Con las elecciones presidenciales
SOLO CAMBIA EL
COLLAR
Hay que organizarse para echarlos
Como si no alcanzara con el padrinazgo de
Duhalde para definir a Kirchner, en los primeros días de mayo recibió un
aluvión de nuevas adhesiones: desde menemistas que saltaron como ratas del
barco que se hunde (gobernadores, intendentes, parlamentarios) hasta los
jerarcas de las dos CGT y De Gennaro de la CTA, pasando por gobernadores e
intendentes radicales, Elisa Carrió, todo el entorno de Rodríguez Saá y una
lista in crescendo hasta el 18.
Si los pergaminos de Kirchner –el gobernador
que superó a Menem en materia de reelecciones (tres períodos consecutivos)– no
fueran suficientes, el poder del aparato duhaldista y de todos los nuevos
“amigos” nada desinteresados, anunciaron de antemano el futuro del nuevo
gobierno.
Por otro lado, nada indica que él mismo
pretenda emprender un camino de cambios en los problemas centrales.
Los slogans sobre “la lucha de dos
modelos”, o “el pasado versus el futuro” no son más que eso: frases
publicitarias que tienen tanto valor como “el salariazo” y “la revolución
productiva” de Menem o el “voy a terminar con la fiesta para pocos” que
prometía la Alianza encabezada por De la Rúa.
La política que se viene se puede sintetizar
en el viejo dicho: cambiar algo para que todo siga igual.
Y esto incluye todos los aspectos: seguir
pagando la deuda infame, garantizar el saqueo para los hipermillonarios y la
miseria y la desocupación para los trabajadores; mantener el salario como
variable de ajuste; seguir realizando elecciones distritales por separado para
que no se exprese ningún cambio brusco en el electorado; y, básicamente, dar
continuidad al régimen político e institucional que colapsó el 19-20 de
diciembre, el de la democracia “representativa-delegativa” que ha permitido la
estafa sistemática de todas las promesas electorales en los últimos 20 años. Si
hay “retoques” en la Suprema Corte de Justicia, también serán cosméticos.
El 18 de mayo se repite, por quinta vez en
20 años, la opción del “mal menor”, por más que esta vez gran parte de la gente
lo haga con asco, y sólo para impedir que Menem ize la bandera de las barras y
las estrellas en la Casa Rosada.
Pero no se trata de elegir entre morir
degollado o morir ahorcado. Hay que organizar desde ahora la lucha contra
esa trampa: antes de las elecciones, denunciándolas; durante las
elecciones no votando, votando en blanco o anulando el voto; y, sobre todo,
después de las elecciones, organizándonos para dar la pelea que dejó pendiente
el 19-20 de diciembre: echarlos a todos, a los políticos, los grandes
empresarios, a los sindicalistas enemigos de los trabajadores y a un largo
etcétera de privilegiados y rufianes.
Lo que dejan Duhalde que se va y Lavagna que se queda
Más allá de la propaganda duhaldista, la
realidad es otra. El ajuste que se hizo por la vía inflacionaria sobre las
cuentas fiscales y los salarios fue inmenso. El gasto primario real
presupuestado fue recortado un 37% entre el 2001 y el 2003 y el salario cayó un
30% (y mucho más si te tiene en cuenta que los artículos de primera necesidad
duplicaron el índice promedio de inflación).
Los rubros que más crecieron, como el textil
o el metalmecánico, tuvieron altas subas en ventas y actividad, pero no en
empleo ya que aumentaron un 15,8% las horas trabajadas por el personal ya
contratado. De conjunto, la actividad industrial creció un 21,4% durante el
primer trimestre, mientras el empleo fabril sólo trepó el 0,5%.
El crecimiento manufacturero se debió, en su
mayor parte, al esquema hambreador de bajísimos salarios en dólares y fuerte
apuesta exportadora, que avaló Duhalde desde su alianza con la Unión Industrial
(anterior a que cayera De la Rúa). También envió al Congreso un proyecto para
compensar a la banca –por la pesificación– con $ 20.000 millones. Los depósitos
se recuperan muy lentamente y están en la cuarta parte de los del 2001. No hay
crédito y la reestructuración de la banca que reclama el FMI no está completa
pero ya dejó a 10.000 bancarios en la calle.
Quedan pendientes la renegociación de las
tarifas y de la deuda, cuyos vencimientos en los próximos cuatro años ascienden
a US$ 26.000 millones. Ni siquiera con un crecimiento superior a la caída del
11,1% de la economía en el 2002, se puede revertir la destrucción de empleos y
el empobrecimiento de la población que impuso Duhalde al país.
Crisis política y resistencia social
El nuevo mapa político que se plasmó el 27
de abril expresa el colapso de la institucionalidad de las últimas dos décadas,
una fuerte pérdida de legitimidad del dominio burgués y de sus instituciones, a
pesar de que no aparezca siquiera un embrión de contrapoder obrero y popular en
ningún terreno.
Afirmar que las crisis en el seno de la
burguesía siempre se resuelven, de la forma que sea, mientras mantenga el
poder, es una aseveración correcta pero parcial, estática y simplista que no
permite evaluar cuál es la ubicación exacta del enemigo en el campo de la
batalla.
