A 30 años del asesinato de César Robles

Homenaje a los militantes del PST asesinados por las Tres A

El 17 de noviembre, en la empresa recuperada Hotel Bauen, la Liga Socialista Revolucionaria junto a varias organizaciones y compañeros que provenimos de una historia común (Socialismo Libertario, Movimiento Socialista de los Trabajadores, Frente Obrero y Socialista, Movimiento al Socialismo, Cimientos, Revista Herramienta), convocamos a un acto homenaje a los camaradas abatidos bajo la presidencia de Perón y  luego de su viuda, Isabel Martínez. Antes del golpe militar de 1976, alrededor de 2.000 luchadores populares fueron asesinados. Entre ellos, dieciséis militantes del Partido Socialista de los Trabajadores (PST). El 3 de noviembre de 1974, fue secuestrado en el barrio de Caballito, a plena luz del día, y posteriormente asesinado, el dirigente nacional César Robles. Como parte de la necesidad de hacer presente un tramo de la historia del movimiento obrero de la Argentina, publicamos la reseña de vida que nos hicieran llegar los camaradas Luis Robles y Orlando Mattolini.

 

La historia de César

 

Crecimos en una familia muy preocupada por el futuro de sus seis hijos. Papá era un conservador militante, de la Legión Cívica de Uriburu, y mamá, católica.

César nació en Buenos Aires, pero a sus seis años la familia se trasladó a La Plata, donde ingresó en el “primero inferior” del colegio católico San José. Egresó en quinto año, en 1955. A los 15, quiso entrar al Liceo Naval de la isla Río Santiago. Felizmente fue rechazado, aunque por motivos que nunca quedaron claros.

Dado el posicionamiento antiperonista de mi padre, íbamos a las movilizaciones que convocaba la Iglesia junto a radicales, socialistas y comunistas. Allí cantábamos “Cristo Jesús/ en ti la Patria espera/…”. En junio de 1955, nuestro padre nos llevó, armados, a defender las iglesias de un posible ataque peronista.

En esos años fuimos ingresando a la Universidad. César eligió la carrera de Odontología.

Ésta fue nuestra procedencia.

Todo cambiaría. En 1957, a través de un militante de Palabra Obrera que era pariente de un ex compañero de colegio, César se integró rápidamente a esa organización. Activo en el movimiento estudiantil, también participaba en reuniones de obreros de los frigoríficos Swift y Armour, de Berisso. Siempre traía a casa el periódico de Palabra Obrera, que consistía en dos hojitas abrochadas, con las que pretendía acercarme a su partido.

Poco tiempo después, tras conseguir empleo en Vialidad Nacional, se fue a vivir a Buenos Aires. Entonces comenzó a militar en el Conurbano. Tuvo destacada actuación en la conformación de los piquetes de la huelga portuaria durante el gobierno de Onganía en 1966.

Pero fue, tal vez, en Córdoba donde más destacaría su actividad militante. Llegó allá en 1970, para encontrarse con los seis miembros de Palabra Obrera de la provincia. La dirección nacional lo había enviado allí para apoyar la huelga del Smata, que duró 43 días.

Al momento del asesinato de César, en 1974, Córdoba tenía 400 militantes con peso obrero en los más importantes gremios (Smata, Fiat, GMD, docentes, médicos, bancarios, etc.). Por esa época también se empezó a estructurar la regional Cuyo, que unía Córdoba con Mendoza, San Luis, y San Juan.

Junto a sus compañeros, César luchó contra aquellas corrientes muy implantadas en la vanguardia clasista que coronaban su política con la consigna “Ni golpe ni elección, revolución”, ya que entrañaban una actitud abstencionista respecto de las elecciones de 1973. También polemizaron duramente con la cara guerrillera de entonces.

César veía correcta la presentación a elecciones, que consistía en un triunfo indirecto de ls movilizaciones d masas que habían volteado al onganiato. De esta manera, se logró la personería del partido, primero en San Luis y luego en Córdoba.

Ante la duda de escasos militantes por la magnitud del emprendimiento, lanzó su lema “Para un bolche no hay tareas imposibles”.

