Estados Unidos al asalto del
mundo
Estados Unidos
derrotó militarmente a Irak y lo ocupó.. Pero no lo domina.
No lo domina porque
los habitantes de Irak no aclamaron al imperio invasor como “libertador”. Por
el contrario, se movilizaron masivamente en contra de los colonialistas
reclamando su retiro inmediato.
No lo domina porque
su ejército de ocupación está en terreno minado, con un pueblo hostil en Irak y
con el odio de todos los pueblos árabes a los que también quiere colonizar.
No lo domina porque
su asalto al mundo carece de legitimidad frente a los pueblos del planeta
–incluyendo una parte del pueblo norteamericano–, lo que plantea una crisis de
hegemonía de la superpotencia militar.
Esta crisis de hegemonía no va a detener
a Bush; por el contrario, es posible que lo haga redoblar las apuestas en la
región y en el mundo.
Pero conviene
recordar a Klausewitz: “La guerra es la continuidad de la política por otros
medios”. Y no perder de vista que el pillaje planetario que ha emprendido Bush
se asienta sobre una crisis de la economía norteamericana y un desprestigio
social internacional que lo hace vulnerable. Por otro lado, están también los
peligros de una extensión sin límites de su dominio militar, pero basada en un
país que tiene sólo el 5% de la población mundial y la quinta parte de su PBI,
con fuertes elementos de descomposición e implosión interna que no podrá
detener el régimen crecientemente policíaco y cuasi totalitario que se viene
implantando desde el 11 de septiembre.
Esta tendencia no
tiene retorno. No podrá ser detenida por muchos millones de manifestantes
pacifistas. Los socialistas revolucionarios participamos en esas
movilizaciones, pero explicamos, también en ellas, que la única forma de derrotar
a los imperialismos es mediante una revolución en cada país, y a escala
continental y mundial. Que no se trata de “hacer presión” sobre los
imperialistas sino una revolución que los derrote. Sólo así se podrá impedir la
barbarización creciente a la que los capitalistas e imperialistas están
llevando a la humanidad, al mismo tiempo que van destruyendo el ecosistema
poniendo en riesgo la existencia misma del planeta.
La “tercera vía”
del eje político-militar franco-alemán-ruso prepara en el mediano plazo –quizás
en menos de una década– guerras interimperialistas a escala desconocida, sea
mediante agentes de uno u otro bloque, o incluso entre ambos directamente.
La lucha por
impedir este holocausto planetario requiere de la revolución socialista
nacional e internacional, que incluya también a algunos, varios o todos los
países imperialistas.
El dilema histórico
de revolución socialista o barbarie capitalista ha pasado a conjugarse en
tiempo presente. Los peligros son inmensos, los desafíos gigantescos y las
posibilidades infinitas.
Nada de esto se
resolverá mediante la rutina de las leyes de la naturaleza: dependerá de la
capacidad de cientos de millones de trabajadores de jugarse la vida en esta
guerra de clases, para tener la posibilidad de vislumbrar algún futuro para la
humanidad. Y también dependerá de que hoy mismo seamos capaces de ir
articulando organizaciones socialistas, revolucionarias, internacionalistas que
ayuden a millones de explotados a llevar su lucha al triunfo, enterrando el
poder enemigo y construyendo el propio para colocarlo al servicio de un
levantamiento revolucionario internacional que termine con la dominación del
imperialismo y del capitalismo.
El capítulo Irak
Casi toda la prensa
–incluida la de izquierda– considera “naturales” e intemporales las fronteras
que impuso el colonialismo anglo-francés en retirada en la segunda posguerra.
Hasta tal punto que muchos hablan de la “nación iraquí”, cuando se trata de un
país “inventado”, al igual que Jordania, que según palabras del propio
Churchill, él concibió en medio de una de sus siestas de primavera, a las
16.30, sin que lograra recordar en cuál de los años de la década de los ’40.
Preparaba así la partición de Palestina y la creación de un Estado “tapón”
imperialista: Israel. Este tipo de inventos es el común denominador de todos
los países de la región.
Irak es uno de los
más artificiales, con su frontera diseñada en 1932 a partir de juntar a tres
provincias del derrotado imperio otomano (la de los kurdos de Basra al norte,
los chiitas de Mosul al sur y la provincia sunnita de Bagdad en el centro). Se
la separó de su región petrolera más concentrada, que fue encerrada en otra
frontera bajo el nombre de Kuwait, e inventaron un sultán y una nobleza ad hoc.
Desde la primera guerra del Golfo, Kuwait se transformó en una gran base
militar estadounidense.
Los cuentos de Bush
no se quedaron atrás de los de Hitler. Las “armas de destrucción masiva” no
aparecieron durante la guerra –único momento en que era necesario utilizarlas,
de haber existido–, y tampoco se encontraron a un mes de finalizada la misma,
por más que Estados Unidos deposite desvergonzadamente “kriptonita” o lo que
sea. La “democracia” prometida supera con creces la leyenda de los reyes magos
o cualquier otra ficción milenaria.
Es que los
objetivos nada tenían del encantamiento de los cuentos infantiles. Eran
bastante simples: apoderarse del petróleo, sentar una cabecera de playa para
crear en Medio Oriente un gran virreinato del oro negro (que, quizás, alivie la
crisis económica de Estados Unidos) y poner punto final a la política de
consenso interimperialista instaurada durante la Guerra Fría. En reemplazo,
abrir curso a la guerra e instaurar el orden de la unipolaridad y de la
iniciativa “preventiva” de Estados Unidos, para lo cual había que dinamitar –de
hecho– a la ONU, hoy una cáscara vacía que sobrevive formalmente mientras Bush
regaña a sus miembros díscolos como Francia o México. Así, Estados Unidos se
queda con toda la torta de las licitaciones para la “reconstrucción” de Irak,
otorgadas a las empresas de su vicepresidente Cheney, y otros discípulos que
lograron superar a su maestro Al Capone.
