Alfred Adler
1870 - 1937
Dr. C. George Boeree
Traducción
al castellano: Dr. Rafael Gautier
Me
gustaría introducirles a Alfred Adler hablando de alguien a quien éste nunca
conoció: Theodore Roosevelt. Hijo de Martha y Theodore y nacido en Manhattan el
27 de octubre de 1858; se dice que fue un bebé particularmente bello que no
necesitó prácticamente ninguna ayuda para venir a este mundo. Sus padres eran
fuertes, inteligentes, guapos y echados para adelante. Debió pasar una infancia
idílica.
Pero
“Teddie”, como le llamaban, no fue tan sano como parecía ser a primera
vista. Padecía de un asma grave y tendía a resfriarse con facilidad;
presentaba con bastante frecuencia fiebres y toses y sufría de náuseas y
diarrea. Era pequeño y delgaducho. Su voz era muy aguda y así permaneció
hasta su adultez. Se volvió un joven enfermizo y con asiduidad tenía que
dormir sentado en una silla debido al asma. Varias veces estuvo a punto de morir
debido a la falta de oxígeno.
Pero
para no pintar demasiado negro el cuadro, Teddie era un niño activo (algunos
considerarían hiperactivo) y tenía una personalidad fantástica. Estaba lleno
de curiosidad con respecto a la naturaleza y lideraba a un grupo de primos en
aventuras de búsqueda de ratones, ardillas, culebras, ranas y cualquier otra
cosa que pudiese disecarse o puncionarse. Su confinamiento repetido debido a su
asma le conducía a aprovechar el tiempo en los libros, los cuales devoraría
durante toda su vida. ¡Podía ser un niño enfermo, pero desde luego tenía
ganas de vivir!.
Después
de viajar por Europa con su familia, su salud empezó a empeorar. Había crecido
en altura, pero no en su musculatura. Finalmente, con la ayuda del médico
familiar y secundado por su padre, se le instó a levantar pesas. Tenía 12 años.
De la misma forma en que hacía con todo lo que le enseñaban, Teddie desarrolló
la tarea con entusiasmo. Su salud mejoró, se hizo más sano y por primera vez
en su vida pudo pasar un mes sin un ataque de asma.
Cuando
tenía 13 años, se dio cuenta de otro defecto en él. No podía acertar a nada
con el rifle que su padre le había regalado. Cuando sus amigos le leían lo
escrito en una pizarra (él no se había dado cuenta de que había algo escrito
ahí), se percató de que era extremadamente miope.
Ese
mismo año, fue enviado en solitario al campo después de un ataque grave de
asma. En su viaje fue atracado por otros dos chicos de su edad. Se percató de
que no sólo no podía defenderse a sí mismo, sino que ni siquiera había
podido ponerles una mano encima. Más tarde anunció a su padre su intención de
aprender a boxear. En la época en que estuvo en Harvard, ya no solamente era el
Teddy Roosevelt sano, sino un campeón frecuente de una gran variedad de
competiciones atléticas.
El
resto, como dicen muchos, es historia. “Teedie” Roosevelt se hizo un gran
asambleísta de Nueva York; un vaquero de Dakota del Norte; Comisionado de Policía
de Nueva York; Secretario Asistente de la Marina; Teniente Coronel de los
“Rough Riders”; Gobernador de Nueva York y autor de “best sellers”; todo
esto a la edad de 40 años. Después de la muerte del presidente americano
William McKinley en 1901, Theodore Roosevelt asume el cargo de Presidente más
joven de los Estados Unidos.
¿Cómo
es posible que alguien tan enfermizo pueda volverse una persona tan vigorosa,
sana y exitosa?. ¿Por qué algunos niños, ya sean enfermizos o no, prosperan y
otros se amedrentan?. ¿Es un impulso particular de Roosevelt o es algo que
subyace a todos nosotros?. Este tipo de preguntas fueron las cuestiones que
intrigaron a un joven médico vienés llamado Alfred Adler y que le llevarían
a desarrollar su teoría llamada Psicología individual.
Biografía
Alfred Adler nació en los suburbios de Viena
el 7 de febrero de 1870. Era el segundo varón de tres niños, fruto de un
matrimonio de un comerciante judío de granos y su mujer. De niño, Alfred
padeció de raquitismo, lo que le mantuvo impedido de andar hasta los cuatro años.
A los cinco, casi muere de una neumonía. Fue a esta edad cuando decidió que de
mayor sería médico.
Alfred
fue un niño común como estudiante y prefería jugar en el patio a embarcarse
en los estudios. Era muy popular, activo y extravertido. Todos le conocían por
intentar superar a su hermano mayor Sigmund.
Recibió
su título de médico de la Universidad de Viena en 1895. Durante sus años de
instrucción, se unió a un grupo de estudiantes socialistas, dentro del cual
conocería a la que sería su esposa, Raissa Timofeyewna Epstein, una
intelectual y activista social que provenía de Rusia a estudiar en Viena. Se
casaron en 1897 y eventualmente tuvieron cuatro hijos, dos de los cuales se
hicieron psiquiatras.
Empezó
su especialidad médica como oftalmólogo, pero prontamente se cambió a la práctica
general, estableciendo su consulta en una parte de extracto social bajo de
Viena, cercana al Prader, una combinación de parque de atracciones y circo. Por
tanto, sus clientes incluían gente de circo, y en virtud de estas experiencias,
autores como Furtmuller (1964) han sugerido que las debilidades y fortalezas de
estas personas fueron lo que le llevaron a desarrollar sus reflexiones sobre las
inferioridades orgánicas y la compensación.
Posteriormente se inclinó hacia la psiquiatría y en
1907 fue invitado a unirse al grupo de discusión de Freud. Después de escribir
varios artículos sobre la inferioridad orgánica, los cuales eran bastante
compatibles con el punto de vista freudiano, escribió primero un artículo
sobre el instinto agresivo, el cual no fue aprobado por Freud. Seguidamente
redactó un artículo sobre los sentimientos de inferioridad de los niños, en
el que sugería que las nociones sexuales de Freud debían tomarse de forma más
metafórica que literal.
