Se quebró el régimen partidocrático
Si bien durante la mayor parte del siglo XX gobernaron regímenes
militares –o afines–, éstos actuaron en fluido contacto con los grandes
partidos políticos. Los más importantes han sido el más que centenario
radicalismo y el Justicialista de Perón de la década de los ’40.
La crisis actual es parte de un proceso de larga data, en particular de los últimos veinte años. Lo nuevo es que en este último período, radicales y peronistas, los chalecos de contención de empleados, trabajadores y obreros, saltaron por los aires.
La primera definición que, en un aspecto, anticipa la explosión
de los viejos partidos, es que estalló el régimen de representación política. El
pueblo se hartó de ser estafado “a través de sus representantes” y, todavía
gateando, amenaza con animarse a caminar sobre sus propios pies y dejar de
“delegar” en impenitentes estafadores, desde Alfonsín y Menem, pasando por
Chacho Alvarez, hasta De la Rúa y Duhalde, como los bichos más conspicuos de un
gran zoológico de estafadores.
Por muchos intentos que hagan de reconstruir el régimen
partidocrático capitalista (y también, si pueden, de asociar sectores militares
a algunos de sus fragmentos, en combinaciones fujimoristas a definir) hay una
realidad que no pueden tapar ni con el más patrio de los ponchos: los agarraron
simultáneamente los reducidores de cabezas y los destripadores. No sólo están
achicados y divididos, sino que han perdido el grueso de la confianza, la
simpatía o el voto “con la nariz tapada”, con que contaban hasta hace menos de
veinte años. Pasaron de tener más del 90% de los votos –en la masiva elección
de 1983– a los patéticos guarismos del 14 de octubre de 2001 (la antesala del
19 y 20 de diciembre). De ahí, a la popularización masiva del “que se vayan
todos”, que desde hace casi un año es el sentimiento que más une a los
argentinos.
El Frepaso fue tan efímero como unos minutos de calor en la
Antártida. Que se disperse, se licue o se mimetice, es normal. Incluso la
capacidad de asombro está tan saturada que pocos reparan en que mientras Ibarra
posa en una foto junto a Lula, manda apalear a los vendedores ambulantes de
Retiro o Chacarita, y a los empleados del subte. (Y antes, según muestra una
foto de archivo en Clarín del 2/11, Lula aparecía flanqueado por Alvarez y De
la Rúa, el miserable asesino de 30 personas que hoy sigue suelto.)
Si el Frepaso fue como una ilusión óptica pasajera y tramposa,
el radicalismo fue como un duradero opio laico que anestesió por un siglo a
grandes masas del pueblo, colocándose detrás de los más contrarrevolucionarios
proyectos, como en 1955 y 1976… o en “Semana Santa” de 1987.
El control radical del movimiento estudiantil en los últimos
veinte años fue una anestesia paralizante que privó al proceso abierto con la
derrota de Malvinas, de un revulsivo juvenil que avivara las brasas. Cuando el
año pasado empezaron a perder las elecciones estudiantiles y luego fueron
derrotados electoralmente el 14 de octubre, era evidente que la cuenta
regresiva de la UCR había comenzado… y terminaría el 19 y 20 de diciembre.
Importa poco saber si el radicalismo se romperá, si mandará
clandestinamente a Posse como ladero de Rodriguez Saá, y cuán poco o casi nada
de votos sacarán el o los candidatos radicales (no se sabe si disfrazados de
Chapulín Colorado o algo por el estilo).
Este cuadro provoca el disloque de los marcos políticos de
contención de grandes sectores populares, atrapados históricamente en el
maniqueo planteo de radicales=democrátas versus peronistas=populistas
repartidores de beneficios sociales (y, últimamente, de huesos).
El peronismo: un cadáver
histórico que marcha al cementerio en más de un cortejo
El peronismo está históricamente agotado porque se transformó en
su contrario. De herramienta burguesa de conciliación de clases, con roces con
el imperialismo, se convirtió en su agente y en el principal responsable –bajo
el menemismo y todos sus socios– del mayor proceso de pauperización en la
historia del país. Incluida la desocupación y la hambruna masiva, que fueron la
herencia de la banda de delincuentes de Menem; banda integrada por muchos de
sus actuales opositores, empezando por Duhalde y una variada fauna mafiosa que
incluye a Romero, a Rodríguez Saá, a Kirchner y a otros personajes menos
conocidos pero igualmente siniestros.
Un viejo dicho del folclore peronista afirmaba que el movimiento
sindical era su columna vertebral. ¿Usted, lector, se enteró si Lorenzo Miguel
está vivo o muerto? Si está vivo, difiere poco de una planta seca. Y no porque
fuera desplazado por una nueva generación. Salvo que lo sean Moyano o Daer; o aquel
que convocaba a multitudes en los paros contra Alfonsín y hoy no figura ni en
el diario de sesiones de la Cámara de Diputados, el otrora Saúl “Querido”
Ubaldini.
El peronismo fue la lápida que durante medio siglo aplastó la
cabeza de los trabajadores; primero sobre la base de concesiones. Después, sólo
por contraposición con lo que vino después de Perón, que fue aun peor. Más
tarde, gracias a la hiperinflación de Alfonsín, el PJ pudo comandar la “segunda
década infame” de la mano de Menem.
Hoy, la crisis en el PJ viene estallando y está en punto de
ebullición. No se sabe si habrá internas, tampoco si se harían en diciembre o
enero, ni si el número de muertos será superior o no al de la batalla de
Caseros.
Ni siquiera se sabe si los candidatos se presentarán. Hoy,
Rodríguez Saá iría por fuera del peronismo, y posiblemente Kirchner también
(salvo que transe con Duhalde). De la Sota es un delfín sin padrino. Bordón es
un fantasma de los cinco millones de votos de 1995. Se desconoce si la señora
de Duhalde será candidata, igual que la de Solá… y un interminable etcétera de
nombres e incógnitas que son más de lo mismo.
Es imposible prever qué va a pasar en los próximos meses, si va
o no a haber internas, elecciones nacionales, para qué cargos, para cuándo,
para asumir en qué fecha…
Lo único cierto es que el peronismo explotó, así su deflagración
sea en detonaciones parciales o ininterrumpidas. Nada asegura que una losa se
caiga sola: hay que ayudarla a caer, pero para ello también hay que saber caracterizar
que está colgada de un hilo.
Una tragedia de medio siglo está a punto de finalizar, aunque
eso no preanuncie necesariamente que los trabajadores y las masas se harán
revolucionarias y socialistas. Ello depende del proceso histórico, de la lucha
de clases y también de la acción consciente, paciente e inteligente de los
revolucionarios socialistas, para evitar que surjan nuevos canales de desvío
una vez que el dique se vino abajo.
Jorge Guidobono