A 85 años
de la Revolución Rusa
A 80 años del 14 de julio de 1789 todavía se mantenía la
monarquía de Francia y ya había quienes se lamentaban, con lastimero gemido,
por las muertes inútiles para alcanzar la República.
No obstante, la revolución burguesa tiene leyes de automatismo económico que son independientes de los vaivenes políticos e incluso de triunfos contrarrevolucionarios episódicos.
Este automatismo económico no se aplica en absoluto a la
sociedad de transición que ponga fin a la última sociedad de clases, la
capitalsta. En ese régimen de transición –basado en la destrucción del viejo
Estado y en la creación de un nuevo poder, opuesto al de los explotadores y
opresores– , el nuevo poder no va a poder “construir el socialismo” sino que
será como una fortaleza sitiada, colosalmente útil para impulsar la extensión
de la revolución en la región y en el mundo.
Esa es la única forma posible de construir el socialismo como
una sociedad no sólo más justa que el más avanzado capitalismo, sino también
infinitamente más rica. Ese desarrollo internacional de la revolución es, a la
vez, el mejor antídoto contra prácticas antiigualitarias hacia cuya
desaparición tiene que avanzar la nueva sociedad, tendiendo a la extinción
paulatina de toda forma de Estado y de clases. Lo que implica un proceso de
transformaciones y profundos cambios culturales –y de todo tipo– que sólo
pueden ser posibles a posteriori de la destrucción revolucionaria de los
estados imperialistas y capitalistas.
1917: Ensayo general de
revolución socialista
Con el inicio de la guerra mundial de 1914 comenzó la fase
decadente del capitalismo como sistema mundial.
Al contrario de lo que se predicó en los ’90 sobre “el fin de la
historia” y el “triunfo definitivo del capitalismo”, el siglo XX fue escenario
de la agonía general de este podrido sistema social. Con algunos picos de
relativa mejora, sobre todo después de grandes catástrofes y gigantescas
destrucciones de fuerzas productivas, como las que siguieron a las grandes
guerras. La tercera parte de la fuerza de trabajo inactiva, 4.000 millones de
personas “viviendo” con menos de dos dólares diarios, y una distribución de las
riquezas infinitamente más regresiva, hablan a las claras de que el capitalismo
es un régimen globalmente agotado, aunque sí capaz de defender su permanencia
con los genocidios más horrendos.
El 7 de noviembre de 1917 comenzó la homérica tarea de intentar
terminar con ese régimen social y de extender la revolución al mundo. La
Internacional Comunista fundada en 1919, fue una palanca para ello. Años antes,
el internacionalismo fue la primera razón esgrimida por Lenin contra el régimen
de Kerensky, para que los soviets de obreros, soldados y campesinos asumieran
el poder: colocarse al servicio de la inminente revolución europea en un
continente desangrado por la guerra. Lejos de objetivos “socialistas” fronteras
adentro, la revolución rusa creó 25 millones de propiedades privadas en el
campo (para sellar la alianza obrero-campesina) y se limitó a imponer el
control obrero de las fábricas para que los trabajadores se familiarizasen con
su gobierno. Sólo el boicot de la burguesía a la producción hizo que en junio
de 1918 se expropiaran las fábricas y que en 1920 se iniciara la NEP (Nueva
Política Económica), con elementos procapitalistas, para reconstruir un país
devastado por la guerra civil y los ataques de las potencias imperialistas
vencedoras en la primera guerra mundial.
Estaba por fuera de las cabezas y los textos de todos los
dirigentes revolucionarios la antimarxista idea de buscar la utopía
reaccionaria del socialismo en un solo país, formulada por primera vez –y
tímidamente– por Stalin recién después de la muerte de Lenin. Y después,
también, de la derrota de la revolución europea en la posguerra, que dejó
aislada a la revolución rusa, cuyas fuerzas estaban exangües tras siete años de
guerras y hambrunas, con un proletariado casi extinguido (en la hambruna del
’20 parte de él huyó al campo) y todos sus índices económicos inferiores a los
de 1913.
La lava revolucionaria que se extendía desde Rusia puede
graficarse con un solo hecho: cuando el Alto Mando alemán comprobó que cundían
los soviets entre sus tropas y los obreros, no vaciló en rendirse y echar al
emperador, pese a que ni un solo soldado hubiera cruzado la frontera alemana. La
guerra de clases era para ellos mucho más importante que la guerra
interimperialista, y no vacilaron en firmar las peores condiciones de
rendición, con tal de quedar con las manos libres para enfrentar a la
revolución en territorio alemán. Esta se inició en Kiel el 9 de noviembre de
1918 y siguió con la abortada revolución en Berlín, en enero de 1919 en la que
cayeron sus dos mejores cabezas, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. El proceso
continuó hasta 1923 y sólo le puso un trágico final Hitler en 1933.
