación. “¿Quién soy?. Soy su
novio”. La relación de adultos jóvenes debe ser una cuestión de dos egos
independientes que quieren crear algo más extenso que ellos mismos.
Intuitivamente reconocemos esto cuando observamos la relación de pareja de dos
sujetos donde uno de ellos es un adolescente y el otro un adulto joven. Nos
percatamos del potencial de dominio que tiene el último sobre el primero.
A esta dificultad se añade
que nuestra sociedad tampoco ha hecho mucho por los adultos jóvenes. El énfasis
sobre la formación profesional, el aislamiento de la vida urbana, la fractura
de las relaciones por motivos de traslados y la naturaleza generalmente
impersonal de la vida moderna, hacen que sea más difícil el desarrollo de
relaciones íntimas. Yo soy una de esas personas que he tenido que mudarme de
lugar docenas de veces en mi vida. No tengo ni la más remota idea de lo que pasó
con mis amigos infantiles o incluso de aquellos que tenía en la universidad.
Mis amigos más antiguos están a miles de kilómetros de donde vivo. Yo resido
donde las necesidades relativas a mi profesión me han llevado y por tanto, no
tengo una sensación firme de comunidad.
Bueno, antes de que me
ponga demasiado depresivo, mejor hablemos de ustedes. Sé que a muchos de
ustedes no les ha pasado lo mismo. Si han crecido y afincado en una comunidad en
particular, especialmente una rural, es muy probable que ustedes tengan
relaciones mucho más profundas y duraderas; probablemente se casaron con el
amor de toda su vida, y sienten un buen cariño por su comunidad. Pero este
estilo de vida se está volviendo rápidamente un anacronismo.
La tendencia maladaptativa
que Erikson llama promiscuidad, se refiere particularmente a volverse
demasiado abierto, muy fácilmente, sin apenas esfuerzo y sin ninguna
profundidad o respeto por tu intimidad. Esta tendencia se puede dar tanto con tu
amante, como con tus amigos, compañeros y vecinos.
La exclusión es la
tendencia maligna de aislamiento máximo. La persona se aísla de sus seres
queridos o parejas, amigos y vecinos, desarrollando como compensación un
sentimiento constante de cierta rabia o irritabilidad que le sirve de compañía.
Si atravesamos con éxito
esta etapa, llevaremos con nosotros esa virtud o fuerza psicosocial que Erikson
llama amor. Dentro de este contexto teórico, el amor se refiere a esa
habilidad para alejar las diferencias y los antagonismos a través de una
“mutualidad de devoción”. Incluye no solamente el amor que compartimos en
un buen matrimonio, sino también el amor entre amigos y el amor de mi vecino,
compañero de trabajo y compatriota.
Estadio VII
Este estadio corresponde
al de la adultez media. Es muy difícil establecer el rango de edades,
pero incluiría aquel periodo dedicado a la crianza de los niños. Para la mayoría
de las personas de nuestra sociedad, estaríamos hablando de un período
comprendido entre los 20 y pico y los 50 y tantos. La tarea fundamental aquí es
lograr un equilibrio apropiado entre la productividad (también conocido
en el ámbito de la psicología como generabilidad. N.T.) y el estancamiento.
La productividad es una
extensión del amor hacia el futuro. Tiene que ver con una preocupación sobre
la siguiente generación y todas las demás futuras. Por tanto, es bastante
menos “egoísta” que la intimidad de los estadios previos: la intimidad o el
amor entre amantes o amigos, es un amor entre iguales y necesariamente es recíproco.
¡Ah, claro, nosotros amamos al otro sin egoísmo!. Pero la verdad es que si no
recibimos el amor de vuelta, no lo consideramos un amor verdadero. Con la
productividad, no estamos esperando, al menos parece que no implícitamente, una
reciprocidad en el acto. Pocos padres esperan una “vuelta de su
investimiento” de sus hijos, y si lo hacen, no creemos que sean buenos padres.
Aunque la mayoría de las
personas ponen en práctica la productividad teniendo y criando los hijos,
existen otras maneras también. Erikson considera que la enseñanza, la
escritura, la inventiva, las ciencias y las artes, el activismo social
complementan la tarea de productividad. En definitiva, cualquier cosa que llene
esa “vieja necesidad de ser necesitado”.