El triunfo de Kirchner-Duhalde no significa
el fin del proceso abierto en diciembre del 2001, pero sí les da algo de
oxígeno para buscar nuevas formas de convivencia entre las instituciones y los
partidos capitalistas para tratar de articular algunas reformas en el aparato
del Estado –con o sin asamblea constituyente de por medio– que permitan enyesar
un poco los agrietados muros de la institucionalidad actual. Que lo logren o
no, cuántos palos encontrará esa rueda, es harina de otro costal. Lo viejo
colapsó e intentarán apuntalarlo de la forma que sea para perpetuar su poder.
El nuevo mapa político es engañoso. Si se mide por los
apoyos y los votos la fortaleza de Kirchner-Duhalde parece un coloso. Pero,
lejos de eso, es un bloque circunstancial y heterogéneo (como describimos
en el inicio de esta nota). Al apoyarse en intereses, objetivos y perspectivas
disímiles y hasta contrapuestos, este bloque transitorio parte de una endeblez
inicial que sólo pueden superar en la medida que alguno de sus componentes
alcance una clara hegemonía.
Para lograrlo, les juega en contra la
situación económica y política mundial. A favor, tienen el descenso de la
conflictividad social en el país (los asesores de Lavagna estiman,
estadísticamente, que bajó de 2.552 protestas en enero del 2002 a 698 en el
mismo mes de este año). Esto último obedece a varias razones: la brutal
desocupación que actúa como freno para la lucha de los trabajadores en
actividad, combinada con una burocracia sindical que no cumple otro papel que
el de empresario y/o capataz del gobierno y las patronales. Los masivos planes
Trabajar se destinaron a impedir una revuelta social de los hambrientos,
mientras la mayoría de las direcciones de los agrupamientos piqueteros –más
allá de palabras– actuó como válvula de seguridad para impedir la
radicalización social y política de los 250.000 planes que controlan.
Por eso la resistencia ha venido menguando,
como se demostró el último 20 de diciembre (ver pág. 2) y en lo que va de este
año, donde prevalecieron las “movidas de aparatos”.
En el último período hubo sí algunas
importantes luchas de resistencia en el norte, en Gral. Mosconi (Salta), con
varios compañeros aún presos, y en Jujuy. La lucha de Lapa y la gran pelea que
está dando Brukman como punto más alto desde la represión de Duhalde-Kirchner,
son otros ejemplos muy importantes que, por ahora, no logran cambiar la
tendencia general.
La necesaria reorganización social y política
de los trabajadores
La organización sindical prohijada por el
peronismo ha caducado. No sólo por los delincuentes que tiene a su frente, sino
porque los sindicatos –salvo mínimas excepciones– están vacíos, casi no hay
delegados en las empresas, ni posibilidad de volver a una organización que se
correspondió a una etapa del capitalismo argentino que no es la actual, de
crisis y dictadura férrea en las empresas.
El peronismo hizo que el grueso de los
trabajadores siguiera, durante medio siglo, a un partido burgués que los
condujo de derrota en derrota desde 1955. Los engendros centroizquierdistas
llevaron a la debacle de la Alianza y de la UCR. La izquierda tradicional no
sale de sus corralitos, en particular el electoral, y se ha vuelto
completamente democratizante, integrada a este régimen en descomposición.
Es necesario impulsar todas las tareas que
tiendan a ir conformando un contrapoder social y político, bajo las formas que
la realidad diga. Se lo puede hacer a partir de la coordinación de sectores que
pongan manos a la obra y que partan de que la actual dispersión y atomización
no posibilita ninguna instancia que “mágicamente” resuelva el problema; que es
necesario un trabajo paciente de reorganización y de coordinación por abajo,
cuidándose de la dictadura patronal dentro de las empresas, y del creciente rol
represivo del Estado.
Esta reorganización podrá comenzar de
cualquier forma y por cualquier objetivo inmediato, pero sólo podrá tener
perspectivas de avanzar si los pasos a dar se orientan en un sentido
revolucionario, antimperialista, anticapitalista y antiburocrático.
Como parte de esa estrategia hay que encarar
la específica de los socialistas revolucionarios internacionalistas. Por más
que los reformistas se sobrevivan por inercia y porque parte de su valioso
capital humano se niegue a irse a su casa o a subirse a un nuevo carro fúnebre
centroizquierdista, el tiempo histórico de la izquierda democratizante ha
entrado en su ocaso irreversible.
Este
fenómeno –que no es sólo nacional– requiere de un trabajoso proceso de
recomposición del socialismo revolucionario. Con las formas de organización que
mejor permitan avanzar, sin precipitar pasos voluntaristas, es posible y
necesario sentarse a hablar sobre las bases para una federación o bloque del
socialismo revolucionario que privilegie los acuerdos, debata con serenidad las
diferencias, aprenda a convivir fraternalmente con ellas en busca de una
síntesis superadora. Y que dé muestras prácticas de la disposición a ir
constituyendo una alternativa para los miles de luchadores independientes hoy y
los muchos que se sumen a esa categoría en el próximo período. Ese desafío
depende de todos nosotros.
LIBERTAD A LOS
LUCHADORES PRESOS EN SALTA
y todos los presos
políticos. Basta de persecución judicial