Introducción

 

Los acontecimientos de diciembre son parte de una realidad mundial y latinoamericana signada por giros bruscos, crisis política, caídas de gobiernos, saltos en calidad de las luchas y extensión social de las mismas. Todo esto se desarrolla simultáneamente a la tendencia a la contrarrevolución y la guerra por parte de las clases explotadoras.

    La rebelión popular que volteó a dos presidentes en la Argentina marca el inicio de un proceso, que continúa abierto, cuyo punto más alto fueron las jornadas del 19 y 20 de diciembre que, a su vez, son inescindibles del paro general masivo del día 13 y de las luchas obreras y populares previas. Y ha motorizado una cotidiana y extendida resistencia popular. El país entero, en cada uno de sus rincones, de sur a norte y de este a oeste, está convulsionado por luchas obreras, populares y todo tipo de protestas de millones de explotados y oprimidos para defenderse de la brutal ofensiva económica que no se detiene con los cambios de gobiernos.

    Fue una lucha de masas, de carácter político, destinada a golpear muy duramente el régimen político inaugurado casi dos décadas atrás. Toda la institucionalidad democrática con la que la burguesía cubrió sus espaldas frente al derrumbe de la dictadura militar tembló hasta sus cimientos (aun cuando formalmente se mantenga).

    La rebelión de diciembre puso al desnudo la podredumbre institucional de la “democracia” capitalista: el poder del Ejecutivo, el parlamento, el poder judicial, el papel de los partidos políticos patronales, la libertad de expresarse y manifestarse, la mentirosa libertad de prensa, el papel de las fuerzas represivas, en particular de la Policía, que dejó un baño de sangre y un mínimo de 30 jóvenes asesinados: la peor masacre desde la dictadura militar. Todo quedó sobre el tapete a la vista de millones.

    Ya nada volverá a ser igual en la Argentina. Se cerró el ciclo iniciado tras la derrota de la dictadura militar en Malvinas. Terminó un round y queda un minuto para continuar una pelea inconclusa.

 

Esta edición especial de Bandera Roja es un instante de reflexión en un combate que continúa. Su objetivo es ser útil en la continuidad de la pelea.

    La Liga Socialista Revolucionaria (LSR) considera que el 19-20 se protagonizó una rebelión popular contra un régimen en descomposición y que esa rebelión tuvo fuertes elementos espontáneos y escapó completamente al control de los aparatos burocráticos y de los partidos burgueses.

    En su gestación no sólo hubo importantes luchas obreras y de masas –con el masivo paro del 13 como expresión generalizada– sino también una acumulación molecular de una creciente pérdida de legitimidad del régimende dominación frente a las masas y de un cuestionamiento político e ideológico global (del que las elecciones del 14 de octubre fueron una expresión). El pueblo trabajador fue procesando una experiencia ante las múltiples manifestaciones de la descomposición económica, política e institucional del régimen capitalista.

    Por todo esto, en la nota editorial de la última edición de Bandera Roja (Nº 55, 5/12/2001), bajo el título de “Colapso”, analizábamos:

    “Estamos transitando el colapso que la clase capitalista viene incubando desde hace más de un cuarto de siglo.

    ”Hay una virtual cesación de pagos interna. El riesgo país y las tasas de interés están tan por las nubes que la economía está prácticamente paralizada. Las movidas desesperadas de Cavallo no son parte de ningún plan sino vulgares intentos de retrasar la postración definitiva. No hay recambio político burgués por la sencilla razón de que carecen de plan económico alternativo real, que no sean meras palabras.

    ”Este proceso de crisis económica, descomposición social y política ha entrado en la recta final. No se trata sólo del colapso global de las cuentas públicas y privadas: toda la estructura social tradicional está hecha trizas. La desocupación, la pauperización creciente de la clase media, los altísimos niveles de violencia social y los recientes anuncios de Cavallo, conforman un cuadro de fuerte crisis social, opuesta al más elemental funcionamiento democrático.

    ”El conjunto muestra una tendencia hacia el quiebre institucional, lo que no equivale necesariamente a un tradicional golpe de Estado (porque no hay quien lo dé, ya que el partido militar está, todavía, gravemente herido).

    “El acceso de Puerta a la presidencia del Senado –virtual vicepresidencia de la nación– no cambia en lo fundamental la realidad del justicialismo: Puerta no representa un proyecto del peronismo, sino que será el encargado de conducir un eventual interinato o bien adelantar un llamado a elecciones en caso de renunciar De la Rúa (cosa nada descartable).”