El estancamiento, por otro
lado, es la “auto-absorción”; cuidar de nadie. La persona estancada deja de
ser un miembro productivo de la sociedad. Es bastante difícil imaginarse que
uno tenga algún tipo de estancamiento en nuestras vidas, tal y como ilustra la
tendencia maladaptativa que Erikson llama sobrextensión. Algunas
personas tratan de ser tan productivas que llega un momento en que no se pueden
permitir nada de tiempo para sí mismos, para relajarse y descansar. Al final,
estas personas tampoco logran contribuir algo a la sociedad. Estoy seguro de que
todos ustedes conocerán a alguien inmerso en un sinnúmero de actividades o
causas; o tratan da tomar todas las clases posibles o mantener tantos
trabajos…Al final, no tienen ni siquiera tiempo para hacer ninguna de estas
actividades.
Más obvia todavía
resulta la tendencia maligna de rechazo, lo que supone muy poca
productividad y bastante estancamiento, lo que produce una mínima participación
o contribución a la sociedad. Y desde luego que aquello que llamamos “el
sentido de la vida” es una cuestión de cómo y qué contribuimos o
participamos en la sociedad.
Esta es la etapa de la “crisis
de la mediana edad”. En ocasiones los hombres y mujeres se preguntan esa
interrogante tan terrible y vasta de “¿Qué estoy haciendo aquí?”. Detengámonos
un momento a analizar esta pregunta. En vez de preguntarse por quiénes están
haciendo lo que hacen, se preguntan el qué hacen, dado que la atención recae
sobre ellos mismos. Debido al pánico a envejecer y a no haber logrado las metas
ideales que tuvieron cuando jóvenes, tratan de “recapturar” su juventud. El
ejemplo más evidente se percibe en los hombres. Dejan a sus sufrientes esposas,
abandonan sus tediosos trabajos, se compran ropa de última moda y empiezan a
acudir bares de solteros. Evidentemente, raramente encuentran lo que andan
buscando porque sencillamente están buscando algo equivocado. (Un buen ejemplo
lo constituye el papel interpretado por Kevin Spacey en la famosa (por algo será
tan aceptada por el público, sobre todo masculino) en la película “American
Beauty”. N.T.).
Pero si atravesamos esta
etapa con éxito. Desarrollaremos una capacidad importante para cuidar
que nos servirá a lo largo del resto de nuestra vida.
Estadio VIII
Esta última etapa, la
delicada adultez tardía o madurez, o la llamada de forma más directa y
menos suave edad de la vejez, empieza alrededor de la jubilación, después que
los hijos se han ido; digamos más o menos alrededor de los 60 años. Algunos
colegas “viejetes” rabian con esto y dicen que esta etapa empieza solo
cuando uno se siente viejo y esas cosas, pero esto es un efecto directo de una
cultura que realza la juventud, lo cual aleja incluso a los mayores de que
reconozcan su edad. Erikson establece que es bueno llegar a esta etapa y si no
lo logramos es que existieron algunos problemas anteriores que retrasaron
nuestro desarrollo.
La tarea primordial aquí
es lograr una integridad yoica (conservamos aquí la terminología acorde
con los vocablos técnicos dentro del marco de la psicología. También puede
entenderse el término como “integridad”. N.T.) con un mínimo de desesperanza.
Esta etapa parece ser la más difícil de todas, al menos desde un punto de
vista juvenil. Primero ocurre un distanciamiento social, desde un sentimiento de
inutilidad; todo esto evidentemente en el marco de nuestra sociedad. Algunos se
jubilan de trabajos que han tenido durante muchos años; otros perciben que su
tarea como padres ya ha finalizado y la mayoría creen que sus aportes ya no son
necesarios.
Además existe un sentido
de inutilidad biológica, debido a que el cuerpo ya no responde como antes. Las
mujeres pasan por la menopausia, algunas de forma dramática. Los hombres creen
que ya “no dan la talla”. Surgen enfermedades de la vejez como artritis,
diabetes, problemas cardíacos, problemas relacionados con el pecho y ovarios y
cánceres de próstata. Empiezan los miedos a cuestiones que uno no había
temido nunca, como por ejemplo a un proceso gripal o simplemente a caerse.
Junto a las enfermedades,
aparecen las preocupaciones relativas a la muerte. Los amigos mueren; los
familiares también. La esposa muere. Es inevitable que también a uno le toque
su turno. Al enfrentarnos a toda esta situación, parece que todos debemos
sentirnos desesperanzados.