Ése fue un tremendo esfuerzo militante y un gran triunfo político-organizativo que ayudó a empezar a sacar al partido de la marginalidad. Con la fórmula Coral-Ciapponi, el PST dio batalla incluso en el plano electoral contra el Frejuli liderado por el PJ, la UCR y otras variantes burguesas.

Esa conquista fue una herramienta decisiva para concretar el mayor logro político, que impactó a gran parte de lo mejor de la vanguardia cordobesa, alcanzando una proyección nacional: la captación para el proyecto electoral de dirigentes del Sitrac –como los compañeros José Francisco Páez y Domingo Bizzi–, del Sitram –como el “cabezón” Sufi– y decenas de militantes y del “viejo” Pedro Milesi, un veterano militante  de las décadas de los ’20 y los ’30, que oficiaba de mentor político e ideológico de los sindicatos clasistas que habían sido intervenidos luego de grandes luchas contra las dictaduras de Onganía-Lanusse. Así fue como, en Córdoba, la táctica de “Bloque Obrero y Socialista” adquirió la forma concreta de “Frente de Trabajadores”, con la fórmula para la Gobernación integrada por Páez y Marita González (una docente socialista). Sufi fue candidato a Intendente y Bizzi a primer diputado nacional por la provincia.

César fue un internacionalista practicante. Durante los duros debates al interior del trotskismo, fue a polemizar a Europa y Estados Unidos, como representante de la corriente internacional liderada por Nahuel Moreno, en oposición a la fracción liderada por Ernst Mandel, que encabezaba el Secretariado Unificado de la IV Internacional.

Por todo esto, no es casual que, al momento de su asesinato a manos de la Triple A, entre unos papeles se encontrara, casi a manera de postrer testamento, que si le tocaba morir en esas circunstancias, “no tengo nada de que arrepentirme de lo hecho en mi vida, ya que mis mayores esfuerzos los he entregado a la lucha por la clase obrera internacional y el socialismo; las únicas causas por las que merece la pena vivir en esta etapa de la humanidad”. Esos fueron rectores que orientaron su militancia y ayudaron a forjar su personalidad.

César fue siempre un rebelde. Algo que odiaba profundamente era la obsecuencia –tan en boga en aquellos años– a la máxima dirección partidaria, aunque ella fuera quien detentara el máximo liderazgo, de manera casi indiscutida, en casi todas las opiniones políticas, metodológicas y teóricas. Concebía al centralismo democrático como régimen partidario, tan indiscutido en aquel tiempo como necesario para golpear como un solo puño al enemigo de clase. Luego de agotar balances y políticas a través de debates y reflexiones profundas, y sin temor a autocríticas severas que, pensaba, debían empezar por los máximos dirigentes, a quienes siempre consideró los principales responsables de los aciertos y, principalmente, de los errores.

En la vorágine de actividades, y en medio de la intensidad de la lucha de clases que se vivía en Córdoba, César siempre fue uno de los compañeros más estudiosos del partido. No sólo de los clásicos del marxismo –Marx, Engels, Lenin, Trotsky–, de los nuevos marxistas en boga en los ’70 –Althuser, Pulantzas, Perry Anderson, Gunter Frank, L. Goldman– sino también de la obra del Che, a quien combatió en sus concepciones foquistas. También era un apasionado de la lectura de Hegel, de los escritos de Epistemología y Psicología Evolutiva de Piaget… Una especial atención y admiración tenía por la obra monumental de Von Clausewitz (De la guerra). Habrá compañeros que todavía recordarán sus cursos sobre esa temática dados a fines de los ’60 y comienzos de los ’70.

Por último, pero no lo menos importante, si bien su imagen siempre fue de extrema dureza y seguridad, de una mirada severa, directa a los ojos del compañero o del ocasional contrincante, siempre tuvo como guía favorita la emblemática norma de Marx: “Nada de lo humano me es ajeno”.

Durante su estancia en Córdoba nunca dejó de tener presentes a sus pequeños hijos, Andrea y David. Hizo, en las condiciones de precariedad en que vivía, los mayores esfuerzos por pasar días o pequeñas temporaditas junto a ellos. Nunca, más allá de otras compañeras que compartieron su vida afectiva, dejó de reconocer los esfuerzos de Mirta, la madre de sus hijos, por el sostén y la educación que les daba. También, siempre tuvo presente la infaltable fiesta de fin de año junto a todos sus hermanos, casi un acto de cofradía.