    La masiva fuga de capitales (más de 20.000 millones de dólares) previa al “corralito” fue la estocada final de toda una política de más de una década.

 

Cuando definimos el carácter popular con un gran componente espontáneo de las jornadas del 19-20, no lo hacemos desde la simplificación “de manual” de contraponerlo a lo “consciente”, ya que consideramos que ambas son categorías estáticas en la abstracción, mientras que son fuertemente relativas y cambiantes en la realidad.

    Diciembre no fue un rayo en cielo sereno ni es posible entenderlo sin tomar en cuenta la larga experiencia de los explotados acumulada en el último cuarto de siglo. Y transmitida, así sea fragmentariamente, a las nuevas camadas de jóvenes luchadores. Tampoco es irrelevante el conjunto del accionar de la izquierda y el trabajo de propaganda previa realizado por ella en estas décadas (por ejemplo, el desarrollado por el MAS durante los ’80 en relación con la deuda externa).

    Pero las definiciones centrales no se extraen mediante un método de suma y resta sino buscando poner el foco en el elemento más destacado de la realidad, y ello fue la respuesta masiva y espontánea de las masas al estado de sitio y al discurso de De la Rúa del 19 de diciembre.

    Los acontecimientos del 20, aun con el salto en los métodos de lucha, son inexplicables sin el 19 y están íntimamente unidos a él.

    Por otro lado, esos días y los posteriores no pueden comprenderse ignorando la experiencia de dos años hecha con el gobierno de la Alianza, que inauguró su asunción asesinando a dos trabajadores en Corrientes.

    Respetamos las opiniones de compañeros y organizaciones que consideran que hubo una “revolución de febrero triunfante”, “una insurrección obrera y popular” o una “crisis revolucionaria”. Las respetamos pero no las compartimos y consideramos, con Lenin, que “un centímetro de diferencia en la teoría, se expresa en un metro de diferencia en la acción”.

    Los dos elementos centrales que definieron al febrero de 1917 en Rusia –como prolegómeno de octubre, sin cuyo triunfo iba a retroceder lo conquistado en febrero–, fueron la formación de los soviets como órganos de poder alternativo al de la burguesía y el fin del monopolio capitalista de la violencia, al ganar para sí la revolución a la mayoría del ejército tras el reclamo de paz.

    Es obvio que ninguno de esos dos elementos están o estuvieron presentes en diciembre. Por más crisis gubernamental que haya habido, y que hubo, en ningún momento el poder quedó vacante o algo similar, y el Estado –como banda de hombres armados al servicio del poder capitalista– se mantuvo intacto, por más contradicciones que pudieran haberse desarrollado subterráneamente en su interior.

 

Nada de esto nos lleva a subestimar los acontecimientos, lo cual sería un error grave. Lo que no queremos es magnificarlos y, en consecuencia, trazarnos una perspectiva política errónea.

    La acción de las masas comenzó a enterrar al agotado régimen formal de democracia que prohijó la clase capitalista después de la bancarrota de la dictadura eitimidad del régimen de dominación frente a las masas y de un cuestionamiento político e ideológico global (del que las elecciones del 14 de octubre fueron una expresión). El pueblo trabajador fue procesando una experiencia ante las múltiples manifestaciones de la descomposición económica, política e institucional del régimen capitalista.     Por todo esto, en la nota editorial de la última edición de Bandera Roja (Nº 55, 5/12/2001), bajo el título de “Colapso”, analizábamos:    “Estamos transitando el colapsooimperialista de Duhalde y sus aliados radicales y frepasistas. Se trata de descorrer hasta el último velo que pueda embellecer el horrendo rostro de la institucionalidad capitalista (incluida la “asamblea constituyente”). Está en presente la necesidad de luchar contra el gobierno y su respaldo clerical, y alentar la necesidad de superar revolucionariamente a la putrefacta institucionalidad capitalista.

    Desde un punto de vista revolucionario, todas las energías deben estar puestas en ayudar a desarrollar, extender y masificar, los muy incipientes elementos que pueden avanzar hacia la construcción de un poder alternativo obrero y popular, en todos los terrenos posibles.

