Organizarse y construir poder popular
para “que se vayan todos”
y deslegitimarlos en las próximas
elecciones
La Argentina
finalmente se va aproximando hacia las elecciones presidenciales en un contexto
muy positivo de absoluta falta de expectativas en ellas de las masas explotadas
y empobrecidas. [Ver contratapa.]
Puede decirse
que nuestra convicción científica de que no habrá resolución electoral para las
catástrofes planteadas por el capitalismo, es acompañada por una cierta
intuición generalizada de que ello es así, como mínimo hacia las próximas
elecciones presidenciales. Estas son particularmente fraudulentas al plantear
la elección de un Presidente que –más allá de cuál fuese su voluntad o
ideología– quedará atado en los primeros y decisivos meses de su gestión, a un
Parlamento y una Justicia que se mantendrán intactos del período anterior.
Es
imprescindible avanzar en la pelea por “que se vayan todos” siendo conscientes
–tal como lo ha demostrado la realidad del último año– que para que se vayan,
hay que echarlos. Es evidente que esto no se logrará mediante los votos. La
única forma en que podremos echarlos, será con la lucha de masas
extraparlamentaria, independiente de la burguesía pero también de sus múltiples
agentes políticos, militares, burocráticos, eclesiásticos y judiciales, y de
todas las instituciones de su Estado.
Por eso, la
forma de intervención en la próxima farsa electoral del 27 de abril, tiene que
corresponderse con los objetivos de esa pelea. Nos jugamos a que el próximo
presidente asuma desde una posición lo más debilitada posible, socavando su
legitimación vaciándolo de candidatos y de votos. Tal como les preocupa a la
mayoría de los analistas políticos de la burguesía, un presidente que llegue al
poder arañando un 20% de los votos, ciertamente carecerá del necesario respaldo
social para la toma de decisiones importantes.
No somos abstencionistas ante los procesos
electorales, y nuestra actual táctica es precisamente eso: una táctica
coyuntural en un momento y circunstancias determinadas. Para nada significa una
oposición permanente a presentar candidatos en las elecciones burguesas, ni que
consideremos que la divisoria de aguas entre reformistas y revolucionarios pase
por las listas electorales. Muchos abstencionistas o votoblanquistas
sistemáticos, practican cotidianamente el más puro reformismo (la CCC por
ejemplo). Pero cabe destacar el deplorable papel que vienen jugando las fuerzas
“de izquierda” que, como IU y el PO, se postulan para las próximas
presidenciales. Lejos de utilizarlas como un trampolín para desarrollar la
resistencia, se han lanzado a un verdadero torneo por ver quién promete el
programa más “radicalizado” que, según entienden, podrá imponerse mediante el
simple trámite de firmar un decreto. Y en esa febril confianza en la democracia
burguesa –que existe cada vez más en sus cabezas y cada vez menos en la
realidad–, no sólo aportan sus candidatos para la farsa montada por Duhalde, sino
que lanzan encendidos llamados… ¡a votarlos en la segunda vuelta! Esa es la
gran estrategia que le proponen a los trabajadores para los próximos meses:
“Vote y vote; síganos, que mi izquierda
no lo va a defraudar”. Y en esa estrategia de electoralismo tenaz, ni siquiera
han sido capaces de articular un mínimo acuerdo con el que demostraran al menos
un rasgo de sensibilidad ante el reclamo de unidad de la gente y el repudio que
viene expresando ante las constantes “aparateadas”. Pero nada mejor podía
esperarse de quienes priorizaron “descuartizar” las asambleas barriales, en
aras de engrosar las libretas con las que pasan lista a los “beneficiarios” de
la porción de planes que cada uno ha logrado administrar. Allá ellos…
Por otro lado,
tampoco creemos que la sola sumatoria de millones de boletas que digan “que se
vayan todos” (siendo algo muy positivo), constituya por sí misma una especie de
“alternativa revolucionaria” o “antisistema”.
Creemos que ese voto, para que sea útil,
debe ser parte de un proceso de movilización y de organización de millones, para echarlos en el único terreno en
que ello es posible: el de la lucha en las calles, en las empresas, en los
barrios, en las casas de estudio, etcétera.
Nuestro
llamado al voto nulo, voto bronca, voto blanco o no voto, es una táctica
defensiva, de acumulación de fuerzas, para intentar que la actual abrumadora
falta de expectativas en estas elecciones, se
transforme en debate y organización de masas para socavar en la mayor medida
posible las bases para la acción de un gobierno que necesariamente tendrá por
delante las tareas de aplicar los más brutales planes de ajuste y hambre que se
han ido demorando a lo largo del prolongado gobierno “transitorio” de Duhalde.
Cuanto más
pantanoso sea el terreno que pise el próximo presidente, más podrá ir
afirmándose el terreno para la acción de masas.
Junto con la
agitación contra la ofensiva militar sobre Irak, tenemos que avanzar en la
organización independiente del pueblo trabajador, con miras a ir construyendo y
fortaleciendo organismos obreros y populares que hagan posible hacer realidad
el “Que se vayan todos”.
L. Rubiales