Asesinatos de jóvenes

El deporte favorito de los azules

 

     Con la muerte de Ezequiel, suman ya  diecisiete los pibes de un mismo colegio, asesinados por la Federal.

     Ezequiel fue golpeado y obligado a arrojarse al Riachuelo por la patota de la Federal, dejando al desnudo, una vez más, que las prácticas de la dictura no sólo no desaparecieron, sino que tampoco son exclusivas de “la maldita Bonaerense”.

     Samohano, encargado del operativo, hijo del ex jefe de la Bonarense en tiempos de Camps, fue el que sentenció la muerte de Ezequiel. El resto de los policías, siguió al pie de la letra la “obediencia debida”.

     Giacomino, jefe de la Federal y mano derecha de Ruckauf –actual canciller y ex ministro de Isabel Perón en los tiempos de la “Triple A”–, intenta explicar los hechos como obra de un grupo de “desequilibrados mentales”.

     Sin embargo, las estadísticas oficiales indican que no se trata de desequilibrados, ni de una manzana podrida sino de una cosecha histórica. “Teniendo en cuenta que la mayoría de los casos no se denuncian, existe un registro oficial del que surge que desde 1998 hasta hoy hubo 33.720 casos de apremios, abusos y torturas, sólo el 1% de las denuncias por tortura llega a juicio oral” (Clarín, 4/10/02).

     El accionar asesino de las fuerzas de seguridad no radica en la sicología de sus miembros sino en su papel de guardianes del orden explotador. “No es un solo policía, es toda la institución”: esta conclusión es a la que está llegando una franja importante de la sociedad ante la descomposición evidente de las fuerzas de seguridad, y que necesariamente necesitan bloquear los capitalistas en pos de sostener su poder.

     Para ello cuentan con un ejército de profesionales y medios que, desde distintos puntos de vista, intentan explicar lo inexplicable: la policía está implicada en robos a bancos, secuestros, juego clandestino, prostitución, tráfico de armas y drogas, atentados terroristas, asesinatos de prostitutas y jóvenes, operativos falsos, torturas, etcétera.

     El ensañamiento por parte de las fuerzas represivas con la juventud radica en que es uno de los sectores que más sufre en la crisis actual. Engloba un 40% de la desocupación, se estima que un sector importante de esa cifra no va a trabajar en su vida, el 70% de los jóvenes menores de 18 años se encuentra por debajo de la línea de pobreza, el 40% es indigente, el 80% de la población carcelaria está compuesta también por jóvenes menores de 25 años. Es a la vez, un sector social, que puede rebelarse con más facilidad que otros, ante el futuro asegurado de miseria. Por otro lado, la protesta social hace que el aparato represivo tenga que estar aceitado para actuar, tal como lo hicieron en diciembre y en junio, y un asesino sólo se forma asesinando.

     Según un reciente informe de la Organización Mundial de la Salud, el asesinato de jóvenes no es un emblema únicamente nacional: “De las 1.440 muertes diarias por diferentes formas de violencia, que van desde la represión institucional, pasando por la guerra, el tráfico de armas y drogas y el suicidio, el 77% está compuesto por jóvenes de 15 a 29 años. Los autores afirman que la violencia tiene mucho que ver con las desigualdades sociales, especialmente en épocas de crisis económicas (Clarín, 4/10/02)”.

     La descomposición capitalista es global y por ello los nombres de Miguel Bru, Walter Bulacio, María Soledad Morales, Guardatti, Sebastián Bordón, Diego Peralta, Omar Carrasco, Segundo Cazaneve, Maximiliano Kosteki, Dario Santillán, los pibes de Floresta, los jóvenes de diciembre y de tantos otros, se multiplican y se pronuncian de diferentes maneras en el resto del mundo. 

     Barrer con la muerte prematura que impone el capital y sus fuerzas del orden, es la premisa insoslayable para que pueda florecer la vida de nuestros jóvenes.

Blarouson

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