Aunque el mismo Freud nombró a Adler presidente de la
Sociedad Analítica de Viena y co-editor de la revista de la misma, éste nunca
cesó en su crítica. Se organizó entonces un debate entre los seguidores de
Adler y Freud, lo que resultó en la creación, junto a otros 11 miembros de la
organización, de la Sociedad para el Psicoanálisis Libre en 1911. Esta
organización estableció la sede de la Sociedad para la Psicología Individual
al año siguiente.
Durante la Primera Guerra Mundial, Adler sirvió como médico
en la Armada Austríaca, primero en el frente ruso y luego en un hospital
infantil. Así, tuvo la oportunidad directa de ver los estragos que la guerra
producía, por lo que su visión se dirigió cada vez más hacia el concepto de
interés social. Creía que si la humanidad pretendía sobrevivir, tendría que
cambiar sus hábitos.
Después de la guerra, se embarcó en varios proyectos
que incluyeron la formación de clínicas asociadas a escuelas estatales y al
entrenamiento de maestros. En 1926, viajó a los Estados Unidos para enseñar y
eventualmente aceptó un cargo de visitante en el Colegio de Medicina de Long
Island. En 1934, Adler y su familia abandonan Viena para siempre. El 28 de mayo
de 1937, mientras daba clases en la Universidad de Aberdeen, murió de un ataque
al corazón.
Teoría
Alfred Adler postula una única “pulsión” o fuerza
motivacional detrás de todos nuestros comportamientos y experiencias. Con el
tiempo, su teoría se fue transformando en una más madura, pasando a llamarse a
este instinto, afán de perfeccionismo. Constituye ese deseo de
desarrollar al máximo nuestros potenciales con el fin de llegar cada vez más a
nuestro ideal. Es, tal y como ustedes podrán observar, muy similar a la idea más
popular de actualización del self.
La cuestión es que “perfección” e “ideal” son
palabras problemáticas. Por un lado son metas muy positivas, de hecho, ¿no
deberíamos de perseguir todos un ideal?. Sin embargo, en psicología, estas
palabras suenan a connotación negativa. La perfección y los ideales son, por
definición, cosas que nunca alcanzaremos. De hecho, muchas personas viven
triste y dolorosamente tratando de ser perfectas. Como sabrán, otros autores
como Karen Horney y Carl Rogers, enfatizan este problema. Adler también habla
de ello, pero concibe este tipo negativo de idealismo como una perversión de
una concepción bastante más positiva. Luego volveremos sobre el particular.
El afán de perfección no fue la primera frase que
utilizó Adler para designar a esta fuerza motivacional. Recordemos que su frase
original fue la pulsión agresiva, la cual surge cuando se frustran otras
pulsiones como la necesidad de comer, de satisfacer nuestras necesidades
sexuales, de hacer cosas o de ser amados. Sería más apropiado el nombre de
pulsión asertiva, dado que consideramos la agresión como física y negativa.
Pero fue precisamente esta idea de la pulsión agresiva la que motivó los
primeros roces con Freud. Era evidente que éste último tenía miedo de que su
pulsión sexual fuese relegada a un segundo plano dentro de la teoría psicoanalítica.
A pesar de las reticencias de Freud, él mismo habló de algo muy parecido mucho
más tarde en su vida: la pulsión de muerte.
Otra palabra que Adler utilizó para referirse a esta
motivación básica fue la de compensación o afán de superación.
Dado que todos tenemos problemas, inferioridades de una u otra forma,
conflictos, etc.; sobre todo en sus primeros escritos, Adler creía que podemos
lograr nuestras personalidades en tanto podamos (o no) compensar o superar estos
problemas. Esta idea se mantiene inmutable a lo largo de su teoría, pero tiende
a ser rechazada como etiqueta, por la sencilla razón de que parece que lo que
hace que seamos personas son nuestros problemas.
Una de las frases más tempranas de Adler fue la
protesta masculina. Él observaba algo bastante obvio en su cultura (y de
ninguna manera ausente de la nuestra): los chicos estaban situados en una posición
más ventajosa que las chicas. Los chicos deseaban, a veces de forma
desesperada, que fuesen considerados como fuertes, agresivos o en control
(masculinos) y no débiles, pasivos o dependientes (femeninos). Por supuesto, el
tema es que los hombres son de alguna manera básicamente mejores que las
mujeres. Después de todo, ellos tienen el poder, la educación y aparentemente
el talento y la motivación necesarios para hacer “grandes cosas” y las
mujeres no.
Todavía hoy podemos escuchar a algunas personas mayores comentando esto cuando
se refieren a los chicos y chicas pequeños. Si un niño demanda o grita
buscando hacer lo que quiere (¡protesta masculina!), entonces es un niño que
reacciona de forma natural (o normal). Si la niña pequeña es callada y tímida,
está fomentando su feminidad. Si esto ocurre con un chico, es motivo de
preocupación, ya que el niño parece afeminado o puede terminar en mariquita. Y
si nos encontramos con niñas asertivas que buscan hacer lo que creen, son
“marimachos” y ya se buscará la manera de que abandone esa postura.
Pero Adler no creía que la asertividad masculina y su
éxito en el mundo fuesen debido a una cierta superioridad innata. Creía más
bien que los niños son educados para lograr una asertividad en la vida y las niñas
son alejadas de este planteamiento. No obstante, tanto los niños como las niñas
vienen al mundo con la misma capacidad de protesta. Dado que muchas personas
malinterpretan a Adler al respecto, constriñen el uso de la frase.
La última frase que usó antes de plantear su afán de
perfeccionismo, fue afán de superioridad. El uso de esta frase delata
una de sus raíces filosóficas de sus ideas: Friederich Nietzsche desarrolló
una filosofía que consideraba a la voluntad de poder el motivo básico de la
vida humana. Aunque el afán de superioridad se refiere al deseo de ser mejor,
incluye también la idea de que queremos ser mejores que otros, más que mejores
en nosotros mismos. Más tarde, Adler intentó utilizar el término más en
referencia a afanes más insanos o neuróticos.
