¡Alto
al genocida Sharon!
A dos años y poco más de un mes del comienzo de la Intifada,
Ariel Sharon, cual Hitler del nuevo siglo, sigue “huyendo hacia adelante”, y ya
se acerca a contar 2.000 palestinos muertos en su haber.
Los diez días de asedio al cuartel de Arafat –que terminaron el
30 de septiembre– resultaron una derrota política para el genocida sionista. Sin
embargo, esto no provocó un freno en la matanza de palestinos. Mientras
dirigentes palestinos declaraban que todas las tropas israelíes se habían
retirado de la ciudad, de acuerdo con lo estipulado por la ONU, decenas de
carros blindados y tanques desfilaban por las calles.
Arafat, que venía siendo cuestionado por los propios palestinos,
recibió una inyección de oxígeno al salir con vida del cuartel, miles de
palestinos se manifestaron al cumplirse los dos años de inicio de la Intifada
por la liberación del líder de la Autoridad Nacional Palestina. Sharon se vio
obligado a levantar el asedio por presión de Bush, ya que la situación en
Ramallah complicaba, y complica, los planes del jefe imperialista en Medio
Oriente.
En uno de los ataques más bestiales desde el comienzo de la
Intifada, el ejército israelí atacó, el 7 de octubre, un barrio de Gaza con
tanques y helicópteros asesinando a 15 palestinos civiles (y dejando más de 130
heridos), la mayoría de ellos muertos al ser atravesada una multitud por un
misil. El ataque fue, en cierta medida, una respuesta de Sharon a Javier
Solana, el enviado de la Unión Europea para mediar en la región. Ante una
masacre comparable a la de Jenín de hace pocos meses, una vez más Sharon no
pudo contenerse y la calificó como un “éxito”. Pese a las formales críticas
internacionales, el genocida siguió en su carrera asesina y lanzó, horas
después, nuevas incursiones en territorios palestinos ocupados por el ejército
sionista.
Tras la renuncia de los laboristas al gobierno de unidad
nacional, Sharon (que quedó en minoría en el Parlamento) planea aliarse con los
sectores de ultraderecha del sionismo. Para la conformación del nuevo gabinete
le ofreció ministerios al general Saúl Mofaz –quien poco tiempo atrás tuvo que
huir del país para evadir una orden de captura internacional similar a la que
sufrió Pinochet– y a Benajamin Netanyah, que acusa al genocida de debilidad
ante los palestinos. Pese a esto, lo más probable es que su nuevo socio en la
futura coalición de gobierno sea el partido ultraderechista, Unión Nacional,
que exige la expulsión de los palestinos de su tierra y la limitación de los
derechos civiles de los árabes israelíes.
Pero buena parte de los israelíes se oponen a esto: una encuesta
reciente dejó a la luz que el 70% de la población se pronuncia a favor del
retiro del ejército sionista de los territorios ocupados.
En este contexto, la economía israelí se está hundiendo en la
peor recesión de su historia. La tasa de desocupación superó el 10%, por
primera vez desde la instauración del Estado en 1948, y el shekel se está
depreciando. Israel es el mayor receptor de ayuda exterior norteamericana, con
US$ 2.100 millones al año, de los cuales la mayor parte va al gasto militar. Pese
a esto, Sharon está gestionando elevar esa cifra en 10.000 millones más, porque
la crisis y el enorme gasto que demanda el intento de borrar del mapa a los
palestinos (3.000 millones por año) así lo requieren.
Bush no parece poner trabas ante este pedido, ya que a pesar de
que Sharon no se subordina del todo a su política, lo necesita para concretar
su plan de apoderarse del petróleo de Medio Oriente. Basta ver el último guiño
del texano: hizo proponer al Congreso de su país trasladar la Embajada de
Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalem, por considerarla un “reconocimiento
implícito” de la ciudad como capital de Israel.
Es necesario detener el genocidio en Palestina. Pero esto no
podrá lograrse de la mano del decrépito Arafat, que sigue subordinado a los
planes de la ONU mientras encarcela y persigue a los miles de palestinos que
ponen el cuerpo en la resistencia. De ellos –y del apoyo de los pobres de todas
las naciones– depende el futuro de esta lucha.
Maximiliano Estarosta