Lula
arrasó
La
rebelión en la granja busca su brújula
La crisis de dominación de Estados Unidos sobre América latina afecta todos los terrenos. Después de décadas “perdidas”, todo el subcontinente se encuentra enormemente más pobre, con sus regímenes políticos en aguda crisis. Se fue al diablo el cuento de las privatizaciones “antimonopólicas” de los ’90. El discurso sobre el “fin de la historia” y el triunfo “definitivo” del capitalismo y la democracia están en la basura. Decenas y cientos de millones de latinoamericanos empiezan a buscar un cambio –en rechazo a todo lo vivido en las últimas décadas–, un futuro “mejor”, distinto.
Es un fenómeno continental que ha tenido distintas
manifestaciones en el último año: los derrocamientos de Fujimori y De la Rúa;
la derrota del golpe yanqui en Venezuela; las luchas triunfantes contra las
privatizaciones en Perú y Paraguay. Parcialmente, en otro terreno, también se
ha puesto de manifiesto a través del boom electoral de Luis Zamora en la
Argentina y de Evo Morales en Bolivia; en la ruptura del cogobierno
blanco-colorado y del casi seguro triunfo del Frente Amplio (FA) en Uruguay. En
otro plano, es importante que la ofensiva fascista en Colombia no haya logrado
éxitos decisivos a pesar de la abierta ingerencia yanqui.
El arrollador triunfo de Lula y sus más de 50 millones de votos
es parte de ese mismo fenómeno que abarca a la región, siendo, a la vez, un
hecho inmensamente destacado. Con las distorsiones propias del terreno
electoral, pone de manifiesto un cambio en la relación de fuerzas en la región.
El hecho de que cualquier miserable arribista burgués se quiera subir al carro
triunfal, no sólo expresa la hipocresía capitalista y la falta de un proyecto
revolucionario por parte de Lula y la cúpula del Partido de los Trabajadores
(PT): también demuestra que las ideas dominantes durante los últimos cinco o
diez años, hoy apestan.
En una frase casi profética, Marx sostenía que lo peor que le
podía pasar al capitalismo era quedar solo y al desnudo frente al espejo (sin
tener que luchar ya contra el feudalismo o, más tarde, contra el falso
“socialismo” instaurado tras el aislamiento de la revolución en la atrasada y
campesina Rusia). Y ésa es la realidad que estamos viviendo hoy, en el mundo y
en Latinoamérica en particular.
Bases sociales con necesidades revolucionarias,
¿y dirigentes…?
Los 50 millones de trabajadores, mujeres y hombres del pueblo
brasileño que votaron a Lula, lograron un gran triunfo que, a la vez, es
engañoso. Fue un huracán arrasador sobre la tierra del café y del azúcar. Pero
es muy peligroso hacerse ilusiones en que el imperialismo y la gran burguesía
brasileña suelten “por las buenas” el gigantesco hueso que vienen masticando. Igual
de peligroso, es soñar que Lula está dispuesto a encabezar una “lucha
revolucionaria”, antimperialista y anticapitalista [única forma de consumar un
triunfo real sobre la burguesía].
Más aún: el imperialismo y la descomunal gran burguesía
brasileña van a defender con toda la violencia de que sean capaces, sus
inmensos privilegios. Y Lula y el grueso de los dirigentes del PT van a poner
todo su esfuerzo en demostrar a sus 50 millones de votantes que lo único
“posible” es “no sacar los pies del plato” de la democracia burguesa, más
precisamente, de su dictadura. Y ya están intentando, y van a seguir en la
misma tarea, impedir que decenas de millones hagan justicia con su acción:
tomando de prepo las tierras o fábricas y construyendo un poder popular –de
obreros, campesinos, desocupados y pobres– que, con las formas organizativas y
políticas que sea, es la única alternativa para terminar con el poder de los
ricos y de su Estado.
Hay quienes hoy descubren que el PT “giró a la derecha”, cuando
es un proceso de larga data. De la represión desatada por la petista Luiza
Erundinha, al frente de la Intendencia de San Pablo, sobre sus empleados
municipales, ya han pasado muchos años. Y no es posible hacer la lista completa
de este tipo de hechos, porque sería interminable.