Como respuesta a esta
desesperanza, algunos mayores se empiezan a preocupar con el pasado. Después de
todo, allí las cosas eran mejores. Algunos se preocupan por sus fallos; esas
malas decisiones que se tomaron y se quejan de que no tienen ni el tiempo ni la
energía para revertirlas (muy diferente a estadios anteriores). Vemos entonces
que algunos ancianos se deprimen, se vuelven resentidos, paranoides, hipocondríacos
o desarrollan patrones comportamentales de senilidad con o sin explicación biológica.
La integridad yoica
significa llegar a los términos de tu vida, y por tanto, llegar a los términos
del final de tu vida. Si somos capaces de mirar atrás y aceptar el curso de los
eventos pasados, las decisiones tomadas; tu vida tal y como la viviste, como
necesariamente así, entonces no necesitarás temerle a la muerte. Aunque la
mayoría de ustedes no se encuentran en este punto de la vida, quizás podríamos
identificarnos un poco si empezamos a cuestionarnos nuestra vida hasta el
momento. Todos hemos cometido errores, alguno de ellos bastante graves; si bien
no seríamos lo que somos si no los hubiéramos cometidos. Si hemos sido muy
afortunados, o si hemos jugado a la vida de forma segura y con pocos errores,
nuestra vida no habría sido tan rica como lo es.
La tendencia maladaptativa
del estadio 8 es llamada presunción. Esto ocurre cuando la persona
“presume” de una integridad yoica sin afrontar de hecho las dificultades de
la senectud.
La tendencia maligna es la
llamada desdén. Erikson la define como un desacato a la vida, tanto
propia como la de los demás.
La persona que afronta la
muerte sin miedo tiene la virtud que Erikson llama sabiduría. Considera
que este es un regalo para los hijos, dado que “los niños sanos no temerán a
la vida si sus mayores tienen la suficiente integridad para no temer a la
muerte”. El autor sugiere que una persona debe sentirse verdaderamente
agraciada de ser sabia, entendiendo lo de “agraciada” en su sentido más
amplio: me he encontrado con personas muy poco agraciadas que me han enseñado
grandes cosas, no por sus palabras sabias, sino por su simple y gentil
acercamiento a la vida y a la muerte; por su “generosidad de espíritu”.
Discusión
Me resulta difícil pensar
en otra persona, a no ser Jean Piaget, que haya desarrollado más un
acercamiento a los estadios del desarrollo que Erik Erikson. Y eso que el
concepto de estadios no es muy popular entre los teóricos de la personalidad.
De las personas que recogemos en este texto, solo Sigmund y Anna Freud comparten
completamente sus convicciones. La mayoría de los teóricos prefieren un
acercamiento más paulatino o gradual del desarrollo, utilizando términos como
“fases” o “transiciones”, en vez de estadios definidos y limitados.
Pero desde luego, existen
ciertos segmentos de la vida muy fáciles de identificar, determinados
temporalmente por aspectos biológicos. La adolescencia está
“preprogramada” para que ocurra cuando ocurre, tal y como pasa con el
nacimiento y muy posiblemente, con la muerte natural. El primer año de vida
tiene unas cualidades muy especiales, tipo “parecida a la fetal” y el último
año de la misma incluye ciertas cualidades “catastróficas”.
Si reducimos el
significado de los estadios con el fin de incluir ciertas secuencias lógicas; léase
que las cosas ocurren en un cierto órden, no porque están determinadas
exclusivamente por marcadores biológicos, sino porque no tendrían sentido de
otra forma, entonces podríamos incluso decir que el entrenamiento de los esfínteres,
por ejemplo, tiene que preceder a la independencia de la madre y asistir a
clases; que debemos desarrollar una sexualidad madura antes de encontrar a una
pareja; que normalmente hallaremos a una pareja antes de tener niños y que
necesariamente ¡deberemos tener niños antes de disfrutar su despedida!.
Si estrechamos aún más
el significado de los estadios añadiendo una “programación” social a la
biológica, podríamos incluir períodos de dependencia y escolarización, y así
mismo, el trabajo y la jubilación también. De esta forma tan reducida, no habría
problemas para establecer 7 u 8 estadios. Evidentemente, solo hasta ahora es que
nos hemos sentido presionados a llamarles estadios, en vez de fases o cualquier
otro término impreciso.