Luis Robles, su hermano,

y Orlando Mattolini



Alemania 1918

Comienza la revolución

Las primeras luces amarillas de la resistencia a la guerra se fueron encendiendo en 1917, en particular contra los racionamientos y hambrunas provocados por la guerra.

Ese proceso pegó un salto en 1918 y alcanzó uno de sus puntos más altos en la confraternización entre soldados rusos y alemanes en oportunidad de la paz firmada en Brest Litovsk.

Las huelgas obreras contra la disminución de la ración de pan aumentaron. El descontento se trasladaba a las tropas, en particular a la Marina. Empezaron por las raciones y terminaron reclamando la paz. Hubo varias huelgas y acciones de protesta que llegaron a englobar a medio millón de metalúrgicos berlineses de las fábricas de armas y que fueron reprimidas el 4 de febrero de 1918.

La revolución empezó en noviembre de 1918. El 5 de noviembre la ciudad de Kiel cayó en manos de obreros y marineros insurrectos. El amotinamiento de la flota fue el comienzo de la revolución de noviembre. Se formaron, en fábricas y buques, consejos de obreros y soldados. El ejército se mostraba impotente para enfrentar la rebelión: las órdenes caían en el vacío a raíz de la desobediencia de las tropas.

El 9 de noviembre estalla la rebelión en Berlín y parte de la población ocupa los cuarteles y los edificios públicos. Los soldados detienen a los pocos oficiales que han ordenado hacer fuego, los escupen en las calles y les arrancan las charreteras.

Ese mismo día, abdica el Kaiser Guillermo II. El máximo dirigente del ala derecha de la socialdemocracia, Federico Ebert es nombrado canciller (“Rosa Luxemburgo y la revolución espartaquista”, Perla Haimovich, Historia del movimiento obrero).

El 11 de noviembre el nuevo gobierno acepta la rendición militar, sin que hubiera un solo soldado aliado en territorio alemán.

La paz no es un producto directo de la guerra sino del temor a que la revolución socialista siguiera un camino más o menos similar al de Rusia entre febrero y octubre de 1917.

El alto mando alemán y sus dos mariscales en jefe, Hindenfurg y Ludendorf, son los autores y ejecutores de esta operación preventiva, incluyendo la destitución del rey, la entrega del gobierno a los socialistas, simultánea a la orden de que firmen el armisticio de paz (y sean ellos quienes carguen con esa responsabilidad).

La primera guerra mundial no término como la segunda, después de una victoria militar aplastante. Su detonante final fue el peligro de que la revolución obrera y socialista se derramara de Rusia a Alemania, al imperio austrohúngaro y a occidente, como una avalancha de nieve.

No vamos a hacer aquí la historia de la revolución alemana en el período posterior, que sólo termina de cerrarse con el triunfo de Hitler, catorce años después. Pero es importante recordar que los mismos mariscales que destituyeron al Kaiser y entregaron el gobierno a los socialistas para que firmen el armisticio que concluiría en la Paz de Versalles, fueron los mismos que luego colaboraron al triunfo de Hitler. Es que ellos necesitaban de los socialistas como bomberos preventivos de una revolución cuyo desarrollo amenazaba no sólo al orden capitalista en Alemania sino en toda Europa.

Detrás del intento de golpe –fallido– de Hitler en 1923, proclamado desde la cervecería de Munich, estaba la complicidad del mariscal Ludendorf que le había asegurado el apoyo del Ejército.

Hindenburg, por su parte, fue el presidente de Alemania durante los años que culminaron con el ascenso de Hitler al poder. Hindenburg siguió ejerciendo ese cargo, no meramente decorativo hasta su muerte en 1934.

Jorge Guidobono



 

Alemania, 9 de noviembre de 1989: Cae el muro de Berlín

La revolución que no fue

El estalinismo acuñó el antimarxista concepto de “socialismo en un solo país”. Empezó explicándolo por las características excepcionales de la URSS, sus 22 millones de kilómetros cuadrados y sus riquezas.

Terminó aplicando esa misma concepción también para los países conquistados militarmente por la URSS en la Segunda Guerra, sin que mediara revolución alguna de los obreros sino sólo una estatización de la economía impuesta por el ejército ocupante. Esta caricatura de “estado obrero”, se vino abajo hace quince años.

