Un país en el pantano y con libertades en
peligro
El proyecto
exportador de la devaluación fracasó. Su aumento en el 2002 fue ínfimo y
claramente basado en el agro y el petróleo (sólo la soja y sus derivados
significaron 7.800 millones, casi un 30% de las exportaciones). Si la balanza
comercial fue favorable, se debe exclusivamente a que las importaciones se
redujeron a menos de la tercera parte. Y ese saldo a favor, va a parar a los
bolsillos del imperialismo y de los oligarcas y las multinacionales de
cereales, oleaginosas y petróleo.
Las
comparaciones con enero del 2001 son, naturalmente, positivas en términos
porcentuales, porque toman como parámetro las cifras de cuando el país estaba
en el fondo del pozo. Al margen de que algunos sectores no significativos
tuvieron un mínimo desarrollo con la sustitución de importaciones, los
indicadores sociales tienen un signo opuesto.
La pobreza
creció, y también lo hicieron la marginación, la indigencia y la desocupación.
Cayeron brutalmente los salarios, sigue sin resolverse la crisis bancaria, el
país no tiene la más mínima autonomía y es monitoreado por el FMI de la misma
forma que cualquier casa matriz hace con sus sucursales y socias menores.
En cambio,
lograron cierto éxito en que no creciera la conflictividad social y terminara
en un estallido mayor. Por el contrario, retrocedió parcialmente durante el
2002 debido a una combinación de elementos. Los dos millones y medio de planes
diversos dispuestos desde el gobierno, si bien no resuelven la pobreza,
amortiguan algo la desesperación y operan como un elemento de contención para
grandes luchas espontáneas. Máxime cuando el 90% de los planes está en manos de
las autoridades estatales y sólo un 10% es controlado por las organizaciones
piqueteras (de izquierda y otras), que lo hacen en forma burocrática y
clientelista.
Otro elemento
que actúa como amortiguador, es la falta de organizaciones –políticas y
sociales– que reemplazaran con una perspectiva revolucionaria al hundimiento de
las burocracias peronistas en todas sus variantes y de la izquierda asimilada
al régimen.
Finalmente, y
esto tiene una enorme importancia, estamos cada vez más bajo un régimen
represivo que actúa casi diariamente en algún punto del país. Donde no reprime,
intimida, impide las marchas y exige que los piqueteros “duros” abandonen los
palos (¡Armas de destrucción masiva!,
diría Bush) y los pasamontañas que usan para evitar que más tarde les sigan
pegando en los barrios.
La brutal
represión comandada por el “progre” Ibarra en el desalojo de Padelai y la que
descarga contra los vendedores ambulantes de diversos puntos de la Capital,
habla con elocuencia de que el régimen, en todas sus alas, no confía en que
pueda mantenerse de otra forma que no sea a garrotazos y balas.
Esto se completa
con todas las trampas montadas para las elecciones nacionales y provinciales.
Felipe Solá ordenó inscribir las candidaturas para la provincia de Buenos Aires
con seis meses de anticipación a la fecha de los comicios, cuando la ley
electoral vigente habla de 60 días. Y Aníbal Ibarra acaba de adelantar en cinco
meses la fecha para las elecciones de Capital, en un intento de que éstas se
jueguen sólo en un mano a mano con Mauricio Macri.
El panorama es
completo. Represión abierta y estafa de sus propias leyes electorales. Si el
pueblo no los para, éste será sólo un comienzo.