De hecho, resulta difícil
defender los estadios de Erikson si los aceptamos dentro de su comprensión de
lo que son los estadios. En otras culturas, incluso dentro de ellas mismas, la
temporalización puede ser muy distinta. En algunos países, los bebés son
destetados a los seis meses y se les enseña el control de esfínteres a los
nueve. En otros, todavía son amamantados hasta los cinco años y el control de
esfínteres se hace con poco más que sacar al niño al patio. Hubo una época
en nuestra cultura en la que las mujeres se casaban a los trece años y tenían
su primer hijo a los quince. Hoy, intentamos posponer el matrimonio hasta los
treinta y nos apresuramos a tener nuestro único hijo antes de cumplir cuarenta.
Buscamos muchos años de retiro. En otra época y lugar, la jubilación
sencillamente es desconocida.
A pesar de todo, los
estadios de Erikson nos brindan un marco de trabajo. Podemos hablar de nuestra
cultura al compararla con otras; o de la actualidad comparada con algunos siglos
atrás o de ver cómo diferimos relativamente de los estándares que provee su
teoría. Erikson y otros investigadores han demostrado que el patrón general de
hecho se adapta a diferentes épocas y culturas, y a la mayoría de nosotros nos
resulta familiar. En otras palabras, su teoría se establece como uno de los
paradigmas más importantes dentro de las teorías de personalidad. Este
paradigma a veces es más importante que la “verdad”: es útil.
También nos provee de
conocimientos que no nos hubiéramos percatado de otra forma. Por ejemplo, podríamos
pensar en sus ocho estadios como una serie de tareas que no siguen un patrón lógico
particular. Pero si dividimos el abanico de la vida en dos secuencias de cuatro
estadios, podemos ver un patrón real, con la mitad referida al desarrollo del
niño y la otra mitad al desarrollo del adulto.
En el estadio I, el niño
debe aprender que “eso” (el mundo, especialmente representado por mamá y
papá, y él mismo) está bien; que “no hay problema”. En el estadio II, el
infante aprende a “yo puedo hacerlo” en el “aquí y ahora”. En el
estadio III, el preescolar aprende a “puedo planear” y proyectarse a sí
mismo hacia un futuro. En el IV, el escolar aprende “puedo finalizar” estas
proyecciones. A través de estas cuatro etapas, el niño desarrolla un Yo
competente y preparado para el amplio mundo que le aguarda.
Tomando la otra mitad
relativa al periodo adulto, nos expandimos más allá del Yo (entendiéndose el
“Yo” no como instancia psíquica freudiana, sino como self o sí mismo,
N.T.). El estadio V tiene que ver con establecer algo muy parecido al “está
bien; no hay problema”. El adolescente debe aprender a que “yo estoy bién”;
conclusión de la negociación establecida de los cuatro estadios precedentes.
En el VI, el adulto joven debe aprender a amar, lo que sería una variación
social de “yo puedo hacerlo” en el aquí y ahora. En el estadio VII, el
adulto debe extender ese amor hacia el futuro, pasando a ser llamado “cuidar
de”. Y finalmente, en el estadio VIII, la persona mayor debe aprender a
“limitar” su Yo, y establecer una nueva y amplia identidad. En palabras de
Jung, la segunda mitad de la vida está dedicada a la realización de uno mismo.
Lecturas
Erikson es un escritor
excelente y capturará su imaginación aún cuando no se sienta cómodo con su
lado freudiano. Los libros basados en su teoría son (en inglés, N.T.) Childhood
and Society y Identity: Youth and Crisis. Son más bien colecciones de ensayos sobre
sujetos tan variados como las tribus americanas nativas, gente famosa como
William James y Adolfo Hitler, nacionalidad, género y raza.
Sus dos libros más
famosos son estudios en “psicohistoria”, el Young Man Luther sobre
Martin Luther y Gandhi’s Truth. Sus trabajos han inspirado a muchos
otros y disponemos en la actualidad de una revista llamada The Journal of
Psychohistory, la cual contiene artículos fascinantes no solo de personas
famosas, sino de prácticas antiguas y presentes en el desarrollo de niños a
través de ritos de poblaciones a todo lo largo del mundo y en todas las épocas
de la historia.