Con las elecciones presidenciales

NADA MEJORARA

     Diciembre del 2001 dejó inconclusa la tarea de echarlos “a todos”. No sólo porque la burguesía fue colocando presidentes fraudulentos e ilegítimos. También porque –dejando de lado las dos empresas llamadas CGT– desde la iglesia y las organizaciones piqueteras de D’Elía y Alderete hasta la mayoría de la izquierda, todos se lanzaron a destripar a las nacientes asambleas populares, así fuera al costo de hacer desaparecer a muchas y de vaciar o afectar seriamente a otras.

     Todo esto dificultó al extremo la radicalización que comenzó en diciembre del 2001, máxime en la medida que grandes sectores de masas fueron comprendiendo, en los hechos, que no se trataba sólo de cambiar un presidente por otro, sino que el problema era mucho más grave y no había organizaciones ni dirigentes confiables para tamaña lucha.

     No obstante, ese proceso sigue abierto, y hoy se expresa en la total indiferencia frente a las elecciones y la convicción generalizada –incluso entre muchos de los que irán a votar– que nada se arregla cambiando a uno; sobre todo con el bochornoso espectáculo de partidos divididos, tramposos y desprestigiados al máximo. El 2 de marzo en Catamarca es un buen ejemplo.

    

El colapso del régimen, sus instituciones y sus partidos

 

     El actual presidente es el candidato que perdió las elecciones en 1999 y ya lleva casi un año y medio de mandato, elegido por 250 “nobles” en el Parlamento; precisamente por una institución descompuesta que podría poner en su escudo de armas la cara de Barrionuevo y otros delincuentes, inescrupulosos y vulgares capataces a la orden del gran capital. Un parlamento que, precisamente, está corriendo una carrera de embolsados con la Suprema Corte, la Policía, las gobernaciones e intendencias para ver quién se lleva la medalla de oro del asco y el repudio populares.

     El colapso del régimen no tiene arreglo, y se demuestra en el estallido de todo el régimen partidocrático del siglo XX.

     Estalló el peronismo y va dividido en tres, y en treinta y tres mil pedazos provinciales y municipales donde sólo participan punteros y delincuentes varios ante la indiferencia del pueblo, así un sector termine votando por descarte o “mal menor” a alguno de los tres horrendos rostros que presenta: el puntano jefe de Aldo Rico, Rodríguez Saá; el “renovador” santacruceño Kirchner que va en fórmula con el menemista Scioli; y el delincuente mayor, en cuya década infame supuestamente “se vivía mejor”, al compás que rifaba el país abriendo camino a la tragedia de hoy.

     La situación de la UCR es igual o peor. Con De la Rúa a la cabeza, están sueltos todos los asesinos del 20 de diciembre. La interna fraudulenta fue el epitafio para un más que centenario partido que fuera una de las columnas del régimen capitalista en el siglo XX (gobernando, apoyando golpes, desprendiendo alas “izquierdas” para trampear procesos de radicalización, etc.). Moreau como presidenciable por la UCR tiene la importancia de una sota, y los dos principales radicales (o ex) que se presentan son Ricardo López Murphy –el Alsogaray de estos años– y Elisa Carrió, que para desalentar cualquier sueño “centroizquierdista” puso como vice a un jefe del Partido Demócrata de Mendoza, a cuyos miembros popularmente se los conoce como “los gansos” por su altivo cuello duro. Y para realizar este curso hacia la derecha se desprendió primero groseramente de los socialistas de Alfredo Bravo, y ahora del Polo Social (los descendientes del cura Farinello), con “Barba” Gutiérrez como candidato a gobernador por Buenos Aires en nombre de algunos ahijados del difunto Lorenzo Miguel.

     El grueso de la vieja izquierda no escapa del colapso institucional de diciembre del 2001. De conjunto, busca reposicionarse mejor dentro de un régimen que colapsó, en vez de ubicarse en la vereda de enfrente para ayudar a voltearlo. Por eso prefirieron que las nacientes asambleas populares, en vez de masificarse, quedaran encerradas en el corral de supuestas discusiones “programáticas” (en verdad, la consigna de cada grupo en ese momento) que sólo tuvieron la virtud de alejar al pueblo sin clarificar nada. Y a dos días de la gran protesta nacional del 25 de enero del 2002 convocada desde el Parque Centenario, maniobraron para silenciar ese hecho gigantesco y colocar a las ascendentes asambleas como quinta rueda del movimiento piquetero “alternativo” que estaban armando los grupos despechados por D’Elía y Alderete (hasta un mes antes sus mejores amigos). Esta política de disputa de aparatos (aparatitos, a decir verdad) fue constante, y golpeó al movimiento antes y durante el 1º de mayo, y en el correr del año que pasó.

     Si alguna brasa encendida queda aún en las asambleas, es porque nacieron con pujanza y ni la Iglesia ni su brazo sindical (CTA) lograron eliminarlas del todo, a pesar de contar con la colaboración objetiva de los dirigentes de la mayoría de la izquierda.

 

Qué hacer

 

     Colapsó el régimen político institucional, a pesar de que no se va a caer si el pueblo no lo tira abajo con su lucha. Pero esta tarea gigantesca tiene dos problemas. El primero es que no se trata meramente de cambiar de régimen político sino de barrer el sistema económico-social y terminar con el colonialismo y el capitalismo.

     El segundo problema es que nada de ello puede lograrse sin una reorganización desde las bases de los explotados, ocupados o no, y del pueblo trabajador. Una reorganización que dé nacimiento a organismos vivos, donde millones de trabajadores tengan un protagonismo democrático real, y donde pueda foguearse una nueva vanguardia de decenas de miles de luchadores. Eso no lo resuelve ninguna consigna organizativa mágica inmediata, que puede ser útil más adelante si es el producto de un proceso genuino (congresos o encuentros de trabajadores no manipulados, democráticos y antiburocráticos).

     Es en esos procesos donde se podrán ir construyendo, probando y aprendiendo, direcciones revolucionarias que sean expresión real de una ebullición de bases, que sustituyan a la vieja burocracia que agoniza y a la nueva que asoma el pico, por organizaciones y dirigentes que sean capaces de pelear por dar vuelta todo: por libertad en vez de represión; por seguro al desocupado de $ 500 sin contraprestación laboral; por aumento general de salarios; por puestos de trabajo; por la expropiación de las fábricas ocupadas; etc. Y que sinteticen todas estas aspiraciones en una pelea a muerte para “echarlos a todos”, que es el requisito para lograr esos objetivos mínimos. Desde esas mismas organizaciones que el pueblo forme para dar esa pelea, encarar un gobierno provisional obrero y popular que abra la discusión sobre los caminos a emprender para liberarnos del imperialismo y aplastar al capitalismo.

     Las eventuales elecciones del 17 de abril, son como una señal puesta al revés en una ruta. De lo que se trata es de deslegitimar al enemigo y acumular organización y poder popular para voltearlo y cambiar la sociedad.

jorge guidobono

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