Estilo de vida
Todo el juego de palabras que usa Adler nos remite a
una teoría de la personalidad bastante más distanciada de la representada por
Freud. La teoría de Freud fue lo que hoy día llamaríamos una teoría
reduccionista: trató durante toda su vida de retraer a niveles fisiológicos
todos sus conceptos. Aún cuando admitió al final su fallo, la vida es
explicada no obstante en base a necesidades fisiológicas. Además, Freud tendió
a enclavar al sujeto en conceptos teóricos más reducidos como el Ello, el Yo y
el Superyo.
Adler fue influenciado por los escritos de Jan Smuts,
el filósofo y hombre de estado surafricano. Éste defendía que para entender a
las personas, debemos hacerlo más como conjuntos unificados en vez de hacerlo
considerándolas como una colección de trozos y piezas, y que debemos hacerlo
en el contexto de su ambiente, tanto físico como social. Esta postura es
llamada holismo y Adler tuvo mucho que ver con esto.
Primero, para reflejar la idea de que debemos ver a los
demás como un todo en vez de en partes, el autor decidió designar este
acercamiento psicológico como psicología individual. La palabra
“individual” significa de forma literal “lo no dividido”.
Segundo, en vez de hablar de la personalidad de un
sujeto en el sentido de rasgos internos, estructuras, dinámicas, conflictos y
demás, prefería hablar en términos de estilo vital (hoy estilo de vida).
El estilo de vida significa cómo vives tu vida; cómo manejas tus problemas y
las relaciones interpersonales. Pasamos a citar en sus propias palabras cómo
explicaba esto: “El estilo de vida de un árbol es la individualidad de un árbol
expresándose y moldeándose en un ambiente. Reconocemos un estilo cuando lo
vemos contrapuesto a un fondo diferente del que esperábamos, por lo que somos
conscientes entonces de que cada árbol tiene un patrón de vida y no es solo
una mera reacción mecánica al ambiente”.
Teleología
Este último punto (el de que el estilo de vida no es
“meramente una reacción mecánica”) es una segunda postura en la que Adler
difiere considerablemente de Freud. Para este último, las cosas que ocurrieron
en el pasado, como los traumas infantiles, determinan lo que eres en el
presente. Adler considera la motivación como una cuestión de inclinación y
movimiento hacia el futuro, en vez de ser impulsado, mecánicamente, por el
pasado. Somos impulsados hacia nuestras metas, nuestros propósitos, nuestros
ideales. A esto se le llama teleología.
El atraer cosas del pasado hacia el futuro tiene
ciertos efectos dramáticos. Dado que el futuro todavía no ha llegado, un
acercamiento teleológico de la motivación supone escindir la necesidad de las
cosas. Si utilizamos un modelo mecanicista, la causa lleva al efecto: si a, b y
c ocurren, entonces x, y, y z deberían, por necesidad, ocurrir también. Pero
no necesitamos lograr nuestras metas o cumplir con nuestros ideales y de hecho,
ellos pueden cambiar durante el proceso. La teleología reconoce que la vida es
dura e incierta, pero siempre queda un lugar para el cambio.
Otra gran influencia sobre el pensamiento de Adler fue
la del filósofo Hans Vaihinger, quien escribió un libro titulado The
Philosophy of "As If" (La Filosofía del "Como Sí").
Vaihinger creía que la verdad última estaría siempre más allá de nosotros,
pero que para fines prácticos, necesitábamos crear verdades parciales. Su
interés particular era la ciencia, por lo que nos ofrece ejemplos relativos a
las verdades parciales a través de la existencia de protones y electrones,
ondas de luz, la gravedad como distorsión del espacio y demás. Contrariamente
a lo que muchos de los no-científicos tendemos a asumir, estas no son cosas que
alguien haya visto o haya probado su existencia: son constructos útiles. De
momento, funcionan; nos permiten hacer ciencia y con esperanza nos llevará a
otros constructos más útiles y mejores. Los utilizamos “como si” fuesen
reales. Este autor llama a estas verdades parciales ficciones.(En la
actualidad existe todo un debate ideológico en torno a la física cuántica,
donde hay una cierta incertidumbre con respecto al destino de un ente sin la
intervención de un sujeto observador que modifique este destino con sus
percepciones sensoriales. N.T.)
Ambos autores postularon que todos nosotros utilizamos
estas ficciones en la vida cotidiana. Vivimos con la creencia de que el mundo
estará aquí mañana, como si conociéramos en su totalidad lo que es malo y
bueno; como si todo lo que vemos fuera realmente así, y así sucesivamente.
Adler llamó a esta tendencia finalismo ficticio. Podríamos entender
mejor la frase si ponemos un ejemplo: muchas personas se comportan como si
hubiera un cielo o un infierno en su futuro personal. Por supuesto, podría
haber un cielo y un infierno, pero la mayoría de nosotros no pensamos en ello
como un hecho demostrado. Esta postura hace que sea una “ficción” en el
sentido vaihingeriano y adleriano. Y el finalismo se refiere a la teleología de
ello: la ficción descansa en el futuro, y al mismo tiempo, influye nuestro
comportamiento en el presente.
Adler añadió que en el centro de cada uno de nuestros
estilos de vida, descansa alguna de estas ficciones, sobre aquella relacionada
con quiénes somos y a dónde vamos.
Interés social
El segundo concepto en importancia sólo para el afán
de perfección es la idea de interés social o sentimiento social
(llamado originariamente como Gemeinschaftsgefuhl o “sentimiento
comunitario”). Manteniendo su idea holística, es fácil ver que casi nadie
puede lograr el afán de perfección sin considerar su ambiente social. Como
animales sociales que somos, no sólo no podemos tener afán, sino incluso
existir. Aún aquellas personas más resolutivas lo son de hecho en un contexto
social.
