Subtes: la burocracia perdió el tren

 

     En los andenes del subte porteño se respira otro aire. No son los gases del túnel ni el humo de algún piquete que se cuela por las rejillas. Son los 1.600 trabajadores de Metrovías, que desde hace un par de años hablan con naturalidad de la burguesía, de la organización, de cómo coordinar su lucha con otros sectores y de la traición de la burocracia.

     Saben que no es fácil mantener un paro prolongado que inmovilice la ciudad, que Ibarra juega abiertamente para la patronal del grupo Roggio, y que la UTA de Palacios tampoco es una niña con trenzas. Pelean, entre otras cosas, por reducir su jornada de 8 a 6 horas sin rebaja de salarios, y son conscientes de lo que eso significa en un país donde uno de cada cuatro trabajadores no tiene empleo. Pero tienen de su lado un cuerpo de delegados combativo, en el cual la amplísima mayoría de los 21 miembros sostiene una política clasista, independiente de patrones y sindicalistas vendidos.

 

     “Estamos a la ofensiva, eso ya es histórico. Nunca se movilizó tanta gente. En general los trabajadores del subte parábamos pero nos quedábamos ahí, en cambio ahora la organización es descomunal”, cuenta Beto, uno de los delegados que desalojó a la UTA.

     Es casi imposible charlar con él, porque no pasan cinco minutos sin que lo llamen para preguntarle algo, o alguien se acerque a saludarlo.

     Esa construcción desde abajo no se hizo de la noche a la mañana. Desde que el subte se privatizó en 1994 tardó cuatro años en formarse un frente opositor, y recién en el 2000 ganaron la mayoría del cuerpo de delegados.

 

     “Los primeros meses estuvimos esquivando las balas. La empresa empezó a apretarnos, nos hacían tests todos los días, y la burocracia nos difamaba ante los compañeros”, recuerda Beto. Y marca un hito en febrero del año siguiente, cuando la movilización impidió que se liquide el puesto de guarda en la línea B.

     “Ahí pasamos al frente. Elegimos el reclamo de las 6 horas, aunque al principio era casi testimonial. Había otros caminos, pero éste sirvió para que los compañeros pierdan el miedo. La idea de la ley de insalubridad surgió casi por casualidad, charlando con un asesor de Puy (Raúl, del PS), que nos conocía de antes y nos preguntó en qué podía ayudar”, explica. “Después del 19 y 20 de diciembre, con el quilombo super-estructural que había, nos plantamos para ver si lo votaban, y empezamos a ir todos los días. La empresa no lo podía creer, porque se abría el frente y empezábamos a sumar votos de peronistas, radicales, lo que venga… Las marchas no bajaban de 200 personas.”

     Cuando se estaba por aprobar el proyecto, a fines de septiembre, Metrovías no se quedó quieta. Los diarios, que no habían escrito una línea sobre el conflicto, reprodujeron las amenazas de Roggio de despedir a 300 trabajadoras, bajo el argumento de que las mujeres no podían desempeñar tareas insalubres.

 

     “Pero nos corrían con el cuatro de copas –sigue Beto– y al final tuvieron que ir a verlo a Ibarra para que vete la ley cuando ya había salido de la Legislatura. A partir de ahí empezó el tema del rechazo al veto. Cerraron un acuerdo el PJ y los radicales para avalarlo, y después para colmo votaron no dejarnos entrar al recinto. Nosotros estábamos en conciliación obligatoria, y fuimos a pedirle a la UTA un paro nacional para poder parar legalmente. No nos dieron bola.”

     El resto es historia conocida. En la movilización del 24 de octubre, mientras peronistas, radicales e ibarristas terminaban de archivar las 6 horas dentro del recinto, la policía reprimía salvajemente en la puerta, dejando como saldo a un conductor de la línea E con la cabeza abierta.

     “Ahí el paro fue inmediato y durísimo. Los subtes eran barricadas, los supervisores ni intentaron moverlos porque se pudría, y los delegados no pudimos llegar a las cabeceras, porque los compañeros ya habían parado todo cuando vieron lo que pasaba por televisión. De la conciliación no se acordaba nadie”, agrega Beto.

 

     —¿Y esto cómo sigue?

     —Lo principal es la organización. Ya formamos una comisión de prensa y algunos grupos más, así que estamos funcionando casi independientemente del sindicato. Como en todo, hay muchos grises, pero la mayoría en el cuerpo de delegados la tenemos, porque la burocracia perdió en todas las líneas. También empezamos a juntar firmas entre los pasajeros, pero eso al final quedó en una vanguardia. El tema de llegar a los usuarios es fundamental, porque el vacío mediático nos mata, tanto de los periodistas fachos como de los “progres”.

 

     —¿Qué es lo que más rescatás de estas movidas?

     —Se rompieron un montón de prejuicios. Antes eran los trabajadores de subtes y nada más. Ahora nos conectamos con piqueteros, asambleas barriales, otros sindicatos recuperados… El prejuicio corporativo era un arma fuerte de la burocracia. Así te mantenían aislado de cualquier cosa de afuera. Nosotros nos informamos, les hacemos darse cuenta a los compañeros que si no hacés algo, te morís acá abajo.

     —¿Cómo es la relación entre los delegados?

     —Yo trato de trabajar siempre en frente único. Estamos bien, pero en la izquierda hay mucha mezquindad política, y eso tira para atrás. A mí un compañero me decía que yo estaba en contra de un proyecto de ley, y a favor de otro… Y a mí, las leyes me sirven sólo si movilizan a alguien.

 

     —¿Y la presión de la empresa?

     —La asfixia económica es terrible. Los delegados, hora que no trabajamos, no cobramos. Yo este mes cobré 270 pesos, y la licencia gremial máxima es de tres horas por semana. El convenio no está flexibilizado, pero es mucho peor que el de cuando Subterráneos era estatal. Y ahora que es privado la presión es más fuerte, porque ningún gobierno se banca tener el subte parado más de tres horas, y aprieta a la empresa para que lo haga funcionar como sea.

 

     Beto termina su horario y se mete en el último tren para hablar con el conductor, otro delegado. “Este pibe entró en la lista nuestra este año. Es la primera vez que es delegado, y ya tiene tres paros encima”, se ríe.

     Y cuenta lo poco que durmieron todos en la última semana, organizando las marchas de acá para allá.

     Es sábado a la noche. Quién sabe qué estarán haciendo Ibarra, Roggio y Palacios en este momento.

ALBA MERQUINNI

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