Pero resulta particularmente grotesco el haber pretendido aplicar la misma concepción de supuesto “socialismo en un solo país” a un tercio o un cuarto del territorio alemán, dividido artificialmente (la llamada RDA).

La República Democrática Alemana carecía de autonomía en todos los terrenos (económico, social, político y militar): con las tropas de Stalin y sus descendientes ocupando un pedazo del país, fue una de las zonas más militarizadas del mundo durante cuatro décadas.

La construcción del muro de Berlín en 1960-61 fue el patético intento de la burocracia de impedir que su “estado socialista” se les vaciara de gente. Máxime cuando en junio de 1953 los obreros de la construcción intentaron tener protagonismo y fueron salvajemente repremidos por los ocupantes “socialistas” (¡pobre Lenin!).

Pero si no se puede tapar el sol con un harnero, menos se puede mantener el control de un pedazo de país sobre la base de la policía secreta (la Stassi) y algunas concesiones económicas frutos de la expropiación de la burguesía y de su plusvalía (al margen de que buena parte de ella fuera a parar a los bolsillos de la burocracia).

El grueso del movimiento trotskista llamó a este mamarracho, “estado obrero deformado”, algo así como una “etapa” de transición en el camino hacia el socialismo, con algunos problemas.

Este absurdo antimarxista es objeto de un debate que aún está en curso. En esta nota, queremos centrarnos en el significado de la caída del Muro, que podríamos resumir en dos preguntas simples: ¿Hubo una “contrarrevolución” en 1989 como dicen los restos del estalinismo?, ¿o hubo una “revolución política, democrática”, como afirmó el grueso de las organizaciones trotskistas, por lo menos en la Argentina?

Éstas son formas maniqueas y tramposas de plantear el problema. En primer lugar digamos que la contrarrevolución es una acción para aplastar a una revolución obrera y de los explotados. Y esa revolución nunca existió en la ex-RDA.

La expropiación de la burguesía por Stalin no respondió a otra cosa que a una necesidad geopolítica para defender a la URSS, o más precisamente a Rusia, “la madre patria” del georgiano Stalin (los peores “gran rusos”, al decir de Lenin, eran los que ni siquiera habían nacido en Rusia).

Concebir (o admitir) que la “extensión de la revolución y del socialismo” puede realizarse por vía de las bayonetas del ejército dirigido por los contrarrevolucionarios que mandaban en la URSS, constituye una adaptación del trotskismo a la fuerza descomunal que alcanzó el estalinismo en las postrimerías de la Segunda Guerra.

Sobre esta base equivocada, adoptada por la IV Internacional en 1948, todo el andamiaje teórico que se derivara de ella no sólo estaría mal, sino que conspiraría contra la supervivencia misma de la razón de ser del trotskismo.

 

Volvamos al 9/11/1989

 

La decadencia del engendro llamado RDA comienza a fines de los ’60 y se acentúa en los ’70. No había muro que pudiera impedir la influencia, en todos los terrenos, del principal país imperialista de Europa.

Todo se va entremezclando: la banca del oeste empieza a penetrar en el este; las ilusiones de los trabajadores del este de tener una vida similar a los de oeste, lejos de decrecer, van en aumento. Y no sólo porque mucha gente se fugase sino, fundamentalmente, por las expectativas ilusorias de los 17 millones de alemanes que habitaban la RDA.

Todo el proceso que desembocó en la caída del Muro fue saludado con adjetivos muy similares por el viejo MAS –al que pertenecíamos en aquellos años–, el PO, el PTS y otros grupos.

Más allá de algunos matices,  para todos había empezado la “revolución política”; para algunos, esa revolución estaba en una fase “democrática”; y para otros, era una revolución que atacaría el corazón del imperialismo alemán que supuestamente se había visto obligado a aceptar el “uno a uno” entre los marcos de la RDA y los de la República Federal imperialista.

A 15 años de los acontecimientos, es hora de hacer un balance. Para decirlo en términos “criollos”, a Jauretche le faltó este capítulo en su Manual de zonceras.