Adler creía que la preocupación social no era una
cuestión simplemente adquirida o aprendida: era una combinación de ambas; es
decir, está basada en un disposición innata, pero debe ser amamantada para que
sobreviva. El hecho de que sea innata se ilustra claramente por la forma en que
un bebé establece una relación de simpatía por otros sin haber sido enseñado
a hacerlo. Podemos observar que cuando un bebé llora en la sala de neonatología,
todos los demás empiezan a llorar también. O como nosotros, al entrar en una
habitación donde todos se están riendo, empezamos a reirnos también (En el
argot hispano, existe la frase de que “la risa se contagia”. N.T.).
Al tiempo que podemos observar cuán generosos y simpáticos
pueden ser los niños con otros, tenemos ejemplos que ilustran cuán egoístas y
crueles pueden ser. Aunque instintivamente podemos considerar que lo que hace daño
a los demás puede hacérnoslo también, y viceversa, al mismo tiempo somos
capaces de saber que, ante la necesidad de hacer daño a aquel o hacérmelo a mí,
escojo hacérselo a él siempre. Por tanto, la tendencia a empatizar debe de
estar apoyada por los padres y la cultura en general. Incluso sin tomar en
cuenta las posibilidades de conflicto entre mis necesidades y las del otro, la
empatía comprende el sentimiento de dolor de los demás y desde luego en un
mundo duro, esto puede volverse rápidamente abrumador. Es bastante más fácil
ignorar ese sentimiento displacentero, a menos que la sociedad esté cimentada
sobre creencias empáticas.
Un malentendido que Adler quiso evitar fue el relativo
a que el interés social era una cierta forma de extraversión. Los americanos
en particular tienden a considerar la preocupación social como una cuestión
relacionada con ser abierto y amigable; de dar una palmadita en la espalda y
tratar por su primer nombre a los demás. Es cierto que algunas personas
expresan su interés social de esta manera, pero no es menos cierto que otros
usan las mismas conductas para perseguir un interés personal. En definitiva, lo
que Adler quería decir con interés, preocupación o sentimiento social no
estaba referido a comportamientos sociales particulares, sino a un sentido mucho
más amplio de cuidado por el otro, por la familia, por la comunidad, por la
sociedad, por la humanidad, incluso por la misma vida. La preocupación social
es una cuestión de ser útil a los demás.
Por otro lado, para Adler la verdadera definición de
enfermedad mental radica en la falta de cuidado social. Todas las fallas
(incluyendo la neurosis, psicosis, criminalidad, alcoholismo, problemas
infantiles, suicidio, perversiones y prostitución) se dan por una falta de
interés social: su meta de éxito está dirigida a la superioridad personal, y
sus triunfos sólo tienen significado para ellos mismos.
Inferioridad
Bueno, así que aquí estamos; siendo “empujados” a
desarrollar una vida plena, a lograr una perfección absoluta; hacia a la
auto-actualización. Y sin embargo, algunos de nosotros, los “fallidos”,
terminamos terriblemente insatisfechos, malamente imperfectos y muy lejos de la
auto-actualización. Y todo ello porque carecemos de interés social, o mejor,
porque estamos muy interesados en nosotros mismos. ¿Y qué es lo que hace que
estemos tan autocentrados?.
Adler responde que es una cuestión de estar
sobresaturados por nuestra inferioridad. Si nos estamos manejando bien,
si nos sentimos competentes, nos podemos permitir pensar en los demás. Pero si
la vida nos está quitando lo mejor de nosotros, entonces nuestra atención se
vuelve cada vez más focalizada hacia nosotros mismos.
Obviamente, cualquiera sufre de inferioridad de una
forma u otra. Por ejemplo, Adler empieza su trabajo teórico hablando de la
inferioridad de órgano, lo cual no es más que el hecho de que cada uno de
nosotros tiene partes débiles y fuertes con respecto a la anatomía o la
fisiología. Algunos de nosotros nacemos con soplos cardíacos, o desarrollamos
problemas de corazón tempranamente en la vida. Otros tienen pulmones o riñones
débiles, o problemas hepáticos en la infancia. Algunos otros padecemos de
tartamudeo o ceceo. Otros presentan diabetes o asma o polio. Están también
aquellos con ojos débiles, o con dificultades de audición o una pobre masa
muscular. Algunos otros tienen la tendencia innata a ser fuertes y grandes;
otros a ser delgaduchos. Algunos de nosotros somos retardados; otros somos
deformes. Algunos son impresionantemente altos y otros terriblemente bajos, y así
sucesivamente.
Adler señaló que muchas personas responden a estas
inferioridades orgánicas con una compensación. De alguna manera se
sobreponen a sus deficiencias: el órgano inferior puede fortalecerse e incluso
volverse más fuerte que los otros; u otros órganos pueden superdesarrollarse
para asumir la función del inferior; o la persona puede compensar psicológicamente
el problema orgánico desarrollando ciertas destrezas o incluso ciertos tipos de
personalidad. Existen, como todos ustedes saben, muchos ejemplos de personas que
logran llegar a ser grandes figuras cuando incluso no soñaban que podían
hacerlo. (Tomemos como ejemplo muy conocido el caso de Stephen Hopkins. N.T.).
No obstante, por desgracia, existen también personas
que no pueden lidiar con sus dificultades, y viven vidas de displacer crónico.
Me atrevería a adivinar que nuestra sociedad tan optimista y echada para
adelante desestima seriamente a este grupo.
Pero Adler pronto se percató de que esto era solo una
parte de la cuestión. Hay incluso más personas con inferioridades psicológicas.
