La ONU en terapia intensiva
La
ONU nació como una porquería producto del acuerdo entre Estados Unidos y la
URSS en 1948. El ejemplo más elocuente fue que el asiento de China, entre los
cinco miembros permanentes del Consejo Permanente, lo ocupaban los delincuentes
protegidos por Estados Unidos que mandaban en una isla habitada por siete
millones de “gusanos” (Formosa-Taiwán), y no el legítimo gobierno de cientos de
millones de chinos. La superioridad estadounidense en todos los terrenos era
tan abrumadora que no sólo se pudo imponer la exclusión de China (hasta 1973),
sino que se le dio derecho a veto a países imperialistas que habían salido
completamente debilitados de la Segunda Guerra, como Francia e Inglaterra.
La ONU se parece a su antecesora, la
Sociedad de las Naciones, de la que se decía: “Quizá pueda parar la guerra
entre dos países débiles si los países grandes están en contra; le dará la
razón al país grande si se enfrenta al débil; y estallará por los aires si se
enfrentan dos países grandes”. Esto último es lo que está ocurriendo.
Pero medio siglo después, el mundo es otro.
La demagogia facilista para manejar a la ONU se entró a resquebrajar cuando
dejó de ser un “ministerio de colonias” que sólo tenía que negociar con la URSS
stalinista.
La nueva realidad, permite que una potencia
imperialista menor como Francia, aproveche la presencia circunstancial en el
Consejo de Seguridad de otra potencia no menor, como Alemania, para trabar los
planes norteamericanos, aunque no se sabe hasta dónde ni hasta cuándo. Pero se
abrió un rasguño que evolucionará a gangrena que, con mayor o menor rapidez,
llevará a la ONU a la muerte.
La defunción de la ONU será el corolario
natural del desorden mundial que siguió a lo que algunos plumíferos del
imperialismo llamaron “el fin de la historia”.
Aunque sobreviva un tiempo con respirador artificial, la suerte de la ONU está echada y el desorden internacional puesto al desnudo