Hoy casi nadie habla del tema, a la vez que trata de esconder la realidad debajo de la alfombra. El corazón del imperialismo alemán no fue atacado por revolución alguna. Por el contrario, colonizó y devastó a la anexada RDA: destruyó el grueso de sus industrias, elevó la desocupación de sus trabajadores al doble de la existente en el oeste, y no dejó piedra sobre piedra de la aparente sociedad “socialista” u “obrera deformada” del este. Su colonización puso al desnudo que no era más que una ficción, una ideología o falsa conciencia.

A 15 años de los acontecimientos, podemos ver que la “revolución” pronosticada por sectores del trotskismo de afiebrada cabeza, tuvo un valor igual a cero. Es decir, el mismo valor que la ridícula caracterización de “contrarrevolución” hecha por los estalinistas, pese a que no fue resistida físicamente por los trabajadores sino que contó con su entusiasta apoyo.

La conclusión es simple, camaradas: no hubo ningún avance revolucionario sino la inevitable expansión capitalista-imperialista que sólo pueder ser enfrentada victoriosamente por la política de la revolución socialista (y no por ese mamarracho burocrático condenado a una muerte segura desde su nacimiento).

Y todo eso es una tragedia para el progreso humano y una lápida para quienes se llenaron la boca con afirmaciones opuestas al materialismo histórico.

En el movimiento trotskista han sido fatales las barbaridades de la segunda posguerra, las ilusiones y expectativas en el estalinismo cultivadas durante décadas; el disparate de ver revoluciones en la caída del muro de Berlín y en la atomización-desintegración de la URSS y su bloque. Por el contrario, ambos hechos son consecuencia de la colonización económica imperialista, y de la participación y la colaboración activa de grandes sectores de la vieja burocracia, deseosos de no limitarse a sus privilegios sino de transformarse en burgueses plenos, lo que les posibilita transmitir a sus herederos todos los derechos que gozan los capitalistas.

Jorge Guidobono



“Unión de Hermanos Proletarios”

Setenta años de la insurrección asturiana de 1934

En la noche del 4 de octubre de 1934, la proclama de huelga general insurrecional para toda España es lanzada por el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) ante la inminencia de la asunción de ministros protofascistas al gobierno de centro-derecha (Ceda) de la IIª República de España.

Estallaron tres núcleos de desigual importancia:

–Barcelona, que cayó rápidamente gracias a la actitud de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT, de hegemonía anarquista) y a la ambigüedad del gobierno catalanista burgués(1).

–En Madrid, donde toda la iniciativa cayó sobre los socialistas, hubo enfrentamientos limitados.

–En cambio, en Asturias, la unidad lograda en el seno de la Alianza Obrera permitió una insurrección general que instauró una “dictadura del proletariado regional”, gracias a su política de frente único. Desde esta base política, las zonas mineras prestan a sus hijos y su herramienta de trabajo –la dinamita– para la insurrección. Así, los reductos de la guardia civil y las de los guardias de asalto padecen sus detonaciones. Casi toda la región de Asturias es controlada salvo la capital –Oviedo– que es cercada.

En las distintas zonas donde el proceso revolucionario se alza victorioso –como en Mieres, La Felguera o Grado–, se proclama el “comunismo libertario” (si la zona tiene hegemonía anarquista) o se despliega la política de los “comités revolucionarios” socialistas.

La toma de la aristocrática Oviedo queda pendiente para las columnas mineras, cuando éstas lograsen la victoria en sus localidades. Es por eso que la toma de Oviedo se da desde la periferia hacia los centros de la resistencia gubernamental. En un combate calle por calle, se tomaron las fábricas de armas de Vega y la de cañones de Trubia, con lo cual se obtiene gran cantidad de armamento pero casi nada de munición, mientras la resistencia gubernamental continuaba en el cuartel de Pelayo. En el horizonte aparecen las “fuerzas del orden”. En el sur y en el este las columnas gubernamentales son contenidas, pero la columna del oeste sigue avanzando a pesar de la continuada hostilidad que recibe durante su trayecto. En los días 10 y 11 cae el puerto estratégico del norte asturiano (Gijón), en donde desembarcan las tropas experimentadas de la Legión Extranjera y los regulares de Marruecos. A partir de allí, la resistencia dura hasta el día 18.

Sólo el fracaso de la revolución en otras partes permite al Gobierno y a su nuevo Estado Mayor (generales Franco y Goded), concentrar todas sus fuerzas en Asturias, a la cual atacaron desde los cuatro puntos cardinales.