A algunos de nosotros nos han dicho que somos tontos, o feos o débiles. Algunos
llegamos a creer que sencillamente no somos buenos. En el colegio, nos someten a
exámenes una y otra vez y nos enseñan resultados que nos dicen que no somos
tan buenos como el otro alumno. O somos degradados por nuestras espinillas o
nuestra mala postura, sólo para hallarnos sin amigos o pareja. O nos fuerzan a
pertenecer al equipo de baloncesto, donde esperamos a ver que equipo va a ser
nuestro contrincante; ése que nos aplastará. En estos ejemplos, no es una
cuestión de inferioridad orgánica la que está en juego (realmente ni somos
deformes, ni somos retardados o débiles) pero nos inclinamos a creer que lo
somos. Una vez más, algunos compensamos nuestra inferioridad siendo mejores en
el particular. O nos hacemos mejores en otros aspectos, aún a pesar de mantener
nuestra sensación de inferioridad. Y existen algunos que nunca desarrollarán
para nada una autoestima mínima.
Si lo anterior todavía no ha removido tu personalidad,
entonces nos encontramos con una forma bastante más general de inferioridad: La
inferioridad natural de los niños. Todos los niños, por naturaleza, más
pequeños, débiles y menos competentes intelectual y socialmente que los
adultos que les rodean. Adler sugirió que si nos detenemos a observar sus
juguetes, juegos y fantasías; todos tienen una cosa en común: el deseo de
crecer, de ser mayores, de ser adultos. ¡Este tipo de compensación es
verdaderamente idéntica al afán de perfección!. No obstante, muchos niños
crecen con la sensación de que siempre habrá otros mejores que ellos.
Si nos sentimos abrumados por las fuerzas de la
inferioridad, ya sean fijadas en nuestro cuerpo, o a través de la sensación de
estar en minusvalía con respecto a otros o simplemente presentamos problemas en
el crecimiento, desarrollaremos un complejo de inferioridad. Volviendo
atrás en mi niñez, puedo identificar varias fuentes causales de futuros
complejos de inferioridad: físicamente, siempre tendí a ser más bien grueso,
con estadios de verdadero “niño gordo”. Además, dado que había nacido en
Holanda, no crecí con las aptitudes para jugar baloncesto o baseball o fútbol
americano en mis genes. Finalmente, el talento artístico de mis padres con
frecuencia me dejó (no intencionadamente) con la sensación de que nunca sería
tan bueno como ellos. Por tanto, a medida que fui creciendo, me fui tornando tímido
y tristón, concentrándome en aquello en lo que yo sabía que era realmente
bueno: la escuela. Me tomó bastante tiempo lograr una autovalía.
Si no hubieses sido un “súper lerdo”, quizás no
hubieras tenido que desarrollar uno de los complejos de inferioridad más
comunes: ¡la fobia a las matemáticas!. Quizás empezó porque nunca podía
recordar cuánto eran 7 por 8. Cada vez había alguna cosa que no podía
recordar. Cada año me sentía más alejado de las matemáticas, hasta que
llegamos al punto crítico: el álgebra. ¿Cómo podía esperar saber lo que era
“x” si ni siquiera sabía cuánto era 7 por 8?.
Bastantes personas realmente creen que no están hechos
para las matemáticas, considerando que se debe a que les falta alguna parte del
cerebro o algo así. Me gustaría transmitir en este momento que cualquiera
puede hacer matemáticas, siempre y cuando hayan sido enseñados apropiadamente
y cuando estén listos para hacerlo. Tomando en cuenta lo anterior, imaginemos
cuántas personas han dejado de ser científicos, profesores, hombres de
negocios o incluso simplemente ir al colegio, debido su complejo de
inferioridad.
En este sentido, el complejo de inferioridad no es
solamente un pequeño problema; es una neurosis, significando con esto que es un
problema considerable. Uno se vuelve tímido y vergonzoso, inseguro, indeciso,
cobarde, sumiso y demás. Empezamos a apoyarnos en las personas sólo para que
nos conduzcan e incluso llegamos a manipularles para que aseguren nuestra vida:
“soy bueno/listo/fuerte/guapo/sexy/; ¿no crees?”. Eventualmente, nos
volvemos el sumidero de los demás y podemos vernos como copias de los otros. ¡Nadie
puede mantener esta postura de minusvalía durante mucho tiempo!.
Aparte de la compensación y el complejo de
inferioridad, otras personas responden a la inferioridad de otra manera: con un complejo
de superioridad. Este complejo busca esconder tu inferioridad a través de
pretender ser superior. Si creemos que somos débiles, una forma de sentirnos
fuertes es haciendo que todos los demás se sientan aún más débiles. Esas
personas a las que llamamos tontos, fanfarrones y esos dictadores de pacotilla
son el mejor ejemplo de este complejo. Ejemplos más sutiles lo constituyen
aquellos que buscan llamar la atención a través del dramatismo; o aquellos que
se sienten más poderosos al realizar crímenes y aquellos otros que ridiculizan
a los demás en virtud de su género, raza, orígenes étnicos, creencias
religiosas, orientaciones sexuales, peso, estatura, etc. Algunos ejemplos aún más
sutiles son aquellas personas que esconden sus sentimientos de minusvalía en
las ilusiones obtenidas por el alcohol y las drogas.
Tipos psicológicos
Aunque para Adler todas las neurosis se pueden
considerar como una cuestión de un interés social insuficiente, sí hizo una
distinción en tres tipos, basándose en los diferentes niveles de energía que
utilizaban.
El primero de estos tipos es el tipo dominante.
Desde su infancia, estas personas desarrollan una tendencia a ser agresivos y
dominantes con los demás. Su energía (la fuerza de sus impulsos que determina
su poder personal) es tan grande que se llevan lo que haya por delante con el
fin de lograr este dominio. Los más enérgicos terminan siendo sádicos y
valentones; los menos energéticos hieren a los demás al herirse a sí mismos,
como los alcohólicos, adictos y suicidas.
El segundo es el tipo erudito. Son sujetos
sensibles que han desarrollado una concha a su alrededor que les protege, pero
deben apoyarse en los demás para solventar las dificultades de la vida. Tienen
un bajo nivel de energía y por tanto se hacen dependientes de sujetos más
fuertes. Cuando se sienten sobresaturados o abrumados, desarrollan lo que
entendemos como síntomas neuróticos típicos: fobias, obsesiones y
compulsiones, ansiedad generalizada, histeria, amnesias y así sucesivamente,
dependiendo de los detalles individuales de su estilo de vida.