Hubo muchos hechos revolucionarios en la inmediata posguerra en
Europa. Pero la burguesía los logró neutralizar gracias a la reiterada traición
socialdemócrata y la impericia de los jóvenes e inexpertos partidos comunistas,
pero también por el agotamiento tras una guerra que dejó un saldo de millones
de jóvenes muertos. En medio de esa tragedia histórica, las migajas que
recibieron los trabajadores de la expoliación colonial e imperialista,
introdujeron elementos conservadores en sus hábitos y conciencia, por lo que
las trampas socialdemócratas pudieron penetrar fácilmente (aun cuando
terminaran conduciendo a una segunda carnicería imperialista).
En esas condiciones de aislamiento para la revolución en Rusia,
cobró peso el inmenso atraso económico y cultural de un país mayoritariamente
campesino, y se diluyeron la escasa potencialidad y tradición obreras vivas.
Sobre esa realidad se fue montando la burocracia stalinista. Su
triunfo constituyó el fin de la transición social y política de un régimen que
impulsaba la revolución socialista internacional y el poder y las alianzas de
obreros y campesinos. Se abatió sobre ellos la dictadura de una casta
nacionalista que, para sobrevivir y perpetuar sus crecientes privilegios, trocó
la revolución mundial en moneda de cambio para chantajear al imperialismo.
¿Degeneró por sus errores o por
problemas materiales? ¿Se terminaron las revoluciones socialistas?
En la reaccionaria última década de los ’90, vastos sectores de
la intelectualidad actuaron, objetivamente, como correa de transmisión de la
propaganda imperialista sobre el fracaso del socialismo. Se propusieron –muchos
de ellos honestamente– tratar de encontrar el origen de la degeneración
stalinista, buceando en los escritos de los revolucionarios.
No pertenezco a esas líneas de pensamiento. En primer lugar,
porque rechazo el facilismo de “predecir” cómo ganar la batalla de Waterloo
después de casi dos siglos de transcurrida (y podrían citarse infinidad de
ejemplos más, también aplicables a la revolución rusa y a sus años más
gloriosos y trágicos).
Lo que sucede es que Lenin, Trotsky y sus camaradas, no estaban
escribiendo un “manual de marxismo-leninismo” como muchos creyeron (incluso
quienes combatimos toda la vida al stalinismo) sino dirigiendo una revolución
que tenía como primer deber el de sobrevivir a los ataques imperialistas,
aliados con la contrarrevolución interna.
Varios de esos hechos pueden, o no, ser cuestionados a la luz de
quienes “adivinan” la historia después de que ésta se escribe. Pero no son
parte de un debate materialista sino efectista, simplista y tramposo. Estoy
convencido de que la resolución del 15 de marzo de 1921 (que prohibía
“transitoriamente” –porque nunca habían sido proscriptas– las tendencias y
fracciones), la represión de Kronstadt (después de intentar negociar hasta el
final) o la guerra de 1920 con Polonia, no han sido en absoluto los hechos que
signaron el destino trágico de la revolución rusa. Son hechos de escasa
relevancia en relación con la derrota de la revolución europea y con la guerra
ininterrumpida desde 1914: dos acontecimientos de descomunales consecuencias
para un país campesino, donde el proletariado fue catapultado por ser la única
fuerza social capaz de hacer la paz, entregar la tierra a los campesinos y
tomar medidas efectivas contra la hambruna.
Categóricamente, estoy convencido de que las condiciones para la
realización de revoluciones socialistas, de obreros, trabajadores y campesinos
–que no tienen hoy el aislamiento de un siglo atrás, y que están ligados al
masivo pueblo urbano– son mucho más fecundas que en 1917. Además, son las
únicas respuestas posibles frente a la barbarie capitalista-imperialista.
Rescatando con orgullo el legado de Octubre, estoy también
convencido de que, a lo largo de generaciones, los socialistas revolucionarios
no sacamos una de sus principales lecciones: ninguna revolución se parece a
otra. Es un fatal error tratar de imitarla, porque cada revolución es única e
irrepetible, porque entraña una combinación tal de contradicciones
–internacionales, nacionales y entre las clases y sus segmentos– que es
imposible repetirlas fuera de su propio tiempo y lugar.
La
“Revolución de Octubre” no se repetirá como un calco de 1917.
Pero es
más necesaria y posible que entonces.
¡Viva
Octubre, ensayo general de la revolución socialista internacional!
Jorge Guidobono