 

El cielo por asalto

 

El programa de “La República de Obreros y Campesinos de Asturias” otorga la tierra a los campesinos, mejora las condiciones de trabajo, crea tribunales revolucionarios, disuelve las fuerzas represivas y crea un “ejército rojo”. Proyecta una reforma de la educación junto a una política de fondo contra la Iglesia. Y durante 15 días logra resistir a las tropas gubernamentales al grito de “Unión de Hermanos Proletarios” (UHP).

Ésa es la gran consigna política que guía la lucha, que no tiene objetivos claros ni llama a los campesinos y los obreros a ocupar tierras y fábricas. Pero la negativa de los obreros ferroviarios de la CNT a unirse a la huelga quebró la resistencia al permitir al Gobierno transportar sus fuerzas. Los dirigentes de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) en la CNT catalana, se negaron a apoyar la insurrección dirigida por los “políticos traidores” socialistas. Y, por último, el movimiento no logró tener un carácter general sino esporádico, mientras que el Gobierno desató una represión de conjunto (en contra del PSOE, la CNT, el Partido Comunista Español, la Esquerra, etc.), pero concentrada en Asturias.

La insurrección de octubre de 1934 expresó el sectarismo de gran parte de las izquierdas, lo que conllevó que el peso de la misma la llevara la alianza obrera asturiana, mientras se especulaba en Cataluña con la alianza, desde la superestructura, entre el Estado regional y parte de la oficialidad, en lugar de apuntalarse sobre la base unida de la clase.

El balance, según información oficial, fue pesado: 1.335 muertos, 2.951 heridos y, quizás, unos 30.000 compañeros detenidos y meses de persecución policial(2).

Pero esta experiencia de 1934 se debe comprender al calor de los sucesos internacionales (el avance del fascismo, el nazismo, los sucesos de Austria) y las tendencias dialécticas que chocan en el seno de una sociedad que está en el despertar de un proceso revolucionario de masas (campesinado, clase media y obreros), sumergido en las ilusiones democráticas burguesas que se acunan en el seno de la IIª República española proclamada en 1931. Esta República es hija de la debacle imperial, de la guerra hispano-norteamericana de 1898, de la semana trágica barcelonesa, de la huelga general revolucionaria de 1917, de la guerra imperial en el Marruecos español, del paro económico tras la primera guerra mundial, de la dictadura de Primo Rivera y la continuidad de la monarquía. Y, finalmente, de la proclama de una República burguesa que no resolverá los problemas profundos de una sociedad atrasada con respecto al resto de Europa occidental.

Al calor de ese proceso, las masas de España se radicalizan, las organizaciones o partidos populares crujen y la lucha de clases se hace explícita.

Con el PSOE en el gobierno en coalición con el Partido Radical desde 1931, y las reformas, junto a la represión de las capas revolucionarias del pueblo, el anarcosindicalismo atrae a los sectores más combativos del proletariado, mientras que la demagogia social‑católica de la Ceda(3) explota hábilmente el descontento frente al gobierno burgués‑socialista.

Estos vaivenes en el desarrollo del proceso revolucionario –mientras se mantienen irresueltos los problemas estructurales de la sociedad–, proyectan niveles superiores de enfrentamiento entre las clases. De allí que la estructura legal proporcionada por la coalición republicano-socialista anterior fue de gran utilidad al gobierno centro-derechista para la represión de las organizaciones populares. En estas condiciones, con un PSOE desacreditado al frente del gobierno, Largo Caballero expresa la radicalización del ala izquierda del PSOE que reivindicaba la política de preparar la revolución proletaria vía la insurrección armada.

Las condiciones históricas presionan a los diferentes aparatos políticos. El PCE ve tambalear su política de denuncia de la socialdemocracia como fascistizante, ante la presión de sus bases: días antes de octubre, los delegados del PCE ingresarán a las alianzas obreras. Mientras, la CNT –que venía de sucesivas reorganizaciones– refleja sus diferentes tensiones internas en los debates de la década de 1930, que explotan en el “Manifiesto de los 30”, explosión que marca el comienzo del monopolio político de la Confederación por parte de la FAI.

