Venezuela
Aplastar a los golpistas
Estados Unidos, junto a los sectores más
rancios de la burguesía local, sufrieron una segunda derrota en Venezuela luego
de 62 días de lock out patronal y
sabotaje sistemático a la producción petrolera. Esto es, sin dudas, un motivo
de alegría para todos los pueblos de la región. Pero no conviene engañarse
respecto de Hugo Chávez, que ha demostrado preferir a las Fuerzas Armadas y no
al pueblo de Venezuela a la hora de defenderse de los golpistas. Esta elección
posibilita que la reacción, a pesar de ser derrotada, se rearme y vuelva a la
ofensiva.
El arresto por parte del Gobierno del líder
de la cámara empresarial Fedecámaras, Carlos Fernández, y la búsqueda policial
del presidente de la propatronal Central de Trabajadores de Venezuela (CTV),
Carlos Ortega, son dos medidas obviamente justas y necesarias, al igual que la
limpieza de jerarcas boicoteadores llevada adelante en la petrolera estatal PDVSA
y la desregulación parcial de los medios de comunicación golpistas. Pero el
punto es que el “comandante” Chávez no ha movilizado a las masas contra el
golpe sino al aparato burocrático militar del Ejército. Y, además, no ha
expropiado a ninguno de los empresarios golpistas.
A diferencia del intento de golpe del 11 al
14 de abril pasado, no fueron las masas bajando de los cerros y reclamando que
les entreguen armas las que frenaron la nueva embestida. Chávez se apoyó en un
sector de las Fuerzas Armadas y de la burguesía que lo apoya y no convocó a una
gran movilización sistemática del pueblo en los últimos dos meses. Y tras la
derrota del paro patronal, se acentuó la recesión, crecieron los despidos y
sube el costo de vida más allá del decreto de control de precios.
Esto plantea también la necesidad de un
debate en el movimiento trabajador, sobre cómo mejor encarar su reorganización
ante el abierto rol proimperialista y patronal de la CTV. Desde adentro y desde
afuera de las estructuras sindicales existentes, se hace necesario impulsar la
coordinación de todos aquellos que están a favor de enterrar a la podrida
burocracia enemiga de los trabajadores. Para marchar en ese camino sería útil
comenzar una coordinación estable de todos los sindicatos, comités de empresas
y corrientes sindicales y políticas independientes de las patronales y del
Estado, que a la vez encare acciones en común antigolpistas con los sectores
chavistas.
Para el futuro de Venezuela no parece haber
demasiadas posibilidades intermedias: o se termina de aplastar a los golpistas
o se acabará por perderlo todo. Para ello es imprescindible organizar a
millones de trabajadores y explotados que les den pelea en todos los terrenos
–incluyendo el militar–, y conformar comités comunes con la tropa, los
suboficiales y oficiales bajos antigolpistas y, sobre esa base, intentar ganar
la hegemonía obrera y popular en el conjunto de los sectores antigolpistas.
Más allá de todas las jugadas diplomáticas
(como el intento de hacer un “Grupo de Amigos” lleno de enemigos, que impulsó
Lula) para tratar de ganar en este terreno lo que se perdió en las calles, el
problema sigue abierto y se plantea bajo un dilema simple: o se aplasta
revolucionariamente a los golpistas o éstos vuelven al ataque en forma cada vez
más virulenta.
Julio Hernández