Un giro significa un cambio brusco, súbito, en la orientación de
algo o alguien. Nada más opuesto al curso gradual, evolutivo y degenerativo del
PT, hasta el punto que ni siquiera fue un gran escándalo el acuerdo con el gran
empresario y religioso oscurantista al que llevó a la vicepresidencia. Entonces,
¿estamos ante un giro de Lula y el PT?, ni ahí…
El problema de fondo es otro. Y hace muchos años que lo venimos
planteando, en polémica con los propagandistas metafísicos de un supuesto
“partido de los trabajadores” o “partido obrero” en la Argentina. Desde la Liga
Socialista Revolucionaria (LSR) hemos venido sosteniendo que la pertenencia
social de un partido a un origen obrero o de trabajadores, en absoluto
garantiza que sea independiente de la burguesía y sus instituciones. O es
obrero revolucionario, o es “tragado” rápidamente por la máquina del Estado
capitalista. Desde el laborismo británico de hace un siglo hasta el PT
brasileño, las demostraciones son abrumadoras: la única forma de ser
independiente de la burguesía y su Estado, es en lucha permanente,
revolucionaria y sistemática contra ellos. Sin ella, todo es absorbido, de la
forma que sea, por la burguesía y el imperialismo, en su propia
institucionalidad.
¿Adónde van América latina y
Brasil?
El proceso burgués “democratizador” de la década de los ’80 está
irreversiblemente agotado. Se ha iniciado un curso de rebelión contra el
imperialismo y sus socios en toda la región. Su desarrollo es desigual y
diverso en sus formas, pero apunta en dos sentidos de una misma dirección:
revolución o contrarrevolución.
En este proceso desigual, podemos distinguir cuatro rasgos
salientes. El primero es el agotamiento no del modelo sino del régimen
imperialista-capitalista en toda la región. El segundo es la
transnacionalización de las burguesías locales; lo que, aun con sus
particularidades, las convierte en enemigas mortales de cualquier proyecto
liberador y revolucionario. Sus estrechos intereses en todo el viejo orden, la
hacen profundamente conservadora y enemiga de cualquier cambio de fondo.
El tercer rasgo distintivo, es un proceso de rebelión popular,
básicamente urbano pero también entretejido con luchas campesinas como en
Brasil, Bolivia, México, Colombia o Paraguay. El cuarto elemento destacable es
que, desde el punto de vista de las masas en lucha, se combinan en su seno
restos de viejas organizaciones del último medio siglo, con el surgimiento de
otras nuevas, algunas efímeras o coyunturales, y otras que llegaron para
quedarse (más allá de los vaivenes lógicos que tengan en su actuación
específica).
Y Brasil también es buen ejemplo de una región en la que se entremezclan
viejas organizaciones en agonía –que no terminan de morir– con el surgimiento
de nuevas que no terminan de alumbrar como alternativas, que no terminan de
nacer. Lula arrasa electoralmente mientras el PT pierde los principales
estados; en Bolivia, la alicaída COB sale a apoyar a Evo Morales frente a la
arremetida yanqui… ambos ejemplos, dan muestra de esa combinación compleja y
contradictoria.
Está abierto un período histórico en que el peor riesgo para los
revolucionarios es caer en el sectarismo. Frente al triunfo del PT, del
chavismo o del FA es muy bueno alertar sobre los riesgos de capitulación y
absorción por el Estado burgués. Pero es, a la vez, suicida, la ceguera
sectaria que se niega a ver profundos procesos de masas, refugiándose en
supuestos “diez mandamientos” revolucionarios. El sectarismo es la mayor
barrera para lograr tender los mejores puentes para el avance del movimiento de
masas, en conciencia y organización. Para ir logrando claridad sobre quiénes
son sus enemigos y sus aliados. Para hacer consciente que las únicas soluciones
“realistas” son las revolucionarias, la liberación del imperialismo y del
capitalismo. Y una federación socialista de toda la región, que encare una
política hacia las masas explotadas de Estados Unidos, carentes ellas también
de futuro bajo el dominio imperialista.
jorge guidobono