El tercer tipo es el evitativo. Estos son los
que tienen los niveles más bajos de energía y sólo pueden sobrevivir si
evitan lo que es vivir, especialmente a otras personas. Cuando son empujados al
límite, tienden a volverse psicóticos y finalmente retrayéndose a su propio
mundo interno.
Existe un cuarto tipo también; es el tipo
socialmente útil. Este sería el de la persona sana, el que tiene tanto
energía como interés social. Hay que señalar que si uno carece de energía,
realmente no se puede tener interés social dado que seremos incapaces de hacer
nada por nadie.
Adler señaló que estos cuatro tipos se parecían
mucho a los propuestos por los antiguos griegos, los cuales también observaron
que algunas personas estaban siempre tristes, otras rabiosas y demás. Pero en
su caso, éstos atribuyeron tales temperamentos (de la misma raíz terminológica
que temperatura) a la relativa presencia de cuatro fluidos corporales llamados humores.
Si alguien presenta mucha bilis amarilla, sería colérico
(una persona visceral y seca) y rabioso la mayoría del tiempo. El colérico sería,
básicamente, como el dominante. Correspondería más o menos, al tipo fortachón.
Si otra persona tiene mucha flema, sería flemática
(fría y distante) ? un poco necio. Sería, vulgarmente hablando, el tipo que se
apoya en todos.
Si otro tiene mucha bilis negra (y desde luego no
sabemos a qué se referían los griegos con esto) éste será melancólico
(frío y seco) y es un sujeto tendiente a estar triste todo el tiempo. Este sería
como el tipo evitativo.
Y, por último, si hay una persona que tenga más
sangre que el resto de los humores, será una persona de buen humor o sanguínea
(calurosa y cariñosa). Este sujeto afectuoso y amistoso representaría al tipo
socialmente adaptado o útil.
Antes de seguir, una palabra ante todo sobre los tipos
adlerianos: Adler defendía con saña que cada persona es un sujeto individual
con su propio y único estilo de vida. Por tanto, la idea de tipos es para él
solo una herramienta heurística, significando una ficción útil, no una
realidad absoluta.
Infancia
De la misma manera que Freud, Adler entendía la
personalidad o el estilo de vida como algo establecido desde muy temprana edad.
De hecho, el prototipo de su estilo de vida tiende a fijarse alrededor de
los cinco años de edad. Las nuevas experiencias, más que cambiar ese
prototipo, tienden a ser interpretadas en términos de ese prototipo; en
otras palabras, “fuerzan” a esas experiencias a encajar en nociones
preconcebidas de la misma forma que nuevas adquisiciones son “forzadas” a
nuestro estereotipo.
Adler sostenía que existían tres situaciones
infantiles básicas que conducirían en la mayoría de las veces a un estilo de
vida fallido. La primera es aquella de la que hemos hablado ya en varias
ocasiones: las inferioridades orgánicas, así como las enfermedades de la niñez.
En palabras de Adler, los niños con estas deficiencias son niños
“sobrecargados”, y si nadie se preocupa de dirigir la atención de éstos
sobre otros, se mantendrán dirigiéndola hacia sí mismos. La mayoría pasarán
por la vida con un fuerte sentimiento de inferioridad; algunos otros podrán
compensarlo con un complejo de superioridad. Sólo se podrán ver compensados
con la dedicación importante de sus seres queridos.
La segunda es la correspondiente al mimo o consentimiento.
A través de la acción de los demás, muchos niños son enseñados a que pueden
tomar sin dar nada a cambio. Sus deseos se convierten en órdenes para los demás.
Esta postura suena maravillosa hasta que observamos que el niño mimado falla en
dos caminos: primero, no aprende a hacer las cosas por sí mismo y descubre más
tarde que es verdaderamente inferior; y segundo, no aprende tampoco a lidiar con
los demás ya que solo puede relacionarse dando órdenes. Y la sociedad responde
a las personas consentidas solo de una manera: con odio.
El tercero es la negligencia. Un niño
descuidado por sus tutores o víctima de abusos aprende lo que el mimado, aunque
de manera bastante más dura y más directa: aprenden sobre la inferioridad dado
que constantemente se les demuestra que no tienen valor alguno; adoptan el
egocentrismo porque son enseñados a no confiar en nadie. Si uno no ha conocido
el amor, no desarrollaremos la capacidad para amar luego. Debemos destacar aquí
que el niño descuidado no solo incluye al huérfano y las víctimas de abuso,
sino también a aquellos niños cuyos padres nunca están allí y a otros que
han sido criados en un ambiente rígido y autoritario.
Orden de nacimiento
Adler debe ser tomado en cuenta como el primer teórico
que incluyó no sólo la influencia de la madre, el padre y otros adultos en la
vida del niño, sino también de los hermanos y hermanas de éste. Sus
consideraciones sobre los efectos de los hermanos y el orden en que nacieron es
probablemente aquello por lo que más se conoce a Adler. No obstante, debo
advertirles que Adler consideró estas ideas también como conceptos heurísticos
(ficciones útiles) que contribuyen a comprender a los demás, pero no deben
tomarse demasiado en serio.
El hijo único es más factible que otros a ser
consentido, con todas las repercusiones nefastas que hemos discutido. Después
de todo, los padres de un hijo único han apostado y ganado a un solo número,
por decirlo vulgarmente, y son más dados a prestar una atención especial (en
ocasiones un cuidado lleno de ansiedad) de su orgullo y alegría. Si los padres
son violentos o abusadores, el hijo único tendrá que enfrentarse solo al
abuso.
El primer hijo empieza la vida como hijo único,
con toda la atención recayendo sobre él. Lástima que justo cuando las cosas
se están haciendo cómodas, llega el segundo hijo y “destrona” al primero.