En este contexto interno de la CNT se debe comprender la acción de los confederales asturianos, que mantenían su tradicional petición de unidad entre la central socialista (UGT) y la anarquista (CNT). Así, ante la oposición confederal y en un acto de autodeterminación, la confederación regional asturiana firma un pacto de “alianza obrera” con la UGT. Defienden su posición “por motivos de realismo revolucionario”.

 

Paréntesis hacia la guerra civil

 

Octubre de 1934 mostró un proceso revolucionario vivo, donde las necesidades históricas y de clase hacían proclive el terreno para una recomposición de base de las fuerzas revolucionarias. El lema “Unión de Hermanos Proletarios” reflejaba esa disposición de las bases socialistas, anarquistas y comunistas de llevar a cabo una política de alianzas obreras ante las necesidades que proyectaba el ritmo del proceso revolucionario.

Tras la derrota, no hubo desánimo en las filas obreras. Al no tratarse de una derrota global sino parcial (por lo parcial de la insurrección), los asesinatos de los obreros asturianos tras rendirse, fortalecieron la decisión de las masas. Aparecieron órganos clandestinos para sustituir a la prensa obrera confiscada. Se hicieron huelgas generales ante la ejecución de los prisioneros del levantamiento de octubre. Las campañas pro-amnistía, indulto y liberación de los presos, movilizaron amplios sectores. Los gritos de “Amnistía” y “UHP” mellaban los oídos del gobierno de centro-derecha. Así, se logra la conmutación de algunas penas de muerte y la proclamación de indultos, lo cual produjo la división de los partidos gobernantes de la coalición. Se formó un nuevo gobierno bajo la presidencia de Alcalá Zamora, quién nombró nuevamente a Lerroux como primer ministro para preparar elecciones de Cortes. Pero, a la vez, Gil Robles (Ceda) es nombrado ministro de Guerra, posición desde la cual prepara al ejército y a las fuerzas represivas ante la inminencia de una posible guerra civil.

Tras un escándalo financiero, el gobierno de lo que más tarde se denominaría “bienio negro”, pierde credibilidad política y da paso a la polarización social en dos grandes bloques electorales, el Frente Nacional y el Frente Popular. Este último era la cristalización de la política “sugerida” por la Internacional Comunista desde 1935. Se basó en la reivindicación legítima de “Libertad a los presos de Octubre” para dejar a las masas antifascistas sujetas al gobierno republicano burgués; es decir, la derrota política de los anhelos de las bases radicalizadas.

Al conocer los resultados electorales de 1936, las masas manifestaron su victoria en las calles, mientras se alcanzaba la liberación de los compañeros. Pero el nuevo gobierno repetía su discurso y política de apaciguamiento. De allí que los problemas fundamentales de España que hacen a la revolución democrática burguesa, quedaran limitados y, por ende, irresueltos ante la esencia burguesa del nuevo gobierno del Frente Popular.

Justamente, la historia demostró que la lucha de clases y el proceso revolucionario (de revolución o contrarrevolución) manifiestamente abierto desde 1931, no se resolvieron en el plano electoral, sino en lo político y militar de la guerra civil como expresión de una revolución inconclusa dentro de un régimen burgués y una reacción que se reagrupó en la retaguardia de ese régimen, mientras éste no sea enterrado. La reacción cosechó su victoria militar durante la guerra civil gracias a las semillas de derrota que la política del Frente Popular sembró.

Edgardo

 

1. Companys, presidente de la Generalitat, (gobierno autónomo catalán) siembra sus esperanzas en el cuerpo de ejército regional comandado por un general catalán; sin embargo lo único que cosecha es el pronunciamiento de Estado de guerra en defensa del gobierno central. La derrota se desarrolla como consecuencia de que fue un movimiento nacionalista comandado por un partido burgués con las fuerzas de la alianza obrera como “reserva”.

2. Hugh Thomas. La guerra civil española. Hyspamérica, España, 1980.

3. Confederación Española de Derechas Autónomas integradas por grupos de derechas católicas. En 1933 se desarrollaron unas elecciones para las Cortes, las cuales dieron la derrota de las izquierdas y la victoria a las derechas de la CEDA. Lo cual llevó a un cogobierno entre radicales y la CEDA, conocido como “bienio negro”.

 


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