Con el petróleo
pretenden lo mismo. El anuncio de que Irak se dividirá en tres, controlando
cada una de sus partes Estados Unidos, Gran Bretaña y ¡Polonia! es uno de los
más macabros chistes de la inventiva hollywoodense. Como si el país de Chopin
fuera una gran potencia que, dicho sea de paso, era –o aún lo es– considerado
por buena parte de la izquierda como un “estado obrero deformado”, en otro
trágico chiste de la historia para referirse a los obreros de un país a los que
se les impuso el “socialismo” a punta de bayonetas, para luego ser manipulados
como títeres del Vaticano y del imperialismo.
Desde el punto de vista militar, y con la
dirección burguesa de Saddam, con un pasado reciente como amigo de la CIA, la
suerte de Irak estaba echada de antemano (a excepción de que una insurrección
de masas se levantara en una guerra popular regional para echar a los invasores
y a sus propios verdugos locales).
Dejando a un lado
que el presupuesto militar iraquí era tan sólo el 0,2% del norteamericano, lo
fundamental es que Saddam, su familia y el Alto Mando, siguieron la tradición
practicada durante más de medio siglo por los distintos nombres que adoptó el
nacionalismo árabe capitalista: se rindieron casi sin lucha. Hicieron “teatro”
algunos días, mientras se preparaban a huir llevándose fortunas millonarias.
Los más rezagados, simplemente murieron en sus madrigueras antes de poder escapar.
Sólo los chiitas del sur, opositores al régimen de Saddam, ofrecieron alguna
resistencia a yanquis y británicos.
El genocidio de la
primera guerra del Golfo y su posterior bloqueo económico por 12 años,
arrasaron con más de un millón de vidas y devastaron el país. La tiranía de
Saddam y su ejército no se propusieron defender Bagdad casa por casa ni por un
minuto, sino que se prepararon para la fuga, y la resistencia quedó librada a
la que ofrecieran las milicias del Baath, el partido de gobierno. No se puede
saber si franjas importantes del pueblo lo hubiesen acompañado a pesar de las
muchas y gigantescas cuentas pendientes con su régimen.
Hoy y mañana en Irak y Medio Oriente
Irak amenaza
convertirse en un pantano donde deban permanecer importantes fuerzas militares
yanquis como única garantía de ocupación. Si la resistencia popular crece –así
sea con horrendas y oscurantistas formas religiosas– se transformará en
resistencia armada, no en pueblos pequeños como en Palestina, sino en una
ciudad gigantesca de cinco millones de habitantes como Bagdad, o de un millón y
medio como Bassora. Las formas que adopte –que no son secundarias, y pueden ir
desde la guerrilla urbana y rural, atentados con inmolación religiosa, o una
combinación de todas, hasta nuevas formas de lucha que el pueblo “invente”–
dependerán del desarrollo de los acontecimientos en el próximo período. A favor
de que esa resistencia se dé juega la existencia de gobiernos burgueses
“amigos” –Siria e Irán– que, pese a toda su historia pasada y presente de
cobardía frente al imperialismo, tienen un problema de vida o muerte: si
Estados Unidos termina de ocupar Irak sin obstáculos, más temprano que tarde
los atacará también a ellos, por mucho que doblen su espina dorsal hasta el
infinito. El ataque a Saddam lo demostró sobradamente.
El ajedrez del
cercano oriente es complicado. La victoria militar en Irak lleva al
imperialismo a forzar a Palestina a un acuerdo, y poner como Primer Ministro a
un hombre afín a sus designios, despojando a Arafat de poder gubernamental.
En concierto con
Europa y Rusia, los Estados Unidos han creado un camino de victoria para Sharon
y los nazis israelíes, al que llaman “hoja de ruta”. Pero es una ruta llena de
baches y despeñaderos porque ni Arafat ni el nuevo ministro Marsen controlan el
monopolio de la resistencia, incluidas sus fracciones armadas. Por eso la ruta
está atravesada por el fuego cruzado de los atentados palestinos y los
genocidios sionistas que han tenido respuesta de masas, como la reciente
movilización de 50.000 palestinos en solidaridad con las víctimas de los
nazi-sionistas.
“Pacificar” la
región para hacer un virreinato petrolero rentable, con la bestia nazi-sionista
como gendarme, exige al patrón yanqui atacar las segundas líneas de resistencia
en Siria, Irán o Líbano, por ejemplo.
Pero esto último
acarrea dos problemas muy serios. Por un lado, el territorio a ocupar y la
población a someter militarmente es cada vez mayor y más costoso
económicamente. Por el otro, crea una situación más peligrosa para todas las
burguesías de la zona, incluyendo a los gobiernos más serviles a Estados Unidos
como los de Egipto o Turquía, cuyas cabezas pueden seguir la suerte de la
estatua de Saddam y abrir paso a una guerra regional de características
sumamente graves para Estados Unidos, con consecuencias al oeste y al este de
Medio Oriente.
Dos conclusiones
La primera es muy
simple: hay que dar una sostenida batalla política e ideológica para que todos
los movimientos de masas que impulsaron las grandes movilizaciones contra la
guerra dos meses atrás, las retomen exigiendo el retiro de los colonialistas
usurpadores.
La segunda engloba
dos aspectos que hacen también a la lucha por derrotar al imperialismo: avanzar
en el enfrentamiento a los imperialismos en cada país en una perspectiva
revolucionaria; y avanzar también en la coordinación del socialismo
revolucionario para ayudar al desarrollo de ese proceso, a su extensión y a su
victoria.
Jorge Guidobono