Al principio, el primero podría luchar por recobrar su posición; podría, por
ejemplo, empezar a actuar como un bebé (después de todo, parece que funciona
con el bebé comportándose como lo hace, ¿no?), aunque sólo encontrará la
reticencia y la advertencia de ¡que crezca ya!. Algunos se vuelven
desobedientes y rebeldes; otros hoscos y retraídos. Adler creía que los
primeros hijos estaban más dispuestos a desarrollar problemas que los
siguientes. Mirando la parte positiva, la mayoría de los hijos primeros son más
precoces y tienden a ser relativamente más solitarios (individuales) que otros
niños de la familia.
El segundo hijo está inmerso en una situación
muy distinta: tiene a un primer hermano que “sienta los pasos”, por lo que
tiende a ser muy competitivo y está constantemente intentando sobrepasar al
mayor, cosa que con frecuencia logran, pero muchos sienten como si la carrera
por el poder nunca se realiza del todo y se pasan la vida soñando en una
competición que no lleva a ninguna parte. Otros chicos del “medio” tienden
a ser similares al segundo, aunque cada uno de ellos se fija en diferentes
“competidores”.
El último hijo es más dado a ser mimado en las
familias con más de uno. Después de todo, ¡es el único que no será
destronado!. Por lo tanto, estos son los segundos hijos con mayores
posibilidades de problemas después del primer hijo. Por otro lado, el menor
también puede sentir una importante inferioridad, con todos lo demás mayores
que él y por tanto “superiores”. Pero, con todos estos “trazadores del
camino” delante, el pequeño puede excederles también.
De todas formas, quién es verdaderamente el primero,
segundo o el más joven de los chicos no es tan fácil como parece. Si existe
demasiada distancia temporal entre ellos, no tienen necesariamente que verse de
la misma manera que si este rango fuese más corto entre ellos. Con respecto a
mis hijos, hay una diferencia entre mi primera y segunda hija de 8 y 3 años
entre ésta y la tercera: esto haría que mi primera hija fuese como hija única;
la segunda como primera, y la segunda como la última. Y si algunos de los hijos
son varones y otros chicas, también existe una diferencia marcada. Un segundo
hijo de sexo femenino no tomará a su hermano mayor como un competidor; un varón
en una familia de chicas puede sentirse más como hijo único; y así
sucesivamente. Como con todo el sistema de Adler, el orden del nacimiento debe
entenderse en el contexto de las circunstancias especiales personales de cada
sujeto.
Diagnóstico
Con el objetivo de descubrirnos las “ficciones”
sobre los que descansan nuestros estilos de vida, Adler se detendría en una
gran variedad de cosas, como el orden del nacimiento, por ejemplo. Primero, le
examinaría y estudiaría su historia médica en busca de cualquier raíz orgánica
responsable de su problema. Una enfermedad grave, por ejemplo, podría presentar
efectos secundarios que imitarían muy cercanamente a síntomas neuróticos y
psicóticos.
En la misma primera sesión con usted, le preguntaría
acerca de sus recuerdos infantiles más tempranos. En estos recuerdos,
Adler no estaría buscando tanto la verdad de los hechos, sino más bien
indicadores de ese prototipo inicial de su vida presente. Si sus recuerdos
tempranos comprenden seguridad y un alto grado de atención, podría estar indicándonos
un mimo o consentimiento. Si recuerda algún grado de competencia agresiva con
su hermano mayor, podría sugerirnos los afanes intensos del segundo hijo y el
tipo de personalidad dominante. Y si finalmente, sus recuerdos envuelven
negligencia y el esconderse debajo del lavadero, podría sugerirnos una grave
inferioridad y evitación.
También le preguntaría por cualquier problema
infantil que hubiera podido tener: malos hábitos relacionados con el comer
o con los esfínteres podría indicar la forma en que ha controlado a sus
padres; los miedos, como por ejemplo a la oscuridad o a quedarse solo, podría
sugerir mimo o consentimiento; el tartamudeo puede asociarse con ansiedad en el
momento del aprendizaje del habla; una agresión importante y robos podrían ser
signos de un complejo de superioridad; el soñar despierto, aislamiento, pereza
y estar todo el día tumbado serían formas de evitar la propia inferioridad.
De la misma forma que para Freud y Jung, los sueños
(y las ensoñaciones) fueron importantes para Adler, aunque los abordaba de una
forma más directa. Para éste último, los sueños eran una expresión del
estilo de vida y en vez de contradecir a sus sentimientos diurnos, estaban
unificados con la vida consciente del sujeto. Con frecuencia, los sueños
representan las metas que tenemos y los problemas a los que nos enfrentamos para
alcanzarlas. Si usted no recuerda ningún sueño, Adler no se da por vencido: Póngase
a fantasear en ese momento y allí mismo; al fin y al cabo, sus fantasías también
reflejarán su estilo de vida.
Adler también prestaría atención a la manera en que
usted se expresa; su postura, la forma en que estrecha las manos, los gestos que
usa, cómo se mueve, su “lenguaje corporal” como decimos en la
actualidad. Adler, por ejemplo, ha observado que las personas mimadas tienden a
reclinarse sobre algo en la consulta. Incluso, sus propias posturas al dormir
pueden servir de ayuda: una persona que duerme en posición fetal y con la
cabeza tapada por la sábana es claramente diferente de aquella que se extiende
por toda la cama completamente sin arroparse.
También le llamaría la atención los factores exógenos;
aquellos eventos que provocaron la chispa de la emergencia de los síntomas que
tiene. Adler aporta varios de ellos que considera comunes: problemas sexuales
como incertidumbre, culpa, la primera vez, impotencia y demás; los problemas
propios de la mujer como la maternidad y nacimiento de los hijos, el inicio de
la menstruación (en términos psiquiátricos, menarquia, N.T.) y finalización
de la misma (menopausia, N.T.); su vida amorosa como los ligues, citas,
compromisos, matrimonio y divorcios; su vida laboral y educativa, incluyendo la
escuela, el colegio, exámenes, decisiones de carrera y el propio trabajo, así
como peligros que hayan atentado contra su vida o las pérdidas de seres
queridos.