 

Las asambleas populares barriales, que embrionariamente surgieron en el último mes, merecen poner el máximo esfuerzo en su desarrollo. El tesón, el esfuerzo y el respeto por los tiempos de maduración de un proceso político inédito en la cabeza de millones de trabajadores y trabajadoras, tienen que terminar de enterrar los “aparatismos” contraproducentes, las soberbias infundadas y todas las arremetidas que intenten dividir y debilitar el movimiento. Y bregar firme y tenazmente para que las asambleas se hagan masivas, participativas y echen raíces que impidan –o dificulten en extremo– su manipulación burocrática (a manos de quien sea), que llevaría a abortar un proceso muy promisorio hoy.

    En simultáneo, se impone redoblar la lucha por barrer definitivamente, de las empresas y los gremios, a la archipodrida burocracia sindical. Las vías pueden ser muchas: desde la creación de comités de fábrica y coordinadoras por zona, municipio o provincia; avanzando hacia un congreso representativo, que siente bases fundacionales para la organización de la clase trabajadora toda (ocupada y desocupada),independiente del Estado, las patronales y las burocracias; o sea, en una perspectiva revolucionaria. Y allí donde las organizaciones burocráticas conserven un resto de base entre los trabajadores, habrá que utilizar todas las tácticas y rodeos que sean útiles para orientarse hacia el mismo norte.

    Esto último adquiere singular importancia con respecto a la vanguardia que hoy está en lucha por falta de pago y todo tipo de atropellos: los trabajadores estatales, provinciales y municipales, cuya pelea es necesario tratar de coordinar más allá de los aparatos burocráticos cada vez menos representativos, y buscando organizarse a través de asambleas y comités de lucha comunes. Igual vigencia tiene en el seno de los docentes y la lucha que tienen por delante contra la quita del incentivo y de otras conquistas que les van a tratar de arrancar en el país y en cada provincia. Una organización asamblearia, de autoconvocados, debe disputar la organización y dirección de la lucha a los mariscales de derrotas que están al frente de la Ctera.

    El objetivo más abarcativo es desarrollar organizaciones de masas que se vayan convirtiendo en un creciente poder alternativo. Poder alternativo que, como tal, no sólo debe tener como estrategia la lucha por hacerse del poder (y terminarcon el de los capitalistas), sino también la capacidad de dar respuestas tácticas inmediatas a los acuciantes problemas de la realidad cotidiana del pueblo trabajador.

 

Desde el punto de vista político, decíamos más arriba que diciembre abrió un proceso inédito en la cabeza y la conciencia de millones de explotados y oprimidos. Básicamente, es de rechazo a toda la política dominante en más de un siglo de historia (y, en particular, en los últimos 50 años).

    Los zig zag con que se desarrolla la bárbara ofensiva capitalista-imperialista bajo Duhalde –con su descrédito y el odio social que despierta en crecientes masas–, abonan el camino independiente de los trabajadores y el pueblo. El tumultuoso irrumpir de movilizaciones y luchas en todo el país es una prueba clara de que los trabajadores y el pueblo han entrado en escena y lo han hecho para quedarse y ser protagonistas. Los nuevos desafíos son cotidianos.

    Esta realidad, en el seno de la izquierda, obliga a dos reflexiones centrales.

    La primera, es que diciembre abrió el camino hacia las masas para los socialistas revolucionarios. Para recorrerlo, es decisivo actuar correctamente: no dejarnos atar por los jirones de la democracia burguesa ni buscar atajos a destiempo que reemplacen los procesos reales que motoricen la construcción de un partido (movimiento, bloque o como se llame) revolucionario y socialista. Y tampoco ser contemplativos, y negarnos a dar pasos prácticos, necesarios y justos, hacia la unidad de la izquierda anticapitalista.

    La segunda, es que entramos en una época de definiciones, cuya duración es imposible de prever, con una ventaja muy grande para el enemigo: la extrema debilidad y dispersión del socialismo revolucionario (en particular desde la explosión del MAS, por razones políticas, programáticas y metodológicas que ahora no es el momento de analizar).

    Las claves para avanzar en la reconstrucción de las fuerzas del socialismo revolucionario son, para la LSR: una política revolucionaria correcta, que será necesario ir ajustando permanentemente, y un cambio completo en la cultura y la metodología practicadas por décadas, combatiendo el aparatismo y el burocratismo y abriendo un amplio cauce a la participación, el protagonismo y la decisión democrática de muchos miles de compañeros que están mayoritariamente por fuera de las actuales organizaciones. Ese es el desafío que tenemos por delante. n

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