La izquierda cosechó lo que sembró
Desde la rebelión
popular de diciembre del 2001 la izquierda más numerosa –Izquierda Unida (IU) y
el Partido Obrero (PO)– careció de política revolucionaria alternativa y de un
perfil definido y opuesto al conjunto del sistema.
IU está en campaña
electoral desde esa fecha. La inauguró con la absurda propuesta de que la
Asamblea Legislativa debía proclamar la fórmula presidencial Zamora-Walsh, en
lugar de denunciar la ilegítima trampa antidemocrática.
En el colapso de la institucionaliidad burguesa su única propuesta fue
“El único cambio es la izquierda”, como si se tratara de elegir un par de
zapatos y no de ser parte de una revolución que cambiara todo el orden
económico, social y político del país.
En declaraciones
realizadas antes de las elecciones, el asumido “filósofo de las clases medias”,
Enrique Pinti, definió con precisión y respeto a la izquierda: “Es la que puso
los muertos desde la dictadura, y su programa está bien, pero tiene un
problema: no dice que para imponerse hay que hacer una guerra civil”.
IU fue absurdamente
electoralista (peor aún con un régimen electoral y político en descomposición)
y llegó al paroxismo de lanzar como objetivo en la apertura de su campaña “¡Meta
IU en la segunda vuelta!” (salió octava). Después el PC bajó la oferta a un
millón de votos y luego la llevó a la mesa de saldos, pronosticando 800.000
votos (y obtuvo 337.000, bastante menos de la mitad).
Lo más grave no son
los pocos votos obtenidos sino la realización de una campaña electoral
absolutamente desteñida, sin color, filo ni punta. Fue una campaña igual a la
de cuatro años atrás, como si el 19 y 20 de diciembre del 2001 no hubieran
existido. Y que a los sucesos de diciembre los llamaron “argentinazo” o
“revolución de febrero” no mejora las cosas, sino que las empeora, ya que esos
hechos en nada afectaron su política por más nombres rimbombantes que les
pusieron
Al PO le fue igual,
o peor, con 143.000 votos (0,74%). De su campaña, lo único destacado fue la
superabundancia de carteles con una nostálgica foto artística de Altamira. Sus
propuestas fueron irrelevantes o ridículamente democratizantes (Por una
asamblea constituyente, ¿con poder?, ¿apoyado en dónde?; y Por una América
latina “socialista”… sin revolución ni guerra civil continental).
En ambos casos
resulta evidente que su política “piquetera” (y sus forzadas y pueriles
teorizaciones al respecto) no encaja con raigambre en las masas, en las
condiciones excepcionales que abrió el 19-20 de diciembre. Es tan grave el
fracaso de su política que, números a la vista, está claro que ni los
piqueteros ni sus familias votaron a los partidos que controlan sus planes
Trabajar u otros.
El problema es muy
de fondo, y mucho más grave que una mala elección. El problema es que no es
posible defender una política revolucionaria contra el gobierno, las
instituciones y el Estado, actuando como intermediarios del reparto que el
Estado hace para impedir que la pobreza lleve a fuertes estallidos sociales en
todo el país, incluyendo la capital federal y la provincia de Buenos Aires. Y,
por supuesto, de nada sirve especular que en las elecciones parlamentarias
crecerá la votación con respecto a las presidenciales ya que eso no modifica la
raíz de los problemas.
Quienes creyeron
que demostraban una gran astucia al “colarse” en la administración estatal del
asistencialismo, se equivocaron de medio a medio. No sólo no utilizaron en
absoluto al Estado para fines revolucionarios sino que, en los hechos, se
fueron asimilando al mismo como intermediarios necesarios, por lo menos por
ahora y hasta cuando el Estado capitalista los considere útiles para “enfriar”
la miseria. Si les quedaba algún filo revolucionario heredado de la historia,
terminaron de limarlo a la hora de travestirse en ONG contestatarias e
intrascendentes.
Sólo el cinismo de
las sectas puede alegrarse de este curso de domesticación democratizante frente
al Estado practicado por el grueso de la izquierda vernácula. Nuestra crítica
va dirigida a ayudar a la reflexión de cientos de valiosos compañeros que se
consideran socialistas revolucionarios, para que comprendan la necesidad de
cambiar en 180 grados una política y una metodología globalmente erradas.
Cualquier intento
de encapsular la crisis, opuesto a un amplio debate sobre los graves problemas
políticos que estas elecciones sacaron a la luz, es seguir incubando nuevas y
más graves crisis. La historia y el estallido del viejo MAS de hace una década demuestran,
incluso en un partido con mucha más fuerza que las de la izquierda actual, que
lo único que se logra por ese camino es marchar hacia el derrumbe.