Por último, pero no menos importante, Adler estaba
abierto a aquella parte más pseudo-artística y menos racional y científica
del diagnóstico. Sugirió que no ignorásemos la empatía, la intuición
y, simplemente, el trabajo deductivo.
Terapia
Existen diferencias considerables entre la terapia de
Freud y la de Adler. En primer lugar, Adler prefería tener al cliente sentado
frente a él, cara a cara. Más adelante se preocuparía mucho por no parecer
autoritario frente al paciente. De hecho, advirtió a los terapeutas a no
dejarse que el paciente le situase en un papel de figura autoritaria, dado que
le permite al paciente jugar un papel que es muy probable que ya haya jugado
muchas veces anteriormente: el paciente puede situarte como un salvador que
puede ser atacado cuando inevitablemente le revelamos nuestra humanidad. En la
medida en que nos empequeñecen, sienten como si estuviesen creciendo, alzando
igualmente sus estilos de vida neuróticos.
Esta sería, en esencia, la explicación que Adler dio
a la resistencia. Cuando el paciente olvida las citas, llega tarde, demanda
tratos especiales o se vuelve generalmente terco y poco cooperador no es, como
pensó Freud, una cuestión de represión, sino más bien una resistencia como
signo de falta de valor del paciente a enfrentar su estilo de vida neurótico.
El paciente debe llegar a entender la naturaleza de su
estilo de vida y sus raíces en sus ficciones de autocentramiento. Esta
comprensión (o “insight”) no puede forzarse: Si le decimos simplemente a un
paciente “Mire, éste es su problema”, sencillamente el mismo se volverá
atrás buscando nuevas vías para mantener sus fantasías. Por tanto, debemos
llevar al paciente a un cierto estado afectivo que a él le guste escuchar y que
quiera comprender. Solamente a partir de aquí es que puede influenciarse a
vivir lo que ha comprendido (Ansbacher y Ansbacher, 1956, p. 335). Es el
paciente, no el terapeuta, el que será finalmente responsable de curarse.
Finalmente, el terapeuta debe motivar al paciente, lo
que significa despertar su interés social, y la energía que lo acompaña. A
partir de una genuina relación humana con el paciente, el terapeuta provee de
una forma básica de interés social que luego puede ser trasladado a otros.
Discusión
Aunque la teoría de Adler parece ser menos interesante
que la de Freud con su sexualidad o la de Jung con su mitología, probablemente
le llama a uno la atención por ser la más basada en el sentido común de las
tres. Los estudiantes generalmente simpatizan más con la teoría de Adler. De
hecho, también unos cuantos teóricos de la personalidad también les gusta.
Maslow, por ejemplo, dijo una vez que cuanto mayor se hacía, más razón parecía
tener Adler. Si usted tiene una cierta noción de la rama teórica de Carl
Rogers, se habrá dado cuenta de cuán parecidas son. Y un gran número de
estudiosos de las teorías de la personalidad ha observado que los llamados
neo-freudianos (Horney, Fromm y Sullivan) de hecho deberían llamarse
neo-adlerianos.
Problemas
Las críticas contra Adler tienden a detenerse sobre la
cuestión de si su teoría es o no, o hasta qué grado, científica. La
corriente principal de la psicología actual se dirige hacia lo experimental, lo
que significa que los conceptos que usa una teoría deben ser medibles y
manipulables. Por tanto, este enfoque supone que una orientación experimental
prefiera variables físicas o conductuales. Tal y como vimos, Adler utiliza
conceptos básicos muy lejanos de lo físico y lo conductual: ¿afán de
perfección?; ¿cómo se mide eso?, ¿y la compensación?, ¿y los sentimientos
de inferioridad?, ¿y el interés social?. A esto se añade que el método
experimental también establece un supuesto básico: que todas las cosas operan
en términos de causa-efecto. Adler estaría desde luego de acuerdo conque esto
es así para los fenómenos físicos, pero negaría rotundamente que las
personas funcionen bajo este principio. Más bien, él toma el camino teleológico,
estableciendo que las personas están “determinadas” por sus ideales, metas,
valores y “fantasías o ficciones finales”. La teleología extrae la
necesidad de las cosas: una persona no tiene que responder de una determinada
manera ante una circunstancia específica; una persona tiene elecciones para
decidir; una persona crea su propia personalidad o estilo de vida. Desde una
perspectiva experimental estas cuestiones son ilusiones que un científico,
incluso un teórico de la personalidad, no toma en cuenta.
Incluso si uno se abre ante la postura teleológica,
existen críticas que se apoyan en la poca cientificidad de la teoría
adleriana: muchos de los detalles de su teoría son demasiado anecdotarios, es
decir, son válidos en casos particulares pero no necesariamente son tan
generales como Adler sostenía. Por ejemplo, el primer hijo (incluso definido
ampliamente) no necesariamente se siente desplazado, como tampoco necesariamente
el segundo se siente competitivo.
De todas formas, Adler respondería fácilmente a estas
críticas. Primero, tal y como acabamos de mencionar, si uno acepta la teleología,
no necesitamos saber nada acerca de la personalidad humana. Y segundo, ¿no fue
Adler bastante claro en su investigación sobre el finalismo ficticio?. Todos
sus conceptos son constructos útiles, no verdades absolutas y la ciencia es sólo
una cuestión de crear incesantemente constructos útiles. Así que, si usted
tiene mejores ideas, ¡oigámoslas!.
Lecturas
Si
desea saber más sobre la teoría de Alfred Adler, lea directamente el libro de
Ansbacher y Ansbacher The Individual Psychology of Alfred Adler. Estos
autores seleccionan muchas partes de sus escritos, los organizan y añaden
comentarios adicionales. Introducen a muchas de sus ideas de una manera muy
accequible.
Los libros propios de Adler incluyen: Understanding
Human Nature, Problems of Neurosis, The Practice and Theory of Individual
Psychology, and Social Interest: A Challenge to Mankind.
Puede encontrar también material muy reciente de Adler
en: The International Journal of Individual Psychology.